XII

Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos presentó

de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico,

habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella

bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían. Su vestido

estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un largo

cuchillo de monte.

--Siseta --dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que

hacía algunos días que no nos veíamos--. Ya sé dónde está esa pícara

Pichota.

--¿En dónde está, Sr. D. Pablo?

--En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y

granero cuando yo tenía caballo.

--Tal vez no será ella --dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar

al pobre animal.

--Sí, es ella; te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La

muy tunanta saltó esta mañana por la ventana de la despensa y me robó

un pernil que allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su

propio hijo. Es preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado

gran parte de mis muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra

cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la

gata?

--Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a

Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a

mis hermanos.

--Está bien --respondió Nomdedeu--. Andrés, ¿te atreves a cazar ese

terrible animal?

--No creo que sean precisos tantos pertrechos militares --respondí.

--Pues yo sí lo creo. Vamos allá.

Badoret y su hermano quisieron seguirnos; pero Siseta les contuvo

diciéndoles que no fueran curiosos y entrometidos; y solos el médico y

yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a

ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto

de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. Don

Pablo, porque la presa no se nos escapara, cerró por dentro la puerta

y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un

estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando

nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco el deslumbramiento de la luz

exterior. Multitud de objetos, muebles viejos y destrozados, obstruían

buena parte de la estancia, y sobre nuestras cabezas flotaban densos

cortinajes de tela de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo.

Cuando empezamos a ver los contornos y las oscuras tintas del recinto,

buscamos con los ojos a la prófuga; pero nada vimos, ni se oyó ruido

alguno que indicase su presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero

él me dijo:

--Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento.

Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de silla

y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo que

se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados

objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un

verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus

perseguidores.

--¿La ves? --dijo el doctor--. Toma mi escopeta y suéltale un tiro.

--No --repuse riendo--. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve

en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo.

Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y aquella

lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación de ninguna

otra mirada ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte impresión de

terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus manchas parduzcas

y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis ojos, ensanchando su

cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. Yo tenía miedo, ¿a

qué negarlo con pueril soberbia? y por un momento sentime arrepentido

de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo, que tenía más miedo que

yo, daba diente con diente.

Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar

la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo

ronquido, un ruido entre arrullo y estertor, que anunciaba las

disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía:

«Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero.»

Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó sentando

la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su mirada

cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas

verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza;

pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes, y dio

algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano,

donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular de estos animales

en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su

puesto podía saltar hasta nosotros. Observé que las miradas del animal

se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí.

--Andrés --me dijo--, si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es

una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos

hombres. Sí, señora Pichota, nos la comeremos a usted.

Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, porque

aún no había acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza

suma lanzose sobre él, haciéndole presa en el cuello y hombros. La

lucha fue breve, pues la gata había puesto ya en ejecución el conjunto

de su potencia ofensiva, de modo que el resto del combate no podía

menos de sernos favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal

cayó al suelo, llevándose en las uñas algunas partículas de la persona

del buen doctor, y haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano

derecha. Corrió luego en distintas direcciones; pero al lanzarse sobre

mí, tuve la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de

monte, lo cual puso fin al desigual combate.

--Este animal es más temible de lo que creí --me dijo D. Pablo

apoderándose del cuerpo palpitante.

--Ahora, Sr. Nomdedeu --indiqué yo--, partiremos como hermanos la presa.

El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y

limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por

primera vez oí de sus labios:

--¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio de

mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer?

--Todos somos hijos de Dios --repuse--, y también Siseta y los de abajo

han de comer, Sr. D. Pablo.

Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices contracciones

bastante feas; y tomando el animal por el cuello, me dijo:

--Andrés, no me incomodes. Siseta y los bergantes de sus hermanos

pueden alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle;

pero mi enferma necesita ciertos cuidados. Tras hoy viene mañana, y

tras mañana pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué comerá mi hija

dentro de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca

por ahí algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso

quedarán satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota.

De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se

llenaba de egoísmo, obedeciendo a la ley de las grandes calamidades

públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene

amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante.

Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la

vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación.

--Sr. Nomdedeu --exclamé con súbita cólera--: he dicho que Pichota se

partirá, y no hay más sino que se partirá.

El médico, al oír este resuelto propósito, mirome con profunda aversión

por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular palabra

alguna; púsose pálido, y luego, con un gesto repentino, me empujó hacia

atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre, abrasada, corría hacia el

cerebro; un repentino escalofrío que circuló por mi cuerpo me crispaba

los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos casi hasta tocar con

ellas la cara de Nomdedeu, y grité:

--¿Conque no se parte Pichota? Pues mejor. Mejor, porque es toda para

mí. ¿Qué tengo yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males

ridículos? Dele usted telarañas.

Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia el

animal, que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento;

nuestras manos se chocaron; forcejeamos un breve instante; descargué

sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho,

dejándome en completa posesión de la presa.

--¡Ladrón! --gritó--. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás.

Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, mejor

dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y tomándola,

me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz:

--Andrés, canalla: suéltala o te asesino.

Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo

lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla;

entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente,

sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y

el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies

se hundían entre tablas desvencijadas, cuyos clavos me lastimaban, y

mi cabeza tropezó en las vigas del techo, haciendo caer el polvo, la

polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos.

--Bárbaro --grité desde arriba--, ya me las pagarás todas juntas.

Pero Nomdedeu seguía tras mí, buscando la puntería, y con pie firme

hollaba las rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él,

y dimos varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos

en los desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna.

Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como

ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me

tocó.

--No me ha tocado --dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer

sobre mi enemigo.

Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más

frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván:

--¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!...

Suelta a Pichota; suéltala, miserable.

Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor

pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos

a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él

detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí

entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré

débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella

furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario

que yo había conocido.

--Sr. D. Pablo --le dije--, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha

vuelto usted tigre.

Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su

alma en un sordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos

de mí, y abriendo la puerta, se marchó.

Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener;

salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y

cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y

los tres muchachos me oyeron con espanto.

--No hay nada por hoy --les dije con angustia--. Voy a la calle a ver

si encuentro una persona caritativa.

Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación,

y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle marchaba como

un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con la mente en

ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales ideas.

Gerona · 第 14 / 31 题