Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado D.
Pablo. Dejé abajo el fusil y subí sin tardanza, anhelando saber de
Siseta y de la señorita, y a las dos me las encontré en la sala en
actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostada en su silla
con muestra de languidez y postración, pero con los ojos abiertos,
atentamente fijos en la puerta. De rodillas, a su lado, Siseta le
tomaba las manos, y con ademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser
oídas, procuraba tranquilizarla.
--Gracias a Dios que viene alguien de la casa --me dijo Siseta--. ¡Qué
día hemos pasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta y mis tres
hermanos?
Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y ella
prosiguió:
--La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con ella
para detenerla. Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos,
se estremece toda, y tiembla cuando resuena alguno, aunque sea muy
lejano. Tan pronto lloraba como caía en mis brazos desmayada llamando
sin cesar a su padre. La pobrecita sabe muy bien que hay guerra en
Gerona. Yo también he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cada
instante me parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que
se nos metieron aquí unos hombres... No me quiero acordar, Andrés. A
eso de las dos, y cuando pareció que se acababan los tiros, entraron
seis o siete patriotas, unos con uniforme, otros sin él, y todos con
fusiles. Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y
luego dieron en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo
lo que había de comida, porque la tropa estaba muerta de hambre. La
señorita se quedó como difunta cuando los vio, y ellos por broma nos
apuntaban con los fusiles, para oírnos gritar llamando a todos los
santos en nuestra ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron
daño alguno más que el gran susto, y el llevarse cuanto encontraron en
la cocina y en la despensa. ¡Ay, Andrés! No han dejado nada de lo que
el Sr. D. Pablo había guardado, y esta noche no se encontrará aquí ni
una miga de pan que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los malditos al
meter en un gran saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué
que dejasen alguna cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles,
diciendo que la tropa tenía gana, y que la señora Sumta les había dicho
que estas despensas estaban bien provistas.
No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo;
mas para no presentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó
a una habitación interior, con objeto de arreglarse un poco y vendar su
herida. Al punto me reuní con él para contarle lo ocurrido.
--¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! --exclamó con
consternación--. ¡Conque me han saqueado la casa! La culpa tiene
esa maldita y siempre habladora Sumta, que por todas partes ha de
ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija? La
pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un
espantoso volcán, y serán inútiles todas nuestras comedias para
convencerla de lo contrario. Es preciso buscar algo que comer, Andrés;
sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero no quiero que se
muera de hambre.
--Nada se encuentra en Gerona --respondí--, y menos a estas horas.
--¡Qué calamidad! Pero ¿cómo es posible? --dijo en la mayor confusión,
mientras yo le vendaba su herida, y se mudaba de vestido--. ¡Ay! cómo
me duele el brazo; pero es preciso disimular. Andrés, no te marches.
Esta noche necesito de tu ayuda... Es preciso que busquemos algún
alimento.
Al presentarse delante de su hija, esta mostró su alegría claramente,
abrazándole con cariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo
espanto, echó atrás la cabeza, y cruzando las manos exclamó:
--¡Sangre!
--¿Qué hablas de sangre, hija mía? --dijo el padre desconcertado--. Que
estoy manchado de sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas...
pero déjame que te cuente. ¿Sabes que he ido de caza?
La muchacha no entendía.
«Que fui de caza --escribió en el pliego de papel D. Pablo--. Un
compromiso; no me pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y
zas, al campo... He matado tres conejos.»
La enferma, oprimiéndose la cabeza entre las manos, gritó:
--¡Guerra en Gerona!
--¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido hoy un
fuerte temporal... Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva.
¿Has comido hoy bien?
--No ha tomado nada --dijo Siseta--. Ya sabrá su merced por Andrés que
unos bergantes saquearon la casa.
Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo en lo bajo de la vivienda,
no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente,
de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos,
cacharrazos y sones bélicos de varia índole; pero que al pronto
revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se había metido
por las puertas adentro. Nomdedeu, lleno de confusión, miraba a todos
lados, inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él
y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos
que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala,
dando golpes, empujándose, chillando, cacareando y berreando en los
más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos
cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas
viejas; varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás
de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas.
Parecía una chusma infernal saliendo de las escuelas de Plutón.
No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret,
este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla.
Ninguno dejaba de llevar palo, caldero viejo o vara con pingajos
colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores
y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado
por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con
un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas
jirones, y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas
adornados.
D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan
violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su bélico
entusiasmo.
