No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el porvenir la obra santa

del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diabólico del

instinto vital dominante, ó como quiere Marx, el producto de la lucha

de clases, engendrada, según él, por la evolución de los intereses y

que determina, por añadidura, el proceso de la historia entera. Es la

parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo científico ó

criticista, que muy poco tiene que ver con las utopías sentimentales de

Rousseau, del cura Meslier y de los ideólogos, ni con las componendas

burocráticas y fiscales ó _utopías de los cretinos_, ni con otras

formas pueriles del _socialismo vulgaris_ de que nos habla el docto

Labriola. Muy acertadamente dice Marx: «El modo de producción de la

existencia material, determina generalmente el _processus_ social,

político é intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre

lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de

ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se

crea el espíritu como una mano de su voluntad», diría Zaratustra.

«La producción primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el

cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos

dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribución

de las riquezas y, por consiguiente, la formación y las jerarquías de

las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las

causas determinantes de tal ó cual metamorfosis ó revolución social,

será preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su

conocimiento superior de la verdad y la justicia eternas, sino en las

metamorfosis del modo de producción y de cambio, en una palabra, no en

la filosofía, sino en la economía de la época estudiada.»

Estos razonamientos pedestres son la antítesis del vértigo de las

alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafísicas, pero

producen la reconfortante impresión de la tierra firme después de

un largo viaje marino ó una ascensión aerostática. Por fin los

fenómenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano

de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de

la evolución económica, la cual provoca la formación y la lucha de

clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre de la historia. La

ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que

tan hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada claramente. El

modo de producción y de cambio, sometiendo á su influjo plasmante las

manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el

derecho de cada época, que no son otra cosa, en último término, que «la

expresión autoritaria de los intereses que han triunfado», y dicta las

relaciones de los hombres que sólo son, en substancia, «relaciones de

producción, correspondientes á un período dado del desenvolvimiento de

sus fuerzas productivas».

Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso nunca por falta

de documentación histórica precisa, de explicar, por medio del

determinismo económico, los mitos, las religiones, las morales como

ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos

hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por

la escuela marxista, y la observación, constatada, en general, de

que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo,

á causas económicas visibles ú ocultas, legitiman las pretensiones

del materialismo histórico y permiten interpretar, en conjunto, una

gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los más ayunos

de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que

siendo las necesidades materiales las más hondas y urgentes, debieron

de inspirar en todo tiempo las metafísicas, retóricas y reglas de

conducta favorables á su satisfacción; y que siendo el espíritu así

como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, las estructuras sociales

se explican más acabadamente por la economía de cada época que por sus

engañosos espejismos mentales.

Antaño podían abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmación,

que á muchos ingenios, y no de los más romos, hubiera parecido

descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de

los fermentos económicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya

morfología empezamos á conocer íntimamente, sin que nublen los ojos

veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformación completa

de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria

y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Más que

_espíritu_ precipitado parece el mundo condensación de egoísmo. En

el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas páginas del

Capital, admirables de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas

razones, el pontífice del socialismo científico, cómo los nuevos modos

de producción y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las

servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal

para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cómo

el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en

el mismo producto, ó en otras palabras, cómo la producción colectiva,

mina al presente los fundamentos de la _apropiación individual_,

ó lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes

político-jurídicos y trata abiertamente de imponer los códigos

comunistas y la repartición colectiva que corresponden á aquella

producción. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuará,

según los arúspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa,

fundada sobre «la odiosa explotación del hombre por el hombre», y el

advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idílica, en la que

«el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre

desenvolvimiento de todos.»

DULCES anuncios, capaces de tonificar la desmayada esperanza en el

edenismo terrestre, si no los hiciera sospechosos el endiablado

parentesco con las amables sofisterías de Jean-Jacques y la hueca y

rimbombante fraseología jacobina! Sin duda, hay mucho de verdadero

en la abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones y aplicaciones

prácticas, como engendros del espíritu de sistema, intención pueril

de hacer entrar las realidades en los angostos casilleros de la

abstracción, parécenme sobrado artificiales y, á la postre, ingenuas.

