todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o
más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en
un estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz
bizantina--algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam--sus deseos y
sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de amor,
en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la transformación:
cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su aliento las corolas
frescas; cómo estremece de asombrado espanto los blancores liliales con
sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la roja
violadora de lises.
La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de
Verlaine;
Cœurs tendres, mais affranchis du serment.
En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra
del Capripede.
Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de
aquellas palabras
si specieux, tout bas,
que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe...» primero con la
proclamación del imperio musical--de la «musique avant toute chose»--y
las maravillas del matiz, en una poética encantadora y sabia; después
con la sapientísima gracia de una sencillez más difícil que todas las
manifestaciones que parecieron al principio tan abstrusas.
Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel parque verleniano en
que iban las bellas, prendidas del brazo de los jóvenes amantes,
soñadoras; y en donde los tacones luchaban con las faldas...
J’aimerais bien vous égarer un soir
Au fond du pare desert, dans une allée
Impénétrable à la nuit etoilée:
J’aimerais bien vous égarer un soir.
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques
Et nous vivons lèvres closes, rêvant
A la chanson languisante du vent;
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques.
Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio de los perfumes del
gran bosque misterioso, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de
mariposa, sombras propicias...
Quelle serait la fin de l’aventure?
Un madrigal accueilli d’airs moqueurs?
Nous fûmes tant les dupes de nos cœurs?
Quelle serai la fin de l’aventure?
Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galantes. Como en éstas,
la expresión de un indecible «régret», y el refugio de la desolación en
el ensueño.
En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas prosas de las
ilusiones fugitivas, de las «reveries» crepusculares, de las laxitudes
que dejan los apasionados besos idos; se oyen en el «pantum» como las
quejas de un viejo clavicordio, que hubiese sido testigo de las horas de
pasión, en la primavera en que florecieron las ilusiones, y que hoy
rememora ¡tan tristemente! las albas amorosas que pasaron. ¿Hay algo más
melancólico que el rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene
por nombre Antes?
En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Verlaine aparecen más claras
que en ninguna. Si me favoreciese la memoria, recordaría el pasaje
original del maestro. Pero los pocos lectores para quienes escribo estas
líneas, podrán hacer la confrontación:
* * * * *
Toute blanche, comme une aubépine fleurie,
Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie,
Ce soir, au bien-aimé qu’elle atendit cent ans.
Cendrillon passe au bras de l’Adroite-Princesse...
Et les songes épars des contes, vont sans cesse
Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil.
* * * * *
La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las
lejanías del Eclesiastés:
¡La chair est triste hélas! et j’ai lu touts les livres!
¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el
fin del baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue»,
bajo los tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire
alegres y frívolos motivos.
Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas
suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna
se inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No
quedará muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo.
«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y hermética
de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas evocaciones,
músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de sensaciones que un
momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo.
Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora
incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana
desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.»
Un detalle:
L’éclat falot de la bougie agonise
A l’infini, dans les glaces de Venise.
¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del
sol va inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los
rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga
del alma.
* * * * *
La musique a des sons bien étranges;
On dirait un remords qui pérore.
Mourants ou morts dejà les sourires mièvres,
Les madrigaux sont morts sur tous les lèvres.
* * * * *
Dans la salle de bal nue et vide
Reste seul un bouquet qui se fane,
Pour mourir du même jour livide
Que l’espoir des danseurs de pavane.
L’éclat falot de la bougie agonise
A l’infini, dans les glaces de Venise...
Después una canción jovial cuyo final nos llevará al ineludible páramo
de los desengaños; una «feerie»--para Rachilde--que sería
maravillosamente a propósito para ser interpretada por Odilon Redon.
Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las amadas, las
adoradas--¡ah, crueles gatas nietzschianas!--las alegres danzantes que
danzan al son de los violines y de las flautas.
Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del brazo de los
caballeros, de los pobres enamorados caballeros.
--Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las rosas, sobre
vuestro corazón los corazones nuestros?
¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los prenden al corpiño,
y ríen. Los pobres caballeros partirán y han de ver cómo las bellas
danzan en la sala del baile, y cómo se desprenden los corazones de los
corpiños, y cómo ellas siguen danzando,
... et leurs petits souliers
Glissent éclaboussés de gouttes purpurines.
Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado desde el amanecer
del día, pero vuelven como heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del
camino están más pálidas y son más raras que nunca. Las flores están
desoladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte con una
sensación de pesadilla.
Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; y había leído
todos los libros...
En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard de Nerval:
Crains dans le mur un regard qui t’epie,
es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde predomina siempre la
bruma de una tristeza irremediable. Es el reino del desencanto.
