VII

Así pasaban días y días, y a los males ocasionados por el sitio, se

unió el rigor de la calurosa estación para hacernos más penosa la

vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos

albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre

cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por

lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más

que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado

socorro, y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de

noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero

ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué

mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran

batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente

haciendo fuego, porque la escasez de la guarnición no permitía

relevos, además de que el Gobernador, como enemigo del descanso, no nos

dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían sino los muertos.

Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese

hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me

juzgaron muerto. Cuando al fin les vi, casi les fue difícil reconocerme

en el primer instante: tal era mi extenuación y decaimiento a causa de

las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar.

--Siseta --le dije abrazándola--, todavía estoy vivo aunque no lo

parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han

caído para no volverse a levantar, me parece que mi pobre cuerpo está

también entre los suyos, y que esto que va conmigo es un fantasma que

dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos?

--Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste, hemos comprado

alguna carne de caballo. Algo nos envían de arriba, porque la señorita

enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr.

Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día

rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su

hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de

caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas.

La señora Sumta salió ayer con su fusil, y volvió diciendo que había

matado no sé cuántos franceses. Los tres chicos no me han dejado

respirar en estos ocho días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al

tejado de la catedral, donde están los dos cañones que mandó poner

el Gobernador? Yo no sé por dónde subieron; mas creo que fue por los

techos del claustro. Lo que no creerás es que Manalet vino ayer muy

orgulloso porque le había rozado una bala el brazo derecho, haciéndole

una regular herida, por lo cual traía un papel pegado con saliva encima

de la rozadura. Badoret cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño;

pero siempre se escapa, marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un

pedazo de bomba como media taza, llena de granos de arroz que recogió

en medio del arroyo... Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen

socorros por la parte de Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en

esto, y por las noches, cuando siente algún ruido en las calles, se

levanta, y asomándose por el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa

gente que pasa me parece que ha hablado de socorro.»

--Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta madrugada saldrá

alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a

entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por

otro.

--Dios quiera que salga bien.

Esto decíamos, cuando se sintió fuerte ruido de voces en la calle. Abrí

al punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros que,

alojados en las casas inmediatas, salieron al oír el estruendo de

carreras y voces. La señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil

al hombro, y con rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta.

--Ya tenemos ahí los socorros --dijo la guerrera, descansando en tierra

el fusil con marcial abandono.

Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien

sin poder contener su alegría, gritaba:

--¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora

Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy?

Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio

que lo vendan.

Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo:

--Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por

dónde entrará.

--Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego,

señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los

franceses.

--También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder.

El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño.

--Señora Sumta --dijo D. Pablo desde la ventana--, suba usted a

acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero

deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal y la

escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en los pucheros,

que si usted va por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que

compré hoy, y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina.

Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque tocaron

llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible

satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de

improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para

ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas,

se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por

diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así

la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba

un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt

penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil

hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde.

¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona

la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar

el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes

aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas

demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al

pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta,

a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos,

comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras.

--Gerona se ha salvado --decíamos.

--Ahora que aprieten los _cerdos_ el cerco --exclamó D. Pablo--. ¡Dos

mil acémilas! Tenemos víveres para un año.

--Bien decía yo --añadió Siseta-- que por alguna parte había de venir.

Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y

hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse

algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa

de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la

impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los

mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada

la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban

a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas!

Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de

brazos trae gran número de bocas: de modo que si somos pocos nos vence

el arte enemigo; si somos muchos nos vence el hambre. Sobre esta

contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los

sitios.

Así se lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de las

dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra vez

en ayunas, a lo cual me contestó:

--Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga

mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez hará un

gran esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a

fuerza de cañonazos han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes

y en San Cristóbal. De un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá

resistir, Andrés? Yo iré a la brecha como todos. Pero ¿qué podremos

hacer nosotros, infelices paisanos, contra las embestidas de tan fiero

enemigo?

Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que D. Mariano

dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los

preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta

los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros

que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y

novelería como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que se

dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero

ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas,

me contestó con risas y bromas que no servía para el caso; pero que si

por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún

francés con las tenazas de la herrería.

La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los señores

_cerdos_, los cuales, deseosos de poner fin al cerco tomando la ciudad,

se nos echaron encima el día 19, asaltando la muralla por distintos

puntos con cuatro formidables columnas de a dos mil hombres. En Gerona

fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad, que

hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan que

llevar a la boca.

Los soldados conservaban su actitud serena e imperturbable; pero en

los paisanos se advertía una alucinación, algo como embriaguez, que

no era natural antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos

fuera de sus conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto

de mayor peligro; los señores graves de la ciudad, entre los cuales

los había que databan del segundo tercio del siglo anterior, también

discurrían de aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban

en sus animados semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo

iban a hacer todo. Menos bulliciosos y más razonables que estos,

los individuos de la Cruzada gerundense hacían todo lo posible para

imitar en su reposada ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón

de Santa Bárbara no se daban punto de reposo, anhelando probar con

sus incansables idas y venidas que eran el alma de la defensa; los

chicos gritaban, creyendo que de este modo se parecían a los hombres,

y los viejos, muy viejos, que fueron eliminados de la defensa por el

Gobernador, movían la cabeza con incrédula y desdeñosa expresión, dando

a entender que nada podría hacerse sin ellos.

Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo

a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los heridos sus

virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y algunas salían

en falanges a la calle, presentándose al Gobernador para ofrecerle sus

servicios, una vez que el interés nacional había alterado pasajeramente

los rigores del santo instituto. Dentro de las iglesias ardían mil

velas delante de mil santos; mas no había oficios de ninguna clase,

porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la

muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico,

estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna

cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la

interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social,

desde lo más alto a lo más bajo.

Lo extraño era que no hubiese confusión en aquel desbordamiento

espontáneo del civismo gerundense; pues al par de este, brillaba

la subordinación. En verdad que D. Mariano sabía establecerla

rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase,

siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie

fuera del puesto que se le había marcado.

Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos

del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó

desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las

calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos

parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente

organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar

a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad

quedó abandonada, quiero decir, que ninguno se cuidaba de la casa que

ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante destruidos

por el horrible bombardeo. Las madres llevaban consigo a los niños de

pecho, dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros,

mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les

encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas

estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto

hacinamiento obstruían las Plazas del Aceite y del Vino.

Gerona · 第 10 / 31 题