Se comprende, sin grande esfuerzo, el papel principal y decisivo

de la lucha económica en la historia del mundo, y que la sociedad

comunista suplante á la sociedad burguesa, como ésta misma suplantó

á la feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo pidieron las

leyes de la producción. Lo que es más difícil de digerir, á pesar de

los jugos gástricos de la dialéctica marxista, es cómo ha de impedirse

la formación de las clases sociales y el antagonismo de ellas, aun

en el caso de suprimir, lo que es ardua empresa, la lucha económica,

causa presunta de los males que afligen á la sociedad, pero al mismo

tiempo causa cierta también del proceso histórico de las sociedades.

Sin la lucha económica, se dice, y lo que es su consecuencia, sin

la lucha de clases, desaparecerían los privilegios burgueses, las

desigualdades inicuas, la dominación de los pobres por los ricos.

Mas para lograrlo, hace falta la destrucción de la propiedad--que es

un robo, según reza el resobado aserto de Prudhon,--del capital, del

comercio, de la libertad, y, en fin, de las desigualdades naturales,

porque si éstas subsistieran en cualquier forma, las odiosas jerarquías

se establecerían nuevamente y con ellas el predominio de unos hombres

sobre otros. Luego hace falta para la organización científica de la

humanidad, organización destinada á concluir con la guerra de los

hombres y la anarquía capitalista, no sólo la igualdad civil, sino la

igualdad económica, sin la que, la primera y aun la democracia misma,

es un puro fantaseo, y por añadidura la igualdad moral, intelectual,

todas las igualdades. Y como la lucha entre los hombres existiría

aún, mientras hubiera ambiciones y egoísmos, habría que suprimir los

egoísmos y las ambiciones, ó lo que es igual, habría que suprimir la

vida misma. Es un punto de contacto curioso entre los ascetas y los

comunistas de todos los tiempos. Cómo las cerezas, que en tirando de

unas vienen las otras detrás, las enormidades traen las enormidades.

Es lo que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando que es la

servidora del instinto vital, se lanza á construir castillos de

abstracciones, en guerra abierta contra la física del alma y la lógica

infalible de las realidades.

Muchas y muy serias objeciones cabe hacer á la concepción marxista

del dinero, de la mercancía, del capital, y más aún, á las tendencias

fatalmente niveladoras y utópicas de la doctrina que está en vísperas

de desquiciar el mundo burgués. Pero hay algo en que nadie ha parado

mientes y que se me antoja realmente imperdonable en el sesudo Marx:

es la incomprensión del valor _divino_ de la moneda, después de haber

comprendido su valor fisiológico, digámoslo así, en el desarrollo

orgánico de las sociedades. Y, sin embargo, á lo que se me alcanza,

sólo admitiendo que el Oro es el _substratum_ social de la voluntad

de dominación y que como tal, se crea la ética que le conviene, es

que podría aseverarse que la filosofía y las instituciones son las

superestructuras de la economía, como lo afirman, sin empacho, Marx

y Engels; sólo reconociendo, con estoica resignación, que el Oro es

el signo de la diosa guerrera, creadora y destructora de la sociedad,

y por lo tanto el acicate del deseo de poder, es que puede resultar

cierto, ya que todos los brotes del carácter son obra de aquella, que

la lucha de clases sea la historia del mundo, como el planeta, la vida,

el hombre y el pensamiento mismo son el producto maravilloso de una

lucha sin tregua ni fin.

DE modo, pues, que la Federación Europea del sueño feérico y prosaico

á una de Hipólito Dufresne, no se realizará por otros medios que los

empleados hasta ahora por las clases triunfantes para consolidar sus

conquistas y establecer su dominio; ni eliminará la vitanda lucha

entre los hombres, aunque suprimiera la lucha económica; ni los

libertará de esclavitudes fatales; ni por el hecho de equilibrar los

bolsillos, nivelará los cerebros y las almas. La sociedad futura,

en donde el gobierno de las cosas reemplazará al gobierno de las

personas, gobierno técnico y pedagógico, reino ecuánime y omnímodo de

la ciencia, que podría terminar como el reino de la Razón, prepara ya

en las sombras los instrumentos de tortura y diseña las jerarquías

del nuevo imperio. En el altar de la diosa Igualdad, á los pies del

ídolo populachero, empiezan á depositarse, como costosas ofrendas,

las suspiradas libertades y los derechos sagrados por los que

ardorosamente combatió la humanidad, tan presto ilusa como desengañada.

