caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento
y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á
sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se
mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van
haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas,
ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas,
industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo
irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con
diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura,
pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan
material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de
influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las
universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó
cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros,
sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de
dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este
convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce
en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de
la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el
retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras
liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don
ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la
pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de _idiotas sabios_
ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son
las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo;
tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo
cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad,
el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las
virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica
desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la
sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo,
desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse
de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que
el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele
convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un
sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre,
perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó
en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría
decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando
no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático
del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la
insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en
gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y
robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza
de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no
comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se
deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el
juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los
antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia.
Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del
paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión
mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente
en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida...
pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo
de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos
mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través
de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera
naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas
apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una
verdad profunda y sutil.
EN el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos
no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre»
solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho,
en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente
egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se
entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan,
ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio.
Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los
psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca
contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas.
Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y
al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar
para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi
oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las
actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo
continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas.
La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los
puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos
á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas,
convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra
civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la _política
alimenticia_, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso
de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos
de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el
tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia
y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de
una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más
egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones
humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría
de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos
de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del
egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería
gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo
de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la
inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de
los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia
política y valeroso idealismo. Esos rudos _pioners_ son los pastores
poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño
radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de
caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes
y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales
como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas
tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como
Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces
de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos
reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos,
extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos
de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas
que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á
vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado
su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y
desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de
los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la
corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren
como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y
razón humanas.
Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los
templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la
grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora
del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha
inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar
por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus
dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de
un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los
alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los
pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces,
como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses
primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes
capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las
rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro
del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre
y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar
la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera,
contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales
y aun en la propia casa.
Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y
glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é
inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.
Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor.
TERCERA PARTE
LA FLOR LATINA
PARA los sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en
toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente;
ninguna _estación_ de _psicoterapia_ tan propicia á las meditaciones
filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni
soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde
la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus
opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza
entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del
gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere
entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y
crapuloso, cruel y sensual.
Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz,
París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el
óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos,
caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral,
multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia
psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en
los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor
de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias
intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de
las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos
y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del
sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también
el cerebro. De los _boulevards_ magníficos, hirvientes y sonoros de
afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios
exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos
panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y
milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de
arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de
los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau;
de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos
rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos,
ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al
atravesar el arroyo las piernas más picantes é _inteligentes_ del
mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado,
el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de
pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del
Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines
de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los
ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en
los pequeños _cabarets_, se aprende á sentir y amar la vida bella
y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni
menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las
maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los
parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas.
Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y
Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en
cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo,
la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de
las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á
pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo
supieron «caer, sonreir y morir».
Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu»,
pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados
de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas
de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la
Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo;
peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes,
florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos
de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan
las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo
hizo lo que tú por _accordar las inexorables leyes del universo á los
deseos caprichosos del corazón_. ¡Tu historia es la más sentimental,
noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia!
¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de
sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas,
aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esas
_petites femmes blondes_ vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y
cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades
de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el
signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos
buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo
que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á
los Don Juanes del saber de los _boudoirs rococós_, aun poseyendo á la
ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido
fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera
la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de
Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la
literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de
todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el
espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas;
de fraseadores y voluptuosos; de ahí el erotismo floreciente en
la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman
las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías
viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la
sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia
y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta
ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y
costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos
un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.
NO ha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración
psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos
introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la
cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante
del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas
reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que
reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus
fiebres líricas y embriagueces dionisiacas.
La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger
florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los
fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en
cierto modo, para recibir el pan eucarístico de las costumbres
galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor
salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las
rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres,
y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje
y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de
amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos
ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la
rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas
tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan
los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados
que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las
cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las
letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en
torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la
nobleza y la flor y nata de los ingenios.
La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la
obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada
son los salones. Gracias á ellos la influencia femenina se ejerce,
no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y
hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt,
los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las
minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que
recogieron la herencia de la famosa _chambre bleue_, donde Corneille
leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el
buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales
y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la
conversación en arte, la fría urbanidad en graciosa _politesse_ y el
talento en _esprit_. Y _esprit_, _politesse_, don de gentes y arte de
la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas,
acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían
explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se
desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad
y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos
tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos
discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á
los hombres con las cadenas que salían de su boca...
PERO antes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, la
_Mignonne_ de Francisco I, autora de innumerables poesías y del
picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del
caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados
de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin
violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que
figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época:
poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas
galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos
otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras,
las artes y el amor--cosas que anduvieron siempre juntas y en muy
buena armonía,--la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la
demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo
XVIII y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos
y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos,
y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma
Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban
los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación
diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas,
cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en
las tinieblas de la locura.
Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias,
depuran y afinan la expresión por medio de la _causerie_ y consagran
la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas
manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los
cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y
libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas
sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones.
Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las _preciosas_
y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado
influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se
aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las
blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas,
ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística
amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que
la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas
repercusiones en el siglo XVIII. Pero este es un siglo en el que reina
la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la
pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían
de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar
luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la
expresión poética en el romanticismo y sus retoños.
NO deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de
la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño
departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey,
se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos
y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras
para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de
la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los
filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria.
Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau
había _fondus et liquéfiés_, acogen incautas en sus salones á la
Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta
frase de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados
dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson,
la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los
pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello
de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y
apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el
amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos _bijoux_
con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas
que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en
los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas
subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la
vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las
predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos--bien que acaso
no lo fueran en su espíritu al menos,--que La Harpe ponía en boca de
Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin
de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort,
Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la
duquesa de Gramont que reía, creyéndose por su sexo al abrigo de aquel
terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas
damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan
en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso
en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde
discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate
Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de
eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones
en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme.
Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En
tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las
gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria,
excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas
inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde,
sin saberlo, tres _merveilleuses_ ligeras de cascos y de no mucha sal
en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del
Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la
tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo.