LAS virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes

destinadas á flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros

primeros padres al pie del Árbol del saber, no habían terminado su

cometido y tenían algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos

hicieron su irrupción bárbara y empezaron á modelar á su antojo y

abiertamente las sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, porque

siempre los hombres riñeron por un trozo de _pescado crudo_, cocido

ó en salsa. Pero los antiguos no podían reconocer de buen talante el

advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba

destruir las instituciones civiles y religiosas, y á la par de ellas,

los privilegios de las aristocracias seculares. Era «el vencedor,

cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño

de vencidos y esclavos, encadenados á su carro de guerra.» Llegaba

produciendo mil cataclismos y desquiciándolo todo: destruía las viejas

jerarquías, libertaba á los esclavos, ennoblecía á los plebeyos,

envilecía á los nobles y daba pábulo á mil actividades desconocidas, á

mil costumbres nuevas y á una nueva mentalidad. No hay sino considerar

las reformas de Solón y Servius, para darse cuenta de la magnitud de

las revoluciones sociales que siguieron á la aparición del dinero como

Majestad en Grecia é Italia, cinco ó seis siglos antes de nuestra era.

Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos é invectivas

de los poetas contra la _confusión de razas_ que traía consigo las

bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces,

como en la magnífica corte del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido

repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase de madame

de Grignan disculpando á su hijo de haberse casado con la rica

heredera de un _fermier_: «las mejores tierras necesitan, de tiempo

en tiempo, un poco de abono». La riqueza empezaba á conferir los

rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, como

antes la religión y la sangre. Un personaje de Eurípides, á quien

le preguntan de qué origen es cierto sujeto, contesta: «Rico, son

los nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas que sabían

enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los

campos de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los Polibios y

Cicerones lamentasen acerbamente la relajación de los lazos sociales,

la perversión de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la

avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, terminadas á veces por

terribles hecatombes y degollinas, entre señores y esclavos, patricios

y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del

dios que había de ser luego tan amante de la paz. Séneca, moralista

estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba

airado: «Es el dinero que revoluciona los _forums_, que precipita las

turbas hacia los tribunales, que arma á los hijos contra sus mayores

y fabrica los venenos; por él los reyes roban, matan y, á fin de

descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de

esfuerzo levantaran».

Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer á

colación los horrores de la guerra, pues que destruía las augustas

construcciones religioso-militares, los moralistas defendían el

patrimonio social, la civilización propia contra las invasiones de

los bárbaros que pretendían imponer la suya. Por razones fáciles de

comprender, sólo percibían los miasmas deletéreos que la riqueza

produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante,

en cierto modo, á los excesos no menos malsanos de la cultura, la

moralidad ó del arte. La economía política y la ciencia social estaban

por nacer, y la severa Clio en pañales no había descubierto todavía los

genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las

leyes que rigen la producción y el cambio de las riquezas, verdaderos

sístoles y diástoles del corazón del mundo. Á esto será bien agregar,

que el hijo de Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en una tierra

tres veces labrada», no producía entonces, como ahora, el desarrollo

de tantas actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones

voraces, aparecían como contrarias al orden social establecido y la

tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas

y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas á dominar,

incomodaban y constituían una amenaza, un peligro: no eran fraternales,

traían la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y

enervante de la civilización, quintaesenciada en los preceptos galanos

que, plácidamente, caminando por prados floridos, caían de la boca de

los maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, efebos gráciles y

desnudos.

CONSIDERÁNDOLO atentamente, ocurre preguntarse si quizá el odio á la

Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones,

filosofías y morales después de Platón, á quien tan duras invectivas

le merecieron las clases adineradas, no es el síntoma típico, aunque

inadvertido para el poeta de «Zaratustra», de la reacción de los

débiles contra los fuertes, dictada por la urgentísima necesidad, de

que nos da señales inequívocas la doctrina cristiana, de atenuar la

virulencia del egoísmo nativo y corregir los abusos naturales, pero

anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común y

la santidad de la existencia.

El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es la objetivación condensada

y cabal del egoísmo, hostil al renunciamiento, á la generosidad

inútil, á los ideales humanitarios; hostil á lo que no sea el interés

genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que

causa y su condenación por los santos varones, sobre cuyas testas sin

fiebres y que ignoran la razón fisiológica de los fenómenos sociales,

desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del

espíritu de Dios, cuando el _hombre simple_, por un prodigio de la

fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado

del Graal. Pero el egoísmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio,

el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la _virtud humana_,

lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y

rehabilitación por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo

triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos de novísimo

cuño, excitadores y organizadores de los egoísmos desvirtuados por las

dulzuras de la civilización, no á los moralistas de vieja cepa, de

industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egoísmos,

como cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en que el animal humano

era demasiado bravío y acometedor.

La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fué

amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazón de la bestia el

desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía hacia las voluntades

sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un río

que recibe copiosos é inauditos afluentes, después que Jesús enseña

el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales.

«Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á Dios y á Mammon», dice en

el «Sermón de la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, frailes

descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche

de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, fugaces

luminosidades de fuegos fátuos y perennes sombras, cuyo misterio

aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie

del confesonario. Diríase que, llenando de horrores y pavuras la

existencia, iban á descepar del alma el sentimiento de las realidades y

el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían en el mismo plato. Uno

era la negación, el otro la afirmación del mundo que urgía destruir

como hechura del demonio.

_La mala conciencia_, como un murciélago fatídico, revolotea en

tomo de las almas. «Época exquisita y dolorosa para los artistas»,

asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado

y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los

ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas

manos se juntan unánimes en demanda de perdón. El goce, el amor, la

vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las

concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias locas de purificarse

y morir, agitan los pechos hundidos por la devoción y las penitencias.

Y así, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las

conciencias atormentadas, el desdén de las realidades, el desprecio

de los bienes positivos y la economía celeste, que sólo regula las

relaciones místicas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse

de nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación de las almas: el

resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán

como los pájaros, «que no siembran ni recogen», de lo que Dios les dé.

El estado ideal será la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia

de todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, bien que á veces,

apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiológicas, papas

ávidos y concupiscentes, como los del siglo VI; ambiciosos patriarcas,

como los de Alejandría, y caballeros andantes, como los templarios,

se dieran en cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al demonio

de la dominación. Papado, guerras religiosas, política eclesiástica y

los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores

menos mansos y evangélicos, muestran la flagrante contradicción de

la metafísica cristiana y las necesidades de la existencia. Sólo

transando y deformándose mútuamente, han podido vivir codeándose

durante el largo período que empieza con la revolución mística del

cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente

con la revolución materialista de los proletarios contra todas las

teodiceas, éticas é ideologías. Ayer las miradas y las aspiraciones,

atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las góticas flechas de

las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias

y deseosa de retemplar su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los

apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas

y el rubio trigo, ¡Dramático contraste! Él explica lo que va del Dios

ciego y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano en sendos

poemas, al magnífico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la

«Prodigalidad», la Poesía; lo que va del bonete irrisorio del judío,

escarnecido y confinado en la prisión del _Ghetto_, como una alimaña

vil ó sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la corona de oro

macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el

majestuoso ademán del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar

ciudades y vergeles en los desiertos áridos; lo que va de Shylok y

Harpagón á Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de

mendigos de San Juan Crisóstomo, el amor de la Pobreza del serafín de

Asís y la vida penitente de los anacoretas y ermitaños al determinismo

económico, las doctrinas nietzequianas y la religión de la Vida.

AUNQUE en realidad fuera el primer incentivo del deseo, teóricamente

el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los

bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando

las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales

idealistas, pasa al arte, á la literatura, á todo lo que toca á la

inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo más impuro

y terrenal, por ser, sin duda, la materialización de los deseos,

pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. Sí; teóricamente el

dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones

de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones de Satán, para los

cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes

y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor.

«Saldrá de la obscura tierra una cosa que pondrá á toda la especie

humana en peligro de muerte; que inspirará infinitas traiciones,

robos y perfidias, arrebatándole la libertad á las ciudades y la vida

á los individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras al infierno,

oro, monstruoso elemento!» clama el gran Leonardo con el ciego furor

de un apóstol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, tuvo tan

luminosos atisbos y fué sabedor de tantas cosas. Y como él, nadie

barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazón del dios

ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir

los modernos milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes de

la falsificación idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo

de los monjes que, por pura penitencia y mortificación de la carne, se

emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pública, déjanse

desecar los miembros ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre.

Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo de la sabiduría;

desdeñar las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir

filosóficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el púlpito, la

cátedra, el libro vomitan airados las más rotundas invectivas contra

la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su

olorcillo de azufre. Poetas parásitos de los grandes señores; hidalgos

orgullosos y famélicos; los inútiles de todas las profesiones y los

incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la

Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los

amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión de la engolletada y

casquivana Literatura, llega hasta nuestros días con la maldición de

Alberich, á pesar de tener delante las maravillas realizadas por la

virtud del Oro, entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, la

paz del mundo y la unión del género humano.

Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón y Mercadet pululan en las

piezas de teatro y novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la

producción literaria francesa, como correspondía, por legítimo é

indiscutible derecho, al pueblo más idealista, razonante y amoroso

de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de

Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas fortunas se hacen de vilezas, las

grandes de infamias», decía en serio el admirable Becque. Afirmaciones

semejantes, y aun más subidas de punto, son el pan cotidiano entre las

gentes de letras. Á creerlos, todo comercio sería una maniobra obscura

y vil; todo hombre de negocios, un truhán vendedor de negros, como

el respetable personaje de «La Petite Noémi». Es cosa admitida que,

«on ne devient riche sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy,

«el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, otro monje iracundo,

pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no

puede explicarse sino atribuyéndole una naturaleza diabólica. Y en

esta católica concepción se complacen, no sólo los poetas, mas los

filósofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no

satisfacen jamás, á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos,

según confesión de las embrujadas, hielan de espanto.

