«Este cantor, de toisón y negro rostro ambarino, ha resuelto parecerse a

un príncipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, sin

llamar la atención, un montón de perlas, de rubíes, de zafiros y de

crisólitos. Sus cejas rectas casi se juntan, y sus ojos hundidos, de

pupilas grises, estriados y circulados de amarillo, permanecen

comunmente como durmientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de

acero. La nariz pequeña, casi recta, redondamente terminada, tiene las

ventanillas móviles y expresivas; la boca pequeña, roja, bien modelada y

dibujada, finamente voluptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos,

blancos, bien ordenados, sólidos como para comer hierro; dan una

original y viril belleza al poeta de las «Caricias.» La largura

avanzada de la mandíbula inferior, desaparece bajo la linda barba rizada

y ahorquillada; y ocultando sin duda una alta y espaciosa frente, de la

cima del cráneo se precipita hasta sobre los ojos una mar de hondas

apretadas: es la espesa y brillante y negra y ondulante cabellera.»

Confrontando esta pintura con la agua-fuerte de León Bloy, la fisonomía

adquiere sus rasgos absolutos: sea al amor de aquella cariñosa efigie, o

al corrosivo efecto de los ácidos del panfletista, la figura de Richepin

es interesante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene a orgullo el ser

turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace sus versos a su imagen y

semejanza, bien vertebrados y musculosos; monta bien en Pegaso como

domaría potros en la pampa; alza los cantos metálicos de sus poemas como

un hércules sus esferas de hierro, y juega con ellos, haciendo gala de

bíceps, potente y sanguíneo. En el feudalismo artístico en que Hugo es

Burgrave, Richepin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno asorda el

bosque y a cuyo halalí pasa la tempestuosa tropa cinegética, en un

galope ronco y sonoro, tras la furia erizada y fugitiva de los jabalíes

y los vuelos violentos de los ciervos.

Los que le colocan en el principado del «cabotinismo», ¿no creen que

tenga derecho este hombre fuerte a cortarle la cola a su león?

No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, desde la catapulta de

Bloy hasta las flechas rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos

resiste, acorazando su carne de atleta con las planchas de bronce de su

confiada soberbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las

mujeres andaluzas, princesas de los claveles: de sus instrumentos el

tímpano y la trompeta; de sus bebidas el vino, hermano de la sangre; de

sus flores las rosas pletóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos

y los fósforos. Como Baudelaire, revienta petardos verbales para

espantar esas cosas que se llaman «las gentes.» No de otro modo puede

tomarse la ocurrencia que Bloy asegura haber oído de sus labios,

superior, indudablemente, a la del jardinero de las «Flores del Mal»,

que alababa el sabor de los sesos de niño...

La «chanson des gueux», fué la fanfarria que anunció la entrada de ese

vencedor que se ciñó su corona de laureles en los bancos de la policía

correccional. «Mon livre n’a point de feuille de vigne et je m’en

flatte.» Voluntariamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en

las turbas de los perdidos, repite las canciones de los mendigos, los

estribillos de las prostitutas; engasta en un oro lírico las perlas

enfermas de los burdeles; Píndaro «atorrante» suelta las alondras de sus

odas desde el arrollo. Los jaques de Quevedo no vestían los harapos de

púrpura de esos jaques; los borrachos de Villón no cantaban más

triunfantemente que esos borrachos. Cínica y grosera, la musa

arremangada baila un «chahut» vertiginoso; vemos a un mismo tiempo el

Moulin Rouge y el Olimpo; las páginas están impregnadas de acres

perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres cantan la canción del oro;

el coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en rimas joviales,

se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y embriagada, danza un

prodigioso paso, y de Orión y Arturo forma sus castañuelas de oro. La

creación tiene su himno; las bestias, las plantas, las cosas, exhalan su

aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan con los ancianos

limosneros; el son del pifferaro responde a la romanza gastada del

organillo. Oid un canto a Raul Pouchon, valiente cancionero de París,

mientras rimando una frase en griego de Platón, se prepara el juglar a

disculparse de su amor por las máscaras, apoyado en el brazo de

Shakespeare.

Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos «gueux» la que ha sonado

en la bocina de Richepin, y que su sentimiento popular es falsificado;

el mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le aplaude con

reservas y señala su falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos

poeta a quien ha revestido con las más bellas preseas de la harmonía el

poema vasto y profundo de los miserables.

En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutante, al organista del

verso; acuña sonetos como medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el

vigor; chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y prestigiosas fugas.

Como tirada por catorce cisnes, la barca del soneto recorre el lago de

la universal poesía; a su paso saluda el piloto paraísos de Grecia,

encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas, divinos Eldorados; hasta

anclar cerca de un edén Watteau, que se percibe en el país de un abanico

de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poeta dan a entender

que lo púgil no quita lo Buckingham.

En este poema, como en todos los poemas, como en todos los libros de

Richepin, encontraréis la obsesión de la carne, una furia erótica

manifestada en símiles sexuales, una fraseología plástico-genital que

cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida

brama; un culto fálico comparable al que brilla con carbones de un

adorable y dominante infierno en los versos del raro, total, soberano

poeta del amor epidérmico y omnipotente: Algernon C. Swinburne.

Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los príncipes de los

cuentos azules; huelen los campos florecidos de madrigales; tras el

reino de Floreal, Thermidor os enseñará su región, en donde a la

entrada, se balancea un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar

cierta agua-fuerte de Felicien Rops, que apareció en el frontispicio de

las poesías del belga Théodore Hannon. Tras las brumas de Brumario,

Nivoso dirige sus bailarinas en un amargo cancán; y después de estas

caricias, de estas «Caricias», queda en el ánimo una pena tan honda,

como la que aprieta y persigue a los fornicarios en los tratados de los

fisiólogos y la anunciada en los versículos de los libros santos.

En «Las Blasfemias» brota una demencia vertiginosa. El título no más del

poema, toca un bombo infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con sus

«Letanías de Satán» y el autor de la «Oda a Priapo.» Esos títulos son

comparables a los que decoran, con cromos vistosos los editores de

cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» ¿Se quiere

mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido más desarrollado es el que

Poe llamaba el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque la protesta

de hablar palabras sinceras manifestada por Richepin, sea clara y

franca, yo,--sin permitirme formar coro junto con los que le llaman

cabotín y farsante,--miro en su loco hervor de ideas negativas y de

revueltas espumas metafísicas, a un peregrino sediento, a un gran poeta

errante en un calcinado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y

que por no encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, maldice,

jura y blasfema. Cuando más, me acercaría a la sombra de Guyau, y vería

en esta obra única y resonante, un concierto de ideas desbarajustadas,

una harmonía de sonidos en un desorden de pensamientos, un capricho de

portalira que quiere asombrar a su auditorio con el estruendo de sonatas

estupendas y originales. De otro modo no se explicaría ese paradojal

grupo de sonetos amargos, en el que las más fundamentales ideas de moral

se ven destrozadas y empapadas en las más abominables deyecciones.

Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja con la célebre frase

frigorífica que León Bloy asegura haber oído de boca de Richepin. El

carnaval teológico que en las «Blasfemias» constituye la diversión

principal de la fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus

sacrílegos cuadros imaginarios, sería motivo para dar razón al

iconoclasta Max Nordau, en sus diagnósticos y afirmaciones. Pocas veces

habrá caído la fantasía en una histeria, en una epilepsia igual; sus

espumas asustan, sus contorsiones la encorvan como un arco de acero, sus

huesos crujen, sus dientes rechinan, sus gritos son clamores de

ninfomaníaca; el sadismo se junta a la profanación: ese vuelo de

estrofas condenadas precisa el exorcismo, la desinfección mística, el

agua bendita, las blancas hostias, un lirio del santuario, un balido del

cordero pascual. La cuadrilla infernal de los dioses caídos no puede ser

acompañada sino por el órgano del Silencio. Habla el ateo con las

estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y su plegaria, cuando

parodia la oración, como un pájaro sin alas, cae. El judío errante dice

bien sus alejandrinos y prosigue su marcha. Las letanías de Baudelaire

tienen su mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin del

Bajísimo.

Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, entona, él también su

¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado,

es en las que él llama canciones de la sangre: su árbol genealógico

florece rosas de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los

invasores, los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados de Atila,

los florentinos asesinos, los atormentadores, los sucubos, los

hechiceros, y los gitanos.

En esas canciones se encuentra una estrofa harmoniosísima que Guyau

considera como la mejor imitación fonética del galope del caballo,

olvidando el ilustre sabio el verso que todos sabemos desde el colegio:

Cuadrupedantem puten sonitu quatit

ungula campum...

Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si hace tabla rasa

con los dioses de todos los cultos y con los mitos de todas las

religiones, no por eso deja de decir a la Razón desvergüenzas, de

abominar a la Naturaleza, montón de deyecciones, según él, y de reirse,

tonante y burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de un

Cristo venidero cuya aparición saluda, el blasfemo, con los tubos de sus

trompetas alejandrinas. Eran sus intenciones, según confesión propia,

cuando echó al mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su

modo una moral, una política y una cosmogonía materialista. Para esto

debía publicar después de las «Blasfemias», el «Paraíso del Ateo», el

«Evangelio del Antecristo» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo

«Mis paraísos» corresponde a aquel plan.

Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuertes, quizá la más

fuerte, de Jean Richepin: «El Mar.» Desde Lucrecio hasta nuestros días,

no ha vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión

de la materia, como en esa abrumadora sucesión de consonantes que olea,

sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda la agitación y todo el

encanto vencedor de la inmensidad marina. De todos los que han rimado o

escrito sobre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia

hermética de los escogidos), ha hecho cantar mejor la lengua de la onda

y del viento, la melodía oceánica. Hay que saber que Richepin, como

Corbière, conoce prácticamente las aventuras de los marineros y de los

pescadores, y bajo sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel azul

de la hidra. No sé si de grumete empezó; pero sí que ha hecho la

guardia, a la media noche, delante de la mirada de oro de las estrellas;

y envuelto en la bruma de las madrugadas, ha dicho entre dientes las

canciones que saben los lobos de mar. Loti delante de él es un

«sportman», un «yachtman»; René Maizeroy, un elegante que va a tomar las

aguas a Trouville; Michelet, un admirable profesor; solamente Corbière

le presta su pipa y su cuchillo y le aplaude cuando salmodia sus

cristalizadas letanías, o enmarca maravillosas marinas que no han sabido

crear los pintores de Holanda, o retrata y esculpe los tipos de a

bordo, o con la linterna mágica de un poder imaginativo excepcional

ilumina cuadros fantasmagóricos sobre las olas, concertando la muda

melodía de los castos astros con la polémica eterna de las ebrias

espumas.

El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; pues si con sus

cuadros urbanos de París ha realizado una obra única, con sus novelas ha

llegado hasta las puertas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en

un rebajamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los que lo

aburguesan, a causa de tal o cual producción; y que son los mismos que

llaman a Zola «un monsieur a génie.» Mme. André se va con sus tristezas

humanas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el paso al «conteur.»

Pues si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el que le

dá la forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las intimidades de

los cómicos, a los cuales le acerca una simpatía irresistible; ya vaya

al jardín de Poe a cortar adelfas o arrancar mandrágoras, al lívido

resplandor de las pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare

paladín de anarquistas, humillando, mal poeta en esto, la idea

indestructible de las jerarquías, su palabra tiene carne y sangre, vive

y se agita, y os hará estremecer.

En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como las «Blasfemias», el poema

está dedicado a Maurice Bouchor. Quien, espiritual y místico, deberá

aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya no todo está regido por

la fatalidad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación podrá

quizá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las Blasfemias» fueron

escritas de veinte a treinta años, y «Mis Paraísos», de treinta a

cuarenta.» Comienza su último poema con un tono casi prosáico, y

protesta su buena voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen

gladiador, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, las

primeras bestias fieras que le salen al encuentro son dragones de

ensueño, o frías víboras bíblicas que nos vienen a repetir una vez más

que en el fondo de toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina

y la mujer su engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a quien canta en

sonoros versos de pie quebrado; antes le había visto igual físicamente a

un hermano de Bouchor, ahora le adula, le ruega y le habla en su idioma,

como un ferviente adorador de las misas negras.