--Granujas, largo de aquí al instante --les dijo--. ¿Qué desvergüenza
es esta? ¡Meterse en mi casa de este modo!
Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet,
que acertó a pasar junto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo
lastimoso. Yo también tomé parte en la persecución del enjambre,
y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Pero de
pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados
muchachos con complaciente atención, y sonreía con tanta espontaneidad
y desahogo, como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel
espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y al punto este se puso de
parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobre ellos
con implacable furor.
--Dejarles --dijo Nomdedeu--. Mi hija demuestra que está muy complacida
viendo a esta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les
aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto.
Y diciendo esto, D. Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar el
compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara,
qué estrépito! Parecía que la sala se hundía. Baste decir que se
extralimitaron de tal modo, dejándose llevar a los últimos delirios
de la travesura, que al fin fue preciso poner freno a tanto juego
y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes se
detuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado
rumor.
--¿Dónde has estado todo el día? --preguntó Siseta echando mano a
Badoret, y deteniéndole--. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven
acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a
casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la
camisa?
--En la calle de las Ballesterías estaban curando unos heridos y no
tenían trapos. Me quité la camisa y la di.
--¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado?
--Son nuestros amigos, hermana --repuso Badoret--. Hemos estado en el
Capitol, y allí nos han dado un poco de vino. Siseta, aquí en el seno
te traigo cinco guindas.
--Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven
acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en
el pie, que tienes sangre?
--Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no
se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña
chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y
allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla.
Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonito genio tiene mi niño! Pues
no creas... ningún francés se metió con él.
--Te voy a desollar vivo --le dijo Siseta--. Espera, espera a que
bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.
--No, que se aguarden un poco --indicó D. Pablo--. Son unos jovenzuelos
muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret,
es que no metáis mucho ruido. Bailad y marchad de largo a largo por
toda la casa; pero sin gritar, para que no se escandalice la vecindad.
Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?
--Yo traigo cinco guindas --dijo prontamente Badoret sacándolas del
seno.
--Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que
yo os daré ochavos para que compréis pólvora.
--Pauet tiene cuatro guindas --dijo Manalet.
--Pues vengan acá.
--Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del que me dio la
monja.
--Pepet --dijo otro de mis chicos--, trae acá ese medio pepino que le
cogiste al soldado muerto.
--Yo doy este pedazo de bacalao --dijo otro, entregando la ofrenda en
manos de Don Pablo.
--Y yo esta cabeza de gallina cruda --añadió un tercero.
En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos
de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus
generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los
agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; algunos pedazos de cecina;
andrajos de buñuelos; zanahorias; dos o tres almendras en confite, que
ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente
entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su
hija, llamó D. Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel
instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:
--A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es
preciso hacerle creer que nadamos en la abundancia.
--¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrá ni la gata? En
casa no falta que comer.
--¡Maldita sargentona, todo se lo han llevado, todo lo han saqueado
unos malditos militares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan
entrometida, tan bocona y tan amiga de meterse donde no la llaman y
de hablar lo que nadie le pregunta, no nos veríamos en esta... Y no
digo más. Avíe usted una cena con esto, que mañana Dios dirá. ¿Se ha
olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil
entre las manos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf!
Pronto a la cocina. Está usted apestando a pólvora.
Los muchachos, que, como todos los de su edad, eran de los que si se
les da el pie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por
el dueño de la casa para hacer de las suyas, dieron rienda suelta a
la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la que armaron. Rodeando la
mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron por satisfechos
con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos
pusieron las manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron.
Josefina, lejos de manifestar disgusto por tanta impertinencia, se reía
de ver su inquietud. Por señas indicó a su padre que debía dar de cenar
a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras y cierta
festiva ironía D. Pablo:
--Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete.
Padre e hija dialogaron un rato, como Dios les dio a entender, y al fin
la enferma, con voz clara y entera, habló así:
--No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no
ha ido de caza, sino a curar a los heridos, y estos chicos que vienen
imitando a los soldados hacen ahora lo mismo que han visto.
--¡Qué habladora está! --dijo Nomdedeu--. Buen síntoma. En un año no
le he oído tantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y
lindezas de estos muchachos han reanimado su espíritu. Andrés, y tú,
Siseta, riámonos todos, mostrando hallarnos muy satisfechos.
Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, secundados al
punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luego junto a ella, y
tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil
de exprimir por señas, pues solo en este caso se valía Nomdedeu del
lenguaje escrito. Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras
escribía, lo que sigue:
«Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería
decir por no asustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños
y comedias. Ni yo he estado de caza, ni he pensado en ello. Voy a
contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más ni en menos los
sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto a
poner cerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos un
ejército de doscientos mil hombres, mandado por el mismo Emperador
Napoleón en persona.»
