solamente en las luchas económicas y diarias porfías, sino en el
terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser más eficaces
las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espíritu solidarista
que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la
dicha del mayor número, la libertad, el progreso, nociones confusas y
tal vez antinómicas, no es más favorable, en suma, á la sociedad que
las doctrinas naturalistas ó anti-racionalistas de alemanes é ingleses.
En la práctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran,
el primero: en _estetismo_ amoral, ironía, escéptica indiferencia y
repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentación
revolucionaria é individualismo anárquico, cosas antagónicas, como el
amoralismo de los estetas, á la sociedad y la vida. Por el contrario,
el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales
declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, al orden, á la
libertad, á la cooperación por la vida dentro de la lucha por la vida;
y, por otra parte, al individualismo del _self governement_, que es
fuente inagotable de energías y virtudes sociales, no teóricas sino
prácticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el
egoísmo acaparador de los brutales, es más provechoso para el mundo que
el egoísmo _sin interés_ de los delicados.
Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos
del Norte, al haber permanecido hostiles á la influencia greco-latina,
manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad étnica y
hasta cierto punto, su civilización castiza, lo que constituye la
fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas
esos pueblos precisamente, desempeñaron por mucho tiempo un papel
secundario en las conquistas de la civilización y se nutrieron en
muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos
aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos
que sufrieron el dominio de la Roma de los Césares y los Papas, no debe
atribuirse á la ausencia de ese dominio, sino más bien, á la sórdida
economía de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraña
á los refinamientos y molicies destructoras del carácter que traen
consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandría,
Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven
puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se
piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fué el Japón
antes de haberse asimilado la civilización occidental. Lo que á todas
luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia ó prestada
no desvirtue el egoísmo nativo, manantial de toda vida y en el que
absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los
pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar aún.
Las cualidades viriles que garanticen el triunfo práctico y cabal
en esta época de imperialismo económico, no han sido hasta ahora,
ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas
directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseñorean
del globo, no poseían ayer las preciosas energías á que deben su
predominio, ni nada hace suponer que tanto fasto y poder no concluyan
un día con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida
en su juego divino seguirá transformando las sociedades y es muy
posible que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas dotes
dejen de ser útiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por
el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente,
como acontece en la era capitalista de cálculo y ahorro, con las
virtudes hidalgas de la caballeresca España, eficaces en el tiempo
pasado y al presente perniciosas. Así, pongo por caso, si el edenismo
convierte un día la tierra en los campos elíseos de la humanidad, los
pueblos que juzgamos ahora más aptos para la lucha vital, perderían la
situación preponderante que deben á lo que entonces fueran cualidades
anacrónicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura.
Francia acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si triunfase sería
el desquite del ideal francés. Pero en la vida como en el arte, «las
intenciones no son nada, el poder de realizar es todo». Y el poder,
fuerza es que se diga, no está de parte de la Idea, sino del _Factum_;
no de parte de los delicados, sino de los viriles; no de parte de
los más nobles, sino de los más fuertes, que son los más aptos para
convertir en hechos sus aspiraciones.
Por los demás no conviene llamarse á engaño sobre la supuesta egregia
condición de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus
conquistas. Ya hemos dicho que la razón es esencialmente arbitraria y
opresora, y cómo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las
zarandajas morales de la nobleza y del desinterés de los propósitos,
cuando se examinan de cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo
practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiología y cultura.
Como la función crea el órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que
el ideal francés se opone formalmente á todo privilegio é imperialismo
derivado de los _hechos_ y no de la _teoría_; pero ese ideal ¿es otra
cosa que el privilegio de la razón razonante que conviene á la Francia,
y un imperialismo sentimental con el que, la nación desprovista de
sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no
de otra manera, su gastado instinto de soberanía? Grande vidente fué
Zaratustra cuando dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una mano
de su voluntad». Todo es mano en el hombre, y el objeto de ese órgano
prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las
arenas movientes que lamen las olas del mar.
DE las aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francés, no cabe
dudar y menos de su obra dilatada á todas las actividades, industrias,
ciencias y máquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el
ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos
llevan en el medallón del alma, como un recuerdo del primer amor, la
imagen querida del bello París. Fuera menester haber nacido ciego y
sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar la influencia dulce y
luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel,
y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fué, y sigue siendo
en parte aún, la flor de la humanidad y así como la inteligencia y la
gracia del mundo. La invención de la inferioridad de la raza y la
decadencia latina, son burdas especies. Después del libro de Finot
quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las
aptitudes y cualidades francesas, tan múltiples como peregrinas, nunca
fueron más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha cambiado y
muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables
aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rémora
y dificultad para ponerse al diapasón positivista de los tiempos que
corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen
empleo los marqueses _talon rouge_. El perpetrar las tradiciones
estéticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni
oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningún pueblo
podrá ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni
siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad
solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uñas
pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia técnica que
se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el
ejercicio del espíritu y el uso de la razón, de la vieja razón, no
prolongarán el imperio de Francia sobre el mundo. La Fuerza de las
ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresión de la Fuerza.
