Allá en la sombría,

Solemne Alameda,

Un ruido que pasa,

Una hoja que rueda,

Parece al malvado

Gigante que alzado

El brazo le estruja,

La mano le oprime,

Y el cuello le estrecha

Y el alma le pide--,

Y es ruido que pasa

Y es hoja que rueda;

Allá en la sombría,

Callada, vacía,

Solemne Alameda...

V

--¡Un beso!

--¡Espera!

Aquel día

Al despedirse se amaron.

--¡Un beso!

--Toma.

Aquel día

Al despedirse lloraron.

VI

La del pañuelo de rosa,

La de los ojos muy negros,

No hay negro como tus ojos

Ni rosa cual tu pañuelo.

La de promesa vendida,

La de los ojos tan negros,

Más negras son que tus ojos

Las promesas de tu pecho.

Y este primoroso juguete:

De tela blanca y rosada

Tiene Rosa un delantal,

Y a la margen de la puerta

Casi, casi en el umbral,

Un rosal de rosas blancas

Y de rojas un rosal.

Una hermana tiene Rosa

Que tres años besó abril,

Y le piden rojas flores

Y la niña va al pensil,

Y al rosal de rosas blancas

Blancas rosas va a pedir.

Y esta hermana caprichosa

Que a las rosas nunca va,

Cuando Rosa juega y vuelve

En el juego el delantal,

Si ve el blanco abraza a Rosa

Si ve el rojo da en llorar.

Y si pasa caprichosa

Por delante del rosal,

Flores blancas pone a Rosa

En el blanco delantal.

Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe ser idea de sus

amigos y discípulos.

Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fué, no

solemne discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien «el

hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y

cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y

Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y

ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte!

Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y

amor.

Queda un periódico único en su género--, los pocos números de un

periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos

un retrato de San Martín, que es obra maestra. Quedan también la

colección de «Patria» y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo

es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro.

Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los

que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el

tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia

de Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez

Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos

autores preferidos: «Cervantes...» y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en

cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora;

pero ¡oh, Maestro! ¿qué has hecho...?

Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende,

adorador como fué hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la

Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de

piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra,

la espada de piedra...

Y que repite luego el voto del verso:

¡Yo quiero, cuando me muera,

Sin patria, pero sin amo,

Tener en mi losa un ramo

De flores y una bandera!

[imagen]

EUGENIO DE CASTRO

(_Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires_).

Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta

conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa.

Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar

mis palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino

conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más

brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de

Italia--el Ermete maravilloso--se mantiene en la consagración de su

ideal «en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y

docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el

recuerdo de una antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la

Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura

dulce y trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido

que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en

aquella ciudad universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que

había de representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento

intelectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas

nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de

las cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de

Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y

las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado

de Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso

de siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los

labios del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico

trueno de trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana

salomónica. ¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de

esplendorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el

viajero casi mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su

valor y su sed de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de

aquellos antiguos atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas

distantes de las tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros

prodigiosos y volvían con las perlas arábigas, los diamantes de

Golconda, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los misteriosos

continentes y en los hechiceros archipiélagos, trayendo al propio tiempo

la impresión de sus visiones en la realidad de las leyendas, en las

visitas a islas raras y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro,

bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira, vuelve de sus incursiones a

un Oriente de ensueño, de sus expediciones a los fantásticos imperios, a

países del pasado, lleno de riquezas, dueño de raras piedras preciosas,

conquistador y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impregnado

de exóticos perfumes.

Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España,

parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la

muralla de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre

hasta ella la oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos,

el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el alma

portuguesa llama la atención del mundo, la patria portuguesa encuentra

en el extranjero lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de

Lusitania florece en harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros,

latinos, hispano-americanos, debemos mirar con orgullo las

manifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como propias las

victorias que consigue en honor de nuestra raza.

Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de

guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas

impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que

florerecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia

bahía, un cielo generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una

delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que

invita a la vida, altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y

en sus damas una distinción gentilicia como corona de la belleza. Y

consideraba al hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos

famosos, Magallanes cuyo nombre quedó para los siglos en el extremo sur

argentino, Alburquerque, el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la

figura dominante, aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco.

Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de

Alfonso Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto

cruel, con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo

d’oiro»; los trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don

Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien

Camoëns compara con el grande Alejandro:

Eis depois vem Dinis, que bem parece

Do bravo Afonso estirpe nobre e dina,

Com quem a fama grande se escurece

Da liberalidade Alexandrina.

Com este o Reino próspero florece

(Alcançada já a paz áurea divina)

Em constituições, leis e costumes,

Na terra já tranquila claros lumes.

Fez primeiro em Coimbra exercitar-se

O valeroso officio de Minerva;

E de Helicona as Musas fez passar-se

A pizar do Mondego a fertil herva.

Quanto pode de Athenas desejar-se,

Tudo o soberbo Apollo aqui reserva:

Aqui as capellas dá tecidas de ouro,

Do bacharo e do sempre verde louro.

