Á pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del

intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la

necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su

turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de

oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos

materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos

invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje

que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de

la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química

á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica

inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la

lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo

placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el

universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos,

las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil:

la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia

es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del

dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin

duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante

de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan

la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente,

cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la

ejecutora del _deseo de poder_ impuro, pero fecundo, contenido en

el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el

corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con

el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas

de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de

la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y

estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la

tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento

afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que

llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo

mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran

sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha

el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la

plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo,

y vivientes alambres, y _líquidos caminos_ de zafiro y esmeralda,

llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la

lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los

países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos

que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía

suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un

periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y

torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas

destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas

en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los

milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es

confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones

más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué

atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del

desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos,

que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero

ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,--que es una

forma superior de aquellos--y el bien de las sociedades. Sin embargo,

moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros

horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido

los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras

operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de

la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa,

desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica

y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han

hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen

la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas

fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar

los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á

los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para

domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de

las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos

del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos

é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos

profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los

desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca;

los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas;

las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y

somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él.

Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre,

de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria

en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha

puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces

que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios

llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas

se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto

por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y

anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo,

la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha

de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación

lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su

gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir

_precisamente_ los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las

nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad

concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se

comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más

fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron

acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.

He ahí su _crimen radioso_, su vergüenza y su gloria.

Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones _metafísicas_:

por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma

heroica del Oro.

SIN caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría

aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe

también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo

heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del

arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su

vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los

poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo

aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza

humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto

inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan

en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe _Charmant_.

Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y

las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas

obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en

sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de

su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas

por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen

sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los

vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su

camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa.

Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su

esencia divina.

Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca

la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa

de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo

infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen

medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones

del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos

que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe,

quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la

voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por

misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las

virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano,

han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la

moneda.

SOCIÓLOGOS y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función

social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo,

lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen

grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre

los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y

circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles

como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas

é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de

metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre

el punto de vista _matemático_ y el punto de vista _pecuniario_, entre

la ciencia que, para ser más comunicable se _matematiza_, siguiendo su

propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios

secretos de la vida, se _monetizan_ para hacerse más sociables. «El

imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las

alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al

fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar,

cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el

mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes

entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la

mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y

epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por

donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa

virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto

de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil

del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse

indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es

que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud

benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la

facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo

á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.

DESDE tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del

Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades.

Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los

observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes

y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con _ojo profundo_,

su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que

embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista

de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente,

se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una

comprensión más _musical_ del símbolo, que el desdén artificioso

y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de

espiritualidad y nobleza de alma.

Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender,

los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que,

en realidad, es el _substratum_ de la voluntad humana. Contempladlo

larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué

en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la _zapeca_ china, antes

de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda--hermoso símbolo

de su excelsa alcurnia,--_es el habitáculo misterioso de la voluntad

de dominación de los hombres y los pueblos_. Todas las virtualidades

de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos

y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía,

desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el

disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á

otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en

el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de

todas las edades.

¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!

Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de

imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada,

una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual

serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la

crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien,

después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar

una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es

legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y

economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad

del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza

se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la

cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad

presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De

ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral.

En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas

por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas

de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso,

mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que

no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados

preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las

muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres,

los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas,

que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros,

obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa,

obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad;

el banquero, á quien mil _combinaciones_ impiden dormir en su lecho de

plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario,

que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la

renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían

de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas,

si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de

sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la

conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias

impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil

alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que

la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades.

Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia

para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo

con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á

vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á

Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los

dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan

los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y

consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo

como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de

fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías

creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los

deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su

misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan

de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del

triunfo.

Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo

confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y

tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser,

sin duda, las formas más universales del instinto de dominación,

correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan,

como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas

declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad

de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo

así como el _substratum_ de las virtudes y excelencias nacionales:

hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni

escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las

mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma

de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas

y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al

parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la

historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse,

en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por

la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en

las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el

universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y

siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las _usinas_

y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque

liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la

única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo,

la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias

convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la

verdadera Majestad.

POR tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la

corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan

para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á

la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun

las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que

se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la

lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos

explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el

principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las

que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación

é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente _armar hombres

para la vida_, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal

grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la

gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los

laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á

las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa;

á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las

costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos

olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja

repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón

del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones

de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las

virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito

de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de

Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la

Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no

hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo»

claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una

para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se

aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor

de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio

de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.

Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido

cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y

la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en

religión universal.

PERO Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó

destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen

á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus

manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin

embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades.

Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán

rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando

tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es

la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado

á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el

compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo

esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna

manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción.

Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el

nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas

del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero,

fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su

dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y

bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no,

decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y

no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles

ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la

savia de las ramas que empiezan á marchitarse.

Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común

origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica

es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La

grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas,

desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de

vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales,

son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á

desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria

y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente

con el _signo luminoso_ y á los cuales la selección económica presta

invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por

los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso,

gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el

instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios

de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un

purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un

venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y

del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas

las impurezas de la vida.

Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y

obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres,

universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del

Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y

la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque

el Oro es la _posibilidad inmediata_, al decir del escéptico France,

mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano,

substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron

y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen

misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y

todas las realizaciones del deseo.

¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!

Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren

algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la

conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación:

el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento

divino del universo.

SI bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir

que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro

premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en

parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad

social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las

virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la

mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino

que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril

razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el

antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y

los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza

es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é

inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes

cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren

prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos

en una tarea honesta y renumeradora.

La Muerte Del Cisne · 第 6 / 11 段