LOS adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistofélico

al rostro simple y bonachón del comerciante, y hacen de éste, que

tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis de las virtudes

cristianas, la encarnación de los apetitos groseros, el espíritu del

mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos aún á las

reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo

los artistas. Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la

Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni

sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congéneres

los perros judíos de antaño, perseguidos en todos los países, robados,

sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, más que

por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicería.

Los curiosos é infantiles personajes de «Les Effrontés», «Les

Corbeaux», «Les affaires sont les affaires», y «L'argent» enseñan que

el patrón literario del financista no ha variado desde Shakespeare,

Molière, Le Sage y Balzac á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un

ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria

ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y

hermosura del último símbolo. Bien es verdad que el literato, fuera

del mundo de la ficción, es un hombre incomprensivo y estúpido.

Diríase que, á fuerza de vivir con el oído atento á las misteriosas

campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender

los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teoría de

sonrientes vírgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta

inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando

se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos del mundo ó de

poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas

de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden y disculpan las

flaquezas humanas, sonríen benévolos á la voluptuosidad y al vicio

y sólo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los

adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por

no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemático detractor

de los _vientres dorados_, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia

«Les Deux Hommes», nos muestra para condenar á una y enaltecer la

otra, la oposición de dos morales: la del delicado Delange, quien á

causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y

educación caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera

noble y elegantemente que los _apaches_ vengan á arrancarle los últimos

_sous_ que le quedan; y la del _arrivista_ Champlin, sujeto vulgar,

envilecido, como no podía menos de ser, según el prejuicio literario

por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con

franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simpático

de la pieza, pertenece á aquella dilatada estirpe de idealistas

imbéciles que otro idealista de más enjundia y garra, Barrès, aconseja

enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el

sibarita decide, en un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á

la lucha, _envilecerse_ en la Bolsa. Parece resuelto á ser un hombre

terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de

un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una

jugada infeliz y pierde, como era lógico, obrando con tan poco seso,

lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo

que había que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la

medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como

se ve, la odisea de su energía no es muy famosa. Champlin es harina

de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar

y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies la nave rota y hundida». Á

pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus

sentimientos groseros, contiene las partículas de oro de una ambición

generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podría esperar

algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El desinterés de Delange será

siempre estéril. Harta razón tiene Champlin cuando le dice al que,

entre paréntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo

cual, á lo que parece, es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no

se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; sólo se

llega á ser un inútil y un egoísta». Bien dicho. Sin embargo, después

de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al

prejuicio literario y al sentimentalismo del público. La pieza termina

así: «Champlin será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se colige que la

riqueza es una especie de maldición.

Y el sentimiento es general. No recuerdo haber leído novela de la

índole de «Un homme d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte,

sin contar muchos tomos de la «Comedia Humana»; ni visto pieza, como

«La Question d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca de

otro modo que enalteciendo á los sentimentales y condenando á los

viriles[1]. Porque lo vituperable é innoble, como en el teatro de

Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva de lucro, la torpe

avidez de los hombres de negocios; mas la ambición en sí, la voluntad

dominadora, el espíritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura

y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen

los aplausos de las almas nobles.

[1] Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust»

de P. Adam.

Aunque simple y pecador, paréceme que esta suerte de propaganda, digna

del poeta de las Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún se

acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pública caridad, es

la que menos conviene á un pueblo excesivamente galante, sentimental,

artista, pero nada sobrado hoy de energías viriles. ¡Mas qué sería, sin

tales arrestos de desinterés, del amor de las actitudes estéticas y

de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente

los más enfermos de ese mal misterioso y baladí que se llama la

literatura! He ahí por qué el viejo prejuicio contra las actividades

interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi

todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes

de letras. Ya se sabe que ello es pura retórica; tema susceptible de

dar pie á elocuentes volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera y

obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigüedad,

donde la riqueza era á veces corruptora, pero sin disculpa en las

civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes

para no quedarse rezagadas, debe de obedecer á razones profundas,

aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender

el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma

por los hombres de espada, de los _rêveurs_ por los _agisseurs_. Es una

especie de odio sacerdotal. Quizá retores y humanistas, representantes

típicos del espíritu clásico y de la disociación ideológica, se sienten

amenazados en sus privilegios de clase pensante--como antes las

aristocracias históricas por las actividades económicas que tendían

á destruir el dominio secular de aquéllas--y lamentan la agonía de

un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y

favorable; quizá niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales

no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenación

implícita ó categórica de la vida moderna y las virtudes necesarias del

momento, tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las encomiadas

en la «Imitación de Cristo» ó los libros de caballerías, implica en

los que la formulan de una ú otra manera, la incapacidad de adaptarse

al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van á

morir...

La Muerte Del Cisne · 第 5 / 11 段