Rindiose Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido.
¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido
novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la
guarnición del castillo se componía de unos trescientos o cuatrocientos
hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un
montón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en
que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir,
un hombre para atacar y una estatua para sufrir; mas no podía ser así,
porque de la pasta de D. Mariano Dios había hecho a D. Mariano, y
después dijo: «Basta, ya no haremos más.»
Se rindió el castillo después de clavar los pocos cañones que quedaron
útiles, y por la tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido
guarnición, marchando la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver
a Luciano Anció, el tambor que, después de haber perdido una pierna
entera y verdadera, siguió mucho tiempo señalando con redobles la
salida de las bombas; pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el
parche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a
aquella gente, y yo le dije a Siseta, que había ido con los tres chicos
a la Plaza de San Pedro:
--Como estos medios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque
ya que acabaron con Montjuich, ahora la van a emprender con la torre
Gironella, cuyas murallas no se han caído ya... por punto.
Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad,
que se les venía a la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y
desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados.
Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas
bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano,
contra la muralla de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador,
que harto conocía la flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso
que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos
lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más
débiles.
Las mujeres y los ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la Plaza
de San Pedro a mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer
nada. Por la noche regresaron a su casa completamente perdidos de
suciedad, y con los vestidos hechos jirones.
--Aquí te traigo estos tres caballeros --dije a Siseta--, para que los
repases.
Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la
contuve diciendo:
--Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D.
Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si
no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que
cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que
tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos
en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la
zanja, de donde le sacaron con una azada.
Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole
con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase parte en las
obras de fortificación.
--¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien
derecha? --proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su
hermana--. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando
este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras.
Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el
corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos
que no le dejaban andar. Un ayudante les espantaba; pero volvían como
las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los
oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la
cara a tu hermano Manalet.
--¡Ay, qué chicos estos! --exclamó Siseta--. Todos desean que se acabe
el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya
escuela.
Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes
ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente
vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente
a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los
bolsillos.
--Siseta --dije--, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres
capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente,
¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el
cuerpo?
--No hay nada --dijo la muchacha, suspirando tristemente--. Se ha
concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que
la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan
también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche?
Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato
guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no
llevaba nada.
--Siseta --dije al fin--. La verdad, hoy no he traído cosa alguna.
Sabes que no nos dan más que media ración, y yo había tomado
adelantadas dos o tres diciendo que eran para un enfermo. Esta mañana
me dio un compañero un pedazo de pan... ¿y para qué negártelo?... tenía
tanta hambre que me lo comí.
Felizmente para todos, bajó la señora Sumta, trayendo algunos mendrugos
de pan y otros restos de comida.