GERONA

En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían andar peor.

Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña, a los cuatro meses de la

casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más desastroso y

lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a

la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis

lectores, si, como creo, son españoles, y era que allí todos querían

mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de

este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da

prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia, y

al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, ello es que entonces

andaban a la greña, sin atender al formidable enemigo que por todas

partes nos cercaba.

Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de

insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el poder

central cuenta con grandes elementos para sofocarlas. Aquello no se

parecía a ninguna de estas niñadas de ahora, pues con las tropas que

Napoleón envió a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil

hombres el ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no

tenían un general experto que les mandase; faltaban recursos de todas

clases, especialmente de dinero, y en esta situación el poder central

era un hormiguero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las

miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer

grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el

fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que

ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en

torno a ella políticos de pacotilla de la primera hornada que en España

tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y

aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo

civil, o no tenían arrojo para sobreponerse a los necios, o carecían de

aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco

valen la virtud y el talento.

Tuvo la Junta allá por marzo el malísimo acuerdo de restablecer

el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos

suprimidos; y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando

esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró otra vez puesta

en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo. La

fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no tenía

igual. Desde que se les puso en juego, empezaron a intrigar con quien

les había sacado del olvido, y decían que la Junta era ilegítima.

Valiéndose de D. Francisco Palafox, hermano del defensor de Zaragoza;

de Montijo, a quien hemos visto en alguna parte; del Marqués de la

Romana y de otros pájaros, llenaron de enredos a la Junta y a la

Comisión ejecutiva. Por último, en la Regencia, última metamorfosis de

aquel poder tan nacional como desgraciado, también sembraron cizaña

los del Consejo. Esta pandilleja no era otra cosa que el partido

absolutista, que ya empezaba a sacar la oreja; y para que desde el

principio se tuviera completa noticia de su existencia, también

repartió dinero entre la tropa, fiando sus esperanzas a una sedición

militar que por entonces quedó frustrada. Nada de esto era ya nuevo

en España, porque el motín de 19 de marzo en Aranjuez, de que, si

mal no recuerdo, hice mención, obra fue de la misma gente; mas no se

valieron solo de la tropa, sino también de varios cuerpos facultativos

y distinguidos, como los lacayos, pinches y mozos de cuadra de la

regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran historiador llama con

enérgico estilo _la bozal muchedumbre_, y hubo frecuentes serenatas de

berridos y patadas por las calles; mas no pasó de aquí.

Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos

menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales

públicos, grosero recurso que hacía muy buen efecto en el pueblo.

Cuando se disolvió la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes de

lo más vil y bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no

se encontró nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o

buenos, tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la

tuvieron aún sus inmediatos sucesores, años adelante.

Perdonen ustedes si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo

extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces

había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación

de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la Nación, con

independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que

las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país,

que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas

prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos

sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España,

hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha.

* * * * *

Cansaría a mis amados lectores si les contara detalladamente mi

vida durante aquel funesto año 9, que comenzado con las proezas de

Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y la dispersión del

ejército español. Por fortuna no me encontré en aquella jornada,

pues incorporado al principio del año al ejército del Centro, me

destinaron en agosto a la división del Duque del Parque, y asistí a

la acción de Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera que no sea

por referencia, pues el 27 y 28 de julio me encontraba en Puente del

Arzobispo; y aunque algo podría contar de la campaña del Duque del

Parque, lo omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en

la división de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de

Lacy y Zayas guardaba el paso de Sierra Morena; porque ha de saberse

que los franceses, envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva

tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses

de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que

disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del Duque de

Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía

tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba

hacia el mediodía para proteger la residencia del poder central.

¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco tiempo

de aquella brillante y rápida campaña de junio y julio de 1808; y los

mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos de orgullo,

presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de Ocaña, que

a cada instante volvían el rostro con inquietud creyendo sentir las

pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier.

--¡Quién hubiera creído --dije a Andresillo Marijuán, cuando

almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines-- que habíamos de

desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta

Cádiz.