Josefina, al leer esto, que era de lo más gordo, mirónos a todos,
interrogándonos con los ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y
no necesitamos que D. Pablo nos lo advirtiera para hacer demostraciones
afirmativas que hubieran convencido a la misma duda. El padre continuó
así:
«Has de saber que ahora tenemos aquí un Gobernador que llaman D.
Mariano Álvarez de Castro, el cual, en cuanto vio venir a los
franceses, dispuso las cosas de manera que no quedara uno solo para
contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientos
mil hombres, que estaba ahí por Aragón sin saber qué hacerse,
viniese en nuestra ayuda por el lado de Montelibi, precisamente
cuando los franceses nos atacaban esta mañana por el otro lado. Al
amanecer rompieron el fuego; desde la muralla de Alemanes se veía a
Napoleón I montado en un caballo blanco, y con un grandísimo morrión
todo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay!
hija mía: habías tú de ver aquello. Nuestros soldados les barrían
materialmente, y como a la hora de empezar el combate apareció el
ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobres _cerdos_
no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, les hemos
dado una paliza tal, que a estas horas van todos camino de Francia
con su Emperador a la cabeza, con lo cual se acaba la guerra, y
pronto tendremos aquí a nuestro Rey Fernando.»
Josefina volvió a asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales
maravillas.
«Yo no te lo había querido decir --continuó Nomdedeu--, por no
asustarte; pero el júbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun
tú, que estás tan retraída, podrías dejar de conocerlo. Lo mismo
que estos chicos andan los mayores por el pueblo, entregados a
las manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los
pasados días los franceses, que andaban por ahí, no permitían llegar
comestibles al pueblo, y hoy todo es abundancia; y además de lo que
puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se ha cogido, que es, si
no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones de sacos
de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya
podemos marchar a Castellá cuando quieras...»
--Mañana mismo --dijo Josefina con afán.
«Sí, mañana mismo --escribió D. Pablo--. Estamos como queremos,
y jamás ha tenido Gerona temporada más alegre, más animada. La
gente está loca de contento, y todo se vuelve cantos y bailes, y
felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado esta tarde
con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto
hay en la plaza; y aunque tu estómago sigue débil, creo que debes
tomar de todo, con tal que sea en dosis muy pequeñas. Sobre todo
consulté a D. Pedro, mi compañero en el hospital, y me dijo que
convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares, tomando de
cada uno ración muy mínima, y cuidando, según lo ordena Hipócrates,
de que alternen en un mismo plato la cecina y las guindas, los
buñuelos con la leguminosa _cicer pisum_, que llamamos garbanzo, y
las almendras confitadas con esa planta salutífera que se conoce
en la ciencia por _Beta vulgaris latifolia_, y que comúnmente
llamamos acelga, manjar de gran virtud medicinal, si se le mezcla
con dulce, con nueces y hasta con un poquito de bacalao. Conque
disponte a cenar, que mañana, si el día está bueno, se podrá ir a
Castellá; aunque a decir verdad, hija mía, ahora caigo en que tal
vez sea difícil, porque todos los carros y caballerías del pueblo
los ha tomado la Junta con objeto de organizar la gran procesión y
cabalgata con que ha de celebrarse este triunfo sin igual. Pero será
cosa de dos o tres días. Es preciso que te animes para salir a ver
las iluminaciones de esta noche, aunque hablando en puridad no te
conviene tomar el sereno; y para que participes de la común alegría,
aquí tenemos a Andrés y a Siseta, que se prestarán a bailar delante
de ti con los chicos un poco de sardana y otro poco de tirabou,
comenzando esta noche, para que también en esta casa se manifieste
la inmensa satisfacción y patriótico alborozo de que está poseída la
ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el fluviol y la tanora, que
solo sirven para meter inútil ruido. Conque puedes dar la señal para
que comience la fiesta. Yo voy un instante a preparar en el comedor
la riquísima y abundante cena con que obsequiaremos a estos jóvenes,
así como a los preciosos y bien educados niños.»
Y luego, volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo:
--No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo,
Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para
sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo
había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el Santo Evangelio!