El nivelamiento común, hecho al rasero de lo más inferior; la pobreza

forzada y el trabajo obligatorio, fundamentos fatales de la nueva

organización colectivista, sobre relajar, como la ética cristiana, los

resortes de la voluntad, matando el interés y el egoísmo, y producir

la degeneración y envilecimiento de la criatura humana, dividiría la

sociedad en dos ejércitos: uno de funcionarios, la nueva aristocracia,

y otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin peculio, ni

esperanza de obtenerlo ni libertad de procurárselo. El Estado, con

este ú otro nombre, pensaría por todos, obraría por todos, acumularía

las magras riquezas que nadie tendría interés verdadero en producir,

porque «el hombre puede amar á su semejante hasta morir, pero no hasta

trabajar para él», como asegura el mismísimo Proudhon. Y aquellas

riquezas serían repartidas luego, según lo entendiera una plaga de

administradores, interesados, como es natural, en quedarse con la

mejor parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, le serían

conferidos al Estado forzosamente; á la omnipotencia de los mandarines,

seguiría la omnipotencia del _monstruo frio_, más absoluta aún; y á

la anarquía capitalista, otras anarquías, otras pasiones invasoras,

otras ambiciones feudales, otros egoísmos acaparadores, otros

intereses egoístas, otras formas de la Voluntad, en conclusión, la

que suministrando secretamente los materiales para todas las sociales

construcciones, y pasando al través de todas las cribas de la lógica,

seguirá trabajando, como hasta aquí, la masa humana, por la guerra de

todos los instintos é intereses: el camino de perfección más corto y

cierto quizá, para llegar prontamente á los movimientos ordenados y la

armonía que, en medio de una lucha colosal, reina en la Naturaleza.

EL esfuerzo trágico de la humanidad por acordar las leyes del universo

á los deseos ardientes del corazón, no puede menos de terminar un día

por la obediencia y adaptación humildes del corazón al universo. Mas

ello será, á todas luces, el franco y decisivo advenimiento de la moral

de la Fuerza. Falta saber quién obedecerá mejor sus reglas inflexibles:

si el darwinismo social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando las

generaciones presentes á las futuras, las masas á los aristos, y los

débiles y lacerosos á los robustos y viriles para embellecer á la

humanidad y llegar al superhombre, ó el piadoso humanitarismo, luchando

bravamente contra la crueldad de la Naturaleza y de los hombres

de rapiña, á fin de asegurar la vida y el bienestar de todas las

criaturas, sin excluir á los tristes depositarios de la fealdad, vileza

y degeneración humanas.

Ambas sendas son lóbregas, temerosas y llenas de incertidumbres. Á

cada paso surgen como fantasmas, dudas torturantes. ¿En virtud de qué

ley, ya que el mundo, según todas las apariencias no tiene ningún fin

racional ni le es dado á la razón imponérselo, puesto que ella misma

ignora adonde se dirige; en virtud de qué ley, repito, el presente, la

única realidad sabrosa é indiscutible, será sacrificada á un futuro

brumoso y metafísico, al modo que antaño los bienes terrenales á las

promesas celestes y las dichas quiméricas del otro mundo? ¿Es posible

que el genio de la especie ó los mismos mandatos de la diosa fiera,

le impongan á la humanidad aquel cruento deber? ¿Cabe esperar una

nueva concepción religiosa de la vida, semejante á la gran ilusión

cristiana, ó un ideal neo-romántico que surja del descreimiento como la

pintada mariposa del gusano vil? Por otra parte, ¿el triunfo probable

de las utopías socialistas, en pugna con la sapiente crueldad de la

Naturaleza, no será efímero y, en resumidas cuentas, dañoso para el

alma? ¿La relajación del egoísmo y los resortes del querer, fatales en

un organismo social que suprime el instinto de dominación concentrado

en el Oro y al propio tiempo la lucha de clases, signos de salud y

robustez, no traerá aparejadas la decadencia, la podredumbre y, á

la postre, la explosión de otros egoísmos, tanto más viles cuanto

más hipócritas? ¿Cuando el globo sea harto pequeño para contener

holgadamente á la Federación Universal, el hombre impulsado por las

duras necesidades de la existencia, no tornará á ser el enemigo y el

cazador del hombre? ¿Y reduciendo tanta duda y zozobra á lo esencial:

la razón frívola y voluble puede reducir los apetitos y servirnos de

rodrigón, siendo ella misma la esclava del deseo, la víctima de los

sentidos y la proyección de la necesidad, ó es más seguro ombráculo

y guía el egoísmo integral, lobo hambriento convertido en pastor del

rebaño?

He ahí los arduos problemas en que se ejercitarán en adelante la

ciencia finita y la paciencia inagotable de los sociólogos. Lo visible

por el momento, para todo aquel que no tenga telarañas en los ojos,

es la lucha de los egoísmos, los cuales cambian de formas, pero no

de esencia, y la invariable é irresistible propensión de las clases

á dominar. Siempre fué así, aunque los hombres lo ignorasen á veces,

pero hoy es así con pleno conocimiento del hecho erigido en ley.

Poderosos y humildes glorifican la violencia y pugnan por ejercerla,

espiritualmente los unos, positivamente los otros. Los héroes de

Carlyle, las bestias de presa hiperbóreas de Nietzsche, los _eugénicos_

de Lapouge, los dolicocéfalos de los antropólogos, los idealistas

anárquicos al modo de Gourmont, los individualistas de cada época

celosos de su yo, y, en fin, los ungidos de los dioses de todos los

tiempos, tenderán fatalmente á apoderarse del mundo y hacer de la vida

«quelque chose de fou et de divin». Los pobres braquicéfalos, los

humildes _marchands de marrons_, los débiles poseedores del triste _don

de las lágrimas_, los que nacen esclavos de sí mismos antes de serlo

de los otros y suman sus abulias para fabricarse una voluntad, los que

practican la moral del caracol que esconde los cuernos para que no se

los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales de Rousseau y Marx,

formarán la turbamulta, sin freno religioso que la domine y ávida con

toda razón, de justicia social, calma, goces y bienes materiales. Los

unos defenderán con las uñas y los dientes sus conquistas económicas

y con ellas los privilegios del Poder y la alta cultura; los otros

pugnarán por destruir las murallas de la construcción capitalista y

asaltar los castillos de puentes de oro guardados por los monstruosos

dragones de Mammon. Al pie de aquellos se librarán las grandes batallas

del porvenir.

El signo de los tiempos presentes, y lo que puede servir al pensador

de tela de juicio para presagiar los partos del futuro, es que la

dicha y fortaleza buscadas por los hombres continua y afiebradamente

en las religiones, filosofías y morales, á sabiendas ó no, impulsados

ya por el instinto materialote, pero seguro, ya por la razón vaporosa,

pero inconstante y falaz, las esperan hoy del _jugo del planeta_ como

á la riqueza llama un filósofo idealista. Inútil es indignarse...

literariamente, á la manera de los fraseadores de oficio, grotescos

alucinados cuyo destino lamentable es el de vivir confundiendo

eternamente las vejigas con las linternas. Aquella verdad salta á

los ojos indiferente, inconmovible, indestructible. Antes, pues, de

prorrumpir en anatemas, tan furibundos como vanos, y adoptar indignadas

y teatrales actitudes, será bien preguntarse si no existen poderosas,

superiores y aun metafísicas razones para que así sea, y si, todo

bien pesado y medido, no es más saludable que sea así. Hase dicho que

el anhelo íntimo y la porfiada voluntad del corazón humano, no es la

ventura, sino la dominación, no la paz, sino la guerra, y que ésta

sola da vado á los instintos invasores de aquél y le sirve á una de

hito y resorte propulsor. Aun pensadores de legítima cepa rousoniana,

reconocen contritos la índole batalladora del excelso antropoide, y

loan la violencia como una excelente é insuperable disciplina moral.