Así en un soneto invernal, como en el «pantun» del Fuego, dedicado a
Saint Pol Roux El Magnífico; como en el palacio monumental que alza en
una Babilonia de ensueño; como en la canción «para la que llegó
demasiado tarde»; como en Epaves, donde los galeones cargados de
esperanzas se hunden en un océano de olvido, antes de llegar a la España
soñada; como en el jardín muerto, un jardín a lo Poe, en donde reina la
Desolación.
La parte siguiente presídenla dos corifeos de la Decadencia (¡habrá que
llamarla así!): Villiers de l’Isle Adam y Charles Morice.
El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnaldado de locas flores
de voluptuosidad:
La haute coupe, d’un metal diamanté
Où se profilent de lascives silhouettes,
A l’attirance d’un miroir aux alouettes,
Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour,
Viennent, l’aile ivre, éperdument voler autour
Criant la grande soif qui nous brûle la bouche,
Jusqu’à l’heure de la communion farouche
Où chacun boit dans le metal diamanté
La Science: qu’il n’est au monde volupté
Hormis les fleurs dont s’enguirnalde le calice,
Pour que s’immortalice un merveilleux supplice.
Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en Baudelaire; pero
tanto Dubus, como Hannon, como todos los que han querido renovar las
admirables de Satán, no han alcanzado la señalada altura. No se puede
decir lo mismo respecto a la «Sangre de las rosas», en donde el autor se
revela exquisito artista del verso y poeta encantador.
Después oímos el canto que rememora el naufragio de los que, atraídos
por las fascinantes sirenas, hallaron la muerte bajo la tempestad,
«cerca de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas sinfonías y
perfumes cargados de languideces infinitas.»
C’était le chant suave et mortel des sirenes,
Qui avançaient, avec d’ineffables lenteurs,
Les bras en lyre et les regards fascinateurs,
Dans les râles du vent diviniment sereines.
Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado lapidariamente, cuyo
símbolo supremo irradia una majestad solemne y grandiosa.
Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve a oirse el paso
del Pie de chivo, y su flauta de carrizos:
¿Te souvient-il de notre extase ancienne?
Llama a la Resignación, con una cordura completamente verleniana; Don
Juan se queja en dísticos. Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado.
Ha cantado muchos amores y muchas delicias. Las mujeres han aporreado
sus teclas con aires infames, y «traderiderá y laitou»,
¡Tant et tout! que les tremolos
Eussent la gaîté des sanglots.
En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; las canciones ha
tiempo que se han callado: el solitario desterrado halla apenas un
refugio: el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finalizar hay un
clamor de resurrección.
Pour devenir enfin celui que tu recèles,
Et qui pourrait périr avant d’avoir été
Sous le poids d’une trop charnelle humanité,
¡O mon âme! il est temps enfin d’avoir des ailes.
Concluye el libro con un inmemoriam a la adorada que un tiempo sacrificó
el corazón del pobre poeta; a la adorada reina, amante de la sangre del
sacrificio, cruel como todas las adoradas,--Herodias.
Los violines se han callado, los violines han partido. Y el poeta ha
partido también, camino del cielo de los pobres poetas, camino de su
hospital.
Los violines negros deben haber iniciado un misterioso «De profundis»,
los violines negros que le acompañaron en sus desesperanzas y en sus
dolores, cuando la vida le fué dura, la gloria huraña y la mujer
engañosa y felina.
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TEODORO HANNON
...M. Théodre Hannon, un poéte
de talent, sombré, sans excuse de
misère, a Bruxelles, dans la cloaque
des revues de fin d’année et les
nauséeuses ratatouilles de la basse
presse.
_J. K. Huysmans._
¿Arthur Symons?... no estoy seguro; pero es en libro de escritor inglés
donde he visto primeramente la observación de que la mayor parte de los
poetas y escritores «fin de siglo» de París, decadentes, simbolistas,
etc., han sido extranjeros y, sobre todo, belgas.
Escribo hoy sobre Theodore Hannon, quien si no tiene el renombre de
otros como Maeterlink, es porque se ha quedado en Bruselas, de revistero
de fin de año y periodista, cosa que a Des Esseintes provoca náuseas.
