Así pasaban días y días, y a los males ocasionados por el sitio, se
unió el rigor de la calurosa estación para hacernos más penosa la
vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos
albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre
cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; ni por
lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más
que en el momento presente. Todos los días se esperaba el anhelado
socorro, y el socorro no venía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de
noche y con grandes dificultades se escurrían dentro de la plaza; pero
ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes de agosto. ¡Qué
mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran
batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente
haciendo fuego, porque la escasez de la guarnición no permitía
relevos, además de que el Gobernador, como enemigo del descanso, no nos
dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían sino los muertos.
Este continuado trabajo hizo que durante aquel mes aciago estuviese
hasta ocho días sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me
juzgaron muerto. Cuando al fin les vi, casi les fue difícil reconocerme
en el primer instante: tal era mi extenuación y decaimiento a causa de
las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar.
--Siseta --le dije abrazándola--, todavía estoy vivo aunque no lo
parezca. Cuando recuerdo el enorme número de compañeros míos que han
caído para no volverse a levantar, me parece que mi pobre cuerpo está
también entre los suyos, y que esto que va conmigo es un fantasma que
dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos?
--Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste, hemos comprado
alguna carne de caballo. Algo nos envían de arriba, porque la señorita
enferma no quiere comer de estos platos que ahora se usan. El Sr.
Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayer estuvo aquí todo el día
rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer a su
hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de
caballo, y echándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas.
La señora Sumta salió ayer con su fusil, y volvió diciendo que había
matado no sé cuántos franceses. Los tres chicos no me han dejado
respirar en estos ocho días. ¿Querrás creer que ayer se subieron al
tejado de la catedral, donde están los dos cañones que mandó poner
el Gobernador? Yo no sé por dónde subieron; mas creo que fue por los
techos del claustro. Lo que no creerás es que Manalet vino ayer muy
orgulloso porque le había rozado una bala el brazo derecho, haciéndole
una regular herida, por lo cual traía un papel pegado con saliva encima
de la rozadura. Badoret cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño;
pero siempre se escapa, marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un
pedazo de bomba como media taza, llena de granos de arroz que recogió
en medio del arroyo... Y tú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen
socorros por la parte de Olot? El señor Nomdedeu no piensa más que en
esto, y por las noches, cuando siente algún ruido en las calles, se
levanta, y asomándose por el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa
gente que pasa me parece que ha hablado de socorro.»
--Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta madrugada saldrá
alguna tropa de aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a
entretener a los franceses por un lado mientras el convoy entra por
otro.
--Dios quiera que salga bien.
Esto decíamos, cuando se sintió fuerte ruido de voces en la calle. Abrí
al punto la puerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros que,
alojados en las casas inmediatas, salieron al oír el estruendo de
carreras y voces. La señora Sumta se presentó también a mi vista, fusil
al hombro, y con rostro tan placentero cual si viniese de una fiesta.
--Ya tenemos ahí los socorros --dijo la guerrera, descansando en tierra
el fusil con marcial abandono.
Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien
sin poder contener su alegría, gritaba:
--¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora
Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy?
Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio
que lo vendan.
Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo:
--Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por
dónde entrará.
--Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego,
señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los
franceses.
--También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder.
El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño.
--Señora Sumta --dijo D. Pablo desde la ventana--, suba usted a
acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero
deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal y la
escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en los pucheros,
que si usted va por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que
compré hoy, y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina.
Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque tocaron
llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible
satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de
improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para
ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas,
se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por
diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así
la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba
un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt
penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil
hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde.
¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona
la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar
el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes
aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas
demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al
pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta,
a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos,
comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras.
--Gerona se ha salvado --decíamos.
--Ahora que aprieten los _cerdos_ el cerco --exclamó D. Pablo--. ¡Dos
mil acémilas! Tenemos víveres para un año.
--Bien decía yo --añadió Siseta-- que por alguna parte había de venir.
Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y
hasta nos hostilizaron flojamente los franceses, porque detuviéronse
algunos días en ocupar las posiciones que habían abandonado a causa
de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios, pasada la
impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los
mismos que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada
la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban
a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas!
Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de
brazos trae gran número de bocas: de modo que si somos pocos nos vence
el arte enemigo; si somos muchos nos vence el hambre. Sobre esta
contradicción se funda verdaderamente todo el arte militar de los
sitios.
Así se lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de las
dos mil acémilas, anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra vez
en ayunas, a lo cual me contestó:
--Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga
mucho, también se me concluirán. Ahora, según dicen, Álvarez hará un
gran esfuerzo para quitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a
fuerza de cañonazos han abierto brecha en Santa Lucía, en Alemanes
y en San Cristóbal. De un día a otro intentarán el asalto. ¿Se podrá
resistir, Andrés? Yo iré a la brecha como todos. Pero ¿qué podremos
hacer nosotros, infelices paisanos, contra las embestidas de tan fiero
enemigo?
Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que D. Mariano
dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los
preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes, las mujeres y hasta
los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros
que soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y
novelería como si aguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que se
dispusiera a tomar parte con las de su sexo en la gran función; pero
ella, que siempre se negó a calzar el coturno de las acciones heroicas,
me contestó con risas y bromas que no servía para el caso; pero que si
por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún
francés con las tenazas de la herrería.
La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los señores
_cerdos_, los cuales, deseosos de poner fin al cerco tomando la ciudad,
se nos echaron encima el día 19, asaltando la muralla por distintos
puntos con cuatro formidables columnas de a dos mil hombres. En Gerona
fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad, que
hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan que
llevar a la boca.
Los soldados conservaban su actitud serena e imperturbable; pero en
los paisanos se advertía una alucinación, algo como embriaguez, que
no era natural antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos
fuera de sus conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto
de mayor peligro; los señores graves de la ciudad, entre los cuales
los había que databan del segundo tercio del siglo anterior, también
discurrían de aquí para allí con sus escopetas de caza, y revelaban
en sus animados semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo
iban a hacer todo. Menos bulliciosos y más razonables que estos,
los individuos de la Cruzada gerundense hacían todo lo posible para
imitar en su reposada ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón
de Santa Bárbara no se daban punto de reposo, anhelando probar con
sus incansables idas y venidas que eran el alma de la defensa; los
chicos gritaban, creyendo que de este modo se parecían a los hombres,
y los viejos, muy viejos, que fueron eliminados de la defensa por el
Gobernador, movían la cabeza con incrédula y desdeñosa expresión, dando
a entender que nada podría hacerse sin ellos.
Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo
a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los heridos sus
virginales celdas, jamás holladas por planta de varón, y algunas salían
en falanges a la calle, presentándose al Gobernador para ofrecerle sus
servicios, una vez que el interés nacional había alterado pasajeramente
los rigores del santo instituto. Dentro de las iglesias ardían mil
velas delante de mil santos; mas no había oficios de ninguna clase,
porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la
muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico,
estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna
cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la
interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social,
desde lo más alto a lo más bajo.
Lo extraño era que no hubiese confusión en aquel desbordamiento
espontáneo del civismo gerundense; pues al par de este, brillaba
la subordinación. En verdad que D. Mariano sabía establecerla
rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos de ninguna clase,
siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el pie
fuera del puesto que se le había marcado.
Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos
del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó
desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las
calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos
parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente
organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar
a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad
quedó abandonada, quiero decir, que ninguno se cuidaba de la casa que
ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante destruidos
por el horrible bombardeo. Las madres llevaban consigo a los niños de
pecho, dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros,
mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les
encomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas
estaban desiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto
hacinamiento obstruían las Plazas del Aceite y del Vino.