Meditaba yo sobre la deserción del pobre animal, cuando se nos presentó
de repente Nomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico,
habiendo perdido a fuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella
bondadosa expresión y el dulce acento que lo distinguían. Su vestido
estaba desordenado y roto, y traía la escopeta de caza y un largo
cuchillo de monte.
--Siseta --dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que
hacía algunos días que no nos veíamos--. Ya sé dónde está esa pícara
Pichota.
--¿En dónde está, Sr. D. Pablo?
--En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y
granero cuando yo tenía caballo.
--Tal vez no será ella --dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar
al pobre animal.
--Sí, es ella; te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La
muy tunanta saltó esta mañana por la ventana de la despensa y me robó
un pernil que allí tenía. ¡Qué atrevimiento! Comerse la carne de su
propio hijo. Es preciso acabar con ese animal. Siseta, ya te he dado
gran parte de mis muebles en cambio de los gazapos. No me queda otra
cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de la
gata?
--Sr. D. Pablo, ni los muebles ni los libros tomaré; coja usted a
Pichota, y ya que nos vemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a
mis hermanos.
--Está bien --respondió Nomdedeu--. Andrés, ¿te atreves a cazar ese
terrible animal?
--No creo que sean precisos tantos pertrechos militares --respondí.
--Pues yo sí lo creo. Vamos allá.
Badoret y su hermano quisieron seguirnos; pero Siseta les contuvo
diciéndoles que no fueran curiosos y entrometidos; y solos el médico y
yo subimos al desván, entrando despacio y con precauciones por temor a
ser acometidos del rabioso carnicero, a quien el hambre y el instinto
de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria. Don
Pablo, porque la presa no se nos escapara, cerró por dentro la puerta
y quedamos casi en completa oscuridad, pues la débil luz que por un
estrecho ventanillo entraba, no aclaró el lóbrego recinto sino cuando
nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco el deslumbramiento de la luz
exterior. Multitud de objetos, muebles viejos y destrozados, obstruían
buena parte de la estancia, y sobre nuestras cabezas flotaban densos
cortinajes de tela de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo.
Cuando empezamos a ver los contornos y las oscuras tintas del recinto,
buscamos con los ojos a la prófuga; pero nada vimos, ni se oyó ruido
alguno que indicase su presencia. Manifesté mis dudas a D. Pablo; pero
él me dijo:
--Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento.
Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de silla
y un pequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo que
se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados
objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro sus dos pupilas de un
verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus
perseguidores.
--¿La ves? --dijo el doctor--. Toma mi escopeta y suéltale un tiro.
--No --repuse riendo--. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve
en este caso el fusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo.
Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y aquella
lumbre verdosa y dorada que no se parece a la irradiación de ninguna
otra mirada ni de piedra alguna, produjo en mí fuerte impresión de
terror. Después distinguí el bulto del animal, y sus manchas parduzcas
y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis ojos, ensanchando su
cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. Yo tenía miedo, ¿a
qué negarlo con pueril soberbia? y por un momento sentime arrepentido
de haber emprendido obra tan difícil. D. Pablo, que tenía más miedo que
yo, daba diente con diente.
Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar
la ofensiva; pero cuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo
ronquido, un ruido entre arrullo y estertor, que anunciaba las
disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nos decía:
«Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero.»
Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó sentando
la angulosa cabeza sobre las patas delanteras, y entonces su mirada
cambió, despidiendo una luz azul que proyectaba de dos rayas
verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguió la cabeza;
pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes, y dio
algunas vueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano,
donde se puso en actitud de salto. La fuerza muscular de estos animales
en las articulaciones de sus patas traseras es inmensa, y desde su
puesto podía saltar hasta nosotros. Observé que las miradas del animal
se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí.
--Andrés --me dijo--, si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es
una vergüenza que un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos
hombres. Sí, señora Pichota, nos la comeremos a usted.
Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, porque
aún no había acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza
suma lanzose sobre él, haciéndole presa en el cuello y hombros. La
lucha fue breve, pues la gata había puesto ya en ejecución el conjunto
de su potencia ofensiva, de modo que el resto del combate no podía
menos de sernos favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y el animal
cayó al suelo, llevándose en las uñas algunas partículas de la persona
del buen doctor, y haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano
derecha. Corrió luego en distintas direcciones; pero al lanzarse sobre
mí, tuve la buena suerte de recibirla con la punta del cuchillo de
monte, lo cual puso fin al desigual combate.
--Este animal es más temible de lo que creí --me dijo D. Pablo
apoderándose del cuerpo palpitante.
--Ahora, Sr. Nomdedeu --indiqué yo--, partiremos como hermanos la presa.
El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y
limpiándose la sangre del cuello, me dijo con tono agresivo que por
primera vez oí de sus labios:
--¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio de
mis libros. ¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer?
--Todos somos hijos de Dios --repuse--, y también Siseta y los de abajo
han de comer, Sr. D. Pablo.
Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices contracciones
bastante feas; y tomando el animal por el cuello, me dijo:
--Andrés, no me incomodes. Siseta y los bergantes de sus hermanos
pueden alimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle;
pero mi enferma necesita ciertos cuidados. Tras hoy viene mañana, y
tras mañana pasado. Si ahora te doy media Pichota, ¿qué comerá mi hija
dentro de un par de días? Andrés, tengamos la fiesta en paz. Busca
por ahí algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer un hueso
quedarán satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota.
De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se
llenaba de egoísmo, obedeciendo a la ley de las grandes calamidades
públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene
amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante.
Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta de la
vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación.
--Sr. Nomdedeu --exclamé con súbita cólera--: he dicho que Pichota se
partirá, y no hay más sino que se partirá.
El médico, al oír este resuelto propósito, mirome con profunda aversión
por algunos segundos. Sus labios temblaban sin articular palabra
alguna; púsose pálido, y luego, con un gesto repentino, me empujó hacia
atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre, abrasada, corría hacia el
cerebro; un repentino escalofrío que circuló por mi cuerpo me crispaba
los nervios. Cerrando los puños, alargué las manos casi hasta tocar con
ellas la cara de Nomdedeu, y grité:
--¿Conque no se parte Pichota? Pues mejor. Mejor, porque es toda para
mí. ¿Qué tengo yo que ver con la señorita Josefina, ni con sus males
ridículos? Dele usted telarañas.
Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia el
animal, que yacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento;
nuestras manos se chocaron; forcejeamos un breve instante; descargué
sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por el suelo largo trecho,
dejándome en completa posesión de la presa.
--¡Ladrón! --gritó--. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás.
Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, mejor
dicho, saltó como un gato hacia donde estaba la escopeta, y tomándola,
me apuntó al pecho diciendo con trémula y ronca voz:
--Andrés, canalla: suéltala o te asesino.
Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo
lo tenía en el cinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla;
entrome de súbito un terror que no pude vencer, y salté maquinalmente,
sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, los muebles viejos y
el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mis pies
se hundían entre tablas desvencijadas, cuyos clavos me lastimaban, y
mi cabeza tropezó en las vigas del techo, haciendo caer el polvo, la
polilla y las repugnantes inmundicias depositadas por dos siglos.
--Bárbaro --grité desde arriba--, ya me las pagarás todas juntas.
Pero Nomdedeu seguía tras mí, buscando la puntería, y con pie firme
hollaba las rotas tablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él,
y dimos varias vueltas, subiendo, bajando, hundiéndonos y levantándonos
en los desfiladeros, laberintos y sinuosidades de aquella caverna.
Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como
ávido cazador, por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me
tocó.
--No me ha tocado --dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer
sobre mi enemigo.
Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más
frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván:
--¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!...
Suelta a Pichota; suéltala, miserable.
Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor
pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos
a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él
detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí
entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré
débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella
furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario
que yo había conocido.
--Sr. D. Pablo --le dije--, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha
vuelto usted tigre.
Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su
alma en un sordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos
de mí, y abriendo la puerta, se marchó.
Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener;
salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y
cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y
los tres muchachos me oyeron con espanto.
--No hay nada por hoy --les dije con angustia--. Voy a la calle a ver
si encuentro una persona caritativa.
Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación,
y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle marchaba como
un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con la mente en
ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales ideas.