--Con paciencia se gana el cielo --me contestó--. Yo tengo toda la que

pueden dar siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy

admirado de encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa

charretera? ¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal, porque dentro de

la plaza me hicieron a modo de sargento, y a estas horas nadie me ha

reconocido mi grado. Haré una reclamación a la Junta.

--Yo gané mis grados en Zaragoza --respondí con orgullo--, y también te

aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo

el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me

habré trocado en otro sujeto.

--Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron

los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo

Gabriel, en España no se premia más que a los tontos, y a los que meten

bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comiste

ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo?

Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán,

porque este, desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los

últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar

de sus privaciones y hambres en Gerona.

--En mi mochila --continuó el aragonés-- tengo un diario del sitio

que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a

leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en

marcha, que me parece dan orden de tomar soleta hacia abajo.

En efecto: después de una hora de descanso emprendimos el camino hacia

el mediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba los

oídos desde que le encontramos:

Digasme tú, Girona,

Si te n’arrendirás...

Lirom lireta.

Com vols que m’rendesca

Si España non vol pas

Lirom fa lá garideta,

Lirom fa lireta lá.

En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la vista

de aquellos campos, al considerar que los atravesábamos después de

dejar casi toda Castilla en poder de los franceses, a quienes poco

antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en el mismo sitio! ¡Cómo

se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído: la

perspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el

ardoroso sol de julio! Todo estaba frío, helado, quieto, triste,

silencioso, oscuro: diríase que sobre los llanos y las mansas colinas

de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo.

Visitamos luego Marijuán y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar

allí todavía a la Condesa y su familia, y aunque era ya de noche, nos

propusimos penetrar, seguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los

primeros aldabazos en la puerta, contestonos el lejano ladrido de un

perro, sin que rumor alguno indicase la presencia de criatura humana

en el palacio, lo cual nos hizo comprender que estaba abandonado.

Insistimos, sin embargo, en dar golpes, y al cabo oímos una voz que

desde el patio con enojado tono nos respondía, mejor dicho, nos

increpaba en esta forma:

--Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas!

Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja,

antiguo servidor de la casa (pues no era otro el que a la sazón la

guardaba), y luego que nos hubo reconocido, desarrugó el ceño, hízonos

entrar ofreciéndonos un asiento junto a la lumbre, y allí nos contó

cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre había marchado a

Cádiz huyendo de la invasión francesa.

--Mi señora la Condesa Doña María estaba en que se había de quedar

--nos dijo--; pero sus primas de Madrid, que llegaron por Todos los

Santos, le volvieron la cabeza del revés. D. Paco también tenía mucho

miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas, todos llorando

y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la Condesa,

obligándola a marchar.

--¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? --pregunté comprendiendo a

qué personas el tío Tinaja se refería.

--El Sr. D. Felipe no ha venido, porque, según dijeron, está con el

francés. Su hermana, la señora Marquesa, es muy española, y habían de

ver ustedes cómo disputa con su sobrina, que se ríe del _Lord_, y dice

que ningún general español vale dos cuartos.

--¿Ha venido también D. Diego?

--No, señor. ¡Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos

mares han corrido de los ojos de la señora por las calaveradas

de D. Diego! No hay quien le saque de Madrid, donde se junta con

_flamasones_, _anteos_, perdularios, gabachos, y gente mala que le trae

al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita Inés, por cuya

razón mi ama está que trina, y el otro día ella y sus primas hablaron

más de lo regular. D. Paco se puso por medio, y echó una arenga en

latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en la mesa nadie

habló palabra. No se oía más ruido que el de los dientes mascando, el

de los tenedores picando en los platos, y el de las moscas que iban a

golosinear.

--¿Y cuándo salieron para Cádiz?

--Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y Doña María

muy triste y ensimismada. La mala conducta del Sr. D. Diego la tiene en

ascuas, y la buena señora se va acabando.

