Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella, volví
a mi alojamiento y me encontré con una novedad. Pichota había parido,
sí, señores, y la familia de que orgullosamente me consideraba jefe, se
aumentó con tres criaturas, a las cuales era preciso mantener. No sé
si he hablado a ustedes de Pichota, hermosa gata parda con manchas, a
quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites. Perdóneseme el
descuido por no haberla mencionado antes, y ahora solo falta decir que
al ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta:
--Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñar,
porque no estamos para mantener a tanta gente. Luego que acaben de
mamar, será preciso una ración diaria para alimentarlos, y dicen que
vamos a andar escasos.
--Déjalos, hombre --me respondió--. Dios dará para todos, y si no
que se lo busquen ellos mismos. No faltará que comer en Gerona. Los
_cerdos_ no se meterán con ustedes, y hasta me parece que no se
atreverán a asomar las narices por acá.
--¡Quia, qué se han de atrever! --exclamé yo con festiva ironía--.
Nos tienen mucho miedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás
los mosquitos que andan allá por Levante y Mediodía. Franceses en San
Medir, Montagut y Costa Roja; franceses en San Miguel y en los Ángeles,
y, por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya
verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan
para empezar, y tenemos unas murallitas... ¡qué obras, válgame Dios! Da
miedo verlas. Figúrate que cuando los lagartos corren por entre las
piedras, estas se mueven y dan unas contra otras. No se puede hablar
recio junto a ellas, porque con el estremecimiento del sonido se caen
de su sitio. En fin, yo no sé lo que va a pasar cuando abran batería
los franceses y empiecen a bombardearnos.
La señora Sumta, ama de gobierno de Don Pablo Nomdedeu, que solía bajar
a darnos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en nuestro
diálogo, diciendo:
--Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una
almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de
Dios goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la república de
los _cerdos_, me decía varias veces: «Si no fuera porque está allí
San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí los
gerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán
caerían en poder de cualquier atrevido que pasase la frontera.» En fin,
lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen
español que sepa mandarlos. ¿Y qué me dice usted, Sr. Andresillo, de
ese encanijado Gobernador que nos han puesto?
--D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a
los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho
temple.
--Pues no lo parece --repuso la señora Sumta--. Cuando nos mandaron acá
este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por poca cosa. ¡Qué
se puede esperar de quien no levanta tanto así del suelo! El otro día
pasó junto a mí, y... créalo usted, no me llega al hombro. El tal D.
Mariano Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto usted la
cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre
en las venas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel General
Ricardos, que no cabía por esa puerta, con un pecho y una espalda...
Daba gusto ver su cara redondita y sus carrillos como clavellinas...
--Señora Sumta --dije riendo--, cuando los generales tengan un oficio
semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que
sean flacos y encanijados.
--No, Andresillo, no digo eso --repuso la matrona--. Lo que digo es que
sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a Doña
Lucía Fitz-Gerard, coronela del batallón de Santa Bárbara; cuando una
ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras
ella a matar franceses. Pero dime, Siseta, ¿no estás tú afiliada en el
batallón de Santa Bárbara?
--Yo, señora Sumta, no sirvo para eso --repuso mi futura esposa--.
Tengo miedo a los tiros.
--Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén
vivos los hombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar agua
a los artilleros, y si se ofrece, ir aquí o allí con una orden del
General: esta será nuestra ocupación. Ya les he dicho que cuenten
conmigo para todo, para todo, aunque sea para llevar la bandera del
batallón. De veras te digo, Andresillo, que es gran lástima no tener
mejores murallas, y un General menos amarillo y con algunos dedos más
de talla.