En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi
tan anacrónicos como los santos. Pero ello no implica una condenación
de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que éstos, después
de haber «fait le tour des sentiments et des idées», no puedan
adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente los arrestos
y bríos morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias á su
inferioridad crítica y simplicidad primitivas. Además, puede acontecer
muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se
vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se
tienen por raras perfecciones, méritos de subidos quilates y signos
ciertos de superioridad.
MAS, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta á la
vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo de
las aguas que disloca y parte las montañas, van haciendo del mundo
su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la
finanza plantan las banderas de la expansión comercial hasta en los
rincones más escondidos del globo; conquistan los mercados, que son
las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancías en los
pueblos y los hacen sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa
y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se
transvasan en la era capitalista los ímpetus conquistadores de otras
épocas y los impulsos del nunca dormido, mientras se conserva
sano, instinto de dominación, el sibarita París no acierta á oponer
otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces
y refinamientos que abrieron á Roma las puertas de Atenas y á los
bárbaros las puertas de Roma.
Al modo que las voluntades flacas, después de renunciar á las tierras
del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las
estupefactiva inversión de valores que hacen robusto lo canijo, rico
lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energías viriles y
fatigados alientos, inventan los códigos morales de la debilidad y las
ilusiones idealistas que adormecen y engañan las voluntades nacionales
contra las que no se puede luchar á brazo partido ni frente á frente.
Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplación,
acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en sí
oculto, muy oculto, el desdén de lo real y de la acción--su amor de las
ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios--y
es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza
y hacer factibles por las vías pacíficas, el suspirado reino de la
justicia y la adorable quimera de la sociedad universal, que de
realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo
por la guerra y la muerte, «ya que nada existe sino en virtud de la
injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras
existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio», al
decir del admirable Gourmont.
Cada vez que trato de exprimirle el jugo real á la _unión por la
vida_, dulce fórmula de uno de los representantes más autorizados del
idealismo francés, me viene á las mientes el recuerdo de otra unión
de la que yo formaba parte de pequeño en la escuela. Se llamaba la
«Cofradía del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos mútuamente
para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de
asueto vendía de que merendar, las golosinas que apetecíamos. Nuestras
maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto,
pero después, cuando se trataba de repartirlo, la unión _para el
bizcocho_ se convertía invariablemente en guerra _por el bizcocho_. La
experiencia del mundo me ha demostrado en múltiples ocasiones, que la
unión para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir se
trueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, sociedad universal,
edenismo terrestre! Hermosos sueños sino se cambiasen, con el desate de
las pasiones, intereses y apetitos que _dejar de obedecer_, en guerra
y anarquía, y sino fueran la expresión sintomática de las enfermedades
de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y
que palidecen y se consumen _escuchando el canto del ruiseñor_...
Humanitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo
y antisemitismo, revelan bien á las claras la urgente necesidad de
desarmar á los otros ó confabularse contra los que no se pueden vencer
á armas iguales, y constituyen la implícita confesión de la anemia
nacional. «Ils nous gênent», responde un personaje representativo de
la nobleza en el drama «Israel» para explicar su odio á los judíos,
vencedores en la lucha social y que acaparan ávidamente cuanto
privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella
despechada frase se contiene la razón verdadera... y cínica, como
todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judíos son los
rivales, tanto más detestados cuanto más victoriosos, á cuyas arcas van
á concentrarse los dineros, ó lo que importa lo mismo, la virtualidad
y situación social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan
aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre
las débiles», podrían ellos replicar remedando á la Galigaï cuando
explicaba á los jueces su influencia sobre María de Médicis. Y no podía
ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron
bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las
exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de
la osadía y firmeza del empeño. No hay sino escudriñar, para percatarse
de ello, las causas recónditas de la abulia, y observar de cerca la
torpeza, timidez y escasísima _inteligencia_ en la práctica de la
vida, de los cerebrales y los emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir
por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, «obrar
es pensar con todo el cuerpo». Sé, también, que obrar es asimismo,
según el poeta del misterio y del silencio, recogerse en sí, escuchar,
callar... pero no hay meditación ni recogimiento que unan el individuo
como el acto á su patria celeste, á la actividad universal. Una idea
suele ser una bella cosa, pero el más pequeño de los actos es siempre
una cosa divina. Á mayor abundancia de razones, cuando el Espíritu
deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de
ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente,
y como aquella traición se repite con grande frecuencia, es por lo
que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar
y sentir idealmente nace y medra en razón inversa de la capacidad de
obrar prácticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta--llamo
poeta al intérprete de lo divino--tiene una excelsa y misteriosa misión
que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su
actividad _inexplosiva_, ó su actividad misma cuando adormece y enerva
en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y
distracciones de harén.
