por la enseñanza de aquellos santos ú otras influencias espirituales de
la misma índole, reciben en la frente el beso traidor de la Quimera y
quedan marcadas para siempre con el signo de la incapacidad práctica.
Con todos los respetos debidos á los títulos del alma, pero de un
modo franco y resuelto, convendría preguntarse si tal cosa no es una
verdadera monstruosidad en las sociedades del presente, donde las
relaciones de los hombres son y, no pueden menos de ser, relaciones
pecuniarias. Quizá urge confesarse una vez por todas, que nuestro
ambiente, nuestro mundo no es el de la inteligencia sino el de la
voluntad, disfrazada hoy con las múltiples máscaras de las actividades
mercantiles, como ayer con los antifaces del heroísmo ó la santidad.
Lo que contraría esas actividades es malsano, como era malsano lo que
minaba el predominio militar en las sociedades guerreras ó el prestigio
sacerdotal en las sociedades religiosas. Los ideales de las épocas
muertas, por nobles que sean, son ideales de muertos y traen en las
lívidas manos una antorcha funeraria. Sus devotos, á pesar de todas
las aureolas y resplandores, comienzan á parecer criaturas de otro
planeta, engendros desmirriados de Apolo decrépito, seres luminosos
y absurdos cuya enfermedad es una perla tentadora que ablanda las
resistencias de la Voluntad delante del Pecado. «La France meurt de
ces gens de lettres», decía también Renán. ¡Qué importa que la locura
sea divina si enferma el mundo! Considerándolo, se comprende por qué
un trabajo oculto del instinto conservador de la sociedad se afana en
eliminar, como antes ponía su empeño en producir cuando eran útiles,
las actividades puramente espirituales, enfermizas, enervadoras, sin
aplicación concreta en la colmena humana y que, en resumen, vienen
á ser algo así como las _toxinas_ del espíritu. Hay muchos pueblos
envenenados por ellas. Se reconocen en que son las tierras fértiles del
sentimentalismo y la verbosidad. Las cosechas de rosas abundan, pero
el trigo escasea en los campos mal cultivados y que no han recibido
el abono de Pluto. Y la selección mercantil afila en la sombra su
guadaña implacable: situación angustiosa, cuando no se cuenta con otras
defensas para detener el golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y
los ordenados discursos de Gorgias y Cicerón.
«El reino del ideal ha concluído, todo lo que no se convierte en una
fuerza se juzga quimérico» dice Próspero. Y un ultrarenanista, que es
al mismo tiempo un profesor de lirismo y un puro utilitario, agrega
con su ironía habitual: «Cuando Tigrano me decía que la fuerza debe
ceder al espíritu, yo le dejaba entrever, sin insistir demasiado, que
desconfiaba mucho de un espíritu que después de tantos siglos no se
había convertido en la fuerza.»
Las criaturas generosas que viven temblando por la vida del ideal
pueden descansar tranquilas. El ideal existirá siempre porque es el
portaestandarte de la ilusión y la esperanza necesaria á los hombres;
pero según claros indicios no será lo que éstos han tenido hasta ahora
con testarudez carneril, como la proyección única é imperecedera del
alma. Ya hemos visto que cada época se fabrica la tabla de valores que
le conviene y responde á sus necesidades orgánicas. El materialismo de
las sociedades futuras no les impedirá tener su ideal, sólo que éste,
por razones obvias, no puede ser ni el místico, ni el espiritualista,
ni el ideal reconocidamente fundado en la mentira de las sociedades
contemporáneas, sino un ideal práctico, cuasi macarrónico, pero robusto
y sesudo, como corresponde á los pueblos entrados en la edad provecta,
que no sustituya lo quimérico á lo real ni debilite para las luchas
de la vida. Ésta es lo realmente sagrado, y podría condenarse, sin
asomos de dudas, toda verdad, toda ética y toda belleza que en nombre
de un romanticismo de alma neurótico y raquítico tendiera obtusamente
á destruirla ó amenguarla. Téngase por seguro que ese romanticismo
que exige la castidad y el voto de pobreza, afemina y envilece. En
filosofía conduce á las aspiraciones vagas y al desprecio de las
realidades; en política degenera en hipertrofia de la palabra, espíritu
revolucionario y política alimenticia; en literatura lleva como de la
mano, al lirismo dengoso y ñoño y á las chinerías retóricas, síntomas
inequívocos de indigencia mental, pobreza anímica y otras lamentables
incapacidades.
De un ideal batallador se oyen ya en las cúspides los clarines
sonoros. La inversión de valores morales que indujo al hombre á ser
el verdugo de su propio interés, es imposible que no parezca en los
siglos venideros tan absurda como lo va pareciendo hoy á los espíritus
desapasionados la santa doctrina que condena el placer, el deseo,
la pasión, la vida y predica el _estado de sepultura_. El idealismo
clásico es un caballero andante que presa de mortal fatiga, la lanza
quebrada y los músculos rotos desciende de su trasijado Rocinante y se
apresta á morir al pie de un sauce llorón iluminado por la luna. Es
bello y conmovedor, pero nocivo para el ánimo. El mundo, curado de
arrechuchos sentimentales, preferirá por instinto la musculatura y la
vida del gladiador combatiendo, á la melancólica belleza del gladiador
moribundo.
* * * * *
Quizá no esté lejano el día en que el Sermón de la Montaña y la
Plegaria de la Acrópolis, se pronuncien de rodillas á los pies de
la Fuerza, diosa terrible que, mejor que Eirene, podría llevar en
sus brazos á Pluto dormido. El creyente hablaría así, poniendo sus
palabras al diapasón de las arpas formidables de Eolo y Neptuno: «Salve
¡oh diosa! impura y fecunda, madre de todas las cosas, eurítmia del
universo. Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en el cielo,
en el alma del hombre y en el corazón del átomo, y los ritmos de la
poesía y la naturaleza cantan unánimes tu gloria inmortal. Los hombres
te niegan y te llaman cruel porque no saben que, aun revelándose,
obedecen á tus mandatos; porque no saben que tus condenaciones de
muerte son como los frutos que se secan para dejar caer sobre la tierra
suspirante las semillas santas de la vida. La razón humana en un
momento de insano orgullo, quiso corregir las leyes infalibles y los
sapientes designios de tu razón, que es la razón universal. Y todas
las cosas salieron de sus quicios; la quimera suplantó á la realidad,
el mal afligente al bien gozoso, el dolor al placer, la muerte á la
vida y, lo que es más estupendo aún, el desinterés estéril y enervante
al egoísmo robusto y fecundo. Fué una terrible pesadilla de la que
ahora sale la humanidad desmazalada y enferma. Y tú sonríes á los
sarcasmos con que ella te afrenta porque no ignoras que, contrita y
arrepentida, volverá á ti y que tú sola puedes devolverle la razón y
la salud. Hazlo, Divina, inspíranos para que seamos con inteligencia,
egoístas integrales y materialistas transcendentes. La humanidad no es
tan culpable como parece. Sólo en apariencia desobedeció tus leyes. Tú
misma fingiéndote ciega, la has conducido á tu antojo, como la madre
hace creer que es él quien la guía al tierno infante que ella sonriendo
lleva de la mano. Mas el niño hecho hombre necesita explicarse el
grande misterio. ¡Cuándo será el día en que los ojos estupefactos vean
brotar de las entrañas de las cosas, como el rojo licor de la herida
abierta, el verbo divino, eco de las fuerzas universales que muy raras
veces dictaron la actitud del héroe y la _alta necesidad_ rítmica de
aquel cuya _voz es canto_! Imposible que, al fin, lo justo y lo bello
no sea lo que viene de ti, madre de dioses. ¡Y qué ridículos y pueriles
parecerán luego á las almas duras como el diamante, pero blancas como
él, los artificios retóricos del _hombre sensible_, los cantos que no
son cantos de vida, lo bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo
de sol limpio de sombras, las acciones que no lleven al combate y al
templo de la Victoria! Por el contrario, es muy probable que la gracia
brille sobre aquello que la antigua sabiduría creyó torpe é impuro
por ser fecundo como el acto carnal. Entonces Mammon resplandecerá
de gloria, porque de todos los dioses supervivientes es el único que
lleva en la testa olímpica el signo luminoso de la voluntad. Es el
depositario de ella. La virtud perdida en las nieblas de los países
quiméricos hubiese muerto de hambre sin él. Su alma fué como el arca
santa en que se salvó del diluvio espiritualista la facultad de
_querer_. Los instintos vitales se refugiaron en su corazón pródigo
como las manos de Demeter y las tetas velludas de Amaltea. La dicha
humana no tuvo nunca amante más rendido ni servidor más fiel. Los que,
insensatos, vilipendian aún al Oro, no escuchan la _voz profunda_ que
les dice: «Amadlo religiosamente, en su ser divino, y sed interesados
y duros para realizar los deseos secretos de la Vida y servir á
los hombres. Ni el arte, ni la poesía, nada aguza las facultades y
potencias humanas como él: es el gran excitador. Ni las religiones,
ni las filosofías le aportan á la humanidad lo que el Príncipe Rubio
le brinda con una sonrisa: el poder, la esperanza y la ilusión: es el
Salvador.»
París, Julio 22 de 1910.
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
Ideología de la Fuerza 5
SEGUNDA PARTE
Metafísica del Oro 121
TERCERA PARTE
La Flor Latina 187
CONCLUSIÓN 271