desequilibrados, locos y criminales. Porque un cierto Cimmino, bandido
napolitano, se ha hecho tatuar en el pecho una frase de desconsuelo,
quedan condenados a la comparación más curiosamente atroz todos los
admirables melancólicos que representan la tristeza en la literatura. El
nombre de Leopardi, por ejemplo, aparecerá en la más infame promiscuidad
con el de cualquier número de penitenciaria o de presidio, por obra de
tal razonamiento de Lacassagne o de tal opinión de Lombroso. En las
especializaciones de Max Nordau la falta de justicia se hace notar,
agravándose con una de las más extrañas inquinas que pueden caber en
crítico nacido. Bien trae a cuento Jean Thorel un caso gracioso que aquí
citaré con las mismas palabras del escritor: «Recuerdo haber leído una
vez en una revista inglesa un largo estudio, muy concienzudo, de
argumentación apretada e irrefutable, que probaba--que no se contentaba
con afirmar, sino que probaba con numerosos ejemplos--que Víctor Hugo
era un escritor sin talento y un execrable poeta. Para mejor convencer a
sus lectores, el crítico que se había señalado la tarea de «demoler» a
Víctor Hugo, había tenido cuidado de acompañar cada una de sus citas de
una notita que hacía conocer el título de la obra de que se había
extraído la cita, con todas sus indicaciones accesorias, lugar y año de
publicación, número de la edición, cifra de la página cuyo era el verso
citado, etcétera. Y se tenía inmediatamente el sentimiento de que si en
verdad se hallaba en tal página de tal libro, el mal verso que se acaba
de leer en la revista, Víctor Hugo era, realmente, un poeta lastimoso.
Me decidí temblando a llevar a cabo esta verificación, y encontré que
cada vez que el pícaro verso estaba en realidad en el libro indicado,
descubría también al mismo tiempo que al lado de ése había diez, cien o
mil versos que eran de una completa belleza.» Tiene razón Jean Thorel.
Max Nordau condena el poema entero por un verso cojo o luxado; y al arte
entero, por uno que otro caso de morbosismo mental. Para estimar la obra
de los escritores a quienes ataca, pues principalmente por los frutos
declara él la enfermedad del árbol, parte de las observaciones de los
alienistas en sus casos de los manicomios. Al tratar Guyau de los
desequilibrados, hablaba de «esas literaturas de decadencia que parecen
haber tomado por modelos y por maestros a los locos y los delincuentes.»
Nordau no se contenta con dirigir su escalpelo hacia Verlaine, el gran
poeta desventurado o a uno que otro extravagante de los últimos
cenáculos de las letras parisienses. El sentencia a decadentes y
estetas, a parnasianos y diabólicos, a ibsenistas y neomísticos, a
prerrafaelistas y tolstoistas, wagnerianos y cultivadores del yo; y si
no lleva su análisis implacable con mayor fuerza hacia Zola y los suyos,
no es por falta de bríos y deseos, sino porque el naturalismo yace
enterrado bajo el árbol genealógico de los Rougon-Macquart.
Una de las cosas que señala en los modernos artistas como signo
inequívoco de neuropatía, es la tendencia a formar escuelas y
agrupaciones. Sería deliciosamente peregrino que por ese solo hecho
todas las escuelas antiguas, todos los cenáculos, desde el de Sócrates
hasta el de N. S. Jesucristo y desde el de Ronsard hasta el de Víctor
Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la nueva crítica
científica.
Otras causas de condenación: amor apasionado del color: fecundidad:
fraternidad artística entre dos; esta afirmación que nos dejará
estupefactos, gracias a la autoridad del sabio Sollier: es una
particularidad de los idiotas y de los imbéciles tener gusto por la
música. Thorel señala una contradicción del crítico alemán que aparece
harto clara. La música, dice éste, no tiene otro objeto que despertar
emociones; por tanto, los que se entregan a ella son o están próximos a
ser degenerados, por razón de que la parte del sistema nervioso que está
dotada de la facultad de emotividad, es anterior atávicamente a la
substancia gris del cerebro, que es la encargada de la representación y
juicio de las cosas; y el progreso de la raza consiste en la
superioridad que adquiere esta parte sobre la primera. Entretanto Nordau
coloca entre los grandes artistas de su devoción a un gran músico:
Beethoven. De más está decir que las ideas que Max Nordau profesa sobre
el arte son de una estética en extremo singular y utilitaria. El carro
de hierro, la ciencia, ha destruído según él los ideales religiosos. No
va ese carro tirado, ciertamente, por una cuádriga de caballos de Atila.
Y hoy mismo, en el campo de humanidad, después del paso del monstruo
científico, renacen arboles, llenos de flores de fe. Tampoco el arte
podrá ser destruído. Los divinos semi-locos «necesarios para el
progreso,» vivirán siempre en su celeste manicomio consolando a la
tierra de sus sequedades y durezas con una armoniosa lluvia de
esplendores y una maravillosa riqueza de ensueños y de esperanzas.
Por de pronto, en «Degeneración,» los números de hospital, entre otros,
son los siguientes: Tolstoï,--puesto que lleno de una santa pasión por
el mujick, por el pobre campesino de su Rusia, se enciende en religiosa
caridad y alivia el sufrimiento humano, queda señalado. Queda señalado
también Zola, ese búfalo, Dante Gabriel Rossetti tiene su pareja en tal
casa de orates, en tal lesionado que padece de alalia. Esto a causa de
los motivos musicales de algunos de sus poemas que se repiten con
frecuencia. Deben acompañar lógicamente en su desahucio, al exquisito
prerrafaelista, los bucólicos griegos, los autores de himnos
medioevales, los romancistas españoles y los innumerables cancioneros
que han repetido por gala rítmica una frase dada en el medio o en el fin
de sus estrofas. El admirado universalmente por su alta crítica
artística, Ruskin, queda condenado: es la causa de su condenación el
defender a Burne Jones y a la escuela prerrafaelista. En el proceso del
libro, desfilan los simbolistas y decadentes. El ilustre jefe, el
extraño y cabalístico Mallarmé con el pasaporte de su música encantadora
y de sus brumas herméticas, no necesita más para el diagnóstico. Charles
Morice, de larga cabellera y de grandes ideas, al manicomio. Lo mismo
Regnier, el orgulloso ejecutante en el teclado del verso; Julio
Laforgue, que con la introducción del verso falso ha hecho tantas
exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de ciertas exageraciones de
juventud, escribe sus «Princesas Bizantinas;» Stuard Merril, prestigioso
rimador yankee-francés; Laurent Tailhade, que resucita a Rabelais
después de cincelar sus joyas místicas. No hay que negarle mucha razón a
Nordau cuando trata de Verlaine, con quien--en cuanto al poeta,--es
justo. Mas el que conozca la vida de Verlaine y lea sus obras, tendrá
que confesar que hay en ese potente cerebro, no el grano de locura
necesario, sino la lesión terrible que ha causado la desgracia de ese
«poeta maldito.» En cuanto a Rimbaud--a quien un talento tan claro como
el de Jorge Vanor coloca entre los genios,--tan orate como él, aunque
menos confuso, y a Tristan Corbiere, a quien sus versos marinos
salvan... Después René Ghil y su tentativa de instrumentación, Gustavo
Khan y su apreciación del valor tonal de las palabras son más bien--a mi
ver--excéntricos literarios llevados por una concepción del arte, en
verdad abstrusa y difícil. Y por lo que toca a Moreas, cuyo talento es
sólido é innegable, y a quien por buena amistad personal conozco
íntimamente, puedo afirmar que lo que menos tiene dañado es el seso.
Risueño, poeta, conocedor de _su_ París, ha sabido cortarle la cola a su
perro, y, nada más.
Los wagnerianos van en montón, con el olímpico maestro a la cabeza. No
oye el médico de piedra el eco soberbio de la floresta de armonías.
Mientras Max Nordau escribe su diagnóstico, van en fuga visionaria
Sigfrido y Brunhilda, Venus desnuda, guerreros y sirenas, Wotan
formidable, el marino del barco-fantasma; y, llevado por el blanco
cisne, alada góndola de viva nieve, rubio como un Dios de la Walhalla,
el bello caballero Lohengrin.
Pláceme la dureza del clínico para con el grupo de falsos místicos que
trastruecan con extravagantes parodias los vuelos de la fe y las obras
de religión pura.