Nada más me dijo aquel hombre que merezca mención, y a varias preguntas

mías, harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna de

provecho. Después que nos ofreció parte de su cena, díjonos que

podíamos albergarnos en la casa por aquella noche, y como la tropa se

alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientras Marijuán

dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más

que por la luna, y una dulce, inexplicable claridad llenaba mi alma

durante aquella muda y solitaria exploración. No hubo mueble que no me

dijese alguna cosa, y mi imaginación iba poblando de seres conocidos

las desiertas salas. La alfombra conservaba a mis ojos una huella

indefinible, más bien pensada que vista; vi un cojín que aún no había

perdido el hundimiento producido por el brazo que acababa de oprimirlo,

y en los espejos creí ver, no la huella ni la sombra, porque estas

voces no son propias, sino una nada, mejor dicho, un vacío, dejado allí

por la imagen que había desaparecido.

En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. Dos de

ellas parecían tener como un lugar fijo en los dos testeros de derecha

e izquierda. La tercera, que estorbaba el paso, revelaba haber sido

puesta para un huésped de pocos días. Las tres estaban cubiertas de

blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones se inflaban

sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún, y mojé las

puntas de los dedos, haciéndome en la frente la señal de la cruz. Un

fuerte escalofrío corrió por mi cuerpo al contacto helado, como si

los dedos que habían tomado las últimas gotas se rozaran con los míos

en la superficie del agua. Recogí del suelo una pequeña cinta y unos

pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, que indicaban

haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El silencio de

aquel lugar no me parecía el silencio propio de los lugares donde no

hay nadie, sino aquel que se produce en los intervalos elocuentes de

un diálogo, cuando, hecha la pregunta, el interlocutor medita lo que va

a responder.

Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual

interés, sintiéndome al fin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca

ya del alba me dormí profundamente. La luz del día entraba a torrentes

por las ventanas y balcones cuando me despertó Andrés cantando su

estribillo catalán:

Digasme tú, Girona,

Si te n’arrendirás.

En aquellos días, los últimos del mes de enero de 1810, ocurrieron

las más lamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el

genio de la guerra, fundamental en nosotros como el eje del alma, nos

había faltado, y la lucha fue desordenada y a la aventura. El General

Desolles atacó en Puerto del Rey a la división Girón, que se desbandó

junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometía el paso

de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal

Víctor penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por

Montizón, de modo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro

puntos distintos con estrategia admirable que acabó de desconcertarnos.

Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, que teníamos por General en

Jefe a D. Juan Carlos Aréizaga, hombre nulo en el arte de la guerra, y

en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos

jefes subalternos servía de muy poco, y desmoralizada la tropa,

convencida de su incapacidad para la resistencia, no veía delante de

sí ni gloria ni honor, sino el cómodo refugio de Córdoba, Sevilla o

la Isla gaditana. Resistencia formal solo la hallaron los franceses

por Montizón, entre Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D.

Gaspar Vigodet, el cual, después de batirse con mucho arrojo, ordenó

la retirada en regla. En suma, señores míos, doloroso es decirlo y

doloroso recordarlo; pero es lo cierto que los franceses avanzaron

hacia Córdoba cuando nosotros llorábamos nuestra impotencia camino de

Sevilla.

¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad

amotinada, sometida a las intrigas de una facción tan pequeña

como audaz? De buena gana no diría nada, tragándome todo lo que

sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantes fealdades no

entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había

que decir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí

consistiera, a este y a otros hoyos de nuestra historia les echaría

tierra, mucha tierra.

Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí

una juntilla suprema, y azuzado el populacho, no se oían más que

vivas y mueras, olvidándose del francés que tocaba a las puertas,

cual si en el suelo patrio no hubiese ya más enemigos que aquellos

desgraciados centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No

conozco peor ni más vil sentimiento que este, que impulsa a odiar

al compatricio con mayor vehemencia que al extranjero invasor. Yo me

espantaba presenciando los atropellos verificados contra algunos, y la

salvaje invasión de las casas de otros. ¡Y gracias que escaparon con

vida de la plebe holgazana y chillona! En una palabra, aquello era de

lo más denigrante que he visto en mi vida, y si la Junta Central valía

poco, los individuos que en Sevilla y después en Cádiz agujerearon

sus fundamentos, como inquietos y vividores reptiles, no ocupan, a

pesar de su mucho bullir y de las distintas posturas que tomaron, un

lugar visible en la historia. Su pequeñez les hace desaparecer en

las perspectivas de lo pasado, y sus nombres sin eco no despiertan

admiración ni encono. Pertenecen a ese vulgo que, con ser tan vulgo,

ha influido en los destinos del país desde la primera revolución acá;

gentezuela sin ideal, que se perdería en las muchedumbres como las

gotas de lluvia en el Océano, si la vituperable neutralidad política de

la mayoría honrada, decente, entendida y patriota, no les permitiera

actuar en la vida pública, tratando al país como un objeto de su

exclusiva pertenencia, que se les ha dado para divertirse.

Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi

entendimiento. Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de

Santa María, donde estuvimos dos días con sus noches, y allí fue donde

adquirí sobre el formidable cerco de Gerona estupendas noticias. Debo

una explicación a mis lectores, y voy a darla.

Mi objeto al comenzar esta última sesión, en que apaciblemente nos

encontramos, amados señores míos, fue referir lo mucho y bueno que

vi en Cádiz cuando nos refugiamos allí, después que los franceses

penetraron en Andalucía; pero un deber patriótico me obliga a aplazar

por breve tiempo este mi natural deseo, dando la preferencia a algunos

hechos del sitio de Gerona, que contaré también, si bien los contaré

de oídas. Un amigo de aquellos días, y que después lo fue también en

épocas más bonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con

la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en

silencio. Aquí las pongo, pues, suspendiendo el curso de mi historia,

que reanudaré en breve, si Dios me da vida a mí y a ustedes paciencia.

Solo me permito advertir que he modificado un tanto la relación de

Andresillo Marijuán, respetando por supuesto todo lo esencial, pues

su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su

historia a las mías. Hago esta advertencia para que no se maravillen

algunos de encontrar en las páginas que siguen observaciones, frases

y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico. Tampoco yo

me hubiera expresado así en aquellos tiempos; pero téngase presente

que, en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida

suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo

un poco de lustre en el modo de decir.

RELACIÓN

DE

ANDRESILLO MARIJUÁN

I

Entré en Gerona a principios de febrero, y me alojé en casa de un

cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de Abril, salí con la

expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y

a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas

recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado

asilo. Creo que fue el 6 de mayo, es decir, el mismo día en que

aparecieron los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte

de la Reina Ana, encontré muerto al Sr. Mongat, rodeado de sus cuatro

hijos que lloraban amargamente.

Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por

haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta, o como si

dijéramos, Narcisita, la mayor en edad, tenía poco más de los veinte,

y los tres varoncillos no sumaban entre todos igual número de años,

pues Badoret[1] apenas llegaba a los diez; Manalet[2] no tenía más

de seis, y Gasparó empezaba a vivir, hallándose en el crepúsculo del

discernimiento y de la palabra.

[1] Diminutivo de Salvador.

[2] Ídem de Manuel.

Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude contener

las lágrimas y me puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful Mongat era

una excelente persona, buen padre y patriota ardiente; pero aún más que

el recuerdo de las buenas prendas del difunto me contristaba la soledad

de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho, y como mi buen humor y

franca condición propendían a enlazar el alma de aquellos inocentes

con la mía, en algunos meses de trato, Badoret, Manalet y Gasparó se

desvivían por mí. No hablo aquí de Siseta, porque para esta tenía yo un

sentimiento extraño, de piedad y admiración compuesto, como se verá más

adelante. Mi ocupación en la casa mientras vivió el Sr. Mongat era en

primer término hablar con este de las cosas de la guerra, y en segundo

término divertir a los chicos con toda clase de juegos, enseñándoles el

ejercicio, y representando con ellos detrás de un cofre las escenas del

ataque, defensa y conquista de una trinchera. Cuando yo iba de guardia,

bien a Montjuich, bien a los reductos del Condestable o del Cabildo,

los tres, incluso Gasparó, me seguían con sendas cañas al hombro,

remedando con la boca el son de cajas y trompetas, o relinchando al

modo de caballos.

Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y al día

siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, y luego que

se retiraron los vecinos fastidiosos que habían ido a hacer pucheros

condoliéndose ruidosamente de los huerfanitos, pero sin darles auxilio

alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a la cocina, le dije:

--Siseta, ya tú sabes...

Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y fresca,

que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma de un modo

extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres, y principalmente

a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña Godina. Rosada y

redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta, pero tampoco

rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo bastante ingenio

y soltura en la conversación, sabía, sin embargo, acomodarse a las

situaciones, distinguiéndose por una gran disposición para no estar

nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse que Siseta

tenía talento.

Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije:

--Siseta...

No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que al

fin pude continuar así:

--Siseta, ya tú sabes que va para cuatro meses que estoy alojado en tu

casa...

La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida de

mi permanencia en la casa durante cuatro meses.

--Quiero decir --proseguí-- que durante tanto tiempo he comido de tu

pan, aunque también os he dado el mío. Ahora, con la muerte del Sr.

Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tenéis tierras, alguna casa,

alguna renta?

--No tenemos nada --me contestó Siseta, dirigiendo tristes miradas a

los cacharros de la cocina--. No tenemos nada más que lo que hay en

casa.

--Las herramientas valen alguna cosa --dije--; mas, en fin, no hay que

apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés

Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero?

--Nada --respondió--, no ha dejado nada. Durante su enfermedad

trabajaba muy poco.

--Bien, muy bien --dije yo--. Con eso podéis recibir el plus que nos

dan ahora, y la ración que me toca todos los días. No hay que apurarse.

Tú serás la madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque estoy

decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarse de lloriqueos; Siseta, yo

te quiero. Tal vez creerás tú que yo no poseo tierras. ¡Qué tonta!

Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras

qué casa... solo le falta el techo; pero es fácil componerla, sin

fabricarla toda de nueva planta. Conque lo dicho, dicho. En cuanto

se acabe este sitio, que será cosa de días a lo que pienso, venderás

los cachivaches de la herrería; me darán mi licencia, pues también

se concluirá la guerra; pondremos sobre un asno a la señora Siseta

con Gasparó y Manalet, y tomando yo de la mano a Badoret, camina que

caminarás, nos iremos a ese bajo Aragón, que es la mejor tierra del

mundo, donde nos estableceremos.

Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto

de examinar las herramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de

poquísimo valor. La huérfana, después que me oyera, sin decir cosa

alguna, púsose a arreglar los trastos, ordenando todo con hábil mano,

y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo

precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra,

viéndome yo obligado, en razón de esta diligencia, a recomendarles gran

celo en el servicio de la patria y el Rey, pues bien pronto, si los

franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos,

aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora

pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron

e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el

angosto taller, les vi soltar las armas, decaído el marcial ardor, y

volver a su hermana con elocuente expresión los ojos.

--¿Qué? --pregunté yo comprendiendo lo que significaba aquel mudo

interrogatorio--. Siseta, ¿no hay que comer?

Siseta, disimulando sus lágrimas, registraba los negros andamios de una

alacena, en cuyas cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en

ver alguna cosa.

--¿Cómo es eso? --dije--. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me

costaría ir al cuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?...

¿Y para qué quiero yo los siete cuartos que tengo ahorrados? Nada,

hija: es preciso, no solo traer lo necesario para hoy, sino también

provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza.

Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo

que harás tú con esta riqueza. Pero no es ocasión para detenerme en

habladurías, que estos valientes soldados se mueren de hambre. Toma los

siete cuartos; voy al punto por la libreta.

No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis hijos

(desde entonces empecé a darles este nombre). Siseta se mantuvo en los

límites de una sobriedad excesiva, y mientras duró el festín les hablé

de los grandes acopios de víveres que se estaban haciendo en Gerona,

conversación que parecía muy del agrado de los pequeñuelos. En esto, el

Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó por delante

de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos afablemente a

todos, y después de decir algunas palabras de desconsuelo con motivo

de la pérdida del excelente Sr. Mongat, subió a su casa, rogándome que

le acompañara. Yo tenía costumbre de ir todas las mañanas a referirle

lo que se decía en los cuerpos de guardia, y estas visitas tenían para

mí el doble atractivo de contar lo que sabía, y de oír las agradables

pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez

sin sacar alguna enseñanza provechosa.

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