pueblo», «Rosmersholm», «Hedda Gabler.» Escribía para la muchedumbre,
para la salvación de la muchedumbre. La máquina recibía rudos golpes de
su enorme martillo de dios escandinavo. Su martilleo se oye por todo el
orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda como a uno
de los grandes héroes. Pero su obra no produce lo que él desea. Y su
esfuerzo se vela de una sombra de pesimismo.
Fué a ver el sol de las naciones latinas.
* * * * *
Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, desastres y
tristezas: su alma padece por la amargura de Francia. Llega un momento
en que juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del todo la
esperanza de su corazón. Cree en la resurrección futura: «¿Quién sabe
cuándo la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos. Por lo
que a mí toca, hasta ese día, permaneceré en mi habitáculo enguatado de
Suecia, celoso de la soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud
vagabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de renegado; pero esa
muchedumbre me espanta, no quiero que el lodo me salpique; y deseo, en
traje de himeneo, sin mancha, aguardar la aurora que ha de venir.» ¡Ah,
la pobre humanidad perdida! ese extraño redentor quiere salvarla,
encontrar para ella el remedio del mal y la senda que conduce al
verdadero bien. Pero cada instante que pasa le da muerte a una ilusión.
Los hombres están originalmente viciados. Su mismo organismo es un foco
infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. Se va sobre
lodazales o sobre cambroneras. La existencia es el campo de la mentira y
el dolor. Los malos son los que logran conocer el rostro de la
felicidad, en tanto que el inmenso montón de los desgraciados se agita
bajo la tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor padece con
la pena de la muchedumbre. Su grito no se escucha, su torre no tiene el
deseado coronamiento. Por eso su agitado corazón está de luto, por eso
brotan de los labios de sus nuevos personajes palabras terribles,
condenaciones fulminantes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista
por obra de la fuerza contraria. El ha entrevisto el ideal, como un
miraje. Ha caminado tras él, ha despedazado sus pies en las piedras del
camino, no ha logrado sino cosechas de decepciones, su fata-morgana se
ha convertido en nada.
Y su progenie simbólica está animada de una vida maravillosa y
elocuente. Sus personajes son seres que viven y se mueven y obran sobre
la tierra, en medio de la sociedad actual. Tienen la realidad de la
existencia nuestra. Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A veces nos
sorprende oir salir de sus bocas nuestros propios íntimos pensamientos.
Y es que Ibsen es el hermano de Shakespeare. El proceso shakespeareano
de León Daudet tendría mejor aplicación si se tratase del gran
escandinavo. Los tipos son observados, tomados de la vida común. La
misma particularidad nacional, el escenario de la Noruega, le sirve para
acentuar mejor los rasgos universales. Después, él, el creador, ha
exprimido su corazón: ha sondeado su océano mental; ha penetrado en su
obscura selva interior; es el buzo de la conciencia general, en lo
profundo de su propia conciencia. Y había habido un día en que desde el
vientre materno su alma se llenara de la virtud del arte. Su dolencia
debía de ser la sublime dolencia del genio; de un genio peregrino, en
que se juntarían las ocultas energías psíquicas de países remotos en los
cuales parece que se encontrase, en ciertas manifestaciones, la realidad
del Ensueño. Y ese «aristo», ese excelente, ese héroe, ese casi
super-hombre, había de hacer de su vida un holocausto; había de ser el
apóstol y el mártir de la verdad inconquistable, un inmenso trueno en el
desierto, un prodigioso relámpago en un mundo de ciegas pupilas. Y
buscó los ejemplos del mal por ser el ambiente del mal el que satura el
mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo ha sentido en su
carne verbal los sacudimientos del espíritu que en las obras de Ibsen.
Habla todo, los cuerpos y las almas. La enfermedad, el ensueño, la
locura, la muerte toman la palabra; sus discursos vienen impregnados de
más-allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia de los siglos.
Nos hallamos a muchos miles de leguas distantes de la literatura, esa
agradable y alta rama de las Bellas Artes. Es un mundo distinto y
misterioso, en que el pensador tiene la estatura de los arcángeles. Se
siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo infinito, cuyo
sordo oleaje oímos de tanto en tanto.