Así también a los que, sin ver el gran peligro de las posesiones
satánicas que en el vocabulario de la ciencia atea tienen también su
nombre--penetran en las obscuridades escabrosas del ocultismo y de la
magia, cuando no en las abominables farsas de la misa negra. No hay duda
de que muchos de los magos, teósofos y hermetistas están predestinados
para una verdadera alienación.
Todos los médicos pueden testificar que el espiritismo ha dado muchos
habitantes a las celdas de los manicomios.
Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos y diabólicos, los
decadentes y estetas, los ibsenistas, y un hombre ilustre que,
desgraciadamente, se volvió loco: Federico Nietzsche. ¿El egoísmo es un
producto de este siglo? Un estudio de la historia del espíritu humano,
demostrará que no.
No ha habido mejor defensor del egoísmo bien entendido, en este fin de
siglo, que Mauricio Barrés. Ya Saint-Simón, en la aurora de estos cien
años, combatía el patriotismo en nombre del egoísmo. Y en el estado
actual de la sociedad humana, ¿quién podrá extrañar el aislamiento de
ciertas almas estilitas, de pie sobre su columna moral, que tienen sobre
sí la mirada del ojo de los bárbaros?
Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de Lemerre, que
con el oro de la rima le repletaran su caja de editor millonario, señala
al soberbio Theo, que va a su celda, agitando la cabellera absalónica y
junto con él Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de
Francia. ¿Y Mendés?
On y rencontre aussi Mendés
A qui nul rythme ne resiste,
Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades.
También se encuentra allí Mendés, entre los degenerados, a causa de sus
versos diamantinos y de sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas
y decadentes, lleva la insignia de capitán de los primeros Oscar Wilde.
Sí, Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a su celda. No
puede escribirse con la masa cerebral completamente sana el libro
«Intentions...» Y lo que son los decadentes,--¡Nordau como todos los que
de ello tratan, desbarra en la clasificación!--van representados por
Villiers de L’Isle-Adam, el hermano menor de Poe, por el católico Barbey
d’Aurevilly... por el turanio Richepin; por Huyssmans, en fin, lleno de
músculos y de fuerzas de estilo, que personificara en Des Esseintes el
tipo finisecular del cerebral y del quintesenciado, del manojo de vivos
nervios que vive enfermo por obra de la prosa de su tiempo. Si sois
partidarios de Ibsen, sabed que el autor de «Hedda Gabler» está
declarado imbécil. No citaré más nombres de la larga lista.
Después de la diagnosis, la prognosis; después de la prognosis, la
terapia. Dada la enfermedad, el proceso de ella; luego la manera de
curarla. La primera indicación terapéutica es el alejamiento de
aquellas ideas que son causa de la enfermedad. Para los que piensan
hondamente en el misterio de la vida, para los que se entregan a toda
especulación que tenga por objeto lo desconocido, «no pensar en ello.»
Cuando Ayarragaray entre nosotros señala el campo, la quietud, el
retiro, «Cantaclaro» protesta. Nordau pasando sobre el hegelianismo y el
idealismo trascendental de Ficht en persecución del «egoísmo morboso»,
explica etiológicamente la degeneración como un resultado de la
debilidad de los centros de percepción o de los nervios sensitivos;
cuando trata de la curación debe permitir que sus lectores abran la boca
en forma de O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos libros, y,
respecto a los escritores «peligrosos», que se les aleje de los centros
sociales, ni más ni menos como a los lazarinos y coléricos. Y «¡horresco
referens!» que de no tomar tal medida, se les trate exactamente como a
los perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a la memoria al autor de
la «Modesta proposición para impedir que los niños pobres sean una carga
para sus padres y su país, y medio de hacerles útiles para el público.»
Ya se sabe cuál era ese medio que Swift proponía «with the tread and
gaiety of an ogre», que dice Thackeray: comerse a los chicos. Mas cuando
Max Nordau habla del arte con el mismo tono con que hablaría de la
fiebre amarilla o del tifus; cuando habla de los artistas y de los
poetas como de «casos», y aplica la thanathoterapia, quien le sonríe
fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bonhomet, «profesor de
diagnosis», que gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los
cisnes de los estanques. El, antes de la indicación del autor de
«Entartung» había hecho la célebre «Moción respecto a la utilización de
los terremotos.» El odiaba científicamente a «ciertas gentes toleradas
en nuestros grandes centros, a título de artistas», «esos viles
alineadores de palabras, que son una peste para el cuerpo social.» «Es
preciso matarlos horriblemente», decía. Y para ello proponía que se
construyese en lugares donde fuesen frecuentes los temblores de tierra,
grandes edificios de techos de granito; y «allí invitaremos para que se
establezca a toda la inspirada «ribambelle de ces pretendus Reveurs»,
que Platón quería, indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de su
República.» Ya instalados los poetas, los «soñadores», un terremoto
vendría y el efecto sería el que caracterizaba Bonhomet con esta
inquietante onomatopeya:
¡¡¡Krrraaaak!!!
Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía dar a sus
condenados a aplastamiento, horizontes bellos, aires suaves, músicas
armoniosas. Por tanto, yo, que adoro al amable coro de las musas, y el
azul de los sueños, preferiría, antes que ponerme en manos de Max
Nordau, ir a casa del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al
edificio de granito, en donde esperaría la hora de morir saludando a la
primavera y al amor, cantando las rosas y las liras y besando en sus
rojos labios a Cloe, Galatea o Cidalisa!
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IBSEN
No hace mucho tiempo han comenzado las exploraciones intelectuales al
Polo. Ya Leconte de Lisle había ido a contemplar la naturaleza y
aprender el canto de las runoyas; Mendés a ver el sol de media noche y a
hacer dialogar a Snorr y Snorra, en un poema de sangre y de hielo.
Después, los Nordenskjöld del pensamiento descubrieron en las lejanas
regiones boreales, seres extraños e inauditos: poetas inmensos,
pensadores cósmicos. Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era un
hombre fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa penosa, de miradas
profundas, de obras profundas. ¿Estaba acaso en él el genio ártico?
Acaso estaba en él el genio ártico. Parecería que fuese alto como un
pino. Es chico de cuerpo. Nació en su país misterioso; el alma de la
tierra en sus más enigmáticas manifestaciones, se le reveló en su
infancia. Hoy, es ya anciano; ha nevado mucho sobre él; la gloria le ha
aureolado, como una magnificente aurora boreal. Vive allá, lejos, en su
tierra de fjords y lluvias y brumas, bajo un cielo de luz caprichosa y
esquiva. El mundo le mira como a un legendario habitante del reino
polar. Quienes, le creen un extravagante generoso, que grita a los
hombres la palabra de su sueño, desde su frío retiro; quienes, un
apostol huraño, quienes, un loco. ¡Enorme visionario de la nieve! Sus
ojos han contemplado las largas noches y el sol rojo que ensangrienta la
obscuridad invernal: luego miró la noche de la vida, lo obscuro de la
humanidad. Su alma estará amargada hasta la muerte.
Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente, nos le pinta: «La nariz
es fuerte, los pómulos rojos y salientes, la barbilla vigorosamente
marcada, sus grandes anteojos de oro, su barba espesa y blanca donde se
hunde lo bajo del rostro, le dan «l’air brave homme», la apariencia de
un magistrado de provincia, envejecido en el cargo. Toda la poesía del
alma, todo el esplendor de la inteligencia, se han refugiado, aparecen
en los labios finos y largos, un tanto sensuales, que forman en las
comisuras una mueca de altiva ironía; en la mirada, velada y como
abierta hacia adentro, ya dulce y melancólica, ya ágil y agresiva,
mirada de místico y luchador, mirada turbadora, inquietante,
atormentada, bajo la cual se tiembla, y que parece escrutar las
conciencias. Y la frente, sobre todo, es magnífica, cuadrada, sólida, de
potentes contornos, frente heroica y genial, vasta como el mundo de
pensamientos que abriga. Y, dominando el conjunto, acentuando todavía
más esta impresión de animalidad ideal que se desprende de su fisonomía
toda, una crinada cabellera blanca, fogosa, indomable...
...Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo extraño, que
inquieta y subyuga, cuyo igual es inencontrable--un hombre, que no se
podría olvidar aunque se viviese cien años.»
* * * * *
Pues todo hombre tiene un mundo interior y los varones superiores
tiénenlo en grado supremo, el gran escandinavo halló su tesoro en su
propio mundo. «Todo lo he buscado en mí mismo, todo ha salido de mi
corazón.»
