Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios,

con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a

Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle;

ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de

cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café

seguido de una cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de

Verlaine, que ve de reojo al fauno maldito; ya el recitador de sus

propios versos, que se alaba pontifical y descaradamente, delante de un

concurso asombrado o burlón. Después de todo, la mala voluntad ha

quedado vencida. No hay sino que reconocer en el autor del «Pelerin

Passionné», a un egregio poeta. «El único,--dice el escritor

holandés,--que en todo el mundo civilizado puede hablar de su Lira y de

su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos rumbos antes de

seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de las letras,

como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta

cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus hijos los

parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del

naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de

ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus

enamorados de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart.

Artistas, ante todo, eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del

Arte.

Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados

por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y

curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros

combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que

sostener el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables

ataques de los contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus

baterías sobre los recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en

su burla, desde las columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con

tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros

proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles

Morice; y pintaba a los odiados reformadores, con colores chillones y

extravagantes perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de

histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran

según el crítico, sentidas y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de

Tartaria, o de no sé dónde, en un bello verso? Pues eso era muestra de

un innegable desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de

deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la

salud, de la alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde

tranquilo y bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los

diarios que no había motivo para tanta algarada; que el distinguido

señor Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por alegres

desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen vino, y eran

poco afectos a las caricias de la diosa Morfina; que preferían beber en

vasos, como el común de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos;

y que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y de las

brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Melancolía, de la Risa gala,

su gorda y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron,

Goethe, Lamartine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan visto

en la vida una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el campeón de

las lágrimas. Después se ocupó de la exterioridad de la poesía decadente

y expuso sus cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro» un

manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolución, la

anunciación «oficial» del simbolismo. Los simbolistas eran para los

románticos rezagados y para el naturalismo, lo que el romanticismo para

los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de la joven falanje, nietos

de Víctor Hugo?

Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del

simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su

teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por

Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que

distinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas,

con caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto

hace ya algunos años.

Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus

primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía

seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las

alas, y para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos

documentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como

todo verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las

inextrincables montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en

el «The chez Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras

escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios

son ya un augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche

de intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada

pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de

ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al

último «Pelerín?» Claro está.

«He crecido»,--dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada de

Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas ilustres la

cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar los

quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los tanteos

de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y potente?

El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y

regio de los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de

esos primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente

escritas por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en

la primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que

la orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema

poliformo modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible

aquella magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien

rimadas en estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios,

luciente de los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la

pasión y de la juventud.

Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la

poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores,

instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía.

Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!» Clama

Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora de

esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de

los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido,

al cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del

sonador. El viene después del enfermo René y del triste Olimpio.

Es el invierno. Arde en la chimenea

El fuero brillador que estalla en chispas,

como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. Fuera pasan los

vientos de la fría estación. Dentro, el gato mayador se enarca y se

estira lánguidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada de los

cortinajes.

Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las ternuras acabadas y

los amores difuntos. El recuerdo vuela primero al divino país de Grecia.

Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de

amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pórticos; donde en

el follaje argentado de los árboles de torsos flacos, crepitan las

agrias cigarras, ebrias de las copas del Estío.» Es en la tierra de las

olímpicas divinidades y, de las musas, donde la virgen helénica, de

florecientes senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el

embriagador vino del primer beso sobre sus labios secos de sed. Luego

pasará la dama enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va en una

barca mágica o en una góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire

los «pizzicatti» de las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño largo

tiempo acariciado, la dama que se yergue como una flor, con su falda de

brocatel, cual pintado por el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas

fatales, reinarán siempre, bajo apariencias distintas. Si un rostro de

niña rubia se asoma a la ventana, será la pálida Margarita. En un

paisaje duro y vigoroso, al canto de las cascadas, brotará la forma de

una catalana, de pie pequeño y ojos brilladores; y en París,--seguramente

en un decorado de cámara privada,--ríe la serpentina parisiense, bajo su

sombrero florido.

Y es en ese instante, cuando el poeta casi siempre casto, pone el oído

atento a la lección del encendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus

ramilletes galantes en los parques ducales, cerca de los viejos

chambelanes que madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de

labios de bacante y ojos de madona, que cruza semejante a la vaga figura

de un mito, en tanto que las harpas dejan escapar un trémulo acorde en

el salón de las armaduras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus

alas la frente del vate recordándole las futuras apoteosis de la Gloria.