Yo me reía con las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como
entrometida, y lejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo
gusto a Siseta y a mí, mayormente al ver que en sus visitas el ama de
gobierno de D. Pablo Nomdedeu no bajaba nunca sin traer algún condumio
para los huérfanos. A eso de las nueve se despidió para regresar a su
alojamiento, y entonces nos dijo:
--Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y
ahora estará escribiendo su _Diario de todos los días_, uno al modo de
libro de coro, donde va apuntando lo que le pasa. ¡Ay! el amo confía
que la niña se curará, y yo, sin ser médico, digo y aseguro que si
alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar... Ahora estamos
empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos a Castellá.
Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más bombas. La niña
no se ha de enterar de nada, y el amo dice que aunque arda la ciudad
toda y caigan a pedazos las casas, Josefina no lo ha de conocer. Pues
digo, si los _cerdos_ aprietan el cerco, como se cuenta, y escasean
los víveres... Pero el amo tampoco quiere que la niña comprenda que
escasean las vituallas. Si tenemos hambre, capaz es mi señor Don Pablo
de cortarse un brazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer a la
enferma que tenemos aquel día pierna de carnero. Bueno va, bueno va.
Adiós, Siseta; adiós, Andrés.
Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los gatitos:
--Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona, la
carne de gato dicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo
nos veremos fuera de estas murallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita
guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con los muchachos, Pichota y sus
niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estará de Dios que no nos
sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para ver cómo
va cuajando la aceituna?
Hablando de este modo, me engolfaba en tristes presagios; pero Siseta,
con sus observaciones impregnadas de sentimiento cristiano, daba cierta
serenidad celeste a mi espíritu.
V
El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el
fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio de un
parlamentario. Estaba yo en la Torre de San Narciso, junto al barranco
de Galligans, y oí la contestación de D. Mariano, el cual dijo que
recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con
embajadas.
Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar las
torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente,
obligándonos a abandonarlas el 19. También se apoderaron del barrio de
Pedret, que está sobre la carretera de Francia, y entonces dispuso el
Gobernador una salida para impedir que levantasen allí batería. Pero
exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres, no hubo
hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando
los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de
Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían
todo. ¿Creerán ustedes que solo había dentro del recinto nuevecientos
hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado
varias baterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre,
y sin cesar arrojaban bombas a los del castillo, que rechazaron los
asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Por cuatro veces se
echaron los _cerdos_ encima, hasta que en la última dijeron «ya no
más», y se retiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos
mil hombres entre muertos y heridos. No puedo apropiarme ni una parte
mínima de la gloria de esta defensa, porque la estuve presenciando
tranquilamente desde la Torre Gironella.
En todo el mes de julio siguieron los franceses haciendo obras para
aproximarse a la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza,
ponían su empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan
comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos.
En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y
con lo que yo les llevaba, unido a los frecuentes regalos del señor
D. Pablo Nomdedeu, iban tirando los desdichados habitantes de la
cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los días mirando al
cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí
y otro allí se mantiene, sostenido también por el espíritu, que toma
su substancia no sé de dónde. Yo tenía un placer inmenso al retirarme
a descansar unas cuantas horas o simplemente unos cuantos minutos, en
ver cómo trabajaba Siseta en su casa, arreglando por puro instinto
y nativo genio doméstico aquello que no tenía arreglo posible. Los
platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la
vajilla más perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan
brillante aparato. En las alacenas, donde no había nada que comer, mil
chirimbolos de loza y lata, que fueron en sus buenos tiempos bandejas,
escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares a que los destinó
el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para arder
en una hoguera, adquirieron inusitado lustre con el tormento de los
diarios lavatorios y friegas a que la diligente muchacha los sujetaba.
--Mira, prenda mía --le decía yo--, se me figura que no vendrá ninguna
visita. ¿A qué te rompes las manos contra esa caoba carcomida y ese
pino apolillado que no sirve ya para nada? Tampoco viene al caso la
deslumbradora blancura de esas cortinas desgarradas y de esos manteles,
sobre los cuales, por desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavo
asado.
Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entre tanto una
secreta satisfacción ensanchaba mi pecho, al considerar las eminentes
cualidades de la que había elegido para compañera de mi existencia. Un
día, después de hablar de estas cosas, subí a visitar al Sr. Nomdedeu,
y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, que seguía leyendo
el _Quijote_.
--Andrés --me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los
ojos lo que expresaban las palabras--, principian a faltar víveres de
un modo alarmante, y los franceses no dejan entrar en la plaza ni una
libra de habichuelas. Yo estoy decidido a comprar todo lo que haya, a
cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; pero si llegan a
faltar los alimentos en absoluto, ¿qué haré? He reunido bastantes aves;
pero dentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan
flacas que da lástimas verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos
a comer carne de caballo. ¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se
rendirá, y ha puesto un bando amenazando con la muerte al que hable de
capitulación. Yo tampoco quiero que nos rindamos... de ninguna manera;
pero ¿y mi hija? ¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apuros
de un bloqueo riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo?
La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe volviose
el padre, en cuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza la
expresión dolorosa en afectada alegría.
En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y como
esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable.
El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente:
--¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino
mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con
una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho.
Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio
esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un
pellejo amarillo.
--No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso
--me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en
los labios--. ¡Dios mío, no me desampares!
La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas
palabras:
--Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco
gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas.
--¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! --exclamó el doctor,
chupando los huesos del pollo para animar a su hija a que imitara tan
meritoria abnegación--. ¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen
que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la
Plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda?
--No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco.
--¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer?
Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego con
visajes de satisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de la
enferma la excelencia de aquella vianda. Pero Josefina, después de
probar el seco animal, apartó el plato de sí con repugnancia. D. Pablo,
sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedad faltábale
la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos:
--¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco;
pero ahora se usan los pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y
los buenos cocineros jamás te ponen en el puchero un ave medianamente
entrada en carnes.
Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos con
desaliento, pareció más dispuesta a dormir que a comer. En tanto
D. Pablo levantábase, y paseando por el cuarto, cruzadas las manos
y con expresión de terror los ojos, no se cuidaba de disimular su
desesperación.
--Andrés --me dijo--, es preciso que me ayudes a buscar algo que dar
a mi hija. Gallinas, patos, palomas: ¿se han concluido ya las aves de
corral en Gerona?
--Todo se ha concluido --afirmó la señora Sumta con oficiosidad--.
Esta mañana, cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la
segunda compañía del batallón de Santa Bárbara), todos los militares
se quejaban de la escasez de carnes, y la coronela Doña Luisa dijo que
pronto sería preciso comer ratones.
--¡Vaya usted al demonio con sus batallones y coronelas! ¡Comer
animales inmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A
ver: busquen por ahí... pagaré una gallina a peso de oro.
Luego, volviéndose a mí, me dijo:
--Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por un
General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo
Intendente, D. Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba
pudiera llegar felizmente aquí. Parece que están en Olot con dos mil
acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D. Blas de
Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses.
¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna
carne!... Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia,
porque los malos alimentos traen consigo mil dolencias que se agravan
y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho y lleno de
inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con
tomar en la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros,
y roerlo; pero que no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un
pedazo de pan de trigo y una hila de carne... Andrés, ¡si vieras qué
malos ratos paso en el hospital! El Gobernador ha mandado que los
mejores víveres que quedan se destinen a los soldados y oficiales
heridos, lo cual me parece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen
todo. Esta mañana estaba repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué
perniles, qué alones, qué pechugas había allí! Tuve intenciones de
escurrir bonitamente una mano por entre los platos y pescar un muslo
de gallina, para metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y
traérselo a mi hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que
me dominaba y mi conciencia, y al fin, elevando el pensamiento, y
diciendo: «Señor, perdóname lo que voy a hacer», me decidí a cometer
el hurto. Alargué los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir
el contacto de la carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté
la mano; pero se me representó el estado lastimoso de mi niña y volví
a las andadas. Ya tenía entre las garras el muslo, cuando un oficial
herido me vio. Al punto sentí que la sangre se me subía a la cara, y
solté la presa diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne
es excelente y que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...» Me vine a
casa con la conciencia tranquila, pero con las manos vacías. Y hablando
de otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin se tendrá que rendir
Montjuich.
--Así parece, Sr. D. Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados
a los seiscientos hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece
que no pueden resistir más tiempo. Los que hay dentro del castillo
ya no son hombres, pues ninguno ha quedado entero, y si se sostienen
una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más
prodigioso que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha.
--Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para fiestas;
pero que el Gobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más resistir,
como si fueran de hierro los pobres hombres. Diecinueve baterías han
levantado los franceses contra aquella fortaleza... conque figúrate el
sinnúmero de confites que habrá llovido sobre la gente de D. Guillermo
Nash.
--No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo --repuse--, que todo eso lo
tengo más que visto, pues la Torre Gironella, donde yo estoy, no tiene
ninguna varita de virtudes para impedir que las bombas caigan sobre
ella.
La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a
nosotros.
--Hija mía --le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño, a pesar de la
certeza de no ser oído--, tu disposición a andar me prueba que estás
mucho mejor. Unos cuantos paseos por las afueras de la ciudad te
pondrán como nueva. ¡Ay, Andrés! --añadió dirigiéndose a mí--, daría
diez años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el
camino de Salt. Por espacio de muchos meses ha permanecido en una
postración lastimosa, y ahora su naturaleza, sintiéndose renacer, busca
el movimiento y quiere sacudir la mortal somnolencia.
Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se
tiñeron de levísimo carmín.
--¡Oh, qué alegría! --exclamó D. Pablo--. En todo un año no has andado
tanto como en estos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el
semblante. La sangre circula, los miembros adquieren soltura y brío, la
apagada pupila brilla con nuevo ardor, y una respiración cadenciosa y
enérgica sale del oprimido pecho.
Diciendo esto, mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo.
--Aquí tienes, insigne Marijuán --prosiguió con júbilo--, el resultado
de mi sistema. Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen
médico, no curará a su hija.» Y yo digo: «Sí, majaderos: el Sr. D.
Pablo Nomdedeu, que es un mal médico, curará a su hija.» Mi hija está
mejor, mi hija está buena, y con unos cuantos meses de temporada en
Castellá...
La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las
demostraciones de su padre, hizo y repitió enérgicos signos que no
entendí. La falta de oído habíale quitado el hábito de expresarse por
la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápida movilidad
facial y manual de los sordomudos. Solo en casos de apuro y cuando no
era comprendida, recurría instintivamente a poner en acción la lengua,
exprimiendo las ideas con cierta oscuridad, y siempre con rapidez y
escasa armonía.
--Quiero vestirme --dijo agitando el guardapiés.
--¿Para qué, hija?
--¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he
visto.
Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos.
--Esos caballos --me dijo--, son el mío y el del vecino D. Marcos, que
van al matadero.
Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a
nuestro lado.
--¡Quiero salir... calle! --exclamó con vehemencia.
--Hija mía --dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra--, ya
sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará
bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina
y de la cocina a la sala.
Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo.
--Aquí tienes un gran compromiso --me dijo el doctor tirándose de un
mechón de cabellos.
La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios, exclamó:
--¡Qué precioso... el cielo!
--Es verdad --repuso el padre--. Pero... más vale que te sientes en
tu silloncito. ¿Por qué no tomas alguna cosa? Mira... uno de estos
bollitos.
Josefina corrió a su asiento y dejose caer en él, apartando con
repugnancia las golosinas que le ofrecía su padre. Luego movió la
cabeza a un lado y otro cerrando los ojos, y pronunciando estas
palabras que caían sobre el corazón del padre como bombas en plaza
sitiada:
--¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona!
Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla, habíase sentado junto a ella,
y con la cabeza entre las manos lloraba como un chiquillo.