Pero no todo es negación, puesto que hay una voz secreta que pone en el

cerebro del soñador la simiente de la probabilidad.

Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa demasiado, y, sobre

todo, el tejido de su filosofía sopla un buen aire que augura tiempo

mejor. La barca en que va, con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos

escollos, es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son de

muy lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador del culto de la

materia nos dice cosas viejas y bien sabidas. ¿Es acaso nuevo el

principio que resume la mayor parte de estas primeras poesías: «comamos,

bebamos, gocemos, que mañana todo habrá concluído?» ¿O este otro: «vale

más pájaro en mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las rosas,

los senos de las mujeres, las uvas y los vinos, son cosas que nos

halagan y encantan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin:

«Poète, n’as tu pas des ailes?»

El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; no un amor que se

cierne desde la altura del numen, sino un compañerismo fraternal que

junta al poeta con los «gueux» de antaño. Las canciones transcienden a

olores tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro tiene una

tendencia marcada al «atorrantismo.» Gracias a Dios, que buen aire ha

inflado las velas y tenemos a la vista las costas de las anunciadas

áureas islas. Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer; que

nuestro cuerpo tiene un reino extenso y rico; que nada hay como el

placer, y que la felicidad consiste en la satisfacción de nuestros

instintos. Islas de oro pálido, islas de oro negro, islas de oro rojo,

¿son estas las flores que brotan en vuestras maravillosas campiñas?

Lo que llama al paso mi atención son dos coincidencias que no tocan en

nada la amazónica originalidad de Richepin, pero me traen a la memoria

conocidísimas obras de dos grandes maestros. En la página 229 de «Mes

Paradis» tiembla la cabellera de Gautier, y en página 368 se lee:

Enivre-toi quand même, et non moins follement,

de tout ce qui survit au rapide moment,

des chimères, de l’art, du beau, du vin, des rêves

qu’on vendange en passant aux réalités brèves, etc.

Lo cual se encuentra más o menos en uno de los admirables poemas en

prosa de Baudelaire.

Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de poesía satiriaca,

estrofas en que ha querido demostrar Richepin como él también puede

igualar las exquisiteces de la poética simbolista; paisajes de suprema

belleza, decoraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua

asiática en que triunfa el millonario de vocablos y de recursos

artísticos; relámpagos de pasión y ternuras súbitas; las apoteosis del

hogar y la poetización de las cosas más prosáicas; las flautas y harpas

de Verlaine se unen a las orquestas parnasianas; el treno, el terceto

monorrimo de los himnos latinos precede al verso libre; el elogio de la

palabra está hecho en alejandrinos que parecen continuación de los

célebres de Hugo, y si turba la harmonía órfica la obsesión de la

metafísica, pronto nos salva de la confusión o del aburrimiento al

galope metálico y musical de las cuádrigas de hemistiquios. En largo

discurso rimado nos explicará por qué es a veces prosáico, o trivial. Su

pensamiento pesa mucho, y no pueden arrastrarlo en ocasiones las

palabras.

Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro negro, todas sois

como países de ensueño. No hay arcos de plata y flores para recibir al

catecúmeno. Richepin no es aún el elegido de la Fe. Lo que hay de

consolador y de divino en este poema es que al concluir presenciamos la

apoteosis del amor. Y el Amor lleva a Dios tanto o más que la Fe. Amor

carnal, amor ideal, amor de todas las cosas, atracción, imán, beso,

simpatía, rima, ritmo, ¡el amor es la visión de Dios sobre la faz de la

tierra!

Y pues que vamos a esos paraísos, a esas islas de oro, celebremos la

blancura de las velas de seda, el vuelo de los remos, el marfil del

timón, la proa dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la

eterna corona de diamantes de la Reina Poesía!

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JEAN MOREAS

El retrato que el holandés Byvanck hizo de Moreas en un libro publicado

no ha mucho tiempo, no es de una completa exactitud. Moreas no está

contento con la imagen pintada por el Teniers filólogo, como llama

Anatole France al profesor de Hilversum. Ha llegado hasta calificar a

éste, en el calor de la conversación, sencillamente de «imbécil.»