Es en sí propio donde encontró el mejor venero para estudiar el
principio humano. Hizo la propia vivisección. Puso el oído a su propia
voz y los dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón. ¡Su
corazón!
El corazón de un sensitivo y de un nervioso. Palpitaba por el mundo.
Estaba enfermo de humanidad.
Su organización vibradora y predispuesta a los choques de lo
desconocido, se templó más en el medio de la naturaleza fantasmal, de la
atmósfera extraña de la patria nativa. Una mano invisible le asió, en
las tinieblas.
Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su niñez fué una flor de
tristeza. Estaba ansioso de ensueños, había nacido con la enfermedad. Yo
me lo imagino, niño silencioso y pálido, de larga cabellera en su pueblo
de Skien, de calles solitarias, de días nebulosos. Me lo imagino en los
primeros estremecimientos producidos por el espíritu que debía poseerle,
en un tiempo perpetuamente crepuscular, o en el silencio frío de la
noche noruega. Su pequeña alma infantil, apretada en un hogar ingrato,
los primeros golpes morales en esa pequeña alma frágil y cristalina, las
primeras impresiones que le hacen comprender la maldad de la tierra y lo
áspero del camino por recorrer. Después, en los años de la juventud,
nuevas asperezas. El comienzo de la lucha por la vida, y la visión
reveladora de la miseria social. ¡Ah, él comprendió el duro mecanismo; y
el peligro de tanta rueda dentada; y el error de la dirección de la
máquina; y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la
especie. Y su alma se hizo su torre de nieve. Apareció en él el
luchador, el combatiente. Acorazado, casqueado, armado, apareció el
poeta. Oyó la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido
círculo nacional; cantó las luchas extranjeras; llamó a la unión de las
naciones del norte; su palabra, que apenas se oía en su pueblo, fué
callada por el desencanto; sus compatriotas no le conocieron; hubo para
él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupidez: su patria,
como todas las patrias, fué una espesa comadre que dió de escobazos a su
profeta. De Skien a Grimstad, a Cristianía. De la mano de Welhaven su
espíritu penetra en el mundo de una nueva filosofía. Después del
desencanto, halla otra vez su joven musa cantos de entusiasmo, de vida,
de amor. En los tiempos de las primeras luchas por la vida había sido
farmacéutico. Fué periodista después. Luego, director de una errante
compañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca vuelve a la capital de su
país, y se ocupa también en cosas de teatro. En su trato con los
cómicos--tal Guillermo Shakespeare--comienza a entrever el mundo de su
obra teatral. Está pobre, no le importa; ama. Se enloquece de amor:
tanto se enloquece que se casa. Una dulce hija de pastor protestante,
fué su mujer. Imagínome que la buena Daë Thoresen debe de haber tenido
los cabellos del más lindo oro, y los ojos divinamente azules.
* * * * *
Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil, el autor dramático
surge. La antigua patria renace en «La Castellana de Ostroett»; los que
conocéis la obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de Dame
Ingegerd, agonizante: «¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del
de mi hijo.» Después «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra de
visionario. Recordad:
«Hjordis.--El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja nunca; me tiene
clavados sus ojos rojos, incandescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio!
Tres veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere decir que moriré
esta noche.
Sigurd.--¡Hjordis! ¡Hjordis!
Hjordis.--Acaba de desaparecer allá, en el suelo. Ahora, ya lo sé.
Sigurd.--¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos a casa.
Hjordis.--No: esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo de vida.
Sigurd.--¿Pero qué tienes?
Hjordis.--¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has dicho la verdad hoy.
Gunuar y Daquy están allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta
vida; así podemos vivir juntos.
Sigurd.--¿Podemos? ¿Tú lo crees?
Hjordis.--Desde el día en que has tomado otra mujer, yo estoy sin patria
en este mundo», etc.
«Los pretendientes a la corona», donde hay el admirable diálogo, entre
el Poeta y el Rey, y el cual tiene que haber influído muy directamente
en la forma dialogal característica de Maeterlink, en sus dramas
simbólicos, seguida en parte por Eugenio de Castro en su suntuoso
«Belkiss.» Véase:
El rey Skule.--Me hablarás de eso dentro de poco. Pero dime, Skalda, que
has errado tanto por países extranjeros, ¿has visto una mujer que ame al
hijo de otra? Y cuando digo amar, entiendo amar no con un sentimiento
pasajero, sino amar con todas las ternuras del alma.
