SÍ; podría aseverarse muy bien, no sólo que la materia _piensa_, sino

que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma

de él, una manifestación autoritaria de la razón física, á la cual la

conmovedora é incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se

empeña en oponer la razón mística, que es en realidad una creación

y una servidora de aquélla, del mismo modo que los instintos y las

pasiones. Los devaneos, fantasías, caras á las veces, y briosas

imaginaciones de esta razón que vive de prestado, perduran, resisten á

la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solícitas

los firmes designios de la razón madre, donde encuentran su razón

de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intangible. Son como

las floraciones y galas mudables de un árbol eterno. He ahí por qué

las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y

caducan; y he ahí por qué, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz

y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la

tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la

razón de una época parecen ó son sacrificadas al dar á luz la razón, la

virtud y la bondad de la época que sigue. Así las duras virtudes del

paganismo, fueron destruídas sin piedad por las _piadosas_ virtudes

cristianas, y éstas que alguien llama con ternura melancólica _les

vertus délaissées_, empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias

vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra,

muestran las encendidas flámulas de sus floraciones tropicales en todos

los horizontes y principian á enseñorearse del paisaje moral visible á

los ojos humanos.

Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas,

la antorcha del espíritu pasa de mano en mano. Las superestructuras

cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se

nutre un instante la humanidad, perecen así que ésta agota el jugo

vital que aquéllas atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad

de vivir, que trabaja oculta en los antros más profundos de las almas,

como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros,

escondido en las concavidades misteriosas de la tierra.

MAS el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios é informa el

pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las

costumbres con el renacimiento de los deportes atléticos y el amor

de la acción, nace, mirándolo bien, de la metafísica de la fuerza. Ó

de otro modo, el triunfo de la religión de la Vida es la implícita

consagración del culto de la Fuerza. La moral de esta última, á pesar

de la terca y enconada oposición de nuestros ideales del momento,

aparecerá triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas,

cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos

que tergiversan el valor de las cosas é invierten las reales y eternas,

aunque á veces imperceptibles jerarquías, de la razón universal. La

diosa de voluntad diamantina no herirá entonces los sentimientos más

caros de los hombres, ni aparecerá á los ojos de éstos como una deidad

maléfica, como un genio enemigo, sino al revés, como el ángel protector

de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las

ilusiones favorables á la existencia... Si todavía rechazamos con

fiera indignación sus verdades infalibles, trágica hermosura y grande

justicia, á la que empero, quieras que no, ignorándolo ó á sabiendas,

se someten todas las cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad de

invernáculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de él; es

porque ignoran que su propio crecimiento va á romper presto los vidrios

que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes

y que será preciso aclimatarse ó perecer; es porque no conocen su

pristino origen, ni saben que sólo son las pintadas y efímeras

mariposas en que se transforma una porción diminuta de la fuerza eterna

é inconmensurable.

ESTE convencimiento vago, que gana poco á poco las conciencias más

quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se

agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá aparejado, al decantarse,

un cambio radical en la apreciación de las acciones y excelencias

humanas. La victoria del más fuerte no parecerá ignominiosa como hasta

aquí, sino altamente justa y saludable porque será, en un momento dado,

el triunfo de lo más vital, de lo que sirve mejor el único propósito

discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la

voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento

divino, generador del universo; establecido el idéntico abolengo é

ilustre prosapia de la Razón y la Necesidad, del _Factum_ y de la

idea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material

ó espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas

nociones de lo real, dilatará los horizontes de su concepción ética,

teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal

absolutos.

Y aquí daría principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia

sería una irrefragable manifestación de él. Las criaturas, las cosas,

las almas, se graduarían en la escala de la vida por la cantidad de

_virtud_ que almacenasen. Lo pequeño no podría ser lo grande, como

acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo

débil lo robusto; ni las aspiraciones más nobles serían precisamente,

por una estupenda inversión de valores morales, las que más deprimen

y amengüan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los

triunfos se impondrían sin demostración, por sí mismos, por el hecho de

existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que debía ser, de lo

objetivo y lo subjetivo, á causa de las cuales tantas inquietudes han

atenaceado al hombre, acabarían por reconciliarse para siempre en el

regazo maternal de la grande razón.

