húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que
arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de
cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes
animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es
de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del
invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real
ídolo, como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se
pronuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se
suavizan con una dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después
de la jornada de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado
después de una batalla, tienen hambre.
Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan a
uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan
cuando sus caballos no comen.
Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de
Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la
lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren
a comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y
haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no
se extrañe. Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar
una frase.
Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les contempla,
meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace preguntas. Ha
tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las
campañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza delante
de ellos semejante a una inmortal divinidad. El cura dice a uno:
«--Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?»
El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo...
Dios...»
«--¡Y bien!--grita de repente:
«--¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!»
Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de
Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es
un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de
Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de
Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les
bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.»
Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de
las sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las
cornetas, los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente,
teniente y capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua,
después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en
las pompas radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los
tambores: quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al
emperador; y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y
sus vanidosos gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde
su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne
caballero Murat: y junto con Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el
«petit caporal», príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la áspera
brega, en medio de los choques, de la confusión sangrienta y de la
muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus tambores, adquiere
proporciones legendarias.
Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar
un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se
yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos
cribados.
El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida
militar, y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como
favorecido de la omnipotencia divina;--conquistador victorioso, señor
del mundo, Napoleón,--forman el alma de estos épicos relatos.
Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer,
cual si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica;
ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en
medio de la más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya
son los rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya
es la marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante
los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los
treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por
penachos de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y
fiel, delante del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale,
apretando el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; o esta
orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En
avant, les cadavres...!» o el capellán que parafrasea la Biblia al ruido
de las descargas; o ese cuadro cuya sencilla magnificencia impone,
asombra y encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de la
guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con millones de oro, con
Murillos, con Goyas, con portentos de Velázquez, con encajes de
marquesas y abanicos de manolas; o el león de vida de gato que creía ser
inmortal si no se le mataba con su sable; o el abandono de los caballos,
alas de los caballeros; o el oficial que condecora y el emperador que
aprueba; o el fantasma del «shakó», que se alza para responder con
bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus charreteras, que condecora
llorando a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta:
«Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» o
el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabellón que
marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin, los
cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales
campanas del Imperio!
¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!
La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes:
las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá
lejos! Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo,
terribles, suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como
gorgonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un gran
número de las hijas de España, en su pueblo invadido, un coronel
fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar las cabelleras para adornar
los cascos de sus dragones. Y como una mujer, aullante de dolor como
Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se
los hace también cortar y los pone sobre su cabeza marcial, donde los
hará agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer brilla como una
estrella de virtud y de grandeza, divina suicida, augusta delante de la
muerte. Sucumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; pero
también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, en la casita pobre,
ocho cosacos como ocho bestias fieras.
¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la
vaga, la anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por
los vivacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y
triste como la Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano
perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de
los himnos.
* * * * *
Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un
poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar
de su suelo--por causa de una decadencia tan lamentable como cierta,
falta de fe y de entusiasmo, falta de ideales;--que ve brotar tantas
plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera,
necesita de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como
el de D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los
epicúreos el camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los
triunfos.
Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas,
alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica,
inmensa, el Aguila antigua de las garras de bronce.
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AUGUSTO DE ARMAS
Hace algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en
su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París,
como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en
donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión
nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del
mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su
Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo
espiritual de Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de
la lengua francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles,
donde debía encontrar la expresión de su exquisito talento de artista,
de su lirismo aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y
prestigioso de Banville.
¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y
encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto
de Armas--Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y
entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo.
Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas
palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est
qu’il a fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir,
doit savoir entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers
français qui ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes
nous! voilà ce que dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce
pays ci, et lorsqu’elle disait cela en se mettant les poings sur les
hanches, Henri Heine, qui était un malin, l’a bien entendu.»
Ciertamente, le escribió el gran poeta a Augusto de Armas,--he dicho
eso; pero huélgome de confesar que vos sois la excepción de lo que
afirmé.
Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para
reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al
golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos
hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que
lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como
Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto musical
de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, alaba
la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras maestras y
tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho resonar
desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de «La
Leyenda de los siglos».
Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es
flor de Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los
pocos extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés,
bajo el inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya
hecho en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio;
Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que
se acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy
medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como
Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en sus
versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de sus
poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti.
Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los
casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de
su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente
entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha
logrado hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas,
gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee
porque como Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de
Calibanes; el de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de
García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en
el perfume del jardín de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a
París muy joven, y apenas si tiene de americano el color y la vida que
en sus sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras
fuertes savias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha educado en
Francia; su lengua es la francesa más que la castellana. Parodi, por una
prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso francés; Moreas llegó de
Atenas, histórica hermana de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de
una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, y es un
verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor misterioso y él, la
trinidad azul de la nación del honorable presidente Washington; Price,
no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro, que a pesar de sus
preciosas producciones, y con todo y creerle dominador de la rima
francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, que debe de ser un
cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor que ritma y rima
para solaz de los salones, versos que deben ser impresos en ediciones
ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la
diplomacia.
Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la
unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la
luminosa Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del
arte, llevó al suelo francés la representación de nuestras energías
espirituales, y Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y
gloria de nuestra gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua
de fuente americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse
una corona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard.
¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto,
y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la
gehenna? ¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la
historia, da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace
arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado
como una mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha
diaria, viendo a cada paso el miraje de la victoria y no abandonado
nunca de la bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros, encontró
consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable
Leconte de Lisle, a Mendés y a José María de Heredia, los momentos
dichosos que podían dar al joven americano, alimentando su sueño, su
noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron generosos y llevaron
a la cama del hospital en que sufría el pálido bizantino de larga
cabellera, el consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos diré dos
nombres para que ellos sean estimados por la juventud de América: es el
uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el otro M. Aurelio
Soto, expresidente de la república de Honduras.
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LAURENT TAILHADE
Rarísimo. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho
respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se
entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto,
sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo
mediocre.»
Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los
éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas,
supongo que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión
de su familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a
Tailhade en el «quartier.»
Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro
poeta cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus
versos, por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió.
Poco más o menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que
antes solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de
subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera
boga; aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni
podrían ser para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y
Cuales. El cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista
de esta manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando
un hermoso caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro.
Resultado: Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca
toda la dentadura.»
Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al
lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada
del bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que
importaba poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su
actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo,
al gesto y actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las
manos áurea cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio
de la sacra Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues
bien, el apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando
estalló la nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en
tierra, perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios
ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y
actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay
providencia.»
¡El «amado Tailhade», anarquista!
El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso
ir al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será
anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la
misma democracia, huele mal?
Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de
quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor
Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula
está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel
apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es
la siguiente:
A Madame
La Comtesse Diane de Beausaq
L. T.
Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe
de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y
pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó
que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a
Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de
quien hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de
cien Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos
burilados, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ
D’Or» en homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un
homenaje sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas
adornadas con los diamantes de las custodias, labradas en el oro de los
altares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora,
no se muestra el resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de
Verlaine; son obras inspiradas en la belleza del culto cristiano, del
ritual católico.
Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de
insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha
igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna
lengua, por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento
de las hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado
profano, es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax...
¿Le perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas
ha debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos
de la iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de
Godeschalk y las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos
dejó la perla de la Salve Regina.
Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado imitando a Adam de
Saint-Víctor.
Ejemplo:
¡Saivi vincia! ¡fulge lemur!
Amor nunc foveamur:
Per te, virgo, virginemur.
Sus «Vitraux» son comparables a los de las antiguas catedrales. En ellos
la Virgen conversa ingénuamente con el encantador serafín:
Les calcédoines, les rubis
Passementent ses longs habits
De moire antique et de tabis.
Ses cheveux souplets d’ambre vert
Glissent comme un rayón d’hiver
Sur sa cotte de menu-vair.
¡Oh! ses doigts frêles et le pur
Mystère de ses yeux d’azur
Eblouis du pardon futur!
Tremblante elle reçoit l’Ave.
Par qui le front sera lavé
De l’antique Adam réprouvé.
«Emperière au bleu pennon,
Sur le sistre et le tympanon,
Les cieux exaltent ton renom.
¡Toi de Jessé royal provin,
Pain mistique, pain sans levain,
Font scellé de l’Amour divin!
¡Toison de Gédéon! ¡Cristal
Dont le soleil oriental
N’adombre pas le feu natal...!
La letanía continúa magnífica y preciosamente encadenada. Delicado,
perfumado con mirra celeste, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco de
un himno en la fiesta de la purificación:
Quia obsequentes oferunt
Ligustra et alba lilia.
Candor sed horum vincitur
Candore casti pectoris.
Siempre la Reina Virgen, la «Mère Marie» de Verlaine--¡y de todos los
que sufren!--aparece radiante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que
cantó el Profeta. Todos los bálsamos de consolación brotan de ella:
todos los perfumes: el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la
Esposa del Cantar de los Cantares.
Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que reproducir. Para él no
habría traducción posible en verso castellano.
Es este:
Dans le nimbe ajouré des vierges byzantines,
Sous l’auréole et la chasuble de drap d’or
Où s’irisent les clairs saphirs du Labrador,
Je veux emprisonner vos grâces enfantines.
¡Vases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d’Endor!
¡Maître-autel qu’ont fleuri les roses de matines!
Coupe lustrale des ivresses libertines,
Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’endort.
¡Des lis! ¡des lis! ¡des lis! ¡Oh pâleurs inhumaines!
¡Lin des etoles, chœur des froids catéchuménes!
¡Inviolable hostie oferte à nos espoirs!
Mon amour devant toi se prosterne et t’admire,
Et s’exhale, avec la vapeur der encensoirs,
Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe.
Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basílicas a arrancar los
mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida. Podría
citar exquisitas muestras de este volumen admirable; pero sería alargar
mucho estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poética. Hay en
ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas veces se pregunta uno:
¿es esto Banville? Prueba:
C’est un jardin orné pour les métamorphoses
Où Benserade apprend ses rondeaux aux Follets,
Où Puck avec Trilby, près des lacs violets,
Débitent des fadeurs, en adorables poses.
Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima. Pero
en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la
magnífica realeza de ese «anarquista.»
Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal
Apolo.
En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña,
con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas
palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...»
Laurent Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas
«Lettres de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha
derramado en una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero
de enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y
jovial. Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas;
¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se
ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y
bufonesco, burla a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las
palabras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo
opuesto de sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches
literarias de la «Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un
elegante volumen ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos
políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan,
...C’est Peladan-Tueur-de Mouches...
Quand Peladan coiffé de vermicelle...,
ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas;
ya la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma
como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de
Vaillant.
Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza,
valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo
mismo que en el fulminante Bloy.
Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su
figura es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.