Nuestros ojos se detendrán ante un retrato de mujer, esfíngico y

encantador, o veremos al enamorado dedicar, adorador de unas blancas

manos, perlas a los dedos liliales. Querrá también, tentado como

Parsifal, ofrecer sacrificios a la Venus carnal y matadora; pero

protegido por especial virtud, cual por un Graal Santo, volverá a flotar

en el azul de la eterna idealidad. En el claro de la luna, un beso. El

amor que soñará será triste y sollozante, lleno de meditaciones y

furtivas caricias. Canta su amargura delante de la triunfal beldad, y, a

pesar de la obsesión de los deseos clandestinos, y del soplo impulsivo

de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y místico ambiente. El

sueña con la bella vida del amor invencible. La canción invernal

languidece en las cuerdas. La amada y el amado están cerca de las llamas

de oro de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido pintor, donde

en una fiesta de colores corre el agua de una fuente, bajo un toldo de

hojas; se alza a lo lejos, la montaña, y, en primer término, bajo el sol

del trópico, grandes bueyes blancos,--como los del robusto Pierre

Dupont,--elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes cuernos. La

feliz pareja sólo soñará un instante, pues pronto llega la amarga onda a

invadir los corazones. Los corazones sangran martirizados como en los

versos de Heine; el invierno será tan sólo nuncio de penas y de

desiluciones; los besos han partido como pájaros en fuga; las rosas

están marchitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos, en vano

buscarán la mística figura. Es un cuento de amor, un cuento otoñal,

escuchado cuando el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas

de los árboles deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy wagneriano. Muy

bello.

De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una visión que presto

desaparece. Son las negras cabelleras, los talles, las caderas

harmoniosas, las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y las manos!

Esta deliciosa parte de la escultura femenil, atrae especialmente a

Moreas. ¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de Diana

encombando un arco, o de Ana de Austria deshojando una rosa, o vertiendo

en una copa de plata un poco de sangre moscatel!

Carmencita, la española, desfila, mas no como era de esperar, en un paso

de cachucha o en un giro de fandango; a esa hechicera meridional, canta

el poeta un lied del norte.

Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al brillo aurisolar de la

custodia, o en el aposento tapizado de rosa y aromado de lilas; y como

divino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave azul que resucita

las esperanzas; pero la cual buscara en vano el náufrago, pues volará

hacia esas sirtes en que el propio piloto ha buscado el naufragio. Hasta

el final de este primer libro se siente el influjo del desencanto. Mas

aun, la sombra de Baudelaire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que

aprendió a amar y a cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras,

relámpagos de satanismo. El se pregunta:

Quel succûbe au pied bot m’a t-il donc envouté?

Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar en el jardín del

soñador, las plantas que producen las flores del mal. Y sobre el suelo

en que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse a la luz del claro

sol, las huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, o

el demonio. La pobre alma quiere librarse de las llamas libertinas, de

las larvas negras, de las salamandras invasoras. Lamenta la pérdida de

la alegría de su corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el

que ha agitado las alas un mal vampiro. El tenderá sus brazos a la

naturaleza y al Oriente divino. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun

más, incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus trompetas

cabalísticas auguran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy

bellas y luminosas, pero caóticas, como una puesta de sol en nuestros

cielos americanos, en que la confusión es el mayor de los encantos.

La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas juveniles, cuando

Julieta nos canta con su dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No

te vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nuevo período. El traje

del caballero es de un tono más obscuro. La espada siempre pende al

cinto; se nota el triunfo de los terciopelos sobre los encajes. Ha

sufrido el joven caballero griego. No son por cierto notas alegres las

que primero escuchamos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen

vestiduras de duelo. La pena del placer perdido hace demandar las voces

arrulladoras y los aromas embriagantes; el jardín de Fletcher decorado

por la musa sonámbula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera

de duelo, de llanto, casi de histerismo, y una luz espectral sirve de

sol, o mejor dicho de luna.

Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte

qui tombe, et que je sois à l’abri de la syrte

où j’ai fait si souvent naufrage près du port.

Así canta el mal herido de desesperanzas.

Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no llegan todavía. El

va cerca de la mar, de la mar femenina y maternal, a dejar en sus

riberas lo que queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la

púrpura de su orgullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el

interludio parece que quisiera entregarse a la felicidad de una alegría

ficticia. Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado y querido

Campoamor, toca la gaita y rige las danzas con el alma apuñalada de

pena. Gestos, expresiones, impresiones fugaces, paisajes nocturnos en

una calle parisiense; y en las estrofas una mezcla de vaguedad germánica

y de color meridional.

El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es escuchado por el cantor

nostálgico, a la luz del gas de París.

Preséntasenos también una legendaria escena nocturna que ya habíamos

visto, lector, acompañada por blanda música, gracias al inmenso cordaje

de la lira de Leconte de Lisle. Los Elfos del norte cantan coronados de

hojas perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada viene en su

caballo negro, haciendo espejear su casco argentino a la luz de la luna.

Es osado, y sus armas no han conocido nunca la vergüenza de las

derrotas. Su corcel va como si fuese alado, a las punzadas de las

espuelas de oro. El caballero muere vencido en las «Odas bárbaras.»

El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a ver y cuyo caballo

apenas se oye galopar, no es aprisionado por el encanto. En el instante

del nacimiento de la aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es

la silueta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la frente en

las manos.

Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Después de tanta

niebla, halaga por una visión de claros ríos y de puentes pintorescos.

El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes musicales, desfilan una

marquesa enamorada y un envuelto capuchino. Moreas es un exquisito

grabador de viñetas. Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste

sus personajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de ese

conocedor de todos los refinamientos.

«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas; pocas, pero admirables,

cortas, pero conmovedoras. El klepto siente volver a su memoria las

narraciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, vencedora en su

fidelidad; y, tal como se sabe en las narraciones de la isla de Candia,

la mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y que después

sufre el castigo de sus crímenes. En esta sección nos deleita el errante

perfume de la fábula, las ingenuas repeticiones de versos y de palabras

de los poemas primitivos, los metros apropiados a la música de las

danzas; y nuestro asonante español, aplicado en estrofas cortas, y en

argumentos donde aparece algún héroe de gesta o alguna princesa de

tradición, en sangrientos sucesos de antiguos adulterios y de incestos

inmemoriales. Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de

Amadis; armaduras que se entrechocan en la sombra medioeval.

En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la región de los

conceptos puros, nos sentimos envueltos en una sombra absolutamente

alemana. Su metafísica adormece. Subimos a alturas inaccesibles,

rodeadas de obscuridad. Felizmente pronto entramos al reino encantado de

las ficciones portentosas. Raimondin, corre a nuestra vista, en su

cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve en su sutil polvo de

plata. Los castillos del tenebroso encantamiento se deshacen y la

Enteléquia, desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No es sino

en una fuga crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, el enano

Fidogolain, «que, ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas», y la

Muerte, la Thanatos cabalgante, que exige para el contorno de su

esqueleto el lápiz visionario de Alberto Durero.

Refiriéndose a la concepción que de la dignidad de su arte han tenido

dos ilustres prerafaelistas ingleses--casi huelga nombrarlos: Rossetti y

Burne Jones--dice un escritor britanico que la desventaja única de la

elevación aristocrática de su ideal es la de ser incomprensible excepto

para unos pocos. Algo semejante puede afirmarse de la obra de Moreas.

Tal como los ritos musicales de Beyruth, Meca de los wagneristas, o como

las excelencias delicadas del arte pictórico de los primitivos, las

poesías del autor del «Pelerin Passionné» necesitan para ser apreciadas

en su verdadero valor, de cierto esfuerzo de intelecto, y de cierta

iniciación estética. «Autant en emporte le vent» fué escrito de 1886 a

1887. Es en ese librito donde se encuentran las que se podrían llamar

primeras manifestaciones quatrocentistas de Moreas. Madeleine, Agnes,

Enone, son encantadoras figuras del siglo décimoquinto; sus facciones

exigen la humana sencillez y al propio tiempo la milagrosa expresión de

un Botticelli. La Edad Media es para nuestro poeta como para Dante

Gabriel Rossetti, familiar y amada, y los sujetos que ella le sugiere,

son plausiblemente idealizados, sin una tacha anacrónica, sin una falta

o debilidad en la idea íntima ni en la ornamentación exterior.

