En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega,

lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo

que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles

que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad

armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano.

En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los

Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante,

Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual;

su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en

Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra,

admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues,

de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas

individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad.

La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron,

de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de

Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada

menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de

segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La

paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada

a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o

quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en

medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez

precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar

en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los

sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado

repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la

indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía

estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y

peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación.

«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua

poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su

energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será

abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la

savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando

esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la

meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas

hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si

todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación

más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e

inmediato del alma humana...»

Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a

ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba,

como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas

fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.

Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores

una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos,

reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de

asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes

de Meca y emires de Oriente.

Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La

palabra más usada en ellos es _noir_. Libro rojo es éste, ciertamente,

que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y

concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las

Erinnias o Furias.

Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto,

clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que

no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el

albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos

como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin

duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray

Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del

romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo

no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la

villanelle como su amigo Banville.

Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía

griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas

egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y

extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de

Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna

griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño

de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y

que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle

desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de

las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos

encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.

Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el

desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador

del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles

Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han

llevado a la escena al trágico personaje.

Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros

de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra,

en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro

de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la

segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará,

apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las

Furias le persiguen entre clamores de horror.

El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo,

Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas

ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales.

Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen

a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.

Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en

Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué

cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que

los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha

romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los

parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y

gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos

que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien

hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.

«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de

conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza,

el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la

poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes,

desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega,

y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los

niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de

tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla

impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia

intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas

esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte

de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y

yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,--M.

Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,--desde el día

en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María

de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de

reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente,

nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando

nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra

juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos

renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero

dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un

vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna

semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar

cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas

muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para

entrar al taller del Ticiano.

»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de

Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que

durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué

impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso

sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón,

alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era

en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los

Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos,

llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros

camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo

mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia

consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que

ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a

formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción

de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la

desaprobación.

»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle

nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era

amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras

nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones.

Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los

elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo

que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no

creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de

esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no

aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El

autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel

cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y

de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que

nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que

imponía--era la buena--consistía en la veneración del Arte, y el desdén

de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades

literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones

diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a

quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El

condena, o absuelve y estamos sometidos.

»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces,

sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los

burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta

época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes

burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en

que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de

elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños;

en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una

opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un

bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero,

perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la

riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe

de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la

libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como

ellos!

»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen

sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que

pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por

tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las

sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos,

de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta,

ni de las charlas al amor del hogar--porque se era serio, pero

alegre--ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles

conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto

y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la

presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su

gracia a la poesía esparcida.»

Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores

libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le

rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual

cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues

quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con

simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y

amor absoluto a la belleza.

Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de

nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente

Mendés--ese hermano menor de Leconte de Lisle--que hasta el árbol

genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme

del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los

románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los

siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y

bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con

justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal

artífice revolucionario en 1830?

La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de

olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En

Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los

letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus

seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia,

también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas

es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya

traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy

estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»--con motivo

de lo cual el poeta francés le envió una real esquela--, «El sueño del

cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de

Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya

traducción es la siguiente:

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

Del bosque por arduo y angosto sendero

en corcel obscuro marcha un caballero.

Sus espuelas brillan en la noche bruna,

y, cuando en su rayo le envuelve la luna

fulgurando luce con vivos destellos,

un casco de plata sobre sus cabellos.

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

Cual ligero enjambre, todos le rodean,

y en el aire mudo raudos voltegean.

--Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa?

La reina pregunta, con suave sonrisa.

Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;

ven, y danzaremos en la azul pradera.

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

--¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos

me espera y mañana seremos esposos.

Dejadme prosiga, Elfos encantados,

que holláis vaporosos el musgo en los prados.

Lejos estoy, lejos de la amada mía,

y ya los fulgores se anuncian del día.

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

--Queda, caballero, te daré a que elijas

el ópalo mágico, las áureas sortijas

y, lo que más vale que gloria y fortuna:

mi saya tejida con rayos de luna.

--¡No!--dice él.--¡Pues anda!--Y su blanco dedo

su corazón toca e infúndele miedo.

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,

parte, corre, salta, sin retardo vuela,

mas el caballero, temblando, se inclina:

ve sobre la senda forma blanquecina

que los brazos tiende, marchando sin ruido.

--¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

--¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!

Voy a desposarme con mi prometida.

--Oh, mi amado esposo, la tumba perenne

será nuestro lecho de bodas solemne.

¡He muerto!--dice ella, y él, desesperado,

de amor y de angustia cae muerto a su lado.

De tomillo y rústicas hierbas coronados

los Elfos alegres bailan en los prados.

Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu

sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó

por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.

Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes,

Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle

con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas,

impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico

de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los

antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque

cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar

al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire

suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido,

camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.

[imagen]

[imagen: PAUL VERLAINE]

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PAUL VERLAINE

Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna

lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de

ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida,

complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.

Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus

discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que

tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y

de las duras miserias parisienses.

Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu

espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu

escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible!

Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a

triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores

de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir

que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de

diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea

delante del trono del enorme Wagner.

El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a

la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los

fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le

compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria;

antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso

tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño

Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su

vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya

llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano

mío!»

Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros,

después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de

ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de

celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de

haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo

soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de

pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá

castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber

la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por

habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón

un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste

maestro.

A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo

presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada

impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de

una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré

siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital.

Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las

figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz

pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del

cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las

estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard,

conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se

mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de

cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.»

Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era

éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse,

antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas

espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura

y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror

alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso

aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas

iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps.

¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los

azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la

grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine;

tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat

Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde

de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines

prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en

ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia;

y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de

arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya

sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.

Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus

otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre--inseparable del

poeta--y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay

tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la

herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres

Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba;

se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne

sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano

con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del

pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido

buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre

su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún

pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos

conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el

sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del

monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su

lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica

de la culpa.

Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de

viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a

Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta

ser santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista

de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita

que, extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de

la sangre, la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la

primavera, la afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se

consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre

todo, de la maternal y casta Virgen; de modo que al dar la tentación su

clarinada, el espíritu ciego, no mira, queda como en sopor, al son de la

fanfarria carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje y el

alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, la pena es profunda,

el salmo brota. Así, hasta que vuelve a verse pasar a través de las

hojas del bosque, la cadera de Kalixto...

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 2 / 15 段