SESUDOS autores sospechan que el Romanticismo es, en el fondo, una

insurrección del sentimiento y del instinto contra la razón, contra el

sometimiento á la regla dictada por la experiencia de las sociedades,

y pretenden que la sensibilidad romántica y el espíritu revolucionario

derivan, unos, como Taine, del mismo espíritu clásico, otros, y son

los más, de Rousseau y sus secuaces. Harto ligeramente echan los

últimos en olvido que la furia de la Revolución fué la Razón misma,

y que Rousseau y los ideólogos fueron los descendientes legítimos

del idealismo y de las abstracciones de los filósofos, empeñados lo

mismo en Egipto y la India, que en la Francia del siglo XVIII, en

construir un hombre ideal, un hombre de museo, para lo cual hacía

falta arrancarle las entrañas y rellenarlo de metafísica estopa; de los

filósofos que impelidos por la soberbia de la mente, creyeron posible

sustituir la idea á la realidad, la abstracción al hecho, la teoría

á la historia, la presuntuosa razón de Descartes, que á pesar de sus

títulos en apariencia indiscutibles á la hegemonía sobre lo humano, no

conoce los fenómenos sino históricamente, es decir, después que han

dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna acción sobre los

fenómenos presentes, desconocidos á su vez, al instinto vital, que obra

siempre en el sentido favorable á la expansión de la vida porque él es

ya el principio de su expansión. No ha de confundirse este instinto

vital con el _instinto_, el _sentimiento_ y la _naturaleza_ de los

revolucionarios, vislumbres obscuras de la imperialista condición

humana. Tengo para mí que el sentimentalismo romántico no es otra cosa

que una interpretación descarriada de la legitimidad, entrevista un

instante, de las pasiones y del egoísmo nietzsquiano. Y se me ocurre,

aunque parezca espantable sacrilegio, que si por la bondad nativa del

hombre se hubiera entendido la _gravitación sobre sí_ y el _deseo_

de _poder_, la Revolución habría tenido consecuencias harto más

provechosas para la humanidad y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo

proclamó la excelencia del hombre natural no corrompido aún por la

civilización, reacción legítima en el fondo, contra el artificio del

orden social y el racionalismo de la Enciclopedia; pero lo que triunfa

en los héroes románticos no es el egoísmo sano del salvaje, que las

necesidades sociales pueden convertir en virtud y amor hacia las demás

criaturas, sino el egoísmo patológico del _hombre sensible_, que muy

luego remata en anarquía moral. Razón cartesiana ó predominio absoluto

de la inteligencia sobre el instinto, y primitivismo, ó retorno á la

naturaleza, se transforman respectivamente gracias al desconocimiento

de la fisiología humana y los devaneos de la literatura, en

racionalismo demagogo y sentimentalismo romántico, dos pestes. Pero no

pudo ser de otro modo. No se conocía bien, á pesar del amor propio de

La Rochefoucauld, el fondo imperialista de la humana naturaleza; ni se

tenían nociones del darwinismo social; ni de las leyes que rigen la

evolución de las sociedades; ni Comte había dicho «que sólo son buenas

las verdades que nos convienen», vaciando de ese modo en una frase

la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, iconoclastas de las

verdades absolutas y del bien en sí. Filosofía, literatura y arte se

encaminaban directamente á refinar el sentimiento y combatir rudamente

la animalidad, los instintos dominadores, el pecado original de los

cristianos. Lo mismo los autores del siglo XVII, hidrópicos aún de

teología, que las admirables, pero incompletas intuiciones de Buffón

y Condillac, que la pseudo-ciencia histórica del noble Condorcet,

que el misticismo social de los utopistas y la lógica rectilínea de

los jacobinos, convergían por distintos canales á la maravillosa y

ridícula concepción del hombre abstracto, esa quinta-esencia del

irrealismo que nos embriaga todavía. Siguiendo atentamente el curso de

las ideas se cae en la cuenta de que no existen verdaderas soluciones

de contigüidad ni irreducibles antinomias entre el espíritu realista y

viril de Corneille y La Fontaine y el espíritu afeminado y quimérico

de Juan Jacobo y Senancour, como no las hay entre el retorno á la

naturaleza de los precursores del romanticismo político y el reinado de

la Razón de los revolucionarios. Racine poseía ya como los románticos,

el _triste don de las lágrimas_, y antes que por Saint-Preux, Pablo

y Virginia y Obermann los nervios habían sido extra-sensibilizados

por la caballería y las costumbres galantes, por los Amadises y las

Astreas. Clasicismo y romanticismo se ofrecen al entendimiento como

manifestaciones antagónicas en apariencia, pero fraternas en realidad,

del mismo proceso evolutivo y de la misma falsificación idealista, si

se entiende por clásico no lo racional, sino lo espiritual, el esfuerzo

hecho por someter las leyes de la Naturaleza á nuestras aspiraciones

subjetivas. En este sentido el uno encaja en el otro; ambos entrañan

una concepción que admite y pregona la supremacía de la inteligencia ó

la del sentimiento, y ambos se oponen al espíritu moderno, realista y

utilitario y que es la resultante de una filosofía basada no sobre el

instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, sino sobre

la voluntad.

En verdad la sensibilidad romántica y el irrealismo, ora ingenuo, ora

docto y terrible del pueblo francés antójaseme la obra de toda la

cultura francesa y particularmente del exceso de cultura literaria

y de la influencia femenina en el arte y las costumbres. En dosis

exageradas la literatura y lo femenino intoxican. El lirismo social

tiene sus quiebras. Filósofos enamorados de la razón y del ideal y

que creyeron devotamente en la omnipotencia de la inteligencia desde

Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; ideólogos y utopistas

fervientes no de un derecho, de una libertad, de un bien, sino del

Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores entusiastas de las

Salentes, Ciudades futuras y Eras de oro de la humanidad, desde Fenelón

á Fourrier; briosos poetas como Lamartine, Chateaubriand, Hugo,

Leconte de Lisle que pretendieron substituir el ensueño á la realidad

y convertir sus encantadas imaginaciones en dulce paz campesina,

primitivismo patriarcal y edenismo terrestre; artistas de la estirpe

de Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen de la civilización ó

muestran en inmortales frescos sus visiones paradisíacas; estetas,

dramaturgos, noveladores, ironistas y diletantes que á nombre de

la dicha de la humanidad ó de la religión de la belleza condenan

iracundos el maquinismo, la finanza, las energías viriles, las

actividades productoras, lo vital de la vida moderna, en fin, todos

concurren á formar la atmósfera de estufa favorable á las quimeras,

ensueños, molicies, sensualismos y embriagueces de amor y de ventura

que el choque contra los duros ángulos de las realidades resuelve

infaliblemente en ironía, escepticismo y mal de vivir.

PORQUE es lo más insólito que las exquisiteces de la sensibilidad

y elegancias mentales, tenidas hasta ayer por signos ciertos de

superioridad y dorada cúpula de las civilizaciones selectas, sean

causa y venero de toda suerte de egoísmos y enfermedades del alma. Si

se para mientes en ello verase á poco andar que el sentimentalismo y

la sensiblería, el entusiasmo y el lirismo, el amor del hombre y de

la sociedad universal de los hombres sensibles, los delicados y los

estetas se transforman, si pasan del plano de la literatura al plano

de la vida, en acritud y amor propio feroz, soberbia y aridez de

alma, aversión de los hombres é imposibilidad práctica de vivir en su

compañía y de adaptarse á ningún medio social. Así fueron Rousseau,

Bernardin de Saint-Pierre, Senancour, eternos judíos errantes del país

de las quimeras, y de la misma estofa son los _bellos tenebrosos_, la

larga y maltrecha falange encabezada por Saint Preux, el aristocrático

René y el inconstante Adolfo, cuyos descendientes enfermos y

desesperados desde Rolla y Sorel á Monsieur Venus, parecen algo así

como la columna vertebral de la neurosis de un siglo al que llenan de

sus clamores y perversidades.

Y los poetas, escritores y artistas; los eternos niños que un augusto

prejuicio consideraba como dechados de perfección y arquetipos humanos,

tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. Conocida es

su ligereza y vanidad pueril que los lleva, entre otros extremos

ridículos, á vivir constantemente en la estática postura del bello

Narciso; conocido el amoralismo y las depravadas costumbres de los

estetas, de quienes son acabados _specimens_ esos complicados embelecos

que se llaman des Esseintes, Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad

femenina, el ningún poder de gobernarse y la perversión de los

exquisitos, admiradores fervientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En

resumen, parece una gran mentira la panacea de la cultura literaria, y

puede que los refinamientos de la sensibilidad y la inteligencia, ó

el arte y las letras, como quería Rousseau, en vez de ennoblecer á los

hombres los haga antisociables é inhumanos. Cultura é individualismo, ó

lo que es equivalente, condenación de la sociedad, son sinónimos. Acaso

es más humana y sociable la bondad natural, sólo que por ésta no habría

de entenderse la que tal creyó el sensible é incauto Juan Jacobo, sino

al revés, el egoísmo puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo

contrario de las languideces sentimentales y flaquezas del carácter

que diseñan el perfil moral de los voluptuosos. Esto explicaría

acabadamente la oposición y disparidad que el solo nombre evoca entre

sensitivos y viriles, idealistas y utilitarios; la escasa _virtuosidad_

de sensitivos é idealistas en el dominio de las realidades prácticas

y, al contrario, su preeminencia en el país de los sueños, esto es, en

las actividades sub-conscientes que rebajan al hombre disciplinado por

el ejercicio de la voluntad, dueño de sí y adaptable por su hábito de

gobernarse á las variaciones del medio y lo ponen á la altura de la

mujer y del niño, en los que domina el capricho, la fantasía y es más

débil el juicio y menos robusta la facultad de querer.

El infantilismo y sugerente parentesco de las sensibilidades artistas

y las sensibilidades femeninas; la emotividad exagerada que hace tan

irascibles y quisquillosos á los sentimentales; la ineptitud social

y escepticismo disolvente de los fieles de la religión del alma; el

pesimismo y la ironía de aquellos á quienes tortura el vicio sutil de

pensar, no son precisamente seguros indicios de virtudes sociales ni

demuestran que la humanidad anduviera muy acertada al elegir como ayo

y Mentor al amable y picotero Espíritu, tan desdeñado á menudo por la

vida. Prometeo le decía á un sátiro que habiendo visto por primera

vez el fuego y deslumbrado por su resplandeciente hermosura, quería

besarlo: «Sátiro, llorarás tu barba si lo besas, porque el fuego

quema al que le toca», alegoría cuyo sentido expresan, á la par del

viejo mito del fruto vedado, muchas fábulas, sentencias y discursos

que indican la sospecha ó revelan el conocimiento de la cualidad

anárquica y disolvente de poetas y artistas, y dejan que se columbre

la oposición del sentir y del obrar, del saber y del poder, de lo que

llamaría Nietzsche la lucha del instinto vital que crea y del instinto

de conocer que destruye. Hay mucho de verdad en todo ello. Más que

los libros y las doctrinas, el comercio de los hombres induce á creer

á pie juntillas que las clases demasiado afinadas por el influjo

afeminador de las artes y las letras caen en el escepticismo, cuando

no en otros males peores, y pierden los bríos de la voluntad y la

virtud de amar la vida y gozar de ella, como si vida interior y acción

se excluyesen, individualismo y humanidad se rechazasen, lirismo y

realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite del egoísmo: sofocado

por la cultura degenera en esas enfermedades misteriosas de la voluntad

y la inteligencia que debilitan á los delicados, los desarma y obliga á

tender el cuello á las ambiciones materialotas, pero vivientes y sanas

de la plebe.

PORQUE es muy cierto que esa actitud desdeñosa de las naturalezas

muy finas y cultivadas frente á la sociedad que se llama la ironía,

«flor funeraria que florece en el recogimiento solitario del yo»;