Palabra que no osé contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta,

y de todo punto inaplicable para el excelente villonista, para el «sabio

pensativo» para quien, según el mismo France, con todo y ser filólogo,

se interesa por el movimiento intelectual...

Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y de una

admiración que demuestra indudablemente su sinceridad, nos ha dado un

Moreas caricatural, un Moreas inadmisible para los que tenemos el gusto

de conocerle. Y no puede ser excusa salvadora, el que las anécdotas

bufas referentes al poeta estén en la narración de Byvanck puestas en

los labios de antiguos amigos del hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo

lo contrario! Bien sabe el pensador de Holanda que del «cher confrère» y

del «cher maître» gustan mucho los dientes literarios en todas partes

del mundo... Un mordisco al «querido compañero», un arañazo al «querido

maestro», no hay nada mejor, principalmente cuando ello va acompañado

con la salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. Al lobo

humano parece que el arte le pusiese en el hígado una extraña y áspera

bilis. Hasta hoy no se ha visto sino muy raras veces una amistad

profunda, verdadera, desinteresada, y dulcemente franca, entre dos

hombres de letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros de

alas azules! Los triunfos de Moreas, enconaron a muchos de sus colegas.

El banquete que se dió, cuando la aparición del primer «Pelerin

Passionné» fué causa de bastantes rencores. No impunemente se logra una

victoria.

Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el libro de Byvanck,

ha cambiado en dos años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del

espadachín idealizado en sus hermosos versos:

La main de noir gantée a la hanche campée,

avec sa toque à plume, avec sa longue epée,

il passe sous les hauts balcons indolemment.

Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no dice «Píndaro y yo», ni se

admira de tener las manos blancas y finas. La «toque a plume» es un

flamante sombrero de copa; su traje es correcto, de intachable corte.

Alta y serena frente; cabello de klepto; porque, como en París se sabe,

Moreas, es griego de Galia.

«No es un pachá, es un klepto de negra cabellera.» Cuerpo fuerte y bien

erguido, manos aristocráticas, el aire un si es no es altivo y

sonrientemente desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes bien

cuidados. Y entre todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a

propósito de la cual, un periodista risueño, ha dicho que Moreas es

semejante a una cacatúa.

¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial llame tanto la

atención de la crítica? La nariz de Moreas es, vuelvo a repetirlo, una

soberbia y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un garbanzo,

como la de Cicerón, ni tan desarrollada como la de Cornéille, ni fea

hasta la provocación y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En

resumen, nuestro poeta tiene un gallardo tipo de caballero.

Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.»

Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su

familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto;

precedido de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo

primero para indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un

gerarca de la iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al

«off», al «vitch» o al «ski» slavos. A principios del siglo, esa familia

de nombre inmenso, «Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la

Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El

poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la

libertad de la Grecia. Su padre había quedado en la capital y era

dignatario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias.

«Y aquí,--decía Moreas a Byvanck,--y aquí comienza la historia de mi

rebelión. Mis padres habían concebido una alta idea de mi porvenir y

querían enviarme a Alemania, donde recibiría una buena educación. Hay

que recordar que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había

aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba ambas lenguas.

Quería ver la Francia; niño aun, ya tenía la nostalgia de París.

Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a Alemania, y me volví dos

veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París. Era que el destino

me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para darme cuenta de mis

acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he dejado abatir y he

mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi pereza,--según sus

palabras,--y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hubiera

podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno herido en lo más

vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y aun le hieren. Yo

nunca he hablado de esto con nadie...»

Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a

conquistarse un envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el

desconocido es ya «alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que

citar, le llama «el poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas

no fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y

de acomodaticia humildad de muchos de los que fueron antaño sus

compañeros, su gloria habría sido sonoramente cantada por el clarín

prostituído de la Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está acorazado

de orgullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese

desdén, se ha formado más de una leyenda, que circula por los cafés

estudiantiles y literarios del Barrio Latino.

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 5 / 15 段