salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello
como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la
humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda
alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había
realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...
»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces
pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la
alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba
desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me
convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los
árboles; mi hocico, lo contemplaba con delicia. «No quedaba en mí la
menor partícula de divinidad»: supe elevar mi alma hasta la excesiva
altura de esta voluptuosidad inefable.»
León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor,
explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre
alienado, suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor. «Después de
todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el
Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto,
puesto que no toca nunca los Símbolos», dice.
Oid la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros
nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios.
Los perros aullan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un
gato herido en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare;
sea como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una
joven que canta un aire sublime--; contra las estrellas al norte, contra
las estrellas al este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas
al oeste; contra la luna; contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a
rocas gigantes, yacentes en la obscuridad--; contra el aire frío que
ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo interior de sus narices
rojo y quemante; contra el silencio de la noche; contra las lechuzas,
cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las narices, y que llevan un
ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra
las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el ladrón que huye,
al galope de su caballo, después de haber cometido un crimen; contra las
serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos
y les hacen chocar los dientes--; contra sus propios ladridos, que a
ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que revientan de un solo
apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del charco?); contra los
árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros tantos misterios
que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos
inteligentes--; contra las arañas suspendidas entre las largas patas,
que suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han
encontrado que comer durante el día y que vuelven al nido, el ala
fatigada; contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen
mástiles de navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra
los grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el
abismo--, y contra el hombre que les esclaviza...
«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:--Cuando estés en tu
lecho, y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus
sábanas, no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable
de lo infinito, como yo, como el resto de los humanos, a la «figure pale
et longue...» «Yo,--sigue él,--como los perros sufro la necesidad de lo
infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesidad!» Es ello insensato,
delirante; «mas hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.»
Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el «deus» enloquecía
a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas
semejantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se trata de una «obra
literaria», sino del grito, del aullido de un sér sublime martirizado
por Satanás.
El cómo se burla de la belleza,--como de Psiquis, por odio a Dios,--lo
veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños
poemas:
«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre
la curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour
des agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho
en los adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la
cantidad de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo,
«bello como el temblor de las manos en el alcoholismo...»
El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves
de rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares
en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o,
todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par
l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et
fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el
encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser
y un paraguas...»
En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor»
hiriente y abominable.
¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el
lector el que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de
esta despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi,
jeune homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire,
malgré ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit
la gale, tu auras deux amis.»
El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí
mismo. Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.
El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó
caer. Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su
obra sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son
aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el
buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga.
La Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico,
entrevisto por excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia:
«Yo he hecho un pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden
en las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los
hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir a
ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita. No hay sino tú y los
monstruos odiosos que bullen en esos negros abismos, que no me
desprecien.»
Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia»
profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el
tiempo, palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la
misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o
profanas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y
descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy
cierto de haber realizado el hallazgo.»
El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De
la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la
lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico,
raro, inencontrable.
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[imagen: PAUL ADAM]
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PAUL ADAM
De cuando en cuando, la primera página del «Journal» viene como pesada.
Dos, tres, cuatro columnas nutridas, negras, casi de una sola pieza,
hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se prepara, alista bien
su cabeza, limpia los cristales del entendimiento, y recibe el regalo
con placer y confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como salir al
campo, o a la orilla del mar. Hay, pues, algo más que el aposento
perfumado, los senos lujuriosos, los chismes de la condesa, los cancanes
de la política, las piernas de las bailarinas y las evoluciones del
protocolo. La sensación es de extrañeza al propio tiempo que de
satisfacción. Salir de la perpetua casa de cita, del perpetuo bar, de
los perpetuos bastidores, del perpetuo salón «coú l’on flirte»; dejar la
compañía de lechuguinos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por la
de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y noble que os señala con un
hermoso gesto un gran espectáculo histórico, un vasto campo moral, un
alba estética, es ciertamente consolador y vigorizante. Los
politiqueros de la patriotería dan vueltas cada mañana al mismo cantar.
Rochefort redobla cotidianamente en su viejo tambor, furioso; Drumont
destaza su semita de costumbre; Coppée, inválido lírico metido a
sacristán, se pone a la par del ridículo Dérouléde; los escritores de la
literatura, explotan sus distintos lenocinios; M. Jean Lorrain cuenta
sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya pornografía de color de
rosa no está ya de moda, hace la crítica teatral, generalmente plástica;
Fouquier, el maestro periodista, da lecciones útiles y generosas;--entre
todos, más alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul Adam
aparece,--al lado de Mirbeau;--llega con su misión, obligatoria y
dignificadora, y ara en la prensa, en el campo malsano de esta prensa,
con su deber, firme arado.
Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se
ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten
para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter,
fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de
palabras, ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido
a una diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la
«gloriole» de los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de
ramas superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno
sol, en plena claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar
mejor; y diciendo la verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo
pasado, estudiando lo presente, sacudiendo la historia, escarbando
naciones, da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa
aprovecharla.
No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la
elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no
es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador,
este lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza.
Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado
tupida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra el mar muy
peligroso, y cree más agradable fumar, sentada en una piedra de la
orilla, por donde los ensueños pasan y se cogen con la mano.
Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son
conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo
colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el
amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de
même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en un
tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió en
unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda», con
un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en
que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor
asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro
muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la
poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían
en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos.
¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al
tejedor de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de
mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador
triptolémico de ahora?
Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya
su obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha
operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su
propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una
obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se
difunde en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de
toda la estirpe humana.
Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra
enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus
reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo
concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un
decir que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico
del estilo, sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia
y matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas
y colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto,
definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus
análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en
súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico,
la cosa germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han
perturbado o fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés,
nada más que francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber
actual, pone su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede
por ver si no es imposible la regeneración, la consecución de un ideal
de grandeza futura, humano, seguro y positivo.
No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de
verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares,
haya en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un
político de oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas.
Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior,
en el mismo rango o en la misma oleada que la de los rebaños
pseudosocialistas. El obra en pro de los trabajadores; lleva su utopia
por el sendero en que se suele encontrar el casi imposible sueño de la
supresión de la miseria y del desaparecimiento de los ejércitos
guerreros. Un crítico sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concentra
en estas palabras la sociología de M. Paul Adam:
«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha
de la fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la
destrucción, la fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el
internacionalismo al «chauvinismo», los conflictos de clases a los
conflictos de naciones, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y
Prometeo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal.»
M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta
palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a
la idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en
la muchedumbre humana.
Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a
la acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de
pueblos; pero me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano.
En las muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo
priva en seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor
placer y facilidad las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas
palabras de quien se desinteresa de las bajas aventuras presentes, y
desea formar caracteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y
asentar y rehacer y solidificar la patria.
Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su
faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su
género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las
farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las
más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes
sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los
carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa,
de la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a
sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas,
aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la
virginidad literaria.
¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va latigueando a un
lado y otro, sin desbocarse, sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo
que hay que decir, y nada más; que tiene el adverbio justo, el verbo
propio, y que clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda
vibrante, arraigado y seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno de
los maestros de la prosa contemporánea, en ese maridaje estupendo de la
claridad con la energía, la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la
ponderación.
Y este vigoroso que tiene la medula de un sabio y las alas de un
artista, llena su misión con la mayor serenidad y tranquilidad, no lejos
del sonoro y ronco maelstrom de París. Uno de los mayores bienes que su
personalidad esparce, es ese continuo ejemplo de actividad, esa
incesante campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de trabajar
bien. «La lucha por el pan, por el oficio de escritor y de periodista,
salva a los fuertes de la abstracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice
bien. A pesar de su alejamiento de centros y camarillas, o por esto
mismo, creo que se le respeta y se le reconoce como el más potente y el
más noble. Al verle así, en su aislada residencia, sin mezclarse en las
locuras y chismes y revueltas parisienses, cultivando su vasto talento
con tanta voluntad y tanto tino, me suelo imaginar a uno de esos
gentiles hombres de la campaña, que mientras la ciudad danza y se
prostituye, siembran sus campos, tranquilos y laboriosos, y llenan,
llenan sus trojes; y cuando la peste llega y llega el hambre a la
ciudad, dan la limosna de sus graneros, abren sus depósitos, brindan sus
almacenes.
Y quizá muy pronto tenga hambre Francia.
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MAX NORDAU
Mi distinguido colega en «La Nación», Dr. Schimper, se ocupó el año
pasado del primer volumen de «Entartung» de Max Nordau. Ha poco ha
aparecido el segundo: la obra está ya completa. Una endiablada y extraña
Lucrecia Borgia, doctora en medicina, dice en alemán, para mayor
autoridad, con clara y tranquila voz, a todos los convidados al banquete
del arte moderno: «Tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es
que todos estáis locos.» En verdad Max Nordau no deja un solo nombre,
entre todos los escritores y artistas contemporáneos, de la aristocracia
intelectual, al lado del cual nos estriba la correspondiente
clasificación diagnóstica: «imbécil», «idiota», «degenerado», «loco
peligroso». Recuerdo que una vez al acabar de leer uno de los libros de
Lombroso, quedé con la obsesión de la idea de una locura poco menos que
universal. A cada persona de mi conocimiento le aplicaba la observación
del doctor italiano y resultábame que, unos por fas, otros por nefas,
todos mis prójimos eran candidatos al manicomio. Recientemente una obra
nacional digna de elogio, «Pasiones», de Ayarragaray, llamó mi atención
hacia la psicología de nuestro siglo, y presentó a mi vista el tipo del
médico moderno que penetra en lo más íntimo del sér humano. Cuando la
literatura ha hecho suyo el campo de la fisiología, la medicina ha
tendido sus brazos a la región obscura del misterio.