esa actitud crítica y rebelde que impide tomar parte activa en la

tragi-comedia humana é incorporarse con mansa resignación al paciente

rebaño de Panurgo, es destructora como el individualismo anárquico del

que sólo es vigoroso brote, de las virtudes y energías sociales, y,

por consiguiente, de toda robustez moral. La conciencia del profundo

desacuerdo entre pensamiento y acción é individuo y sociedad de que

nos ofrecen lamentables testimonios la helada indiferencia de Benjamín

Constant, el orgullo solitario de Vigny, la melancolía de Amiel ó

el cinismo de Stendhal, corta las alas al deseo de poder é impide

vivir, porque no se puede tomar en serio un espectáculo fatalmente

absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos por fuerza y pagamos

con nuestra desdicha. La sonrisa oculta la mortal desilusión, las

heridas del flagelado orgullo y nos venga del mundo y su tejido de

contradicciones. Es como un desquite de la personalidad, conveniente

en dosis moderadas para corregir el optimismo tonto de los simples,

de lo que llamaría Schopenhauer el _filistinismo hegeliano_, pero

pernicioso cuando de las clases pensantes desciende la ironía á las

masas y se convierte en descreencia, burla y cinismo, porque entonces

destruye implacablemente las mentiras é ilusiones _necesarias_ que

forja el instinto vital de las sociedades, con el robusto fin de que

éstas perduren en el mudable imperio de Cronos y le pongan su cuño al

espacio. Que una cosa sea verdadera ó falsa desde la torre de marfil

del pensamiento, ¿qué importa?: lo que importa es que sea útil á la

vida. Acontece en esto lo que con esas verdades religiosas, erróneas

científicamente, pero ciertas y eficaces desde el punto de vista de

la religión ó de las costumbres, en las que James echa los nuevos

fundamentos del viejo pragmatismo: ¿qué más da que sean puras patrañas

y burdas engañifas si curan y dan razones de existir? El utilitarismo

de Caliban es más saludable en los trances apurados que el racionalismo

de Ariel. El pueblo, lo que en nosotros es pueblo, lo que aún no rompió

el cordón umbilical que une la criatura al cosmos, no razona: obra

impulsado por sentimientos que son al interés lo que los cuerpos á la

gravedad: posponiendo toda consideración transcendente á la utilidad

inmediata. Y precisamente por esta limitación y estrechez de juicio

acierta con la voluntad de la Vida cuando los timoneles de la Idea han

perdido la brújula. Para la Vida el instinto, el egoísmo es más seguro

ombráculo y consejero que la razón enseñada en los libros. Ésta harto

frecuentemente amengua y desorbita. Obedeciendo á impulsos extraños al

interés verdadero y primordial, suele decir: «Sálvense los principios

aunque se pierdan las colonias». Pero el instinto vital le habla á la

razón como el gran Federico á los doctores cuando decía al penetrar en

Silesia: «primero me apodero del país, que después no faltarán pedantes

que prueben mis derechos.» El santo deseo de poder se queda siempre con

las colonias.

La razón no: contempla la vida reflejada en el espejo deformador de

la conciencia mientras la vida pasa cambiante como la onda, y que

la misma conciencia no permanece un solo instante sin mudanza. Cómo

conocer la verdad moral y eregirla en norma de conducta si ella no fué

nunca idéntica á sí misma, ni el medio social tampoco y si nosotros,

al concebirla, ¿no somos ya lo que éramos? Aplicamos el parche cuando

el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el plano de la lógica ó

establecimiento de las verdades científicas en que nuestra fisiología

no tiene interés ninguno en engañarnos, el triunfo de la facultad

humana por excelencia es evidente: todo es tangible para ella, y

razonar _notre puissance_, parece lo más justo; pero en el plano de las

realidades esto suele ser lo más desastroso, porque la vida, como el

corazón, tiene razones que la razón no conoce. Un trabajo formidable

se produce en las reconditeces y antros del alma, ignoto para las

luces de la conciencia y que determina la mayoría de nuestros actos y

voliciones. Conocemos los fenómenos visibles, de nuestra voluntad, como

vemos la burbuja que estalla en la superficie de las aguas: después de

haberse formado en el seno de ellas y de atravesar su masa toda. Los

verdaderos móviles que nos impulsan nos serán desconocidos eternamente

al obrar, que es cuando su conocimiento podría sernos de algún provecho

para dirigir la vida. Lo que percibe el espíritu es la proyección de

los deseos; por otra parte, él no es el espectador sino el espectáculo

mismo. Engañados por los sentidos, las pasiones, los antojos de la

fantasía, los caprichos del corazón y la óptica deformadora de la

inteligencia, el hombre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que

quiere ni adonde va. La ilusión gobierna el drama espantable del mundo.

Y así, impulsados por las fuerzas colosales é irresistibles de lo

sub-consciente ó por la inteligencia, esa «petite chose á la surface de

nous mêmes», seguimos adelante como autómatas y sonámbulos en la noche

obscura del alma. Solamente que en el primer caso, nuestras plantas se

apoyan en el suelo y por ellas como la savia por las raíces y el tronco

hasta la flor, sube al cerebro la _voluntad de la tierra_; mientras

que en el segundo nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los

espejismos de la imaginación, que es pura fantasmagoría cuando deja de

ser el instrumento dócil de aquella voluntad; perdemos el contacto de

las realidades; dejamos de nutrirnos de sus jugos divinos y ya no somos

otra cosa que vanidad, hojas secas volteando en los lomos del viento.

EL espíritu poco práctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido

político y escaso poder de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina

y frívola ligereza de los pueblos en demasía razonadores, tiene su

origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposeídos

del sentimiento de las realidades por la absurda falsificación que,

á guisa de pecados y vicios, combate todavía torpemente la _fuerza

fundamental_ de la humana criatura. Cuando dejan de oirse los _eternos

mandatos_ de la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo

y miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores mentiras del

arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto

de su destino; también se inventan las religiones del alma y las

hechicerías de la razón, y todo aquello que por ser enemigo jurado de

lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con pérfidas

seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino

brillante, pero efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro.

