Hay un retrato de «Dom Juniperien»--pseudónimo suyo, en el

«Mercure»--que le representa sentado en una vieja silla monástica,

vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende

en una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la

cabeza firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de

las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de

sportman, cuyas guías aguzadas denuncian la pomada húngara. De las

obscuras mangas del hábito salen las manos blancas, cuidadísimas,

finas, regordetas, abaciales.

Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es

raro, rarísimo. ¡Un poeta!

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FRA DOMENICO CAVALCA

No tengo conocimiento de que se haya traducido a nuestra lengua ningún

libro del «primitivo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en prosa y en

verso brilla la luz sencilla y adorable, la expresión milagrosa de las

pinturas de un Botticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno,

quien mejor se ha ocupado en su magnífica Antología, de las traducciones

de obras italianas en idioma español, no cita en las noticias

bibliográficas de su obra el nombre del fraile Cavalca, de cuyas

producciones dice Manni, citado por Francisco Costero, hablando de las

«Vite scelte dei santi padri», que son merecedoras de todo encomio, «non

solamente pel fatto di nostra favella, ma exiandio per la materia stessa

di erudizione, di buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti e di

profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena»: Costero le coloca en el

rango de primer prosista de su tiempo, apoyado en Barretti, y en la

mayor parte de los críticos modernos.

Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo a la inspiración de los

prerrafaelitas, la poesía, la literatura trecentista y quatrocentista,

resuena también en el laud de Dante Gabriel Rosseti, en la lira de

Swinburne. En Francia ha inspirado a más de un poeta de las escuelas

nuevas. Verlaine, Moreas, Vielli Griffin,--quien con su Oso y su Abadesa

ha escrito una obra maestra,--son muestra de lo que afirmo. Ese mismo

Laurent Tailhade, ese mismo poeta de las baladas anárquicas, ha escrito

antes sus «Vitraux», en los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo,

sencillas pinceladas de Fra Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía en

la gloriosa y pura falange de los místicos antiguos.

Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, cuando no hay día en

que no tengamos noticia de una explosión de dinamita de un escándalo

financiero o de un baldón político, bueno será volar en espíritu a los

tiempos pasados, a la Edad Media.

Le Moyen Age énorme et délicat...

He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba el aroma

paradisíaco del milagro, que vivía en la atmósfera del prodigio, que

estaba poseído del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. Antes que

él, Fra Guittone d’Arezzo pedía en un célebre soneto a la Virgen, que

le defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y el inmenso

Dante, en medio de sus agitaciones de combatiente, ascendía por las

graderías de oro de sus tercetos, al amor divino, conducido por el amor

humano.

Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus grandes almas

parece que hubiesen tenido comunicación directa con lo sobrenatural; de

modo que el milagro es para ellos simple y verdadero como la eclosión de

una rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué iluminadores! En la

tela de la vida de un anacoreta, de un solitario, os bordan los

paisajes más ideales, las flores más poéticamente sencillas que podáis

imaginar. La caridad, la fe, la esperanza iluminan, perfuman, animan las

obras. Es el tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos corazones

únicos, para aquellas mentes de excepción, la cruz se agiganta de tal

manera que casi llena todo el cielo. El Padre mismo y la Paloma blanca

del Espíritu están en el resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz

María, pone con su sonrisa una aurora eterna en la maravilla del

Empíreo.

La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas.

Fra Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más

de una obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo

que le ha señalado un puesto único en la literatura mística universal,

son las «Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y

versiones. «Le Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San

Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico

Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal

ingenua gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y

suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No

conozco las otras traducciones suyas de obras diversas, como el

«Pangilingua» o «Suma de Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de

que habla Costero: Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las

«Ammonizione» de San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra Simone de

Cascia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y Vicios.»

La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto,

amor todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La

ternura rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a

escritora como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer

ermitaño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme

si digo que Anatole France ha leído a nuestro autor para escribir

imitaciones tan preciosas como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de

nacre.» Las creaciones del paganismo alternan con las figuras ascéticas.

Pinturas hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la

inocencia, y que en boca de un autor moderno serían demasiado

naturalistas. En la vida de San Pablo es donde se cuenta el caso de

aquel mancebo que, tentado para pecar, por una «bellísima meretriz»,

sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los

dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora.

El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que

habitaba en el Yermo, es página curiosísima.

Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y

de los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e

mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir

para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso

ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le

ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el

nuevo Dios, con el triunfante Cristo.

Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres

fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo

citas históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas

increíbles o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un

semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió,

su cuerpo fué conservado «(insalato)» para que el calor no le

descompusiese, y llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo

el mundo puede dar testimonio.»

Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando

se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las

admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del

Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo

renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria,

del cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado

entre el Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística

conversación, propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en

peregrinación por el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el

cielo con la tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciudad que

encontraron después de muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde

adoraron la santa cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en

Belén, y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a Persia, el

cual imperio recorrieron. Luego van a la India, y empiezan para ellos

los encuentros raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les

rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada en la cual habían

entrado a orar; les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a

Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte de hambre;

Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes obscuros, llenos de

víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo

ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos,

en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma se les aparece

y les conduce. Encuentran una tabla de mármol con una inscripción

referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran escrita la

dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y

caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren nuevas fuerzas.

Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes que parecían

arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir estridentes de

aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen.» Una

voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a Cristo.

Hallaron después a un hombre inmenso--una especie de

Prometeo--encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su clamor

doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en un

lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero--los adjetivos son

del original--vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme

dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles

semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y

pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber

qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a

voi conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con

esta franca indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino.

Hallan en seguida cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de

oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas

agudas. Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid

vuestro camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por

Dios, hasta el día del juicio.»

Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una

visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas--Ezequiel,

Isaías--, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia

cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales.

Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo

innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una

dulzura en el paladar como de miel.

Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un ensueño,

vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba una

agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que

cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su

parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral

era color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba

estrellas, más radiantes que las que vemos en el cielo:--sol, árboles,

frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso

detalle: «la terra medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’

altro rosa.» No concluyen aquí las maravillas encontradas por estos

divinos Marco Polos. Después de verse frente a frente con una tribu

extrañísima--a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera,

gritando,--Dios calma sus hambres y sedes con hierbas que brotan de la

tierra como cayó el maná bíblico del cielo.

Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece

ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha

sido comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la

leche. El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la

mucha vejez casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las

manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se

oía, la piel del rostro casi como una piel seca.»

Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a imitación de los

viejos maestros alemanes. Macario conversa con los peregrinos, después

de reconocer en ellos a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no

proseguir en su intento de llegar al Paraíso.

El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está tan cerca aquel

lugar de delicias donde vivieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero

allá está el querubín con una espada de fuego en la mano, para guardar

el árbol de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, sus

manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes a sus dos leones:

«Hijitos míos, esos hermanos vienen del siglo a nosotros: cuidado con

hacerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día

ruegan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores prodigios.

Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho de sus nupcias, la

propia noche de bodas, para consagrarse al servicio de Cristo.

Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos portentosos; todo

eso hay en la vida del anciano. También él, perdido en el monte, tuvo

por compañero a un onagro maravilloso, después de ser conducido por el

arcángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir luego un ciervo

desmesurado; frente a frente con un dragón, el dragón le llama por su

nombre y le conduce a su vez, mas ya transformado en un bellísimo joven.

Halló una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron sus

compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, un buen trecho, a los

peregrinos, cuando se despidieron del santo eremita.

Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las «Vidas», Fra Domenico

es copioso en detalles. Deben haber consultado sus obras los Bodin,

Gorres, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del Río, para escribir

sus tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad toma el

Bajísimo formas diversas: ya es una mujer bellísima y provocativa; o un

mozo horrible; o surge el diablo en forma de serpiente; y fieras, leones

fantásticos, toros, lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos,

que amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después en otro

capítulo, explícase cómo los demonios pueden venir en forma de ángeles

luminosos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta de cuantas

maneras se le aparecieron: en forma de caballeros armados, o de fieras o

monstruos; de un gigante y de un santo monje. San Hilarión les oye

llorar como niños, mugir como bueyes, gemir como mujeres, rugir como

leones. San Abraham mira a Lucifer en su celda en medio de una

maravillosa luz, o en forma de hombre furioso, de niño, de una agresiva

multitud. A San Macario le tienta en figura de preciosa doncella,

ricamente vestida. A San Patricio le arroja a un fuego demoníaco, del

cual se libra por la oración. Pero casi siempre es en forma de mujer, o

por medio de la mujer que Satán incita, pues según dice con justicia

Bodin: «Satán par le moyen des femmes, attire les hommes a sa cordelle.»

Y es probado.

Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en las «Vite» son las

adorables figuras de las santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de

vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina

que vivió en un monasterio con hábito masculino, como murió Palagia;

María Egipciaca, dulce pecadora que va a Dios y resplandece como una

estrella en el cielo de la santidad; Reparada, que cambia en agua fría

el plomo derretido y entra al horno ardiente y sale intacta.

Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Cavalca siéntese la impresión

de una blanda brisa llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay

algo de infantil que deleita y pone en los labios a veces una suave

sonrisa.

Todas las literaturas europeas tienen esta clase de

escritores--hagiógrafos o poetas,--por desgracia hoy demasiado olvidados

e ignorados.--Raro es un Rémy de Gourmont que resucite y ponga en

maravilloso marco las bellezas del latín místico de la Edad Media, por

ejemplo. No son muchos--no digo entre nosotros; eso es claro--los que

conocen joyeles como las «Secuencias» de santa Hildegarda, y otros

tesoros de poesía mística antigua. Alemania posee el «Barlaam» y

«Josaphat», el cántico de San Hannon, etcétera. Tieck intentó que la

poesía alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas aguas de

Wackenroder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de Dante

Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más de

una picadura de las abejas de Heine.

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EDUARDO DUBUS

Los violines también se callan, los violines que tocaban tan

vigorosamente para la danza, para la danza de las pasiones; los violines

se callan también. Estas palabras de la «Angélica» de Heine, escucháis

al entrar al parque solitario en donde la fiesta tuvo sus luces y sus

cantos.

Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguirnalda con rosas

marchitas el simulacro de la Melancolía.

Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la hora de la partida; ya

las barcas van lejos; ya las marquesas, los caballeros galantes, los

abates rosados van lejos. Callaron los violines y partieron, con su

dulce alma harmoniosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos...

En mes rêves, ou regne une Magicienne,

Cent violons mignons, d’une grâce ancienne,

Vêtus de bleu, de rose, et de noir plus souvent

Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent,

Des musiques de la couleur de leur coutume,

Mais on pleurent de folles notes d’amertume,

Que la Fée, une fleur au lèvres, sans émoi,

Ecoute longuement se prolonger en moi,

El dont je garde souvenir, pour lui complaire,

Et maint joyau voilé d’ombre crépusculaire,

Qu’orfèvre symbolique et pieuse sortis

A sa gloire,

Quand les violons sont partis.

Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas de ensueños del

poeta, oiréis los maravillosos sones de los violines: los azules cantan

la melodía de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las

babilonias de pálido oro que vemos a través de las brumas de los vagos

anhelos; los rosados dicen las albas de las adolescencias, la luz

adorable del orto del amor, la primera sutil y encantada iniciación del

beso, las palomas, las liras; los negros, ¡oh los negros! son los

reveladores de las tristezas, los que plañen los desengaños, los que

sollozan líricos de profundis, los que riman la historia de los adioses,

en una enternecedora lengua crepuscular. Todos ellos mezclan a sus sones

divinos la nota melancólica; todos a su «gracia antigua», agregan como

una visión de desesperanza: así escucha el Hada, una flor en los

labios...

La aparición de Ella, es semejante a una de las deliciosas visiones de

Gachons, ese discípulo prestigioso de Grasset, rosa suave, violeta

suave, un poniente melancólico; la Mujer surge intangible; no es la

Mujer, es la Apariencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos

de las fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; buscan

las lejanías en donde crece el sublime lirio de lo Imposible. Luego la

contemplamos en un jardín hesperidino:

Parmi les fleurs pâles, aux senteurs ingénues,

Qui n’ont jamais vibré sous les soleils torrides,

Elle va le regard éperdu vers les nues.

Son âme, une eau limpide et calme de fontaine:

Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres,

Reflète indolement la rêverie hautaine

Des lis épanouis dans les demi ténébres.

Une angélique Main, qui lui montre la Voie,

Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire,

Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie

L’écho perpétuel de son chaste sourire...

Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un

imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo

de una celeste nieve... Etcétera...

Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los

snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese

presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta

Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea en

ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido.

León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire

joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la

impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur,

pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor

y cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el

lírico envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería

a toda costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores

enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres

jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las

uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas

y ardientes queridas. Era así Dubus.

No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos

colores de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los

violines habían ya partido...

Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio

de ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una

Pravaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un

lirio de poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga

le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba

los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines...

Henri Degrou--otro perfecto desconocido--nos ha contado de él cómo

apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de

Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando

dos cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué

conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo;

periodista clamoroso y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune

Republique» y en la escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria;

poeta en el «Chat Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de

la parvada mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales

brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a

las que no nombro por ser muy conocidas de los «nuevos.»

Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de

moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese,

lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar

algo en que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del

bulevar, de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des

Esseintes», en fin.

Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont

partis»,--libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque

era de subscripción y no se vendía en las librerías,--los pocos, los que

le comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes

poetas de la nueva generación.

Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni

mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y

la cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era

parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto

perfume de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico...

Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la

inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se

desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma:

Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps

Enveloppés de leur linceul de décadence,

Où tante joie est travestie de Mort qui danse,

Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,

Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge

Des griffons prisonniers dans des palais de songe.

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 9 / 15 段