Ahora bien: esto último es, para desdicha de los imperios apolínicos,
lo que ocurre y produce una especie de fermentación literaria que
intoxica el corazón y el cerebro de las multitudes y prepara el reino
de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades
se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen
esperando la venida de los bárbaros.
ESTE convencimiento que se traduce aquí y allá en las obras de los
viajeros salidos de la Metrópoli de la Belleza para sufrir el roce
áspero de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros literatos
como Bourget y Adam, ya sociólogos y psicólogos como Leroy-Beaulieu,
Boutmy, de Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, ora simples
periodistas como Huret, es quizá, lo que en forma de presentimiento
obscuro, agita á la Francia. Las convulsiones de su política y anarquía
moral pueden ser los últimos espasmos de un mundo glorioso, pero
inapto para adaptarse al ambiente positivista, ó los dolores de un
nuevo alumbramiento revolucionario del que saldrá el ideal de amor y
ventura que la bella Lutecia, apasionada y ensoñadora, nutre y quiere
con los redaños del alma. Lo innegable es que fermentos y levaduras
morales de muy diversa condición trabajan las masas á porfía y tienden
á destruir el orden de cosas actual. Tradicionalistas, cuya fórmula
es la _tierra y los muertos_, la patria y los ascendientes, que el
travieso individualismo barresiano descubre en las profundidades del
yo, y socialistas que sueñan con la sociedad universal como Jaurès y
Hervé; cesaristas á lo Renán y monarquistas á lo Murras, que se apoyan
en Darwin y la ciencia para condenar el régimen imperante; republicanos
de vieja cepa y anarquistas sentimentales, ateos y creyentes, patriotas
y escépticos conciertan sus enemigas voluntades en el aquel de renegar
de la democracia. Los unos por que ésta, destruyendo las jerarquías y
excelencias sociales se pone en camino de rebajar el nivel intelectual
y moral de la raza y substituir la cultura por la barbarie, el orden
por el caos. Los otros porque la democracia no ha cumplido ninguna
de las promesas grabadas como divisas en la piedra de los edificios
públicos: mito la libertad, mito la igualdad, mito la fraternidad y el
gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, mitología pura.
Y unos y otros ven y confiesan dolidos la desorganización que avanza,
la natalidad que decrece, la marea del escepticismo que sube, el nivel
del heroísmo que baja. La misma fe y esperanza puestas en el porvenir
se desvanecen al reconocer el fracaso de la pedagogía y las disciplinas
francesas, que sólo preparan sentimentales y retores, ineptos y
desorbitados. No se sabe qué hacer ni á qué santo encomendarse. Ningún
mejunje calma la fiebre ni la agitación nerviosa. Todas las posturas
son incómodas. Y las doctrinas de perfecta armazón lógica suceden á
las doctrinas; las utopías seductoras á las utopías; los discursos
á las hemorragias de la palabra; la Revolución al perpetuo hervor
revolucionario, mientras las ébrias musas de París cantan como Nerón
contemplando el incendio de Roma.
Y este es el desolado y maravilloso espectáculo que ofrece al mundo la
razón razonante.
CONCLUSIÓN
LA renuncia del Espíritu como lazarillo de la vida es inminente. La
humanidad ha perdido la confianza en su Mentor. El viejo idealismo
no tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta á los ojos de los
más cándidos como una vejiga desinflada. Perdida la fe y llenos de
incertidumbres los mismos pueblos que adoraron de rodillas á la
razón razonante se alejan de ella y se pierden en las sombras del
escepticismo, sin volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las
campanas espirituales repicando en los templos desiertos. Francia,
Italia, España, Portugal, pagan muy caro su irrealismo, el crimen de
haber preferido la idea al hecho, la palabra al acto, la razón mística
á la razón física, para no reconocer en secreto que el lírico bagaje
de ayer es hoy una pesada impedimenta. No sólo no incita á obrar, sino
que impide obrar. El pasado les pertenece, pero no el futuro si no
arrojan lejos de sí el muerto laurel y se coronan de frescos pámpanos
para merecer de nuevo los favores de la Vida. Ante ésta, por no haber
reconocido todavía que _la Fuerza es el elemento divino del universo,
como el Oro es el elemento divino de las sociedades_, prorrumpen
aquellas naciones en el profundo _yo pequé_ en que terminar suelen las
agitaciones de los delicados y los idealistas, cuando son sinceros y
clarovidentes como Renán.
¡Desgarradora melancolía! Él mismo, tristemente, muy tristemente, llega
á considerarse como un tipo humano fósil en el mundo que, educación
é ideal, le impiden comprender y aquilatar en su intrínseco valor.
Esta ineptitud, tratándose de un representante tan calificado de la
inteligencia, es muy significativa. Medio místico y humanidades le han
hecho perder el sentido de lo real, que sólo mantiene sano y alerta el
interés. El desprecio de los bienes materiales remata la obra. Como los
santos, por mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni las cándidas
florecillas que aplasta torpemente. Su ciencia de lo que no sirve para
vivir es prodigiosa, más prodigiosa todavía su ignorancia de lo que
para vivir sirve. El historiador admirable y filósofo sapientísimo,
no tuvo sospechas siquiera de las relaciones pecuniarias de los
hombres ni de la estructura económica de las sociedades. «Piensa como
un hombre, siente como una mujer, obra como un niño». Por manera que
hacia el fin de su vida, cuando principia á ver claro, los sucesos
le sorprenden dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada ilusión
magnífica conviértese, por las malas artes de un mago enemigo, en
prosaica realidad; cada ardor generoso en desencantada ironía. Una á
una mueren las esperanzas de su inteligencia audaz y quedan delante de
los espantados ojos del sabio las realidades del egoísmo, del egoísmo
sañudo y triunfante como el Rey Monje en medio de los conspiradores
asesinados.
Sus desencantos y amargas quejas dicen; mentiras, mentiras falaces la
religión del alma y la preeminencia del espíritu. «Pensar no es el
único objeto de la vida. El reino de la razón es una quimera. El ideal
y la realidad son enemigos. La causa que cautiva á las almas nobles
no triunfará jamás. Lo que es verdad en literatura, en poesía, á los
ojos de las gentes refinadas, es siempre falso en el mundo grosero de
los hechos consumados. Las heroicas locuras que el pasado edificó no
tendrán más éxito. El espectáculo de este mundo nos muestra sólo el
egoísmo recompensado. Inglaterra ha sido hasta estos últimos años la
primera de las naciones gracias á su egoísmo. Alemania ha conquistado
la hegemonía del mundo renegando altamente los principios de moralidad
política que con tanta elocuencia había predicado antes.»
Como el emperador filósofo en su lecho de muerte podría exclamar Renán:
«¡Oh!, Apolo, ¿por qué me has mentido?» Tantas desilusiones hacen que
la realidad se le aparezca como una matrona insensible y prosaica que
se burla groseramente de los galanteos pudibundos del entusiasmo y
del lirismo. Sus laboriosas previsiones, fruto de largas vigilias, lo
engañan cruelmente; la inteligencia, que él adora y en la que cree
como en un Dios todopoderoso, pone entre el sabio y la vida un velo
brillante que hermosea y deforma los objetos. Éstos son otra cosa de lo
que él creyó, y piensa que acaso es injusto al juzgarlos severamente.
He sido un iluso y un insensato, clama. «La idea de que el noble es
aquel que no gana dinero y que toda explotación comercial ó industrial,
por honesta que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer al
primer círculo humano, tal idea se desvanece de día en día. Todo lo que
he hecho antes parecería ahora acto de locura, y á veces, mirando en
torno de mí, creo vivir en un mundo que no conozco.»
¡Lamentables confesiones de una inteligencia soberana mantenida por el
espejismo idealista en la más profunda ignorancia y desprecio de las
realidades y que empieza á descubrirlas al declinar el sol! ¡Angustia
de las almas religiosas caídas en el escepticismo por haber acariciado
un ideal tan alto, puro y hermoso que impide vivir! ¿Qué sería de los
hombres que practicasen _el estado de muerte_ del perfecto desinterés
sin el talento de Renán? ¿y qué de los pueblos en que abundaran, más
de la cuenta, los inactuales de alto coturno, pero inactuales al fin,
que se obstinan contra viento y marea en oponer la abstracción y el
ensueño á la vida y la realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que
abierta ó embozadamente tal predica; que llena los ojos de visiones,
ata las manos y empuja á los sacrificios estériles. De ello nos habla
Renán largamente en los «Souvenirs d'enfance et de jeunesse»; mas en
ninguna página se trasluce como en la que sigue, la amargura y hasta
sorda irritación del desengañado sacerdote, del sacerdote que estuvo á
punto de ser Renán y que en realidad, aunque sin tonsura, fué toda la
vida: «Es en ese medio (Treguier, una villa extraña al comercio y la
industria) que se deslizó mi infancia y donde mi inteligencia contrajo
un vicio incurable. La catedral, obra maestra de ligereza, intento
loco de realizar en granito un ideal imposible, me falseó el espíritu.
Las largas horas que en ella pasé, han sido la causa de mi completa
incapacidad práctica. Aquella paradoja arquitectónica hizo de mí un
hombre quimérico, discípulo de santo Tuduwal, de santo Iltud y de santo
Cadoc en un siglo en que la enseñanza de esos santos no tiene ninguna
aplicación.»