Nomdedeu, llevándome junto a la ventana, me dijo:
--La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es
natural que así sea, puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de
miedo proviene su desorden nervioso y la pasión de ánimo que la tiene
en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigo Andrés, puedo
decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Ya
sabes que llegó aquí el bárbaro Duhesme a mediados de julio del año
pasado, cuando dijo aquellas arrogantes palabras: _El 24 llego, el 25
la ataco, el 26 la tomo, y el 27 la arraso._ Hombre que tales bravatas
decía igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó, en efecto,
y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no fuese su
propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía nueve mil
hombres, y aquí dentro apenas pasaban de dos mil, con los paisanos
que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y
abiertas trincheras contra Montjuich y los fuertes del Este y Mercadal,
el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron asaltar el
Montjuich; pero sí... para ellos estaba. El regimiento de Ultonia lo
defendía... Pero voy a mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña
perdió el sosiego, y su espanto la tenía en vela de día y de noche.
Su estado de excitación, junto con la resistencia a tomar alimento,
la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque
he de advertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols,
hijo de mi hermana Doña Mercedes, residente en La Bisbal. No sé si
sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo con
Josefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque
desde algunos meses antes habían gastado algunas manos de papel en
escribirse cartas, y díchose mil amorosas palabras en honesto lenguaje.
Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muy cerca de la plaza. El
día 15 habíamos bajado al portal, donde nos creíamos más seguros del
bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breve
rato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación.
¡Ay, amigo Andrés! ¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el
techo, atravesó el piso alto, y horadando las tablas cayó en el bajo,
donde al estallar con horrible estruendo causó espantosos estragos.
Anselmo quedó muerto en el acto, atravesado por un casco el pecho;
mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también, aunque
sin gravedad. Yo recibí un golpe, y solo mi hija quedó aparentemente
ilesa; pero ¡qué trastorno en su organismo! ¡qué desquiciamiento,
qué horrible perturbación en su pobre alma! La horrenda explosión;
el súbito peligro; la muerte de su primo y futuro esposo a quien
recogimos del suelo en el momento de expirar; el riesgo que corríamos
con el incendio de la casa, hirieron con golpe tan rudo su naturaleza
endeble y resentida, que desde entonces mi hija, aquella muchacha
amable, graciosa y discreta, dejó de existir, y en su lugar dejome
el cielo esta desvalida y lastimosa criatura, cuyos padecimientos
más me duelen a mí que a ella propia; esta vida se me va aniquilando
entre el dolor y la melancolía, sin que nada pueda reanimarla. En el
primer momento de la catástrofe, Josefina se quedó como si hubiera
perdido la razón. A pesar de nuestros esfuerzos por sujetarla, salió
corriendo a la calle, y sus lamentos dolorosos detenían al pasajero
y contristaban al invencible soldado. Seguímosla, y llamándola sin
cesar con las palabras más cariñosas, intentábamos llevarla a sitio
seguro donde se tranquilizase; pero Josefina no nos oía. En su cerebro,
agitado por hirviente excitación, reinaba el silencio absoluto. Yo
creí que no sobrevivía a aquel trastorno; pero ¡ay, Andresillo!
vive, gracias a mis cuidados, a mi vigilante y previsor estudio por
salvarla. Ha permanecido en cama todo el invierno. Ya ves cómo está.
¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes días hasta el verano? ¿Podré salir de
Gerona dentro de algunos meses, si resistimos el asedio y se van los
franceses? ¿Qué suerte nos destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre
niñita mía! Inocente y débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez
mejor que nosotros los fuertes. No sé qué daría por que esta situación
terminara pronto, permitiéndome salir una temporada de campo con mi
pobre enferma. Pero figúrate lo que dirían de mí si ahora escapase de
Gerona. No lo quiero pensar. Me llamarían cobarde y mal patriota. En
verdad, muchacho, que no sé cuál de estos dos calificativos me lastima
más. ¡Cobarde o mal patriota! No... aquí, señor de Nomdedeu, señor
médico del hospital; aquí, en Gerona, al pie del cañón, con la venda
en la mano y el bisturí en la otra para cortar piernas, sacar balas,
vendar llagas y recetar a calenturientos y apestados. Vengan granadas
y bombas.. Puede que se muera mi hija; puede que la débil luz de esta
lamparita se apague, no solo por falta de aceite, sino por falta de
oxígeno; morirá de terror, de consunción física, de hambre; pero ¡qué
vamos a hacer! ¡Si Dios lo dispone así!...
Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se
limpiaba las lágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una
bandera.