en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes
señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de
la política de _oreiller_ y del prestigio social, pública y decisiva
influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento,
la Revolución, por no citar sino los acontecimientos más universales;
ó inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad
heroica en débil cuerpo femenino, todo un arte y toda una política
internacional, aquella célebre política, fracasada en la desdichadísima
guerra que tanto amenguó á la Francia, y que la divina marquesa seguía
ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratégicas con sus
lunares postizos de engomado tafetán.
Con eso y con todo, la influencia honda y durable de las _vírgenes
sages_ ó _folles_, no es la visible, la que se ejerce en el areópago de
la plaza pública, mas la oculta é íntima; la que afemina el sentimiento
rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversación,
dulzuras de la amistad, hechizos amorosos é influjo del arte, que
ellas inspiran y que se dirige principalmente á ellas. En achaques
de belleza son á la vez musas, Mecenas y público, el público soñado
por los artistas, porque el arte es cosa que atañe á la emotividad,
no á la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al
pensar, el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas
débiles en los ásperos dominios de la realidad, adquieren por sus
mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extraño poder en
el reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo propio es el de la
sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los
deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos,
todo lo que contribuye á desarrollar, en último término, la facultad
del _desgarramiento interior_, es fuente de líricas efusiones y velados
erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea
ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna
inspiradora de poesía y la maestra de las sensibilidades artísticas
y aun podría decir masculinas, ya que á su contacto y por su virtud
unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos
receptáculos de emociones.
Muchos géneros literarios, aparte de la poesía lírica, el drama y la
novela, que directa ó indirectamente inspiró siempre la mujer, nacen
como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce
necesidad de darle suelta á los sentimientos afectuosos y conversar
con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por
esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en
general, el temperamento artístico, vienen á ser así como los grandes
y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la
imagen de la seducción. El poeta, su hermano y generalmente su obra,
es un á modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad,
que por él conoce los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él
inocula el virus de las debilidades y seducciones de ésta. ¡Curiosa
colaboración! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce á pensar
obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer--ambos son
criaturas débiles, apasionadas y quiméricas, especie de andróginos
que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las
mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,--y
sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para
el porvenir de un pueblo, el que predominen en él los elementos
morales, de que Platón, juzgándolos turbadores y debilitantes, quería
purgar enérgicamente á la república. Lo que parece indudable es que la
influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran
y asocian para introducir sutilmente en la formación del alma francesa,
la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la
literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la
mujer y del arte en la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y sin
precedente en la historia: la supremacía de la mujer en las bellas
letras.
TALES hechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita,
parecen las floraciones estéticas de una civilización dulce como las
mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas
rosas y las turbadoras orquídeas que sólo podían brotar en el jardín
de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales
de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con
fervor en el culto del alma y la religión de la belleza.
Desde abajo á arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese
lujo de la inteligencia que se llama el _esprit_, por medio de los mil
espectáculos públicos, diarios, revistas, conferencias, _causeries_,
exposiciones de toda índole y libros de toda suerte, refinan á porfía
las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Los
_clichés_ literarios son de uso corriente en todas las clases. Los
términos escogidos han pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar.
Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las
repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV,
y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame
de Sevigné. La estética de los _boulevards_, las canciones tiernas
ó libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de sí como una
estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema
de la sociedad la última comedia de Capus, la música dislocadora de
Pelleas y Melisanda ó los templos de la _rue_ de la _Paix_. No creo
que en ninguna parte ni en época ninguna, la facultad de sentir sin
esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fácil
y graciosamente hayan llegado nunca á tan rara perfección. Chistes,
alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del sentimiento, nada
escapa al público que en los domingos populacheros ó en las _soirées_
de gala, invade los grandes ó pequeños teatros de París. Antes que
las palabras hayan concluído de salir de la boca del actor ó del
conferenciante, ya han sido cogidas al vuelo y á veces comentadas con
un chiste, una exclamación oportuna ó una sonrisa graciosa y escéptica,
mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los
flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moños y perendengues
de toda la sala. Es un público, sobre todo si abunda el bello sexo,
erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los géneros,
las obras, clásicas y modernas, las últimas novelas, «Las Flores del
Mal» y las «Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su corazón en
ese artificio literario y mezclado toda esa literatura á la vida, se
ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible á las
manifestaciones de lo bello.
Mas como «la belleza es toda la mujer», la emoción estética, después
de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va
callada ó ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas
alturas á los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y
viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava.
EL amor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en
las líneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo
amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias
del tocado femenino. La religión de la belleza se transforma en
religión de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa
su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya de _fournisseurs_;
y duerme con guantes ó careta para afinar el cutis, y se amasa
cruelmente, y martiriza el estómago y el cuerpo, y gasta millones
para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los
medios, y darle al mundo la peregrina sensación de la elegancia, de una
elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, la flor
encantada y efímera de una civilización secular.
Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes
sacrificios ni las transcendencias de la _toilette_. Son hombres
eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distinción moral. Llaman
desdeñosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros
y pone á contribución las más peregrinas aptitudes para encantar;
sentimiento del color, de la línea y del matiz; gusto seguro de la
alhaja y del moño; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud;
dominio perfecto de las elegancias estéticas que constituyen el _chic_;
imaginación y osadía en el arte de _plaire_, y por medio de la armonía
de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad
del cuerpo, la coquetería del espíritu y las gracias del alma. Lo que
parece pura frivolidad, es asunto gravísimo: una religión misteriosa,
que obedece á muy hondas necesidades éticas y que tiene sus templos,
ritos, sacerdotes y pitonisas. París es la Meca de esa religión ligera
y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores
de artículos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de
Francia, y los pontífices: la muchedumbre de escritores, artistas,
industriales y obreros que trabajan en la realización de la belleza más
perceptible y necesaria acaso á la especie: aquella que entra por los
ojos y golpea las puertas de la sensualidad.
Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota
y esclaviza á éste. De los rincones apartados y huraños del globo, de
los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, del fondo de los
mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres
solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras
de irisados colores, las pieles costosas, las perlas pálidas y dulces
como niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas,
las telas y sederías, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que
diríanse hechos de suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades
de la naturaleza y la industria vienen á depositarse á los pies de
la parisiense, la cual con un arte infinito é inagotable invención
las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una
vida extraña y voluptuosa, como si le comunicara á los materiales
bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos
materiales, dóciles á la magia de las manos diminutas, operan el
supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura
femenina, transfigurándola en una perpetua metamorfosis que, al
multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio
estético y eleva la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio.
Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmósfera
encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente
sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora
tampoco que sólo la ciencia del _chiffon_ satisfará plenamente su
ingénita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra
de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos
le vendrán de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los
privilegios y títulos envidiables á los ojos parisienses. La soberanía
de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo _les
casques dorés_, ya que por medio de ella, como los pintores por medio
del color y de la línea, provocan las sensaciones que les pide un
público de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son,
lo que quieren, lo que pueden...
Las magnificencias de París forman el ornado marco que mejor cuadra
á la belleza viviente, la más costosa y artificial. Hasta la luz
suave, como pasada por filtros de ámbar y ópalo, parece que fué hecha
para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las líneas y
envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de
criaturas presas en talleres sombríos y sórdidos tugurios, trabajan y
aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra
nacional. Grandes y chicos contribuyen á ella más ó menos directamente.
Todo espectáculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda
fiesta una ocasión de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y
establecer la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó Redfern: monarcas
del figurín que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de
Carlomagno.
LO fútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psíquica
jugosidad si se observa con ojo experto, revela á veces lo que no
descubren hechos importantísimos, libros venerables ni mamotretos de
copiosa ciencia. Decía un gran pintor que «el verdadero arte comienza
allí donde pequeños toques producen grandes cambios». Acaece algo
semejante en las cosas de la vida y no es muy zahorí el observador de
ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frívolo
el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullición y luego el
enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no
me parece desprovisto de sal ni miga el espectáculo curioso, aunque
nada ajeno al ambiente de los _meetings_ sportivos, que tuve la fortuna
de presenciar en el hipódromo de Trouville.
Era una gozosa confusión, un mareante vaivén de trajes vaporosos,
sombreros como canastas de flores y blanquísimos zapatos que corrían
como albos conejitos de la India sobre el verde riente de las
_pelouses_. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los
resplandecientes atletas del _turf_, bestias finas, artificiales y
como tallados primorosamente en maderas duras, é invadía luego las
casillas del Pari-Mutuel, donde á cambio de algunos francos, hasta á
los humildes mortales les era dado sostener un trágico cuerpo á cuerpo
con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los héroes y los
dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extraño y luego una
especie de remolino de curiosidad que atraía á un punto del _padock_
al público disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de
Helleu se apiñan, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y
los ojos agrandados por el _kohl_, se abren extáticos como ante una
aparición celestial. ¿Qué era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la
Moda, que aparecía por primera vez en público después de la muerte
de su bello y perfumado esposo. Vestía de medio luto, traje blanco
adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el
conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de
punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos
mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio
único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus
esclavas le pedían algo sumisamente, dejábase contemplar al desgaire
prodigando á uno y á otro lado principescas sonrisas, mientras con la
falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de
azabache conservaba con un gesto de virgen púdica á la altura de la
boca, avanzaba lenta y rítmicamente, elevando las piernas á la manera
clásica de los _mannequins_ para posar luego los pies con mimo sobre
la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como
una lección práctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas,
las archimillonarias yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de
alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban á su paso. Allí
no habían méritos ni títulos que no se eclipsaran, ni testas que no
se abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella
imperaba sola.
En medio del oro de la tarde, aquella escena tomó de súbito á mis ojos
la augusta significación de un símbolo: el de la Francia depositando
sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad.
SI «la belleza es toda la mujer», ó como dice Gourmont: «la belleza
es una mujer y la mujer es la belleza», pero como la mujer es el
amor éste es el término fatal del _estetismo_ parisiense. ¡Qué mucho
que el niño ciego impere como único dios en la gran ciudad latina!
Mas no se trata del infante terrible que disparó sus flechas en las
ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, sino de un amorcillo muy
civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas
y madrigales. Cómo habían de resistir los líricos corazones al Tentador
que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la
Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la
literatura y la vida. Una comedia sin conflictos amorosos ni tocados
elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales
ó picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no
llegan al alma; la música sin embriagueces ni escalofríos voluptuosos
no prende sus líricos garfios en los oídos. De esta suerte el niño
desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los
libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casuística
amorosa en las que se enseña á percibir doctamente los variados matices
de la sensualidad, desde el travieso _flirt_, _les passionettes_ y las
dulzuras de la _amitié amoureuse_, hasta los desatados impulsos del
corazón y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta
educación sentimental, también se aprende de una manera no menos docta
ni prolija, la ciencia de la expresión _caline_ y el arte de la caricia
_endormante_. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo
que el _chic_, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda
imaginación de la parisiense, alada imaginación que ha enriquecido la
lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plástica
de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario
erótico.
Así, pues, la cultura como la moda, parece que no tuviera otro
objetivo que embellecer la voluptuosidad y endiosar el amor. En un
ambiente tan propicio á las emociones blandas y regaladas y que por
tan varias maneras favorece la cristalización de las sensibilidades
artistas, cae de suyo que éstas predominan y que los sentimientos
austeros y viriles sean formas secundarias de la emotividad francesa,
esencialmente literaria y erótica. No llegaré al extremo de decir, como
la indignada yanqui de Huret que «un francés, es una función sexual»,
pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros sentimientos, y
particularmente el de la belleza y los mismos apetitos materiales,
degeneran en apetencia de la mujer, se subordinan al amor y son como
preludios de la gran orquestación amorosa. Es el negocio público, como
la belleza femenina es la industria nacional, y no podía menos de
ser así en el encantado jardín de la tierra donde la sociabilidad de
las gentes, la agilidad del espíritu, la rapidez de los movimientos
del alma y la molicie del medio, hacen que, hasta los más austeros,
se coronen de rosas y se apresten á gozar de la vida en común y
tiernamente. La eterna canción se oye lo mismo en las espaciosas
avenidas del _Bois_ que en los salones; en los _musical-halls_ donde
impera el desnudo, como en los teatros, hipódromos y paseos elegantes
donde el vestido, después de haber realzado osadamente las curvas y
protuberancias tentadoras de la mujer, las suprime para darle á ésta el
encanto picante y equívoco de los donceles afeminados.
