Así surgen «El pato salvaje», «Nora», «Los aparecidos», «El enemigo del

pueblo», «Rosmersholm», «Hedda Gabler.» Escribía para la muchedumbre,

para la salvación de la muchedumbre. La máquina recibía rudos golpes de

su enorme martillo de dios escandinavo. Su martilleo se oye por todo el

orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda como a uno

de los grandes héroes. Pero su obra no produce lo que él desea. Y su

esfuerzo se vela de una sombra de pesimismo.

Fué a ver el sol de las naciones latinas.

* * * * *

Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, desastres y

tristezas: su alma padece por la amargura de Francia. Llega un momento

en que juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del todo la

esperanza de su corazón. Cree en la resurrección futura: «¿Quién sabe

cuándo la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos. Por lo

que a mí toca, hasta ese día, permaneceré en mi habitáculo enguatado de

Suecia, celoso de la soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud

vagabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de renegado; pero esa

muchedumbre me espanta, no quiero que el lodo me salpique; y deseo, en

traje de himeneo, sin mancha, aguardar la aurora que ha de venir.» ¡Ah,

la pobre humanidad perdida! ese extraño redentor quiere salvarla,

encontrar para ella el remedio del mal y la senda que conduce al

verdadero bien. Pero cada instante que pasa le da muerte a una ilusión.

Los hombres están originalmente viciados. Su mismo organismo es un foco

infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. Se va sobre

lodazales o sobre cambroneras. La existencia es el campo de la mentira y

el dolor. Los malos son los que logran conocer el rostro de la

felicidad, en tanto que el inmenso montón de los desgraciados se agita

bajo la tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor padece con

la pena de la muchedumbre. Su grito no se escucha, su torre no tiene el

deseado coronamiento. Por eso su agitado corazón está de luto, por eso

brotan de los labios de sus nuevos personajes palabras terribles,

condenaciones fulminantes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista

por obra de la fuerza contraria. El ha entrevisto el ideal, como un

miraje. Ha caminado tras él, ha despedazado sus pies en las piedras del

camino, no ha logrado sino cosechas de decepciones, su fata-morgana se

ha convertido en nada.

Y su progenie simbólica está animada de una vida maravillosa y

elocuente. Sus personajes son seres que viven y se mueven y obran sobre

la tierra, en medio de la sociedad actual. Tienen la realidad de la

existencia nuestra. Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A veces nos

sorprende oir salir de sus bocas nuestros propios íntimos pensamientos.

Y es que Ibsen es el hermano de Shakespeare. El proceso shakespeareano

de León Daudet tendría mejor aplicación si se tratase del gran

escandinavo. Los tipos son observados, tomados de la vida común. La

misma particularidad nacional, el escenario de la Noruega, le sirve para

acentuar mejor los rasgos universales. Después, él, el creador, ha

exprimido su corazón: ha sondeado su océano mental; ha penetrado en su

obscura selva interior; es el buzo de la conciencia general, en lo

profundo de su propia conciencia. Y había habido un día en que desde el

vientre materno su alma se llenara de la virtud del arte. Su dolencia

debía de ser la sublime dolencia del genio; de un genio peregrino, en

que se juntarían las ocultas energías psíquicas de países remotos en los

cuales parece que se encontrase, en ciertas manifestaciones, la realidad

del Ensueño. Y ese «aristo», ese excelente, ese héroe, ese casi

super-hombre, había de hacer de su vida un holocausto; había de ser el

apóstol y el mártir de la verdad inconquistable, un inmenso trueno en el

desierto, un prodigioso relámpago en un mundo de ciegas pupilas. Y

buscó los ejemplos del mal por ser el ambiente del mal el que satura el

mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo ha sentido en su

carne verbal los sacudimientos del espíritu que en las obras de Ibsen.

Habla todo, los cuerpos y las almas. La enfermedad, el ensueño, la

locura, la muerte toman la palabra; sus discursos vienen impregnados de

más-allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia de los siglos.

Nos hallamos a muchos miles de leguas distantes de la literatura, esa

agradable y alta rama de las Bellas Artes. Es un mundo distinto y

misterioso, en que el pensador tiene la estatura de los arcángeles. Se

siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo infinito, cuyo

sordo oleaje oímos de tanto en tanto.

Su lenguaje está construído de lógica y animado de misterio. Es Ibsen,

uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique

humana. Se remonta a Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña de

las ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! Sale de

su torre de hielo para hacer su oficio de domador de razas, de

regenerador de naciones, de salvador humano, su oficio, ay, ímprobo,

porque cree que no será él quien verá el día de la transfiguración

ansiada.

No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten brumas misteriosas.

Como en todos los espíritus soberanos, como en todos los jerarcas del

pensamiento, su verbo se vela de humareda cual las fisuras de las

solfataras y los cráteres de los volcanes.

Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable

que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la

acción y del pensamiento.

Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con

inaudito valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas

flechas de los bárbaros blancos.

Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la

santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre

su faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha

obedecido su autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va

por la tierra en medio de los dolores de los hombres siendo el eco de

todas las quejas. Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan

así: «Cisne cándido, siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la

alegría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia; protector

majestuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas

sin jamás producir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico.

Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas

angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te

importaban?

Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste

tu dolor...

¡Y eras un cisne!»

El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta

ártico--y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por

obra del dios Wagner--es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma.

He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su

impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las

fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías.

¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con mayor

soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y

el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha

comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un

intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador

de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales

baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene

los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del placer, y

el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o

arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno.

Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o

perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y

leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano;

todo el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna;

toda la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del

luminoso enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen.

Por las ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las

mujeres que habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros.

Y el clarín enemigo suena contra los engaños sociales; contra los

contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública; contra la

burguesía, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los

jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios;

contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del

cuento, derramarían sangre humana; contra la explotación de la miseria;

contra los errores del estado; contra las ligas arraigadas desde siglos

de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la misma naturaleza;

contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de

abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el

cerebro de la mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un

inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las

mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política

fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los aparecidos», así en

«Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así en «Solness», así en

«Las columnas de la sociedad», así en «Los pretendientes a la corona»,

así en «La Unión de los jóvenes», así en «El pequeño Eyolf».

El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre

Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza,

Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final

de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la

Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su

conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio

que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros

delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán elevado

y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a su

vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede

hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y

bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje,

la asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que

muestra comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha

hecho desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber

menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a

Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París,

pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las

excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea

y del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores,

exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio.

Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha

cincelado su especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden

llegar todavía a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los

cabellos blancos e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor

del Porvenir?

[imagen: JOSÉ MARTÍ]

[imagen]

JOSÉ MARTÍ

El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los truenos solemnes del

«Tannhauser»; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico,

irían, como en los bajos relieves, flautistas que hiciesen lamentarse a

sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el

cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar--¡oh!

permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos

modos, malignas sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...!--para

acompañar, americanos todos que habláis idioma español, el entierro de

José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno

de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de

oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus

tímpanos, sus liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir quien

fué aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas que salen

atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las

riquezas existentes de América... Somos muy pobres... Tan pobres, que

nuestros espíritus, si no viniese el alimento extranjero, se morirían de

hambre. Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá

en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres;

era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como

por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes

volúmenes de la colección de «La Nación», tanto de su metal fino y

piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica

estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes

luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y

bizarrías. Sobre el Niágara castelariano, milagrosos iris de América. ¡Y

qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan sostenida y magnífica!

Otra verdad aun, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se llama

el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios--ese majestuoso

fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla

creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nuestras

repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un

hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no era Martí,

como pudiera creerse, de los semi-genios de que habla Mendés, incapaces

de comunicar con los hombres, porque sus alas les levantan sobre la

cabeza de éstos, e incapaces de subir hasta los dioses, porque el vigor

no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano

era «un hombre.» Más aun; era como debería ser el verdadero

super-hombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en

comunión con Dios y con la naturaleza.

En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel

hombre que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho

columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar,

fué siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión

con Dios, habiendo ascendido hasta él por la más firme y segura de las

escalas: la escala del Dolor. La piedad tenía en su sér un templo; por

ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el

Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que

lleva a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven

todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano.

