El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y cinco
años; pero los estudios o penas domésticas, para mí desconocidas,
habían trabajado en tales términos su naturaleza, que aparentaba
mucho más del medio siglo. Era acartonado, enjuto, amarillo, con gran
corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasos pelos
rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra.
Todo anunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar
penetrante, imagen del alma enérgica y del entendimiento activo. Vivía
en apacible medianía, sin lujo, pero también sin pobreza; muy querido
de sus paisanos, consagrado fuera de casa a los enfermos del hospital,
y dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también de
doloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel
apreciable sujeto, me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran
saber y de mucha amenidad en su sabiduría. Todo lo observaba, y no se
permitía ignorar nada, de modo que jamás ha existido un hombre que
más preguntase. Yo no creí que los labios preguntasen tonterías de las
que no ignora un rústico; pero él me dijo varias veces que la ciencia
de los libros no valdría nada, si no se cursase el doctorado de la
conversación con toda clase de personas.
De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros;
algunas estampas francesas de anatomía, emparejadas con otras
de santos, y bastantes cuadros que ostentaban detrás del vidrio
innumerables yerbas secas con sendos letreros manuscritos al pie. Pero
lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casa del Sr.
Nomdedeu, era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y
marchita, una triste vida que junto a la ventanita abierta al mediodía
quería prolongarse absorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la
desgraciada Josefina, hija del insigne hombre que he mencionado, la
cual, enferma y postrada, se me representaba como las flores secas
guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido
hermosa; pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían
sublimado en aquel descendente crepúsculo que iba difundiendo sobre
ella las sombras de la muerte. Inmóvil en un sillón, su aspecto era por
lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padre entró conmigo
el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una
sola palabra. Nomdedeu me dijo:
--Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda.
Pronunció estas palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina
estaba completamente sorda.
--El profundo silencio que la rodea --continuó el padre--, es
favorable a su salud, porque siendo su mal un desarrollo excesivo de
la sensibilidad, todo lo que disminuya las impresiones exteriores,
aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida. No
espero salvarla, y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días,
fingiendo que nos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros.
Desearía llevarla al campo; pero el deber y el patriotismo me obligan a
no abandonar el cuidado del hospital, cuando nos amenaza un cerco, que
parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Dios nos saque en
bien. ¿Conque se murió ese pobre Sr. Mongat?
--Sí, señor --respondí--; y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos
que pedirían limosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera
decidido a quitarme el pan de la boca para dárselo.
--Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda por
esos infelices. Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas
veces a acompañar a mi hija. Dile que venga más a menudo, y hoy mismo
encargaré a la señora Sumta[3] que les dé a los hijos de Cristòful
Mongat todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame: ¿qué has oído en el
cuerpo de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa expedición a
Santa Coloma de Farnés. ¿Fuiste allá?
[3] Lo mismo que Asunción.
--Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses
se nos presentaron en la tarde del 24 de Abril; pero como éramos
pocos, y no llevábamos por objeto el batirnos con ellos, sino traer
provisiones a Gerona, luego que cargamos los carros y las mulas, nos
vinimos para acá con D. Enrique O’Donnell. Los _cerdos_[4] dominan toda
la Segarra, pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para
abastecerse pasan la pena negra. El General francés Pino mandó hace
poco un batallón a San Martín en busca de víveres. Al llegar el coronel
pidió al alcalde para el día siguiente de madrugada cierto número de
raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos de
la vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de
alojamiento, distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos.
El alcalde aparentó deseo de servir al señor coronel, y al anochecer el
pregonero salió por las calles gritando: «_Eixa nit a las dotse, cada
vehí matará son porch._»
[4] En Cataluña, durante la invasión, llamaban a los franceses
_porchs_.
--Y cada vecino mató su francés.
--Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no
respondo de que sea verdad, aunque la gente de San Martín es capaz de
eso. Luego que hicieron su matanza, escondieron armas, morriones y
cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó el General Pino,
trataron de probarle que _allí no había estado nadie_.
