III

Nomdedeu, llevándome junto a la ventana, me dijo:

--La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es

natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de

miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene

en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo

decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Ya

sabes que llegó aquí el bárbaro Duhesme a mediados de julio del año

pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: _El 24 llego, el 25

la ataco, el 26 la tomo, y el 27 la arraso._ Hombre que tales bravatas

decía igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó, en efecto,

y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no fuese su

propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía nueve mil

hombres, y aquí dentro apenas pasaban de dos mil, con los paisanos

que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y

abiertas trincheras contra Montjuich y los fuertes del Este y Mercadal,

el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron asaltar el

Montjuich; pero sí... para ellos estaba. El regimiento de Ultonia lo

defendía... Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña

perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche.

Su estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento,

la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque

he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols,

hijo de mi hermana Doña Mercedes, residente en La Bisbal. No sé si

sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con

Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque

desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en

escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje.

Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El

día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del

bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve

rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación.

¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el

techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo,

donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos.

Anselmo quedó muerto en el acto, atravesado por un casco el pecho;

mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también, aunque

sin gravedad. Yo recibí un golpe, y solo mi hija quedó aparentemente

ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo! ¡qué desquiciamiento,

qué horrible perturbación en su pobre alma! La horrenda explosión;

el súbito peligro; la muerte de su primo y futuro esposo a quien

recogimos del suelo en el momento de expirar; el riesgo que corríamos

con el incendio de la casa, hirieron con golpe tan rudo su naturaleza

endeble y resentida, que desde entonces mi hija, aquella muchacha

amable, graciosa y discreta, dejó de existir, y en su lugar dejome

el cielo esta desvalida y lastimosa criatura, cuyos padecimientos

más me duelen a mí que a ella propia; esta vida se me va aniquilando

entre el dolor y la melancolía, sin que nada pueda reanimarla. En el

primer momento de la catástrofe, Josefina se quedó como si hubiera

perdido la razón. A pesar de nuestros esfuerzos por sujetarla, salió

corriendo a la calle, y sus lamentos dolorosos detenían al pasajero

y contristaban al invencible soldado. Seguímosla, y llamándola sin

cesar con las palabras más cariñosas, intentábamos llevarla a sitio

seguro donde se tranquilizase; pero Josefina no nos oía. En su cerebro,

agitado por hirviente excitación, reinaba el silencio absoluto. Yo

creí que no sobrevivía a aquel trastorno; pero ¡ay, Andresillo!

vive, gracias a mis cuidados, a mi vigilante y previsor estudio por

salvarla. Ha permanecido en cama todo el invierno. Ya ves cómo está.

¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes días hasta el verano? ¿Podré salir de

Gerona dentro de algunos meses, si resistimos el asedio y se van los

franceses? ¿Qué suerte nos destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre

niñita mía! Inocente y débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez

mejor que nosotros los fuertes. No sé qué daría por que esta situación

terminara pronto, permitiéndome salir una temporada de campo con mi

pobre enferma. Pero figúrate lo que dirían de mí si ahora escapase de

Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían cobarde y mal patriota. En

verdad, muchacho, que no sé cuál de estos dos calificativos me lastima

más. ¡Cobarde o mal patriota! No... aquí, señor de Nomdedeu, señor

médico del hospital; aquí, en Gerona, al pie del cañón, con la venda

en la mano y el bisturí en la otra para cortar piernas, sacar balas,

vendar llagas y recetar a calenturientos y apestados. Vengan granadas

y bombas.. Puede que se muera mi hija; puede que la débil luz de esta

lamparita se apague, no solo por falta de aceite, sino por falta de

oxígeno; morirá de terror, de consunción física, de hambre; pero ¡qué

vamos a hacer! ¡Si Dios lo dispone así!...

Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se

limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una

bandera.

Gerona · 第 7 / 31 题