Subió a Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho

Martí!--desde las túnicas consumidoras, del temperamento y de la

enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido

entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y

de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la

estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese

desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte!

Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán

dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espada y

pistolas que ha caído, dando su vida, preciosa para la humanidad y para

el Arte y para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre

el negro Guillermón y el general Martínez Campos!

¡Oh, Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos

tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no

dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien

veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía;

pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una

briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros;

pertenecía al porvenir!

* * * * *

Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes;

cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que

muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad

cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron,

discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas.

Aquel destierro todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos

en patria ajena o no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma,

que salió a la edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y

gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus

décimas «a la estrella solitaria» de república en república, vió nevar

en su barba de oro, siempre con ansias de volver a su Bayamo, de donde

salió al campo a pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma,

pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy

elegido presidente por los revolucionarios, vivió de maestro de escuela

en la lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de fama justa en las

repúblicas del norte que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde

habría honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió

su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el

celebrado traductor de Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva

York, a hacer almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no

mienten los decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra,

aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas

miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a

la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias

de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor,

orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las

esplendideces de su interior en lugares en donde jamás se podría saber

el valor del altísimo ingenio y se le infligiría además el baldón del

elogio de los ignorantes;--tuvo en cambio grandes gozos: la compresión

de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio

aborrecimiento de los tontos, la acogida que «l’élite» de la prensa

americana--en Buenos Aires y Méjico,--tuvo para sus correspondencias y

artículos de colaboración.

Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en

Centro América, partió a radicarse a Nueva York.

Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a

trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan

fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con

triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y

dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe

de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como

una vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa,

en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no

desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor,

aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado

como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón rodeado

de reyes.

Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la

savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al

doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y

al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a

todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para

mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras

rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos,

tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cascadas

literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de

Méjico y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fué el más hermoso

tiempo de José Martí. Entonces fué cuando se mostró su personalidad

intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si

apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallaréis en el

fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores.

Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí

músico, Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos

Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella

«Nación» colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a

cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados

Unidos de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac

hacen pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador

diorama que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria

se pierde en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant

marcial y un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte;

una llegada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al

de hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta

como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos

¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en

lengua de Martí como si Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que

daban frío verdadero, y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso,

líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por

Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas de hierba.»

Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron

sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los

peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América

latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una

boca argentina opuso a la frase de Monroe.

* * * * *

Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y

bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba

su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios.

Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su

vida fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las

cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad

femenina había que llevaba su nombre.

Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se

acercó a él se retiró queriéndole.

Y era poeta; y hacía versos.

Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en

ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con

todo lo moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera

especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con

Gautier, con Goncourt,--con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a

la continua de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de

metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia

de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a

pinceladas súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras;

aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos,

versos sencillos--¿no se llamaba así un librito de ellos?--versos de

tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados

siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo

a quien adoró y a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»

Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en

forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre

los más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la

palabra «lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más

ha empleado es «rosa.»

Recordemos algunas rimas del infortunado:

I

¡Oh, mi vida que en la cumbre

Del Ajusco hogar buscó,

Y tan fría se moría

Que en la cumbre halló calor!

¡Oh, los ojos de la virgen

Que me vieron una vez,

Y mi vida estremecida

En la cumbre volvió a arder!

II

Entró la niña en el bosque

Del brazo de su galán,

Y se oyó un beso, otro beso,

Y no se oyó nada más.

Una hora en el bosque estuvo,

Salió al fin sin su galán:

Se oyó un sollozo; un sollozo,

Y después no se oyó más.

III

En la falda del Turquino

La esmeralda del camino

Los incita a descansar:

El amante campesino

En la falda del Turquino

Canta bien y sabe amar.

Guajirilla ruborosa,

La mejilla tinta en rosa

Bien pudiera denunciar,

Que en la plática sabrosa

Guajirilla ruborosa,

Callar fué mejor que hablar.

IV

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 13 / 15 段