Porque así como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes

naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos

por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atañe á la

inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas

del pensamiento, según la tradición irrealista y anti-utilitaria de

los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosóficas sin

aplicación á las realidades prácticas, idealismo político, misticismo

social: hinchada palabrería razonante en la que se resuelven al fin de

cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francés.

La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, persigue la injusticia,

busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello,

y quizá á causa de ello, no puede reducir la anarquía interior que la

divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frente

del invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble é ilusa Lutecia,

víctima de lo que llamaba Gioberti el «amor de los antípodas»! Su

pecado y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las construcciones

ideales y fiebres demagógicas; los esfuerzos por encauzar el torrente

impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lógica y poner al

unísono universo y corazón, absorben los zumos preciosos de su cerebro

y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la

inteligencia á las necesidades de la concurrencia universal, urgentes

y perentorias en el medio económico realista y utilitario, no exento

por dicha de heroísmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los

pueblos civilizados.

La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueños es

el crónico desequilibrio del organismo nacional y, por añadidura,

una suerte de desidia é ineptitud para las cosas prácticas y cierto

amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante

las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francés,

lo colocan en permanente inferioridad junto á otros pueblos menos

cultivados pero más enérgicos; menos espirituales, pero más duchos

en aplicar la inteligencia á la vida; menos sensibles y ébrios de

virtud, pero en el fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras

el confundir la inteligencia con el _esprit_, la realidad con la

literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lírica. Y á todo

ello conduce frecuentemente el culto de la Razón, que tantas esperanzas

hizo concebir á la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la

inteligencia y no relaja las energías productoras, que son las virtudes

cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud estética

sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la

conciencia con lo sub-consciente, la física del alma y la física del

cuerpo; pero es condenable toda civilización, por brillante que sea si,

con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios

de los hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours accepter la

mesquinerie des conditions autour de son Ideal».

Las cristalizaciones típicas de la civilización francesa, y aun podría

decirse de la cultura greco-latina de la que es París el dechado y

la simbólica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las

elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espíritu,

lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estéticos y modas

sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que

llamaría el enérgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde

las voluntades anemiadas por las sangrías del sentir y del pensar

desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda

intoxicación literaria y que no tienen los ojos _ébrios de luna_ sino

fulgentes de luz solar.

CONSIDERANDO al materialismo fatal de la era presente y las aptitudes

prácticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las

viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin

grande esfuerzo, la reacción brusca de las civilizaciones modernas,

positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del

pasado y particularmente contra el racionalismo francés. Á pesar de

los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces

y ennoblecedoras un día, más que otras cualesquiera, de la cultura

francesa, ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones que extienden

sus dominios en el momento histórico actual, ni pueden ser las fórmulas

morales del porvenir. Si bien afinan al animal humano, lo hacen con

detrimento de sus energías belicosas. Es lo contrario lo que priva

y hace falta. La selección de las sociedades encamínase francamente

á proteger á los viriles y destruir á los sensitivos. Y por eso la

cultura que realizó en la historia el connubio de la Gracia y del

Saber, la única que todavía puede parangonarse á la que floreció en el

Ática sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las

virtudes sociales del momento.

Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente é imparcial,

caracteriza el siglo XIX por dos hechos singulares entre todos:

el triunfo del espíritu democrático y del idealismo político ó

extensión de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y

la supremacía de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las

realidades prácticas, ó lo que es equivalente, en las luchas políticas

y económicas. Mas lo primero es sólo una amable apariencia. Por lo

que toca á la filosofía y la moral, damas pudibundas y al parecer

invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia

padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los

bárbaros, lo típico del siglo XIX es, en último término, la reacción

triunfante del naturalismo alemán y del darwinismo anglo-sajón, contra

el racionalismo francés; en lo que atañe á la vida real lo que salta á

los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, políticos,

económicos, democráticos y la superioridad, establecida por los hechos

en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la

voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que

cuando no es la fuerza es el mal», según la aserción del paradójico

Wilde, un esteta que también aseguraba con el mismo desahogo, «que no

tiene nada de sano el culto de la belleza». Él debía de saberlo.

La Muerte Del Cisne · 第 9 / 11 段