Y el Oro es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación

de los hombres y los pueblos. Como tal, merece el respeto de las

cosas sagradas. Esta consideración les brinda, aun á los espíritus

más delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, la filosófica

ocasión de purificarse de añejos prejuicios y reparar una grande

injusticia. Y si á tal consideración se agrega el convencimiento de

que la lucha económica transporta por artes mágicas al seno de las

sociedades, las condiciones ambientes del medio natural, satisfaciendo

con esa estupenda industria, los instintos más _profundos_ y _sanos_ de

la especie humana, acabarán de disiparse las últimas nieblas del craso

error, y hasta los peor dispuestos comprenderán, sin asomos de dudas,

por qué «la riqueza es moral», como decía Emerson; por qué «la riqueza

es la ocupación de todos», como asegura el puro Gladstone, y por qué

«el comercio gobierna al mundo», según afirma el amillonado Carnegie.

SEGUNDA PARTE

METAFÍSICA DEL ORO

UN «veneciano del estilo»--como Peladán llama pintoresca y

acertadamente á Saint Victor, quien figura entre los contadísimos

escritores que tuvieran de la significación de la Riqueza y la Finanza

algunas exactas vislumbres--dice con su verba briosa, gallarda y

más rica en valores subjetivos de lo que comúnmente se cree: «Si la

Economía política tuviera sus poetas, éstos podrían cantar el largo y

duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar á la dominación

de la tierra.»

Todas las instituciones é industrias humanas pasaron por largos

cautiverios y terribles pruebas, antes de enseñorearse del mundo.

Basta observar las múltiples metamorfosis, penurias y malandanzas

del más humilde arte, comercio ó práctica añeja, para percatarse de

las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la

alquimia social, antes de merecer la aprobación solemne de la Vida.

Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo

del _homo Mousteriensis Hauveri_, hasta el acumulado en su castillo de

las «Mil y una noches» por el mago de Menlo Park; las torturas de la

Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas

y productos raros de países remotos, hasta las vertiginosas operaciones

bursátiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que

ponían en contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, hasta las

serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulación las

mercancías de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico las une

á todas entre sí más íntima y estrechamente que pudieron hacerlo la

sangre ó la religión, no tiene igual. La historia de Mammon es la más

aventurera y dramática de la historia de los dioses. Las maldiciones

divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos

ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron

en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados

siempre como representantes típicos del egoísmo y enemigos natos de la

fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la

gran falsificación idealista, no se equivocaban: navegantes osados,

astutos mercaderes, usureros voraces poseían los secretos del lucro,

de la dominación y tendían, como los grandes capitanes por medio de

las armas ó los sofistas por medio del discurso, á acaparar y oprimir.

Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas

y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el

sentido de lo real, robustecía los músculos en mil peliagudas gimnasias

y hacía de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran

como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarístico; los

depositarios vulgares de la _fuerza interior_, que según Ferrero,

«obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de

los hombres», y los obliga en cada época á crear nuevas riquezas é

ideas, y á destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres,

en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza

interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia

ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo

inconsciente, formas y derivaciones, en suma, más ó menos complejas y

sutiles de lo que los modernos mecanistas llamarían acaso la energía,

es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y

Engels al hacer de las luchas económicas el principio generador de la

historia...

Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían cada vez más

preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de

las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominación,

que Tito Livio, el viejo Horacio y Séneca en Roma, como antes en

Grecia Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron por

corruptoras, puesto que destruían los usos y sentimientos consagrados

por innúmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado

de actividades productoras y constante transformación, se inclina á

considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, á

causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean

las energías y son venero de producción de riquezas y renovaciones

saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen

sus ahorros y declinan fatalmente.

La Muerte Del Cisne · 第 4 / 11 段