A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos
grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el
lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos
de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la seca
raíz de legumbre, el fétido pez del Oñar, las habas carcomidas y los
huesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros,
improvisados por la necesidad, perseguían por todos los rincones de
Gerona a los pobres perros que, bastante inteligentes para comprender
su trágica suerte, buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se
atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campo
francés, donde eran acogidas con aplauso y algazara tales pruebas de
nuestra penuria. Por todas partes, en sótanos y tejados, los gatos se
defendían con sus ásperas uñas del ataque de la humanidad, empeñada en
vivir.
Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes
de la ciudad tenían que buscarse el sustento como Dios les daba a
entender. La caza y la pesca eran la ocupación más importante. En
cuanto a trabajos militares, no había nada, porque nuestra situación
consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolver los
saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres
huérfanos; pero la gente me miraba con indignación, y alguno me echó en
cara mi robustez. Yo estaba en los puros huesos.
En la calle de Ciudadanos y en la Plaza del Vino[5] vi muchos enfermos
que habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos
pronto. Su mal era de los que llamaban los médicos _fiebre nerviosa
castrense_, complicada con otras muchas dolencias, hijas de la
insalubridad y del hambre; y en los de tropa todas estas molestias
caían sobre la fiebre traumática.
[5] Hoy de la Constitución.
Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era
buscar alimento para mis niños, y aquí me llamaban para que ayudase a
arrastrar un enfermo; allí me rogaban que ayudara a poner tierra encima
de los cadáveres. Mi deseo era arrojarme como los demás en medio del
arroyo, esperando la muerte; pero el ejemplo de algunos que resistían
con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la
calle de la Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios
clérigos, ancianos y niños, mereciendo en premio de nuestro servicio
algunos pedazos de pan negro o de cecina. Los otros devoraban su parte;
pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión la fuerza moral que
había perdido.
La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería Vieja a
la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta y lóbrega,
donde algunos seres humanos yacían como en sepultura, esperando quien
les socorriese o quien les matase. Entramos en ella, conducidos por
D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que se multiplicaba para
disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad, y recogimos los
cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, sacándolos a las
gradas de la catedral, donde les bañasen aires menos corrompidos.
La catedral ya no podía contener más enfermos, y la plaza se fue
convirtiendo en hospital al descubierto. Allí vi aparecer en lo alto de
la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para
el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que
no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como el
primer día del sitio. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi
con sorpresa a D. Pablo Nomdedeu con otros médicos, individuos de la
Junta de salubridad, y varias personas influyentes. La multitud vitoreó
a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto
ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería
ofrecía el más lamentable aspecto, y con la algazara de los vivas y
aclamaciones dirigidas al Gobernador, era difícil oír las quejas y
lamentos. Desde lejos se observaba claramente que muchos de los que
componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tan doloroso
espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres,
porque se oyó una voz de protesta que dijo:
--Señor, cuando no haya otra cosa, comeremos madera.
En esto llegó junto a mí D. Pablo, que se había separado un poco de la
comitiva.
--¡Comer madera! --exclamó--. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me
alegro de verte por aquí ¿Cómo estás?... ¿y Siseta y los chicos?
Aunque empezaba a extinguirse en mi alma el resentimiento, amenacé con
el puño a Nomdedeu.
--¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! --dijo--.
Andresillo, en estos casos no es uno dueño de sí mismo. Yo me
espantaba entonces y me he espantado después de encontrarme tan
bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaro instinto
de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo
sea capaz de matar a un semejante, es cosa que no se comprende, ¿no
es verdad? ¡Ay, amigo mío! La idea de que mi hija me pide de comer y
no puedo darle nada, ahoga en mí el patriotismo, el pensamiento, la
humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somos más que miseria.
Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Se avergüenza
uno de ser hombre cuando llegan estos casos en que todas las relaciones
sociales desaparecen, y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo
que el número de los heridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el
recuento de medicinas, y no hay ni para la décima parte en un solo
día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto se prolongue? No, no
puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de
cuerpos humanos.
En efecto: los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían en
pavoroso anfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica
ciudad.
Álvarez con su comitiva seguía bajando, y la multitud apartábase para
abrirle paso.
--Señor --le dijo Nomdedeu volviéndome la espalda--. Olvidé decir a
vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima
parte.
D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué
bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron
desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras!
La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura
delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y
estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo
lo examiné y todo lo retuve en la memoria.
--Si no hay bastantes medicinas --repuso--, empléense las que hay, y
después se hará lo que convenga.
Esta muletilla de _lo que convenga_ era muy suya, y con ella solía
terminar sus discursos y amonestaciones, siendo en él muy natural
decir: «Si no se puede resistir el asalto y los franceses entran en la
ciudad, moriremos todos, y después _se hará lo que convenga_.»
--Pero, señor --añadió D. Pablo--, los enfermos no admiten espera. Si
no se les cura... se podrá tirar un día, dos...
Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después,
volviéndose a Nomdedeu, le dijo:
--Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no
se rendirá, señor Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted
algún medio para aliviar la suerte de los enfermos y heridos?
--¡Oh, sí señor! --dijo el médico alentado por algunos de la comitiva
que murmuraron frases más en consonancia con los pensamientos del
médico que con los del Gobernador--. Me ocurre que Gerona ha hecho ya
bastante por la Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite
de la constancia, señor, y exigir más de esta pobre gente es consumar
su completa ruina.
Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin
inmutarse dijo a Nomdedeu:
--«_Veo que solo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya
víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré
lo que más convenga._»
Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el
zumbido de las moscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con
la vista para disimular su turbación, y harto confuso hubo de abandonar
la comitiva. Hasta mucho después de que esta pasara no recobró el uso
de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido y tembloroso, señal
inequívoca de su miedo.
--Andrés --me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome en
dirección de la Plaza de San Félix--, ese hombre va a acabar con
nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muy patriota; pero todo tiene
su límite natural, y eso de que lleguemos a comernos unos a otros me
parece una temeridad salvaje.
--La entereza de D. Mariano --le respondí-- nos llevará a tragarnos
mutuamente; pero por lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre
está vivo, antes me comeré a mordidas mi propia carne, que hablar de
capitulación delante de él.
--Grande y sublime es su constancia --me dijo--: yo la admiro y me
congratulo de que tengamos al frente de la plaza un hombre cuya memoria
ha de vivir por los siglos de los siglos. ¡Oh, si yo fuera solo en
el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no
tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los
enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor,
no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a
los demás.» Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera
conquistar a otra... Sin embargo, humillemos la frente ante la voluntad
de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D. Mariano
Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles,
más enérgico que Scévola, más digno que Catón. Es este un hombre que
en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor,
todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando
Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al
campo enemigo, preguntó a D. Mariano que a dónde se acogería en caso de
tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio.» ¿Qué
te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que
vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible porque son
ciento y la madre, saca la consecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo!
Se le llena a uno la boca diciendo: ¡viva Gerona y Fernando VII! le
parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir
ensalzándonos hasta las nubes; pero yo quisiera poder gritar: ¡viva
España y viva Josefina! o que al menos entre las ruinas humeantes
de esta ciudad y entre el montón que han de formar nuestros cuerpos
despedazados, se alzara rebosando salud mi querida hija única, que
nunca ha hecho mal a España, ni a Francia, ni a Europa, ni a las
Potencias del Norte ni del Sur.
El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta
para llevarles lo poco que había recogido.