El poeta Jatgeir.--Eso no acontece sino a las mujeres que no tienen
hijos.
El rey.--¿A ellas solamente?
El poeta.--Sobre todo a las que son estériles.
El rey.--¿Sobre todo a las que son estériles? ¿Aman entonces a los hijos
de otra, con todas las ternuras de su alma?
El poeta.--Sí, a menudo.
El rey.--Y, ¿no es cierto? Sucede que esas mujeres estériles matan a los
hijos de otra, despechadas de no haber tenido ellas.
El poeta.--Sí. Pero eso no es obrar prudentemente.
El rey.--¿Prudentemente?
El poeta.--No, no es obrar prudentemente, porque dan a aquellos cuyos
hijos matan, el don del sufrimiento.
El rey.--Pero ¿crees tú que el don del sufrimiento sea una buena cosa?
El poeta.--Sí, señor.
El rey.--Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás entre la
muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un manto sobre tus
pensamientos. Se está a solas contigo, y te asemejas a los raros a
quienes voluntariamente se escogería por amigos. ¿Por qué es así?
El poeta.--Señor, cuando os queréis bañar en el río, no os desvestís
cerca de donde pasan los que van a la iglesia, sino que buscáis un lugar
solitario...
El rey.--Naturalmente.
El poeta.--¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma y por eso es que
no me desvisto cuando hay tanta gente en la sala.
El rey.--¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a ser poeta y quién te
ha enseñado la poesía.
El poeta.--Señor, la poesía no se aprende.
El rey.--¡La poesía no se aprende! Entonces, ¿cómo has hecho?
El poeta.--He recibido el don del sufrimiento y así he llegado a ser
poeta.
El rey.--Así, pues, ¿el don del sufrimiento es necesario al poeta?
El poeta.--Para mí fué necesario; pero hay otros a quienes ha sido
concedida la alegría, la fe o la duda.
El rey.--¿Aun la duda?
El poeta.--Sí; pero es preciso que sea la duda de la fuerza y de la
salud.
El rey.--¿Y cuál es la duda que no sea la de la fuerza y de la salud?
El poeta.--Es la duda que duda aún de su duda.
El rey.--Paréceme que eso debe ser la muerte.
El poeta.--Es más horrible que la muerte misma: son las tinieblas
profundas», etc.
La «Comedia del Amor» marca el humor fino que hay también en Ibsen,
siempre a propósito de errores sociales; y es una puerta de libertad,
abierta al santo instinto humano de amor.
Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección tenía, y el clamor de
odio y de villanía que contra él alzaron unos cuantos periodistas, tuvo
que mostrar hombros de hierro, cabeza resistente, puños firmes. Su
tierra le desconocía, le desdeñaba, le odiaba, le calumniaba. Entonces,
sacudió el polvo de sus zapatos. Se va, mordiendo versos contra el
rebaño de tontos; se va, desterrado por la fosilizada familia de
retardatarios y de puritanos. Así, más se ahonda en su corazón el
sentimiento de la redención social.
El revolucionario fué a ver el sol de oro de las naciones latinas.
Después de este baño solar nacieron las otras obras que debían darle el
imperio del drama moderno, y colocarle al lado de Wagner, en la altura
del arte y del pensamiento contemporáneo. El había sido el escultor en
carne viva, en su propia carne. Animó después sus extraños personajes
simbólicos por cuyos labios saldría la denuncia del mal inveterado, en
la nueva doctrina. Los pobres tendrán en él un gran defensor. Es un
propósito de redención el que le impulsa. Es un gigantesco arquitecto
que desea erigir su construcción monumental, para salvar las almas por
la plegaria en la altura, de cara a Dios.
El hombre de las visiones, el hombre del país de los kobolds, encuentra
que hay mayores misterios en lo común de la vida que en el reino de la
fantasía: el mayor enigma está en el propio hombre. Y su sueño es ver la
vida mejor, el hombre rejuvenecido, la actual máquina social
despedazada. Nace en él el socialista; es una especie de nuevo
redentor.