¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante

caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento

y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á

sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se

mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van

haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas,

ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas,

industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo

irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con

diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura,

pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan

material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de

influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las

universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó

cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros,

sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de

dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este

convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce

en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de

la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el

retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras

liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don

ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la

pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de _idiotas sabios_

ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son

las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo;

tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo

cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad,

el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las

virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica

desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la

sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo,

desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse

de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que

el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele

convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un

sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre,

perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó

en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría

decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando

no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático

del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la

insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en

gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y

robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza

de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no

comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se

deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el

juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los

antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia.

Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del

paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión

mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente

en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida...

pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo

de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos

mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través

de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera

naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas

apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una

verdad profunda y sutil.

EN el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos

no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre»

solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho,

en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente

egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se

entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan,

ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio.

Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los

psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca

contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas.

Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y

al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar

para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi

oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las

actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo

continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas.

La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los

puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos

á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas,

convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra

civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la _política

alimenticia_, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso

de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos

de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el

tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia

y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de

una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más

egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones

humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría

de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos

de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del

egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería

gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo

de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la

inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de

los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia

política y valeroso idealismo. Esos rudos _pioners_ son los pastores

poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño

radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de

caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes

y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales

como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas

tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como

Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces

de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos

reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos,

extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos

de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas

que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á

vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado

su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y

desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de

los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la

corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren

como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y

razón humanas.

Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los

templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la

grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora

del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha

inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar

por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus

dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de

un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los

alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los

pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces,

como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses

primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes

capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las

rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro

del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre

y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar

la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera,

contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales

y aun en la propia casa.

Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y

glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é

inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.

Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor.

TERCERA PARTE

LA FLOR LATINA

PARA los sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en

toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente;

ninguna _estación_ de _psicoterapia_ tan propicia á las meditaciones

filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni

soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde

la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus

opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza

entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del

gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere

entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y

crapuloso, cruel y sensual.

Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz,

París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el

óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos,

caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral,

multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia

psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en

los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor

de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias

intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de

las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos

y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del

sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también

el cerebro. De los _boulevards_ magníficos, hirvientes y sonoros de

afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios

exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos

panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y

milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de

arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de

los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau;

de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos

rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos,

ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al

atravesar el arroyo las piernas más picantes é _inteligentes_ del

mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado,

el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de

pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del

Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines

de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los

ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en

los pequeños _cabarets_, se aprende á sentir y amar la vida bella

y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni

menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las

maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los

parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas.

Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y

Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en

cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo,

la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de

las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á

pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo

supieron «caer, sonreir y morir».

Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu»,

pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados

de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas

de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la

Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo;

peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes,

florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos

de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan

las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo

hizo lo que tú por _accordar las inexorables leyes del universo á los

deseos caprichosos del corazón_. ¡Tu historia es la más sentimental,

noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia!

¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de

sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas,

aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esas

_petites femmes blondes_ vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y

cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades

de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el

signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos

buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo

que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á

los Don Juanes del saber de los _boudoirs rococós_, aun poseyendo á la

ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido

fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera

la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de

Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la

literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de

todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el

espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas;

de fraseadores y voluptuosos; de ahí el erotismo floreciente en

la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman

las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías

viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la

sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia

y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta

ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y

costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos

un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.

NO ha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración

psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos

introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la

cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante

del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas

reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que

reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus

fiebres líricas y embriagueces dionisiacas.

La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger

florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los

fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en

cierto modo, para recibir el pan eucarístico de las costumbres

galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor

salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las

rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres,

y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje

y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de

amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos

ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la

rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas

tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan

los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados

que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las

cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las

letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en

torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la

nobleza y la flor y nata de los ingenios.

La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la

obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada

son los salones. Gracias á ellos la influencia femenina se ejerce,

no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y

hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt,

los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las

minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que

recogieron la herencia de la famosa _chambre bleue_, donde Corneille

leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el

buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales

y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la

conversación en arte, la fría urbanidad en graciosa _politesse_ y el

talento en _esprit_. Y _esprit_, _politesse_, don de gentes y arte de

la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas,

acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían

explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se

desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad

y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos

tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos

discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á

los hombres con las cadenas que salían de su boca...

PERO antes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, la

_Mignonne_ de Francisco I, autora de innumerables poesías y del

picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del

caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados

de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin

violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que

figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época:

poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas

galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos

otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras,

las artes y el amor--cosas que anduvieron siempre juntas y en muy

buena armonía,--la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la

demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo

XVIII y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos

y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos,

y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma

Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban

los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación

diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas,

cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en

las tinieblas de la locura.

Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias,

depuran y afinan la expresión por medio de la _causerie_ y consagran

la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas

manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los

cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y

libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas

sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones.

Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las _preciosas_

y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado

influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se

aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las

blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas,

ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística

amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que

la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas

repercusiones en el siglo XVIII. Pero este es un siglo en el que reina

la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la

pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían

de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar

luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la

expresión poética en el romanticismo y sus retoños.

NO deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de

la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño

departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey,

se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos

y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras

para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de

la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los

filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria.

Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau

había _fondus et liquéfiés_, acogen incautas en sus salones á la

Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta

frase de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados

dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson,

la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los

pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello

de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y

apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el

amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos _bijoux_

con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas

que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en

los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas

subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la

vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las

predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos--bien que acaso

no lo fueran en su espíritu al menos,--que La Harpe ponía en boca de

Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin

de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort,

Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la

duquesa de Gramont que reía, creyéndose por su sexo al abrigo de aquel

terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas

damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan

en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso

en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde

discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate

Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de

eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones

en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme.

Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En

tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las

gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria,

excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas

inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde,

sin saberlo, tres _merveilleuses_ ligeras de cascos y de no mucha sal

en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del

Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la

tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo.

La Muerte Del Cisne · 第 7 / 11 段