grandemente y que según se dijo había sido condenada por la justicia. No
se trataba de uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al
editor Kistemaekers, en los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de
esas cajas de bombones afrodisíacos a lo Mendés, llenas de cintas,
aromas y flores de tocador. Se trataba de un libro de demonómana, de un
libro impregnado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo fondo
no había sospechado en los manuales de los confesores: una obra
complicada y refinada, triple e insigne esencia de perversidad. Libro
sin antecedentes, pues a su lado arden completamente aparte, los
carbones encendidos y sangrientos del «divino marqués», y forman grupo
separado las colecciones prisioneras y ocultas en el «inferi» de las
bibliotecas. Este libro se titulaba «Monsieur Venus», el más conocido de
una serie en que desfilan las creaciones más raras y equívocas de un
cerebro malignamente femenino y peregrinamente infame.
Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y adorable virgen, de
diecinueve años, que apareció a los ojos de Jean Lorrain, que fué a
visitarla, como un sér extraño y pálido, «pero de una palidez de
colegiala estudiosa, una verdadera «jeune fille», un poco delgada, un
poco débil, de manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave de efebo
griego, o de joven francés enamorado... y ojos--¡oh los ojos!--grandes,
grandes, cargados de pestañas inverosímiles, y de una claridad de agua,
ojos que ignoran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos
ojos, sino que tiene otros detrás de la cabeza para buscar y descubrir
los pimientos rabiosos con que realza sus obras.»
Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sembradora de
mandrágoras, la cultivadora de venenosas orquídeas, la juglaresa
decadente, amansadora de víboras y encantadora de cantáridas, la
escritora ante cuyos libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en
una increíble alucinación, los buscadores de documentos que escriban la
historia moral de nuestro siglo. Los pintores potentes, dice Barbey
d’Aurevilly, pueden pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante
moral cuando es trágica y da el horror de las cosas que manifiesta. No
hay de inmoral sino los «Impasibles» y los «Mofadores.»
Rachilde no es impasible ¡qué iba a serlo ese crujiente cordaje de
nervios agitados por una continua y contagiosa vibración!--ni es
mofadora,--no cabe ninguna risa en esas profundidades obscuras del
Pecado, ni ante las lamentables deformaciones y casos de teratolología
psíquica que nos presenta la primera inmoralista de todas las épocas.
Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno de blandura, de
delicadeza, de suavidad, una fiesta eucarística, una pascua de lirios y
de cisnes. Entonces un diablo,--Behemot quizá,--el mismo de Tamar, el
mismo de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mismo de Sade,
el mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel sueño casto y blanco
hace brotar la roja flora de las aberraciones sexuales, los extractos y
aromas que atraen a incubos y sucubos, las visiones locas de incógnitos
y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo
misterioso en que se juntan y confunden el amor, el dolor y la muerte.
La virgen tentada o poseída por el Maligno, escribe las visiones de sus
sueños. De ahí esos libros que deberían leer tan solamente los
sacerdotes, los médicos y los psicólogos.
Maurice Barrès coloca «Monsieur Venus», por ejemplo, al lado de
«Adolphe», de «Mlle. de Maupin», de «Crime d’Amour», obras en que se han
estudiado algunos fenómenos raros de la sensibilidad amorosa. Mas
Rachilde no tiene, bien mirado, antecesores,--a no ser la «Justina»,--o
ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los
bibliófilos del amor, o del Líbido, como el Inglés que anima D’Annunzio
en su «Piacere.» Apenas podrían citarse a propósito de las obras de
Rachilde, pero colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas
novelas de Balzac, la «Religiosa» de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo
Har» de Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Rachilde, pero es un
pintor, un aguafuertista, no un escritor: Felicien Rops. Los que
conozcan la obra secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán
que es justa la afirmación.
El mayor de los atractivos que tienen las obras de Rachilde, está basado
en la curiosidad patológica del lector, en que se ve la parte
autobiográfica, en que se presenta al que observa, sin velos ni ambajes,
el alma de una mujer, de una joven finisecular con todas las
complicaciones que el «mal del siglo» ha puesto en ella. Barrès se
pregunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado delante de sí a Rauole de
Vénerande y Jacques Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación han
salido esas creaciones equívocas? Es en verdad el problema atrayente y
curioso. No hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de
ondas atávicas que han puesto en este delicado sér la perversidad de
muchas generaciones; en el despertamiento, descubrimiento o invención de
pecados antiguos, completamente olvidados y borrados del haz de la
tierra por las aguas y los fuegos de los cielos castigadores.
Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las
infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La
femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires
bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort»,
«La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis»,
«L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece
que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos,
rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados
genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en
latín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada
transparencia, y los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser
expuestos a la luz del sol.
Los tipos de sus obras son todos excepcionales.
Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los
otros suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven
que ha asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero,
cuenta y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel
acto. La figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las
mejores creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como
inverosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un
análisis psicológico admirable.
Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se
circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y
la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que
simboliza a Madama la Muerte!
Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la
anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano
llevada a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de
esqueleto; se miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos
están hundidos en las cuencas.
El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas
pesadillas, en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a
la víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente
como si se apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y
espantoso olor de la cadaverina...
La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es
el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos
de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie
de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se
enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare:
A womans’s face, with natures own
hand painted...
Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y
terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según
él por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques,
ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de
clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del
florista la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing
le colocaría entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio
sexus paranoia.»