Allá a lo lejos vense a Moliére y Lesage atacar a jeringazos a los
esculapios. Había cierta inquina de los hombres de pluma contra los
médicos, y el epigrama y la sátira teatral no desperdiciaban momento
oportuno para caer sobre los hijos de Galeno. Sangredo había nacido, y
no todo él del cerebro de su creador, pues sabemos por Max Simón que
Sangredo vivió en carne y hueso en la personalidad del médico Hecquet.
El mismo Max Simón hace notar la acrimonia especial con que el más
ilustre de los poetas cómicos y el más grande de los novelistas de su
época atacaron a los médicos. En uno y otro, dice, se nota un verdadero
desprecio por el arte que profesan aquellos a quienes atacan. Moliére,
irónico y fuerte, Lesage, injurioso y despreciativo, están siempre
listos con sus aljabas. Monsieur Purgón, formalista, aparatoso y ciego
de intelecto, y los dos Tomases Diafoirus aparecieron como encarnaciones
de una ciencia tan aparatosa como falsa. Sangredo fué, según Walter
Scott, el mismo Helvecio. En resumen, los ataques literarios se dirigían
contra los doctores de sangría y agua tibia. Son los tiempos en que
Hecquet publica «Le Brigandage de la Médecine», en el cual están en su
base los principios de Gil Blas, y en el que eran más que comunes
diálogos a la manera del que en una obra del gran cómico sostienen
Desfonandrés y Tomes.
Si los médicos del siglo XVII se enconaron con las bromas de Moliére,
los del siglo XVIII no fueron tan quisquillosos con las sátiras de
Lesage[11]. En nuestro siglo, la última gran campaña literaria, el
movimiento naturalista dirigido por Zola, tiene por padre a un médico,
Claudio Bernard. En tanto que la literatura investiga y se deja
arrastrar por el impulso científico, la medicina penetra al reino de las
letras; se escriben libros de clínica tan amenos como una novela. La
psiquiatría pone su lente práctico en regiones donde solamente antes
había visto claro la pupila ideal de la poesía. Ante el profesor de la
Salpetriére, junto con los estudiantes han ido los literatos. Y en el
terreno crítico cierta crítica tiene por base estudios recientes sobre
el genio y la locura: Lombroso y sus seguidores.
Guyau, el admirable y joven sabio, sacrificó en las aras de los nuevos
ídolos científicos. El comprobó, como un profesor que toma el pulso, el
estado patológico de su edad, el progreso de fiebre moral siempre en
crecimiento. El juntó en un capítulo de un célebre libro a los
neurópatas y delincuentes, como invasores, como conquistadores
victoriosos en el reino de la literatura. «Et s’y font une place tous
les jours plus grande»--, decía de ellos. Como principal síntoma del mal
del siglo, señala la manifestación de un hondo sufrimiento, el impulso
al dolor, que en ciertos espíritus puede llegar hasta el pesimismo. El
tipo que el filósofo presenta es aquel infeliz Imbert Galloix, cuya
pálida figura pasará al porvenir iluminada en su dolorosa expresión por
un rayo piadoso de la gloria de Víctor Hugo. ¡Y bien! si la desgracia es
desequilibrio, bien está señalado Imbert Galloix. Ese gran talento gemía
bajo la más amarga de las desventuras. Sentirse poseedor del sagrado
fuego y no poder acercarse al ara; luchar con la pobreza, estar lleno de
bellas ambiciones y encontrarse solo, abandonado a sus propias fuerzas
en un campo donde la fortuna es la que decide, es cosa áspera y dura. A
propósito de un joven cubano poeta muerto recientemente en
París--¡Augusto de Armas, uno de tantos Imbertos Galloix!--dice con gran
razón el brillante Aniceto Valdivia: «Sólo un temperamento de toro,
como el de Balzac, puede soportar sin rajarse, el peso de ese mundo de
desdenes, de olvidos, de negaciones, de injustos silencios bajo el cual
ha caído el adorable poeta de «Rimes Byzantines.» La autopsia espiritual
que del desgraciado joven ginebrino hace el sereno analizador sociólogo,
me parece de una impasible crueldad.