Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí me
encontré a D. Pablo Nomdedeu, que me dijo:
--Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan a
apartarme hoy de mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para
que se quedara en casa; pero ese marimacho me amenazó con denunciarme
al Gobernador como patriota tibio si persistía en apartarla de la senda
de gloria por donde la llevan los acontecimientos. Mírala: ahí está
entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón de a
12 si la dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a mi querida
enfermita. Ya le he dicho que le haré un buen regalo si consigue
entretener a la niña, de modo que esta no comprenda nada de lo que
pasa. Es cosa difícil, a pesar de que no oye ni los cañonazos... He
clavado todas las ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la
luz solar la habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que
hay una fuerte tempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba
allí mismo o en las inmediaciones, es probable que nada comprenda,
engañada por el profundo y saludable silencio en que su cerebro yace.
¡Dios mío, aparta de mí las tribulaciones y libra mi hogar del fuego
enemigo! ¡Si me has de quitar el único consuelo que tengo en la tierra,
dale una muerte tranquila, y no conturbes su último instante con la
cruel agonía del espanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer
el infierno, y que este ángel no vea demonios junto a sí en el momento
de su muerte!
La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos brazos,
llegó a nosotros hablando así a su amo:
--¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene
fusil, ni escopeta, ni pistolas, ni sable? Ya... no lleva más que la
herramienta para cortar brazos y piernas al que lo haya menester.
--Médico soy y no soldado --repuso D. Pablo--: mis arreos son las
vendas y el ungüento; mis armas el bisturí, y mi única gloria la de
dejar cojos a los que debían ser cadáveres. Pero si preciso fuere,
venga un fusil, que curaré españoles con una mano y mataré franceses
con la otra.
Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos de
esta guerra: un irlandés llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido
a España sin que nadie le trajese, solo por gusto de defender nuestra
santa causa. Aventurero o no, Marshall por lo valiente debía haber
sido español. Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar
encendido, algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén.
Hablaba mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos
causaban risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas,
y nada importaba que destrozara el castellano con tal que destrozase
también a los franceses, como lo hizo en varias ocasiones.
Había que ver el empuje de aquellas columnas de _cerdos_, señores. No
parecían sino lobos hambrientos, cuyo objeto no era vencernos, sino
comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí de nosotros
para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a echarnos de
la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a ellos. ¿Por
qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a ustedes si me
lo preguntan. Solo sé que a nosotros no se nos importaba nada morir,
y con esto tal vez está dicho todo. D. Mariano se presentó allí, y no
crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria y de la causa
nacional, del Rey o de la religión. Nada de eso. Púsose en primera
línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y al
mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de
hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un solo
paso.» Su semblante ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército
enemigo. Como algún jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro,
respondió: «Ocúpese usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de
mí. Yo estaré donde convenga.»
Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él nos
aturdimos de nuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa,
que nos permitía ver mejor el sitio, y medir nuestros movimientos y
los de los franceses, para que estos no pudieran echársenos encima.
Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero
de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero
mío muy amado fue herido en el pecho, y cayó junto a mí en uno de los
momentos de mayor apuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia, y
cuando un ligero refuerzo por una parte u otra habría decidido si la
muralla quedaba por Francia o por España. El desgraciado muchacho quiso
levantarse, pero inútilmente. Dos monjas se acercaron, despreciando el
fuego, y lo apartaron de allí.
Pero la pérdida más sensible fue la del jefe D. Rodulfo Marshall. Tengo
la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete de la
brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en la
calle en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa y
por nación tan brava.»
Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de entrar
en la ciudad por aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada
vez más decididos a no dejarles entrar. Si a tiros no lográbamos
contenerlos, los acuchillábamos sin compasión; y como esto no bastara,
aún teníamos a mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlas
sobre sus cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho
denuedo, y desde los contornos llovían guijarros de medio quintal
sobre los sitiadores. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía
terminaba, no nos veíamos unos a otros, porque el polvo y el humo
formaban densa atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el
ruido que producían las doscientas piezas de los franceses vomitando
fuego por diversos puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra
ni de tempestades del cielo era comparable. La muralla estaba llena
de muertos que pisábamos inhumanamente al ir de un lado para otro, y
entre ellos algunas mujeres heroicas expiraban confundidas con los
soldados y patriotas. La señora Sumta estaba ronca de tanto gritar, y
D. Pablo Nomdedeu, que había arrojado muchas piedras, tenía los dedos
magullados; pero no por esto dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole
muchas señoras, algunas monjas, y dos o tres frailes que no valían para
cargar un arma.
De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas,
saludándome desde lejos a gritos, y esgrimiendo un palo en cuya punta
flotaba el último jirón de su barretina. Era Manalet.
--¿Dónde has estado? --le pregunté--. Corre a tu casa; entérate de si
tu hermana ha tenido novedad, y dile que yo estoy sano y bueno.
--Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal.
--¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego?
--La barretina tiene tres balazos --me dijo con el mayor orgullo,
mostrándome el gorro hecho trizas--. Cuando se quedó así la tenía
puesta en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la
he puesto aquí para que la gente la viera toda llena de agujeros.
--¿Y tus hermanos?
--Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había
matado no sé cuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba
en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las
balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevé más de veinte,
Andrés.
--¿Y Gasparó?
--Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en
Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se
escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo
que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo;
pero no encontramos nada. ¿Tienes tú algo, Andrés?
--Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí
no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al Gobernador?
--Ahora iba por ahí arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros
bajábamos con otros chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila,
gritando: «¡Viva su Majestad el Gobernador D. Mariano!» ¿Pues querrás
creer que no nos dijo tanto así? Ni siquiera nos miró.
--¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan respetable!
--Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba la puerta
abierta. Andrés, ¿sabes que hay un soldado muerto que tiene un tronco
de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré.
--No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos
destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa.
Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y
también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy
poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano
adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al
ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente
un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos
defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las
manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada:
nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban
contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay! no tenían ellos
un D. Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible,
y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento
singular que no sé cómo exprese, pues en él había, además del valor y
la abnegación, lo que puede llamarse miedo a la cobardía, recelo de
aparecer cobarde a los ojos de aquel extraordinario carácter. Nosotros
decíamos que el yunque y el martillo con que Dios forjó el corazón de
D. Mariano, no había servido después para hacer pieza alguna.
Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos
chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los
cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos
brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura de aquel.
Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que repartía
algunas guindas a sus compañeros.
--Toma, Andrés --me dijo el chico, dándome una guinda--. Ya tienes
para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que
tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba
yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta
del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía
pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para
que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor
Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: «aquí
ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré después
en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde había
muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía
cualquier cosa; pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o
tres madejas de seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo.
Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí: _pist, pist..._
pues... como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué
miedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, donde
estaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el
diablo quien me llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía
encontrar la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel
maldito corredor; y a todas estas, _pist, pist..._ Después oí que
dijeron: «Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes,
que alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara
arrugada y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo:
«Ven, no temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije:
«Señora, perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.»
--Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás.
--Eso mismo. La señora me dijo: «Muchacho, ¿cómo has entrado aquí?
Dios te manda para que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha
marchado. Estoy enferma y baldada. Quisieron llevarme; pero se hizo
tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo. ¿Se ha quemado ya toda la
ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora, quedándome medio dormida,
soñé que todas las hermanas habían sido degolladas en el matadero, y
que los franceses se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú
a ir ahora mismo al fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino
D. Alonso Carrillo, capitán del regimiento de Ultonia? Si lo haces, te
daré este plato de guindas que ves aquí, y este medio pan...» Aunque
no me lo diera, lo habría hecho, ya ves... Cogí la esquela; ella me
dijo por dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba
más; pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón
como si fueras bala; disparamos, y vas a parar rodando a donde están
los franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte...»
Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de
cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees
que yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando;
pero yo le enseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba
las chispas de los fogonazos, y le decía: «¡Mira qué bonito! Ahora
vamos nosotros a disparar también los cañones.» Un soldado me dio una
manotada echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero
me levanté y seguí _palante_. Entró el Gobernador, y cogiendo una
gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo
en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría
ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho.»
Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a los
heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí
esta criatura... ¡Qué fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en
seguida... Los franceses querían entrar, pero no les dejamos.
--¿Tú también?
--Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo
sobre los marranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndole
encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones,
y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba
lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad.
Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino que
querían subir. Vieras allí al Gobernador, Andresillo. D. Mariano y yo
nos echamos _palante_... y nos pusimos a donde estaba más apurada la
gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo, Andrés. El humo no
me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las mismas
orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles
marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un acá y un allá. Puede
que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media.
Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve mientras no se retiraron.
El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mí no me habló nada;
se lo dijo a los demás.
--¿Y la carta?
--Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; le encontré al fin cuando todo
se acabó. Dile el papel, y me dio un recado para la señora monja.
Luego, acordándome de Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado,
pero no le encontré. Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!»
pero el niño no parecía. Por fin me le veo debajo de una cureña, hecho
un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre
los palos de la rueda y con cada lagrimón... Echémele a cuestas y
corrí a las Capuchinas. Pero aquí viene lo bueno, y fue que como yo
venía pensando en batallas, y con la cabeza llena de todo aquello que
había visto, se me olvidó el recado que me dio el Sr. Carrillo para la
monjita. Ella me reprendió, diciéndome que yo había roto la carta y que
la quería engañar, por lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni
el pan ofrecidos. Se puso a gruñir, y me llamó mal criado y bestia.
Gasparó echaba sangre del dedo de un pie, y la monjita le lió un trapo;
pero las guindas... nones. Por último, todo se arregló, porque vino el
mismo Sr. Carrillo, con lo cual la señora me dio las guindas y el pan,
y eché a correr fuera del convento.
--Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana --dije
reparando que el pobre Gasparó sangraba aún del pie.
--Después --me contestó--. He guardado algunas guindas para Siseta.
--Muchachos --gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y
volvía a la carrera--, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con
mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los
frailes bailando, y el obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos
allá.
Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y volaron
aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algazara la muralla
de Santa Lucía. Yo no me moví de allí en todo el día, y las señoras nos
repartieron raciones de pan y carne, ambos manjares de detestable sabor
y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era apechugar con ello,
sin mostrar asco, repugnancia ni desgana, para no enojar a D. Mariano.
Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, encontró
a D. Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había varios
heridos arrojados por el suelo.
--Andrés --me dijo--, todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo?
Creo que en la calle de Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto
herido, Dios mío! La jornada ha sido gloriosa; pero nos ha costado
cara. Ahora mismo estuvo aquí el Gobernador visitando a esta pobre
gente, y les dijo que la guarnición y los paisanos habían dejado atrás
en el día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad.
--¿Ha curado usted muchos heridos?
--Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos
multiplicamos; pero no es posible hacer más. Yo quisiera tener cien
manos para atender a todo. También yo estoy herido. Una bala me tocó el
brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me he liado un trapo y no
he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija?
--Pronto lo sabremos, Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera
cura de estos heridos, usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero
que me den licencia por una hora.