El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su
irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también
penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las
«Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como
Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos:
...des mots si specieux tout has
que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne.
Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los
secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de
los llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y
desconocido, antinatural, prohibido, peligroso.
Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo
el cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la
nuca, como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda
pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada!
mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y
ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda
ella el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el
pecho blanco, prendido con descuido, hay un ramillete de botones de
rosas blancas.
Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por
no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha
engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de
veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.
Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de
producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas.
Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza;
las faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la
revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu»
teatral, ya una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la
firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro
talento. Tiene palabras especiales que os descubren siempre algo
ignorado y «sobre entendido» de una sutileza y malicia que inquietan.
Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos,
los convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia
Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos!
«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito:
la humanidad indiferente.»
Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre--dice a propósito
de un libro de su amiga María Krysinska--es un encantador «non sens», es
un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las
mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No
veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta
su última licencia!»
En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne
connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.»
Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la
noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza
dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para
demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y
si buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre
romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph
Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de
las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer»,
«Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la
volupté unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le
mal. Et l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se
trouve toute volupté.»
En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas--como antes
«moneurs de loups»--pues en nuestra época llamada moderna, mil veces más
siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil
veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas
carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos
principios, abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los
precursores del Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los
tiempos están próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con
una asombrosa rapidez sobre el sombrío horizonte!
Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella
comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría
el profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio!
¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...?
Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que
escribió con el título: «Imagen de Piedad.»
Es la que sigue:
«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre
buen hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega
del mes de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos,
cuyos huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca.
Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le
habían puesto la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan
enfermo como él y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!»
En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como
un deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí
estúpidamente plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó,
afirmándose sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con
sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus
cordones floridos, con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»;
inflando sus mejillas bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote,
vestido de un inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a
través de una custodia de fuego...
Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa;
ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo
hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos
séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.
El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó
su gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas
demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja
de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron
abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues
hacía un calor espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo
con sus dientes de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el
animal en el campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no
osando ni uno ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con
llamas. La procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se
acercaba al próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas
nuevas de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no
volvería el viejo de su asombro de haber visto una tan enorme
muchedumbre de cristianos bien puestos. En fin, llegó el momento en que
pasaron los cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de pecho,
los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las
muletas, que tomaba rapé cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía
la manía de plantar su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde.
Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas
doloridas, conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía
ya lo que hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una
cuerda invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que
corría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de
viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy
chico, antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote
con vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del
incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado
tras las mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario;
había tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes
latidos de corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de
las casullas, con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su
prometida... y después, no se acordaba mucho, los años corrían todos
iguales, como las tocas blancas, como las alas palpitantes de todas esas
cabezas de mujeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del
cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el
menos digno, tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el
objeto de su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro
del cántico; los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con
aire de resignarse, pues que se iba al paso...
Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles
escandalizados. Se le enviaban muchachos para decirle que se
volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín!
Circulaban risas de muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el
señor cura, no quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo
que venía a murmurarle su sacristán al presentarle el incensario.
La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de
la iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta.
Entrar con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los
pollos, la manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su
parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los fieles,
cargados de pecados, sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo
el vencedor relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el
pobre viejo se signó, descubierta su frente, una última vez, ante la
ojiva sombría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa
obscuridad temible una extraordinaria aparición: del fondo de la
iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura asombrando a sus
feligreses endomingados, el cura con su casulla luminosa, aureolado de
estrellas, de cirios, nimbado de las nubes del incienso... y el
sacerdote, con una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras
sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, la custodia de
allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que lloraba de alegría,
sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pendían, ¡ay, tan
lastimosamente...!»
* * * * *
Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que
hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa,
habría sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué
casuísta, qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este
caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo
campesino y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por
ella... ¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del
cerdo?
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GEORGE D’ESPARBÉS
Como el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de
poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado
delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser
indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama
de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George
D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París.
Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas,
literatos, poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea
calumnia levantada contra la juventud literaria de Francia, que ha sido
tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo.
Para ello, y con motivo de la nueva publicación de «Toute la Lyre»,
organizaron un banquete que tuvo la correspondiente resonancia; un
banquete que pudiérase llamar de desagravio.
Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario--viejos
románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita
flor de discordia--a pistola, treinta pasos, sin resultado--un duelo
entre Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran
excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia
cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución
internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea
poético-gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras.
En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el
ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de
los vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está,
corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros,
y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el
nombre de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él,
que ama la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa
llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de
Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por
unos segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un
despacho telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado
D’Esparbés.
¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere.
Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis
envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo
eterno de Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de
palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés
no hay duda de que «reconocerá» su telegrama.
Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica.
La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que
D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento
está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana
realidad se confunden.
No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un
toque de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de
clarines, hacen rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a
veces un cántico, un trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria.
También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas
que tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es
un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el
poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura.
Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de
cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea
el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el
campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra
vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en
mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan
orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos
androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe
temblar alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada.
Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo;
tal escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta,
terrible y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una
sencillez serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin
que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que
vemos a Marius asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al
viento y a la noche.
D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y
peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos
los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte
deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías
artísticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es
para él un rico material con que pinta, esculpe, suena y maravilla.
Batallista de primer orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en
impresiones y sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe
actualmente quien puede igualarle--alguno diría superarle--en campo
semejante, es un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de
los «Episodios Nacionales.»