El espíritu vuela a los tiempos de la caballería. Leyendo los poemas

medioevales de Moreas se comprende el valor del conocido verso de

Verlaine:

... le Moyen âge énorme et délicat...

El poeta vive la vida de los príncipes enamorados, de los guerreros

galantes. Los lugares que se presentan a nuestra vista son los viejos

castillos tradicionales y poéticos; o alguna decoración que aparece como

por virtud de un ensalmo, o del movimiento de la mano de una hada. Las

parejas llenas de amor, cortan flores en fantásticos parques. Tras un

rosal se alcanza a ver de cuando en cuando, ya la joroba de un bufón, ya

la cola irisada de un pavo real. «Agnes» es una deliciosa y extraña

sinfonía. Las estrofas están construídas de mano maestra, y el alma

atenta del artista se siente acariciada por la repetición de un suave

«leit-motive.»

La poética de Moreas está definida en estas cortas palabras del maestro

Mallarmé:

«Une euphonie fragmentée, selon l’assentiment du lecteur intuitif, avec

une ingénue et precieuse justesse...»

En resumen, Moreas posee un alma abierta a la Belleza como la primavera

al sol. Su Musa se adorna con galas de todos los tiempos, divina

cosmopolita e incomparable poliglota. La India y sus mitos le atraen,

Grecia y su teogonía y su cielo de luz y de mármol, y sobre todo, la

edad más poética, la edad de los santos, de los misterios, de las

justas, de los hechos sobrenaturales, la edad terrible y teológica; la

edad de los pontífices omnipotentes y de los reyes de corona de hierro;

la edad de Merlin y de Viviana, de Arturo y sus caballeros; la edad de

la lira de Dante, la Edad Media. El nombre del «Pelerin Passionné» está

tomado de Shakespeare. La colección de versos amorosos de Moreas no

tiene con la del poeta inglés ningún punto de contacto, como no sea el

pertenecer al mismo género, al erótico, y el empleo de variedad de

metros y de caprichos rítmicos. Shakespeare usa desde el verso que

equivale en inglés a nuestro endecasílabo español:

When my love swears that she is made of truth,

hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos:

Beauty truth and varity

grace in and simplicity

here enclosed in cinders lie.

Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando

a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con

una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto,

no han dejado de producir escándalo en la crítica oficial.

La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que

presidió Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de

la obra del joven luchador, que en aquellos instantes representaba el

más bello de los sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas

creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por la senda del

Peregrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra en el poema un rico

manto constelado de rimas como piedras preciosas, en una gradería de

estrofas de pórfido, y del más blanco pentélico, el caballero Joë,

meditabundo, que en revista mental, mira el coro de beldades que guarda

en su memoria, entre las cuales: Madame Emelos, la castellana de

Hiverdum que se llamaba Bertranda, y Sancha que engañó al amante con

tres capitanes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul.

En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin

temor a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga.

Alaba el arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la

tradición latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de

Pindaro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgullo

de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. Sus alegorías pastorales

son un escogido ramillete eclógico, con más de una perla que no sería

indigna del joyero de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un

clamor de trompas, y percibimos una bandera agitada por un fuerte brazo,

es que la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros las nieblas

hiperbóreas y los dioses de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro

bravo caballero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida es

Minerva: la misma que protegerá al editor Vanier,--según sus

editados,--y le hará ganar tanto dinero como Lemerre; y el abanderado,

que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el caballero

Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer libro

pastoral» es su mejor hoja de servicios.

Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por Casandra

una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos

Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce

Butineront un miel français.

Y con Racine exclama:

Je me suis applaudi, quand je me suis connu...

Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando escribir en los

diarios, enemigo del reportaje; en una existencia independiente, gracias

a su familia «reconciliada ya con las rimas», como dice Mendés;

ignorando que existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el

socialismo. No ha parido hembra humana un poeta más poeta...

[imagen: RACHILDE]

[imagen]

RACHILDE

Tous ceux qui aiment le rare, l’examinent

avec inquiétude.

_Maurice Barrès._

Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único

esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un «caso»

curiosísimo y turbador, de la escritora que ha publicado todas sus obras

con este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de decadencia picantemente

perfumada, misteriosa y hechicera y mala como un pecado.

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 6 / 15 段