¡Raro poeta, este Theodore Hannon! Apareció entre la pacotilla
pornográfica que hizo ganar al editor Kistemackers, propagador de todas
las cantáridas e hipomanes de la literatura. Fueron los tiempos de las
nuevas ediciones de antiguos libros obscenos; de la reimpresión del «En
18...» de los Goncourt, con las partes que la censura francesa había
cercenado. Paul Bonnetain daba a luz su «Charlot s’amuse», Flor
O’squarr su «Cristiana», que le valdría unos cuantos golpes del knut de
León Bloy, Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa se llamaba en
verdad legión. Entonces surgió Hannon con su «Manneken-pis», anunciado
como «curiosísimo y originalísimo volumen.» Amédée Lynen le había
ilustrado con dibujos «ingenuos.» No siendo suficiente esa campanada,
dió a luz el «Mirliton.» El diablo de las ediciones, Kistemacker, no
podía estar más satisfecho rabudo y en cuclillas, sobre las carátulas.
«Las Rimas de Gozo» nos muestran ya un Theodore Hannon, si no menos
tentado por el demonio de todas las concupiscencias, suavizado por los
ungüentos y perfumes de una poesía exquisita. Depravada, enferma,
sabática si queréis, pero exquisita.
He ahí primero ese condenado suicidio del herrero, que dió tema a
Felicien Rops para abracadabrante aguafuerte, que no aconsejo ver a
ninguna persona nerviosa propensa a las pesadillas macabras. Esos versos
del ahorcado, parécenme la más amarga y corrosiva sátira que se ha
podido escribir contra la literatura afrodisíaca. No tendría Theodore
Hannon esas intenciones; pero es el caso que le resultaron así.
Discípulo de Baudelaire «su alma flota sobre los perfumes», como la del
maestro. Busca las sensaciones extrañas, los países raros, las mujeres
raras, los nombres exóticos y expresivos. Me imagino el enfermizo gozo
de Des Esseintes al leer las estrofas al Opoponax: «¡Opoponax! nom très
bizarre--et parfum plus bizarre encore!» Tráele el perfume de apelación
exótica, visiones galantes, tentadores cuadros, maravillosos conciertos
orgiásticos; la nota de ese aroma poderoso sobrepasa a las de los demás,
en un efluvio victorioso.
Gusta del opoponax porque viene de lejanas regiones, donde la naturaleza
parece artificial a nuestras miradas; cielos de laca, flores de
porcelana, pájaros desconocidos, mariposas como pintadas por un pintor
caprichoso: el reinado de lo postizo. El poeta de lo artificial se
deleita con los vuelos de las cigüeñas de los paisajes chinos, los
arrozales, los boscajes ocultos y misteriosos impregnados de vagos
almizcles. Estrofas inauditas como esta:
La chinoise aux lueurs des bronzes
En allume ses ongles d’or
Et sa gorge citrine où dort
Le désir insensé des bonzes.
La japonaise en ses rançons
Se sert de tes âcres salives.
* * * * *
Luego se dirigirá a Marión, la adorada que adora el opoponax. (El amor
en la obra de Hannon no existe sino a condición de ser epidérmico). Para
adular a la mujer de su elección le canta, le arrulla, lo diré con la
palabra que mejor lo expresa, le maulla letanías de sensualidad,
collares de epítetos acariciadores, comparaciones pimentadas, frases
mordientes y melifluas... Es el gato de Baudelaire, en una noche de
celo, sobre el tejado de la Decadencia. El opoponax es su tintura de
valeriana.
Como paisajista es sorprendente. Nada de Corot; para hallar su
procedimiento es preciso buscarlo entre los últimos impresionistas. Tal
pinta una tarde obscura de tempestad y nubarrones; mar brava, negros
oleajes, vuelo de pájaros marinos; o un florecimiento de nieve, los
acuosos vidrios del hielo, la blancura de las nevadas; sinfonías en
blanco, inmensos y húmedos armiños. Pero de todo brota siempre el
relente de la tentación, el soplo del tercer enemigo del hombre, más
formidable que todos juntos: la carne.
Solamente en Swinburne puede hallarse, entre los poderosos, esta poética
y terrible obsesión. Mas en el inglés reina la antigua y clásica furia
amorosa, el Líbido formidable que azotaba con tirsos de rosas y ortigas
a la melodiosa y candente Safo. Theodore Hannon es un perverso, elegante
y refinado; en sus poemas tiembla la «histeria mental» de la ciencia, y
la «delectación morosa» de los teólogos. Es un satánico, un poseído. Mas
el Satán que le tienta, no creáis que es el chivo impuro y sucio, de
horrible recuerdo, o el dragón encendido y aterrorizador, ni siquiera el
Arcángel maldito, o la Serpentina de la Biblia, o el diablo que llegó a
la gruta del santo Antonio, o el de Hugo, de grandes alas de murciélago,
o el labrado por Antokolsky, sobre un picacho, en la sombra. El diablo
que ha poseído a Hannon es el que ha pintado Rops, diablo de frac y
«monocle», moderno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista, maldito,
más diablo que nunca.
Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica», no pintaría al Enemigo,
«alto, negro, con voz inarticulada, cascada, pero sonora y terrible...
cabellos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen mozo, elegante,
perfumado con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo,
sportman, y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theodore
Hannon, el que le hace rimar preciosidades infernales y cultivar sus
flores de fiebre, esas flores luciferinas que tienen el atractivo de un
aroma divino que diera la eterna muerte.
Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos encajes rimados en
alabanza del Imperio Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre y
nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime y poderoso, según la
expresión de Quincey. También, como al autor de las «Flores del Mal», le
persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansadas y plúmbeas, su
desdén al amor ideal. Rompe los moldes en que su poesía pudiese formar
este o aquel verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; fleta
un barco para Cíteres, y arroja al paso ramos de rosas a las mujeres de
Lesbos. La vendedora de amor será glorificada por él y corre hacia el
abismo de las delicias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va
como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jardín de
Petronio.
Héle allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar el buen vino
viejo que le pondrá sol y sangre en las venas; o en el tren expreso que
va a llevarle a saborear los labios deseados; o admirando en una íntima
noche de Diciembre, la estatua viviente de las voluptuosidades felinas.
De pronto un efecto de luna en un mar de duelo, en un fondo negro de
tinieblas. El «odor di femmina» se encuentra en una serie de versos,
como esos perfumes concentrados en los «sachets» de las damas. A veces
creyérase en una vuelta a la naturaleza, a las frescas primaveras, pues
brilla sobre la harmonía de una estrofa, la sonrisa de Mayo. Es una
nueva forma de la tentación, y si oís el canto de un mirlo será una
invitación picaresca. Como su maestro de una malabaresa, Hannon se
prenda de una funámbula, para la cual decora un interior a su capricho,
y a la que ofrece la sonata más amorosamente extravagante del harpa loca
de sus nervios. Todo, para este sensual, es color, sonido, perfume;
línea, materia. Baudelaire hubiera sonreído al leer este terceto:
Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette
de ma pâle Beauté font une cassolette
vivante sur laquelle errent mes sens rôdeurs.
Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el
cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes
escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a
donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte
filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles
prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las
medias, esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que
esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de
Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos.
Cuando llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia
animal post...» etc.
A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas
blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una
estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de
Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si
escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó
nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas
son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas;
dedica ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches»
gustará de esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en
una copa de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas
ondas lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y
errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las
flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para
modistas y perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a
Jane, una diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre
viejo modelo sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres
canciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos
bizantinos son obras maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las
letanías infernales de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir
verdad, le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al cantar
la Histeria; su «Mer enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos
negros y diabólicos que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta
un cuadro de «toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio;
en sus versos se sienten todos los perfumes, y se miran todos los
afeites y menjurjes de un tocador femenino, desde el coldcream diáfano,
la leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino,
el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay,
frangipane, steplanotis... ¡qué sé yo! todo en los más cristalinos,
diamantinos, tallados, cincelados, admirables frascos. ¡Raro poeta este
Theodore Hannon!
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[imagen: EL CONDE DE LAUTRÉAMONT]
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EL CONDE DE LAUTRÉAMONT
Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. El
se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida
sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el
empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió
loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de
Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y
penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor
y los siniestros cascabeles de la Locura.
León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El
furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma
del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un
reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama
«Cantos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavorosa angustia del
infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a
América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en
esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las
constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar
mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o
gusto de un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay
que jugar al espectro, porque se llega a serlo»: y si existe autor
peligroso a este respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal
cancerbero rabioso mordió a esa alma, allá en la región del misterio,
antes de que viniese a encarnarse en este mundo? Los clamores del
teófobo ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi musa
cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vociferando al viento,
le taparía los oídos.
Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job
puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja
sobre mí y hablaré con amargura de mi alma.» Pero Job significa «el que
llora»; Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un
breviario satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu
maligno, dice Quevedo, en su «Introducción a la vida devota», se deleita
en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo
será eternamente.» Más aun: quien ha escrito los «Cantos de Maldoror»
puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de
locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo
de las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre
Iglesia como casos de posesión para los cuales se hace preciso el
exorcismo. «¡Alma en ruinas!» exclamaría Bloy con palabras húmedas de
compasión.
Job:--«El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de
desabrimiento...»
Lautréamont:--«Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha
dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!»
Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.
Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos
por los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al
alcohol, a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción
de las matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados
por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fué celeste, y
Lautréamont infernal.
Escuchad estos amargos fragmentos: