intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la
necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su
turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de
oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos
materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos
invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje
que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de
la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química
á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica
inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la
lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo
placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el
universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos,
las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil:
la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia
es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del
dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin
duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante
de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan
la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente,
cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la
ejecutora del _deseo de poder_ impuro, pero fecundo, contenido en
el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el
corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con
el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas
de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de
la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y
estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la
tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento
afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que
llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo
mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran
sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha
el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la
plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo,
y vivientes alambres, y _líquidos caminos_ de zafiro y esmeralda,
llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la
lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los
países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos
que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía
suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un
periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y
torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas
destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas
en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los
milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es
confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones
más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué
atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del
desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos,
que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero
ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,--que es una
forma superior de aquellos--y el bien de las sociedades. Sin embargo,
moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros
horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido
los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras
operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de
la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa,
desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica
y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han
hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen
la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas
fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar
los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á
los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para
domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de
las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos
del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos
é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos
profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los
desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca;
los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas;
las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y
somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él.
Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre,
de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria
en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha
puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces
que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios
llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas
se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto
por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y
anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo,
la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha
de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación
lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su
gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir
_precisamente_ los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las
nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad
concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se
comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más
fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron
acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.
He ahí su _crimen radioso_, su vergüenza y su gloria.
Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones _metafísicas_:
por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma
heroica del Oro.
SIN caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría
aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe
también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo
heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del
arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su
vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los
poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo
aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza
humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto
inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan
en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe _Charmant_.
Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y
las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas
obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en
sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de
su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas
por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen
sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los
vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su
camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa.
Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su
esencia divina.
Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca
la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa
de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo
infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen
medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones
del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos
que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe,
quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la
voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por
misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las
virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano,
han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la
moneda.
SOCIÓLOGOS y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función
social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo,
lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen
grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre
los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y
circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles
como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas
é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de
metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre
el punto de vista _matemático_ y el punto de vista _pecuniario_, entre
la ciencia que, para ser más comunicable se _matematiza_, siguiendo su
propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios
secretos de la vida, se _monetizan_ para hacerse más sociables. «El
imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las
alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al
fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar,
cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el
mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes
entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la
mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y
epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por
donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa
virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto
de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil
del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse
indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es
que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud
benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la
facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo
á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.
DESDE tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del
Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades.
Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los
observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes
y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con _ojo profundo_,
su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que
embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista
de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente,
se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una
comprensión más _musical_ del símbolo, que el desdén artificioso
y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de
espiritualidad y nobleza de alma.
Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender,
los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que,
en realidad, es el _substratum_ de la voluntad humana. Contempladlo
larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué
en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la _zapeca_ china, antes
de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda--hermoso símbolo
de su excelsa alcurnia,--_es el habitáculo misterioso de la voluntad
de dominación de los hombres y los pueblos_. Todas las virtualidades
de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos
y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía,
desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el
disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á
otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en
el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de
todas las edades.
¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!
Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de
imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada,
una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual
serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la
crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien,
después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar
una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es
legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y
economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad
del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza
se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la
cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad
presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De
ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral.
En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas
por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas
de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso,
mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que
no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados
preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las
muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres,
los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas,
que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros,
obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa,
obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad;
el banquero, á quien mil _combinaciones_ impiden dormir en su lecho de
plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario,
que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la
renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían
de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas,
si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de
sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la
conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias
impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil
alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que
la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades.
Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia
para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo
con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á
vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á
Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los
dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan
los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y
consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo
como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de
fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías
creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los
deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su
misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan
de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del
triunfo.
Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo
confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y
tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser,
sin duda, las formas más universales del instinto de dominación,
correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan,
como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas
declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad
de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo
así como el _substratum_ de las virtudes y excelencias nacionales:
hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni
escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las
mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma
de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas
y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al
parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la
historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse,
en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por
la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en
las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el
universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y
siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las _usinas_
y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque
liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la
única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo,
la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias
convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la
verdadera Majestad.
POR tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la
corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan
para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á
la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun
las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que
se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la
lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos
explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el
principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las
que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación
é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente _armar hombres
para la vida_, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal
grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la
gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los
laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á
las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa;
á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las
costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos
olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja
repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón
del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones
de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las
virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito
de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de
Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la
Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no
hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo»
claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una
para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se
aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor
de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio
de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.
Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido
cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y
la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en
religión universal.
PERO Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó
destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen
á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus
manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin
embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades.
Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán
rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando
tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es
la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado
á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el
compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo
esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna
manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción.
Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el
nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas
del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero,
fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su
dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y
bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no,
decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y
no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles
ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la
savia de las ramas que empiezan á marchitarse.
Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común
origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica
es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La
grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas,
desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de
vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales,
son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á
desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria
y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente
con el _signo luminoso_ y á los cuales la selección económica presta
invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por
los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso,
gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el
instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios
de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un
purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un
venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y
del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas
las impurezas de la vida.
Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y
obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres,
universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del
Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y
la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque
el Oro es la _posibilidad inmediata_, al decir del escéptico France,
mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano,
substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron
y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen
misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y
todas las realizaciones del deseo.
¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!
Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren
algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la
conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación:
el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento
divino del universo.
SI bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir
que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro
premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en
parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad
social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las
virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la
mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino
que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril
razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el
antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y
los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza
es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é
inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes
cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren
prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos
en una tarea honesta y renumeradora.