X
El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que bailásemos
Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los instantes
en que, incendiados varios edificios de la ciudad, esta ofrecía en su
estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y angustia. Formando
con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, obedeciendo a la
apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que nos pedía con lágrimas
en los ojos nuestra cooperación en la difícil comedia con que engañaba
el delicado espíritu de su hija; pero bailamos en silencio, sin música,
y nuestras figuras movibles y saltonas tenían no sé qué aspecto
mortuorio. Nuestras sombras proyectadas en la pared remedaban una danza
de espectros, y los únicos rumores que a aquel baile acompañaban
eran, además de nuestros paseos, el roce de los vestidos de Siseta, el
retemblar del piso, y un ligero canto entre dientes de Badoret, que al
mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol y la tanora.
Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo para
contraer y esforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba
representando, e iguales angustias experimentaba Siseta, según después
me dijo.
Al fin la turbación moral, unida al cansancio, me hicieron exclamar:
«Ya no puedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo
hizo Siseta.
Pero Josefina, que nos contemplaba con indecible satisfacción y agrado,
pidionos que bailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas a su
padre, nos decía que éramos unos holgazanes sin cortesía. Vierais
allí al buen Don Pablo suplicándonos que bailáramos, por la salvación
eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos como insensatos segunda y
tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hecho
de servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he
hecho mención, la cual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos
y orales del Dr. Nomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las
excelencias del repugnante pisto, servido en nueve o diez platos en
raciones microscópicas. Todo aquello era una farsa lúgubre que oprimía
el corazón, y D. Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo, escuálido,
ojeroso, amarillo, trémulo, parecía haber salido de la sepultura y
esperar el canto del gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a
escondidas, y algunos de los chicos, rendidos al poderoso sueño y a
la gran fatiga, habían estirado los miembros y cerrado los ojos en
diversos puntos, donde cada cual encontró mejor comodidad y fácil
postura.
--Sr. D. Pablo --dije al médico--, no nos mande usted bailar más,
porque nosotros mismos creemos que estamos locos.
--Hijos míos --me contestó--, tengo el corazón partido de dolor.
Necesito estar en batalla constantemente para contener las lágrimas
que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona! ¿Existirás mañana? ¿Estarán
mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valientes hijos? ¡Yo
tengo espíritu para todo: para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad
natal, y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar
esta farsa? Nada: la pobrecilla se deja engañar fácilmente, y como su
enfermedad no es otra cosa que una fuerte pasión de ánimo, en el ánimo
se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, los tónicos y los
emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado
la vida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan
sutilmente sensible, una triste o agradable impresión? Pues significa
tanto como la vida o la muerte. Sí, hijos míos: si yo no cuidara de
ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se debilitaría su
ser de tal suerte que el menor accidente la mataría, como un soplo
de viento apaga la luz. Es preciso resguardar esta pobre lámpara del
aire que la mata, y darla el que la vivifica. Así va tirando, tirando,
y quién sabe si la podré salvar. Sed, pues, caritativos y procurad
divertirla. Ved cómo se ríe; reparad qué precioso color han tomado sus
mejillas. La creencia de que Gerona está llena de felicidades, y la
esperanza de ser llevada pronto a Castellá, la fortifican y dan nueva
vida. Esta noche marchamos bien; pero mañana ¿qué haré, que la diré
mañana? Si escasean cada día más los víveres, como es probable; si se
declaran el hambre y la epidemia, y caen bombas en parajes cercanos,
o aquí mismo, ¿qué comedia representaremos? Dios me favorezca y me
inspire, pues para su infinita misericordia nada hay imposible.
--Estoy muerto de cansancio --dije yo, viendo que Josefina pedía más
baile--, y además es tarde y tengo que marcharme a mi puesto.
Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía en el
suelo con la inmovilidad de un talego, roncaba sonoramente, remedando
en la cavidad de sus fosas nasales el lejano zumbido del cañón.
Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluviol y la tanora, dormía
como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para no exigirnos
imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída de cierto
febril insomnio, y se puso a danzar en medio de la sala, haciendo corro
con cuatro chicos de los más despabilados. Cuando yo salí, quedaba el
pobre señor haciendo piruetas y cabriolas con ningún arte y mucha
torpeza; pero su incapacidad para el baile, provocando la hilaridad
de su hija, más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzaba los
brazos descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba
a cada instante, inclinándose adelante o atrás; trazaba mil figuras
grotescas y estrambóticas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y
un sudor angustioso afluía de su rostro macilento, desfigurado por las
muecas y visajes a que le obligaban el fatigoso movimiento y los agudos
dolores de su herida. Nunca vi espectáculo que tanto me entristeciera.