FORMIDABLES testas han acometido la singularísima aventura de echar

los cimientos de la fábrica moral, no en la voluble razón del

espíritu, sino en la firme razón de la materia, volviendo por tal

arte á poner sobre sus pies á la humanidad aburrida de _la parada de

cabeza_ hegeliana. Pero únicamente el amable pensamiento de Guyau

intentó poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la

expansión de la vida y los instintos interesados y agresivos, con

el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, á decir verdad, los

sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta

social de la criatura humana y probar que «la vie comme le feu, ne se

conserve qu'en se communiquant», sólo son modalidades del _instinto

de soberanía_, instinto que por medio del amor ó del convencimiento

tiende á ocupar más espacio en el alma ó la inteligencia de los otros,

no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de

vida entrañan, en su propia intensidad, un principio altruista que

transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos

generosos ó expansión hacia las demás criaturas. Más aún. El poder

ergotizante del filósofo-poeta partiendo de la expansión de la vida

como elemento activo de la conducta, llega no sólo á resolver la

afligente antinomia de lo individual y lo social, sino á establecer á

la manera del viejo idealismo, la supremacía del espíritu, precisamente

porque éste realiza el máximum de _intensidad extensiva_, es decir, de

fuerza dominante.

Una argucia ó vuelta de grupas de la misma índole, da nacimiento á

la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte,

se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos ó

metafísicos. «Las fuerzas, dice, en acción en el mundo ó en nosotros,

cualquiera que sea su naturaleza intrínseca, concluyen por concebirse

en nuestra conciencia y al concebirse transformándose en ideas, juzgan

lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» No por arte,

pues, de birlibirloque, sino por las vías naturales de la experiencia,

llega el representante del idealismo francés á fabricar como Guyau,

con substancias materiales, los útiles productos de la _voluntad de

conciencia y el persuasivo supremo_. En su tozudo afán de establecer

la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo

contemporáneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal

de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo

á sentar los divinos pies en la tierra. Sólo que después de cada

nueva adulteración y embrollo, queda más claramente dilucidado lo

que podría llamarse el origen material del espíritu y la naturaleza

agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas;

las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los

dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin

combatir ni dominar.

LA larga y laboriosísima evolución de las morales interesadas ó

fisiológicas, de las que desaparecen poco á poco los elementos divinos

y luego las substancias espirituales á medida que la inteligencia

humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina

después de la grande revolución de Darwin en la ciencia y de Spencer

en la biología, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir

el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la

fuerza, para darle á la conducta humana una base inamovible y en

armonía con las leyes del universo.

Por otra parte, la reacción de los hebreos contra toda aristocracia,

continuada por el cristianismo, los ideólogos y los _hombres sensibles_

del siglo XVIII, hasta florecer espléndidamente en los inmortales

principios de la gran Revolución, remata luego de acicalarse con

los ensueños, quimeras y utopías sociales de los discípulos de

Jean-Jacques, en el determinismo económico de Marx, explicación

materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legítimo de

la fuerza en las sociedades, es el principio generador.

Esta doctrina, antagónica del _état pensant_ que vive fuera del Taller;

este socialismo científico, destructor de lo que llama con enojo y

desprecio un discípulo de Marx la _disociación ideológica ó irrealismo_

de la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza,

el mando y la dominación del mundo las aspiraciones sentimentales de

los humildes que antaño pretendieran establecer, en ebriedad generosa,

el reino de Dios sobre la tierra.

Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por vías ocultas ó visibles,

las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la

voluntad, y resuelven en opresiones y tiranías los idealismos más

desinteresados y puros. La fuerza tiende á ejercer su imperio porque

es la fuerza; la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El tiempo

descubre infaliblemente, los principios activos de la conducta

humana, que son idénticos á los de toda la actividad universal. En

vano es desvirtuar con metafísicas mixturas su naturaleza combativa y

dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso

de los variados tapices de la historia, enseñan que un estado social

es una cristalización de la violencia, y que las reacciones contra él,

aun las más idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones

sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las

morales, las religiones mismas--propugnáculos y murallas que acaso

no tienen otro objeto que proteger la conquista económica,--obedecen

á esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de

la fuerza que constituyen á su turno los módulos de la vida. Ved el

cristianismo; la religión del amor, la piedad y el desprecio de los

bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterráneo, sale

de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos á los herejes,

provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo

de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la

escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores,

desplegando en sus luchas por la dominación un celo apasionado y

cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no saciándose

con el odio y la persecución de los infieles y dañados, inventa

sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar á

su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolución, la gran

Revolución, luego de cometer mil horrendos crímenes en nombre de la

Libertad, termina en las tiranías de Robespierre y Napoleón. El reino

de la Razón, resulta la locura trágica del Terror. La eterna paz,

guerra sin fin. Después... las indestructibles jerarquías vuelven á

establecerse con otras etiquetas. Á los privilegios de la nobleza

suceden los privilegios de la burguesía; la aristocracia del dinero á

la aristocracia de la sangre; el derecho burgués al derecho feudal;

la tiranía del número á la tiranía del rey, y la fementida fórmula en

que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre,

no inspiran más respeto, ni tienen más virtuosidad en el frontón de

los edificios públicos, que los versículos del Corán en los muebles

moriscos de los bazares exóticos. Pasada la tromba niveladora, en el

interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el

puesto que les da su valor social, como los líquidos de densidad

diferente se gradúan por su peso si dejan de ser agitados. En el

exterior, la revolución que acariciara el pretencioso intento de

suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta sólo

á instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formación

de las repúblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias

sociales se acentúan más cada día, á pesar de las leyes democráticas

que las rigen. Así que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacífico

y modesto país de Washington, se convierte en la patria altanera é

imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idéntico modo

que la poética Alemania de los claros de luna, de la _grechens_ y del

imperativo categórico, en la utilitaria y temible nación de Bismarck y

la filosofía de la historia.

De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban

las necesidades subjetivas del hombre, no libertado aún de las

tiranías de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de

la fuerza no ha dejado jamás de existir en las sociedades salvajes ó

cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la

vida. Sea la primordial de ésta el _deseo de poder_ de Hobbes, ó la

lucha Darwiniana, ó la _voluntad de dominación_ de Nietzsche, ó la

_voluntad de conciencia_ de Fouillee, ó la _expansión de la vida_ de

Guyau, ó _la vida creadora_ de Bergson ú otra ley no formulada aún por

labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del

disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de

las religiones, de las filosofías y del amor mismo y es así como el

fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de

la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran

humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra.

ES un bien ó un mal? En todo caso es una indestructible realidad,

contra la que, al punto á que han llegado las nociones positivas de las

cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? Las atenuaciones

de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un

principio indispensables para corregir la virulencia del egoísmo

nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los

poderosos, á fin de hacer posible la vida común, parecen hoy nocivas

á las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados

ardores para la acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos.

Las nuevas disciplinas morales tratan de dárselos; obedecen á una alta

necesidad. ¿Qué sería de los hombres y los pueblos que practicasen

el desinterés, el desprecio de los bienes materiales, en esta época

en que la superioridad económica entraña todas las otras? Las viejas

virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto é

inane espiritualismo confiésase impotente para forjar una nueva ilusión

favorable á la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron

propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que

le daban á la existencia una razón de ser y la marcaban imperiosamente

un derrotero, no tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia

condena implacable las aspiraciones subjetivas é ilusiones metafísicas

en pugna con las verdades é hipótesis que ella establece fríamente, sin

piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles

y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elíseos del edén ni

en los místicos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que

satisfacen, sin las torturas de la _mala conciencia_, su apetito de

carne, su sed de vino.

Perdida la ilusión fastuosa del Paraíso y de toda finalidad

transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y

aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersas ovejas

al redil, hacia la religión de la Vida, elevada y cruel en aquellos

pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza

como necesarios á la evolución progresiva, quieren la vida bella y

dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazándolos y

desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo honestamente á la dicha

común del mayor número.

Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo,

llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses

materiales, donde las categorías idealistas pierden sus múltiples

y engañosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por

la riqueza entre los poseedores y los desposeídos. Los primeros,

individualistas ó no, sin exceptuar á la clase pensante, que tan

sospechosa y antipática va pareciendo á los trabajadores, son los

menguados descendientes, pero que llevan aún en la sangre la pimienta

del heroísmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores

forzudos delante del Señor que guiaron á los pueblos en su aurora;

los segundos, solidaristas ó ácratas, son los ensoberbecidos vástagos

de la turbamulta pasiva y rebañega, convertida en pueblo soberano

por la fuerza del número. Su oposición es la oposición de la parte

caduca del pasado señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el

presente científico, pacifista, práctico, laborioso. Del choque nace

el antagonismo y la anarquía de las ideas contemporáneas; las trágicas

luchas sociales y el drama íntimo de las conciencias: antros obscuros

donde á ciegas riñen guerreros con sotana, señores vestidos de harapos

y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables

chambergos.

El espíritu clásico, razonante y finalista, que reconoce un principio

divino y la supremacía de la inteligencia sobre el _querer_ y el

_poder_ para la bella ordenanza del mundo, fué siempre amante de

las jerarquías bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la

sumisión á la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura

literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya

que perpetúa con el desinterés y el altruísmo, un engaño, una mentira,

un espejismo peligroso para las energías viriles de la inteligencia

y del alma. Á las veces por sensiblería y razones de justicia

convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos

artificiales en las aulas de los ideólogos, pica en democrático y

humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar su _instinto profundo_

es un adorador de la fuerza idealizada--como corresponde á quien ha

nacido con el alma gran dama y el espíritu gran señor,--y acata las

copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece á

su capricho, de la misma manera que el espíritu moderno, un tanto

macarrónico, á pesar de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real y

respeta sólo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen

por su eficacia y utilidad inmediatas.

Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de

los humanistas, causa eficiente ayer de poderío y hoy de flaqueza,

puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fué

antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades

necesarias á las naciones para no ser vencidas en la contienda

universal, no cabe pacto ni conciliación. Es la lucha de dos mundos;

uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la

tradición conservadora y la educación revolucionaria como dicen los

fisiólogos y que constituye el fenómeno de la vida lo mismo en la

naturaleza que en las sociedades.

LA discordia que la antigua sabiduría creyó suprimir entre los hombres,

sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma,

ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilización.

Son las novísimas formas de la cultura, las modalidades del progreso,

las manifestaciones de la vida. Cuanto más avanza ésta, más se complica

y refina la lucha no sólo entre los hombres, sino entre las ideas,

sentimientos é instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la

realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y

lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los

oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la

voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello

el collar infamante de los esclavos.

Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de

aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propósitos

impertérritos é incontrastables de la razón universal.

La cuestión social que actualmente nos atribula, se resolverá como

todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los débiles. El

comunismo evangélico, soñado por ciertas órdenes religiosas y que ha

tenido sus últimos destellos en el misticismo anárquico de Tolstoy;

la Edad de oro de los utopistas del siglo XVIII y la _Federación

universal_ de los libertarios modernos; los ideales colectivos, por

decirlo todo, punto extremo de la Economía que pretende organizar la

sociedad, vale decir la producción, científicamente, es muy posible

y aun probable que puedan arraigar en la áspera corteza del globo.

Mas ello no será porque los consabidos ideales sean justos, según

nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que

á todos nos impulsan á revelarnos contra lo que el instinto social,

desarrollado por el influjo del ambiente humano á expensas del

egoísmo nativo, llama iniquidades sociales, vías ocultas acaso de

una justicia suprema; sino porque la evolución económica llega á un

punto culminante y preciso en que «la producción colectiva reclama la

repartición colectiva», y, sobre todo, porque siendo las necesidades

pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir

tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor número

de almas y tengan más grande influjo sobre las sociedades que el

aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi místicos,

no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y

finas. Y he aquí otra prueba palpable de la relatividad y miseria de

las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple

modificación de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de

los valores humanos: las cualidades excelsas truécanse en causa de

inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy.

La Muerte Del Cisne · 第 3 / 11 段