Su lenguaje está construído de lógica y animado de misterio. Es Ibsen,
uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique
humana. Se remonta a Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña de
las ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! Sale de
su torre de hielo para hacer su oficio de domador de razas, de
regenerador de naciones, de salvador humano, su oficio, ay, ímprobo,
porque cree que no será él quien verá el día de la transfiguración
ansiada.
No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten brumas misteriosas.
Como en todos los espíritus soberanos, como en todos los jerarcas del
pensamiento, su verbo se vela de humareda cual las fisuras de las
solfataras y los cráteres de los volcanes.
Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable
que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la
acción y del pensamiento.
Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con
inaudito valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas
flechas de los bárbaros blancos.
Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la
santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre
su faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha
obedecido su autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va
por la tierra en medio de los dolores de los hombres siendo el eco de
todas las quejas. Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan
así: «Cisne cándido, siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la
alegría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia; protector
majestuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas
sin jamás producir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico.
Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas
angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te
importaban?
Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste
tu dolor...
¡Y eras un cisne!»
El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta
ártico--y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por
obra del dios Wagner--es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma.
He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su
impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las
fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías.
¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con mayor
soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y
el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha
comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un
intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador
de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales
baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene
los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del placer, y
el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o
arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno.
Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o
perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y
leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano;
todo el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna;
toda la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del
luminoso enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen.
Por las ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las
mujeres que habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros.
Y el clarín enemigo suena contra los engaños sociales; contra los
contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública; contra la
burguesía, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los
jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios;
contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del
cuento, derramarían sangre humana; contra la explotación de la miseria;
contra los errores del estado; contra las ligas arraigadas desde siglos
de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la misma naturaleza;
contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de
abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el
cerebro de la mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un
inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las
mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política
fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los aparecidos», así en
«Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así en «Solness», así en
«Las columnas de la sociedad», así en «Los pretendientes a la corona»,
así en «La Unión de los jóvenes», así en «El pequeño Eyolf».
El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre
Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza,
Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final
de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la
Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su
conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio
que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros
delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán elevado
y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a su
vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede
hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y
bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje,
la asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que
muestra comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha
hecho desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber
menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a
Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París,
pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las
excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea
y del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores,
exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio.
Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha
cincelado su especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden
llegar todavía a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los
cabellos blancos e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor
del Porvenir?
[imagen: JOSÉ MARTÍ]
[imagen]
JOSÉ MARTÍ
El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los truenos solemnes del
«Tannhauser»; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico,
irían, como en los bajos relieves, flautistas que hiciesen lamentarse a
sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el
cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar--¡oh!
permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos
modos, malignas sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...!--para
acompañar, americanos todos que habláis idioma español, el entierro de
José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno
de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de
oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus
tímpanos, sus liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir quien
fué aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas que salen
atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las
riquezas existentes de América... Somos muy pobres... Tan pobres, que
nuestros espíritus, si no viniese el alimento extranjero, se morirían de
hambre. Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá
en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres;
era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como
por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes
volúmenes de la colección de «La Nación», tanto de su metal fino y
piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica
estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes
luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y
bizarrías. Sobre el Niágara castelariano, milagrosos iris de América. ¡Y
qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan sostenida y magnífica!
Otra verdad aun, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se llama
el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios--ese majestuoso
fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla
creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nuestras
repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un
hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no era Martí,
como pudiera creerse, de los semi-genios de que habla Mendés, incapaces
de comunicar con los hombres, porque sus alas les levantan sobre la
cabeza de éstos, e incapaces de subir hasta los dioses, porque el vigor
no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano
era «un hombre.» Más aun; era como debería ser el verdadero
super-hombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en
comunión con Dios y con la naturaleza.
En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel
hombre que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho
columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar,
fué siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión
con Dios, habiendo ascendido hasta él por la más firme y segura de las
escalas: la escala del Dolor. La piedad tenía en su sér un templo; por
ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el
Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que
lleva a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven
todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano.
Subió a Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho
Martí!--desde las túnicas consumidoras, del temperamento y de la
enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido
entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y
de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la
estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese
desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte!
Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán
dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espada y
pistolas que ha caído, dando su vida, preciosa para la humanidad y para
el Arte y para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre
el negro Guillermón y el general Martínez Campos!
¡Oh, Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos
tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no
dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien
veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía;
pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una
briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros;
pertenecía al porvenir!
* * * * *
Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes;
cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que
muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad
cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron,
discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas.
Aquel destierro todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos
en patria ajena o no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma,
que salió a la edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y
gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus
décimas «a la estrella solitaria» de república en república, vió nevar
en su barba de oro, siempre con ansias de volver a su Bayamo, de donde
salió al campo a pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma,
pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy
elegido presidente por los revolucionarios, vivió de maestro de escuela
en la lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de fama justa en las
repúblicas del norte que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde
habría honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió
su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el
celebrado traductor de Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva
York, a hacer almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no
mienten los decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra,
aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas
miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a
la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias
de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor,
orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las
esplendideces de su interior en lugares en donde jamás se podría saber
el valor del altísimo ingenio y se le infligiría además el baldón del
elogio de los ignorantes;--tuvo en cambio grandes gozos: la compresión
de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio
aborrecimiento de los tontos, la acogida que «l’élite» de la prensa
americana--en Buenos Aires y Méjico,--tuvo para sus correspondencias y
artículos de colaboración.
Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en
Centro América, partió a radicarse a Nueva York.
Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a
trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan
fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con
triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y
dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe
de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como
una vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa,
en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no
desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor,
aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado
como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón rodeado
de reyes.
Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la
savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al
doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y
al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a
todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para
mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras
rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos,
tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cascadas
literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de
Méjico y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fué el más hermoso
tiempo de José Martí. Entonces fué cuando se mostró su personalidad
intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si
apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallaréis en el
fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores.
Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí
músico, Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos
Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella
«Nación» colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a
cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados
Unidos de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac
hacen pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador
diorama que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria
se pierde en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant
marcial y un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte;
una llegada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al
de hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta
como los establos de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos
¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios sioux que hablaban en
lengua de Martí como si Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que
daban frío verdadero, y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso,
líricamente augusto, antes, mucho antes de que Francia conociera por
Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas de hierba.»
Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron
sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los
peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América
latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una
boca argentina opuso a la frase de Monroe.
* * * * *
Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y
bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba
su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios.
Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su
vida fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las
cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad
femenina había que llevaba su nombre.
Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se
acercó a él se retiró queriéndole.
Y era poeta; y hacía versos.
Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en
ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con
todo lo moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera
especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con
Gautier, con Goncourt,--con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a
la continua de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de
metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia
de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a
pinceladas súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras;
aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos,
versos sencillos--¿no se llamaba así un librito de ellos?--versos de
tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados
siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo
a quien adoró y a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»
Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en
forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre
los más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la
palabra «lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más
ha empleado es «rosa.»
Recordemos algunas rimas del infortunado:
I
¡Oh, mi vida que en la cumbre
Del Ajusco hogar buscó,
Y tan fría se moría
Que en la cumbre halló calor!
¡Oh, los ojos de la virgen
Que me vieron una vez,
Y mi vida estremecida
En la cumbre volvió a arder!
II
Entró la niña en el bosque
Del brazo de su galán,
Y se oyó un beso, otro beso,
Y no se oyó nada más.
Una hora en el bosque estuvo,
Salió al fin sin su galán:
Se oyó un sollozo; un sollozo,
Y después no se oyó más.
III
En la falda del Turquino
La esmeralda del camino
Los incita a descansar:
El amante campesino
En la falda del Turquino
Canta bien y sabe amar.
Guajirilla ruborosa,
La mejilla tinta en rosa
Bien pudiera denunciar,
Que en la plática sabrosa
Guajirilla ruborosa,
Callar fué mejor que hablar.
IV