«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe

noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad

Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea

paz divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras

luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase

el valeroso oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a

pisar la fértil hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse,

todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro

y de siempre verde laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que

despierta el «Quijote»; Mascías que muere por el amor, y tanto

porta-lira que en tiempos propicios a las Musas las glorificaron en el

suelo lusitano.

No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi

mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa

ha sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de

nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones

espirituales son en el resto del continente completamente ignoradas; y

hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la

universal atención y del estudio de los hombres de pensamiento y de

arte. En nuestra América española, el conocimiento de la literatura de

lengua portuguesa se reduce al escaso número de los que han leído a

Camoëns, la mayor parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En

cuanto a lo moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los

versos de Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio»,

que ha esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa

editora peninsular.

No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en

Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la

lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España

misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y

Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre

nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico.

De Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno

de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia

levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la

filología y la erudición están representadas por más de un nombre

ilustre en los anales de la civilización humana; su lengua, que ha

pasado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio

de Castro y de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas

puras joyas del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss».

Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no

se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad

napoleónica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una

especie de Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa;

una especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y

sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a

falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable.

Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en

París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el

principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había

ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación

romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el

fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente,

ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la

tristeza. Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y

especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica

dulzura: «saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la

poesía de Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y

sonoras olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del

nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria,

afianzando en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia

el futuro. El prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de

«Cronwell», fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación.

El sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están

de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y

Adozinda, pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable

italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret--sin que

intente defender la perfección de su obra--ha quedado como uno de los

grandes románticos, que a comienzos de esta centuria han iniciado una

revolución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano

de Castilho se presenta, «enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a

los quince años; su obra posterior, si es de un romántico declarado,

como que procede inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de

antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito

de su «Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego,

altiva y majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo

brotar de la más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre:

comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador

fué asimismo aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico,

no dejéis de observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las

«Meditaciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina

y duradera de su prosa, supo construir más de un soberbio monumento. Si

sus novelas y los que podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales,

son de notable valer, su fama se sienta sobre el pedestal de su obra

histórica, al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja

alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima en donde se

pueden encontrar algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno período

contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va

agitar a París la bandera portuguesa; brillan los nombres de Casal

Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, entre los cuales

despide excepcional luz el del noble y egregio Teófilo Braga. Conocemos

algunas poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde

Madrid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales liras lusitanas.

Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una

que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un

renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y

de pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte

de Verlaine, la del gran poeta João de Deus.

El viejo João de Deus, «el poeta del amor», a quien Louis Pitate de

Brinn Gaubast no ha vacilado en llamar «un Verlaine--con la pureza de un

Lamartine», fué también un precursor de los artistas exquisitos que hoy

han colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como en España,

como entre nosotros, la exageración romántica, el lacrimoso, falso y

grotesco lirismo personal que tuvo la fecundidad de una epidemia, halló

en Portugal su falange en los seguidores de Palmeirim y João de Lemos.

Contra esos se opuso João de Deus, ayudado por el triste y malogrado

Soares de Passos, que iniciaron algo semejante a la labor parnasiana de

Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen vino de emoción. La

obra de João de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo Braga:

«volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; dió al verso la

armonía indefectible por la concordancia de los acentos métricos con la

acentuación de las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo

tiempo un colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, renovando

también el soneto y el terceto camonianos, con un tinte de gracia de los

modismos populares. En la fábula de la «Cabra» o «Carneiro e o Cebado,»

resolvió magistralmente el problema presentido por los llamados

nephelibatas, de la remodelación de la estructura del verso; encontró

que el verso puede quebrarse en los hemistiquios más caprichosos, y aun

sin sílabas definidas, pero siempre cayendo dentro de la armonía

fundamental y orgánica del verso tal como el oído romántico lo

estableció. La perfección de la forma no bastaba para que João de Deus

ejerciese un influjo inmediato; sería admirado como artista, pero no

tendría el invencible poder de sugestión en los espíritus. Además de esa

perfección parnasista, sus versos expresan estados de alma, la pasión

íntima, vaga y casi timorata de los antiguos trovadores; aspiraciones

indefinidas, como las de los neoplatónicos o petrarquistas del

Renacimiento; la unción mística, como la de los versos de los poetas

extáticos españoles; y, finalmente, la sátira mordiente, como la de los

«goliardos» y estudiantes de la tuna de las universidades medioevales,

cuyo espíritu se advierte en las estrofas de «Dinheiro,» la «Lata» y la

«Marmelada». La impresión que produjo cuando la poesía caía

desacreditada por las exageraciones ultra románticas, fué grande, se

hizo sentir en una rápida transformación de gusto y esmero en los nuevos

poetas. Con verdad y justicia, João de Deus fué proclamado el maestro de

todos nosotros.»

Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor celebra Teófilo

Braga, y cuyos despojos se habían cubierto de blancas rosas frescas y de

laureles, un joven le despide con un saludo glorioso, como se saluda a

un pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el mismo que

enviara al féretro del consagrado cantor de amores, una corona de

violetas y crisantemos, con esta leyenda: «A João de Deus, Eugenio de

Castro.» Le despide con nobleza y orgullo principales, salvando la

esencia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presentación verdadera de

la obra de João de Deus, libre de las tachas y aglomeraciones

perturbadoras que impone la crítica indocta y fácil en la incompetencia

de sus admiraciones. Lamentó con una honda voz de artista puro, la

belleza poluta por la brutalidad de la moderna vida, por las bajas

conquistas de interés y de la utilidad. «El americanismo reina

absolutamente: destruye las catedrales para levantar almacenes: derrumba

palacios para alzar chimeneas, no siendo de extrañar que transforme

brevemente el monasterio de Batalha en fábrica de conservas o tejidos, y

los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o en club democrático,

como ya transformó en cuartel el monumental convento de Mafra. Las

multitudes triunfantes aclaman al progreso; Edison es el nuevo Mesías;

las Bolsas son los nuevos templos. El humo de las fábricas ya obscurece

el aire; en breve dejaremos de ver el cielo!» Tal es la queja; es la

misma de Huysman en Francia, la queja de todos los artistas, amigos del

alma; y considerad si se podría lanzar con justicia ese Clamor de

Coimbra, en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en los Estados

Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá levantar un gigantesco

Sarmiento de bronce, como la libertad de Bartholdi, la frente vuelta

hacia el país de los ferrocarriles.

Ese artista que de tal manera exclama «¡en breve dejaremos de ver el

cielo!», es uno de los más exquisitos con que hoy cuenta la moderna

literatura europea, o mejor dicho, la moderna literatura cosmopolita.

Pues existe hoy ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en

distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma

estrella a la morada de su ideal; que trabajan mudos y alentados por una

misma misteriosa y potente voz, en lenguas distintas, con un impulso

único. ¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo,

felizmente, de la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más,

artistas a quienes distingue principalmente la consagración exclusiva a

su religión mental, y el padecer la persecución de los Domicianos del

utilitarismo; la aristocracia de su obra, que aleja a los espíritus

superficiales, o esclavos de límites y reglamentos fijos. Entre las

acusaciones que han padecido, ha sido la de la obscuridad. Se les

adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que se nutren en los

periódicos les declararon incomprensibles. En los países del sol, se

dijo: «son cosas de los países del Norte. Esos hombres trabajan en las

nieblas; sigamos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta por fin,

que la luz también pertenece a esos hombres, y que los palacios

sospechosos de encantamiento que se divisaban entre las brumas de

Escandinavia y en tierras donde sueñan seres de cabellos dorados y ojos

azules, alzan también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores del

mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y las prodigiosas

visiones penetran también por las pupilas negras.

En los tiempos que corren, dice de Castro, el diletantismo literario,

ese joyero de piedras falsas, dejó de ser un monopolio de los burgueses,

ha pasado hasta las más bajas clases populares. Cuando las otras

ocupaciones intelectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y

la química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por ahí

«boni frate» que no se juzgue con derecho de invadir el campo literario,

exponiendo opiniones, distribuyendo diplomas de valer o de mediocridad.

Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para los literatos,

como las matemáticas son sólo para los matemáticos y la química para los

químicos. Así como en religión sólo valen las fes puras, en arte sólo

valen las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión

artística, es necesario ser un artista.

¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudablemente, sí. No conozco

los detalles de su campaña intelectual; pero no impunemente se llega a

tan justa gloria a su edad, ni se producen tan admirables poemas. La

gloria suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es por

cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera con las

medianías; es la gloria de ser comprendido por aquellos que pueden

comprenderle; es la gloria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre

no resuena sino desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su

«Oaristos» apareció hace apenas seis años. Después se sucedieron

«Horas,» «Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino después que

conocí al poeta por la crítica de Italia y Francia. Abonado por Remy de

Gourmont y Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puertas de

mi espíritu. Leí sus versos. Desde el primer momento reconocí su

iniciación en el nuevo sacerdocio estético y la influencia de maestros

como Verlaine. Y en veces su voz era tan semejante a la voz verleniana,

que junté en mi imaginación el recuerdo de de Castro, al del amado y

malogrado Julián del Casal, un cubano que era por cierto el hijo

espiritual de «Pauvre Lelian». Eran versos de la carne y versos del

alma, versos caldeados de pasión, o de fe; ya reflejos de la roja

hoguera swinborniana o de los incensarios y cirios de «Sagesse.»

Oid:

«Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para olvidarte, y

cuanto más procuro no verte, cuanto más cierro los ojos, más te

veo.

Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin convencerte, cuanto

siento por mí crecer el gélido cortejo de tus desdenes.

Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz venturoso como un rey

abrazará tu virginal cuerpo en flor.

Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias los que aman con

esperanza--: amar sin esperanza es el verdadero amor.»

Ya en «Horas» el tono cambia.

«No perpetuemos el dolor, seamos castos de una castidad elevada. Tú

como Inés, la santa de los tupidos cabellos, yo como el purísimo

San Luis Gonzaga.

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 14 / 15 段