--¿Sabes, Andrés --me dijo Nomdedeu--, que esto parece cosa de cuento?
--Séalo o no --repuse--, con estos y otros cuentos se anima la gente.
Los _cerdos_ están ya sobre Gerona, y esta mañana les hemos visto
en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil
seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de
los fuertes. De estos, el que no se ha caído ya es porque no se le ha
dado licencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil
hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona
con cinco mil seiscientos?
--Ya serán algunos más --dijo Nomdedeu paseándose por la habitación con
la inquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando de las
cosas de la guerra--. Todos los vecinos de Gerona toman las armas, y
hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las listas de
las ocho compañías que componen la _Cruzada gerundense_. Yo he querido
afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no pueden reemplazarse,
me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está formando hoy
el batallón de señoras, de que es coronela Doña Lucía Fitz-Gerard: ¿la
conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que
causa el considerar los desastres que nos amenazan, se alegra uno al
ver los belicosos preparativos que tanto enaltecen al vecindario de
esta ciudad.
Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante
exaltación, Josefina fijaba en nosotros los ojos sorprendida y
aterrada, y atendía a nuestros gestos, dando a conocer que los
comprendía tan bien como la misma palabra. Advirtiolo su padre, y
volviéndose a ella, la tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas,
diciéndome:
--La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la
guerra. Esto le causa un terror extraordinario.
La enferma tenía delante de sí, en una mesilla de pino, un gran pliego
de papel con plumas y tintero. La escritura servía a hija y padre de
medio de comunicación.
Nomdedeu, tomando la pluma, escribió:
«Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que
vio ayer Andresillo en Pedret. Dice que mató todas las que quiso, y
que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no volverá a
haber más sitios en Gerona. ¡Si se ha concluido la guerra! Pues qué,
¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. Verdad que
se me había olvidado contártelo. Estamos en paz. Veremos si mañana
puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá la semana
que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales tan cargados
de rosas!... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tanta cereza, que no
sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos colmenas más,
y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. A la gallina
pintada se le ha puesto una buena echadura con seis o siete huevos
de pata. Dentro de diez días los sacará a todos, y dará gusto ver a
esa familia.»
Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando
disimular su aflicción, me dijo:
--De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza.
Si ella supiera que mi casa de campo con todas las plantas y los
animalitos que allí tenía no existe ya... Los franceses no han dejado
piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres; amenazado,
como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra, del hambre y
de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un bienestar
y una paz que está muy lejos de nosotros, y he de ocultar la amargura
de mi corazón destrozado, mintiendo como un histrión. Pero así ha
de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase a conocer la
situación en que nos encontramos, y tuviese conocimiento del bombardeo
y de las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; y quiero
prolongarle la vida todo el tiempo que me sea posible, porque confío
en que si algún día Dios y San Narciso resuelven poner fin a las
desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona y llevarla a disfrutar
la vida del campo, única medicina que la aliviará.
Josefina, al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza en
señal de incredulidad, y luego dijo:
--Pues marchémonos mañana a Castellá.
--Este sí que es apuro --me dijo Nomdedeu, tomando la pluma para
contestar a su hija--. ¿Qué le voy a decir?
Pero sin detenerse, escribió:
«Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo, que parece bueno,
está muy malo, y mañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen
mis libros. Además tengo que hacer en el hospital durante algunos
días.»
Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía gusto
en pronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con rapidez
nerviosa trazó lo siguiente:
«Andrés está hablando de batallas.»
--¡No, no, señorita Josefina! --exclamé yo a gritos, pues es costumbre
instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos
no nos pueden oír.
«Precisamente --escribió D. Pablo--, ahora me estaba diciendo que le
van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias
a Dios que se han acabado esas malditas guerras!... Hija mía, esta
tarde vendrán aquí algunos amigos para que bailen la sardana y te
distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura?»
Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte del
_Quijote_, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a
leer tranquilamente.