No vaya á creerse por lo dicho que la licencia y el libertinaje echados
en cara por los extranjeros á los franceses, sin percatarse de que
tales manifestaciones de tolerancia moral son acaso el producto del
exceso de inteligencia y el reverso de cualidades muy nobles y humanas,
reviste la forma grosera de las saturnales del Directorio conducidas
por Mme. Tallien y las _Merveilleuses_. Es menos y es más, porque es
como la disipación de los hombres mundanos, una especie de elegancia
del alma, una sensualidad estética. Las directoras de los orgiásticos
coros son las Musas de París. Coronadas de laureles conducen la
lírica bacanal. La fórmula poética de las blanduras sentimentales,
de la voluptuosidad, de lo femenino, no podía menos de ser un feliz
hallazgo de la femenina inspiración. Nadie mejor que las Safos habían
de ofrecerle al mundo la manzana de Eva y los misteriosos secretos
de Afrodita. Lo logran con desnudarse, y en efecto se desnudan, y
poseídas del delirio sagrado, absorben por la ávida boca de los ocho
sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda y la ofrecen como un
vino embriagador en el ánfora de sus cuerpos trémulos. Al grito báquico
de libertad y con un impudor que los liróforos no conocían, enseñan las
carnes atormentadas por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo
de innúmeras generaciones esclavas de la razón y sumisas á la castidad.
Las hijas espirituales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado Voguë
llama las musas de la Revolución, cantan, en verdad, como Jean-Jacques,
Bernardin de Saint-Pierre, Senancour y los grandes románticos, los
derechos de la pasión, la soberanía del instinto, la rebelión del
individuo contra la sociedad y el amor panteísta de la naturaleza en
que se traduce su frenético erotismo. Todas dicen:
«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,
Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»
ó
«Et j'ai fait de mon coeur, aux pieds des voluptés,
Un vase d'Orient où brûle une pastille.»
ó aun:
«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.
Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux
Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»
Pero mejor aún cantan en versos de una rara perfección, más sinceros
y profundos que los de Hugo y tan dulces y musicales como los del
pobre Lelian, la canción de Bilitis, «el arte delicado del vicio»,
el amor del amor, la religión del placer, la conciencia del mal,
los siete pecados capitales de la lujuria. Aquello que los poetas,
menos sensitivos y vibrantes, sólo podían balbucear torpemente, ellas
lo formulan con peregrina virtuosidad; lo que ellos no acertaban á
discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia é imágenes
magníficas y aladas. Su penetrante análisis recorre ágilmente el
misterioso teclado de las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez
en las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, es la causa
oculta del triunfo de las modernas bacantes en la gaya ciencia.
Ellas poseen el término justo y dichoso para expresar todo lo que es
desmayo, caricia y ensoñación. La música desfalleciente y enervadora
de sus versos y las nostalgias infinitas de su poesía, que mejor que
cualquier otra «es sensualidad transformada en eretismo mental»,
responden al sibaritismo del corazón y del cerebro y constituyen
la típica manifestación de la recrudescencia, fácil de prever, sin
embargo, de lo que antes se llamó _el mal del siglo_, de lo que un
filósofo llama hoy _el mal romántico_, que es en suma, _el mal de
vivir_: la ineptitud para la vida, la repugnancia de lo real y la
moral anarquía en que, á vueltas de tantos idealismos y refinamientos
sentimentales, suelen caer las naturalezas más finas y cultivadas.