lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo
que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles
que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad
armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano.
En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los
Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante,
Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual;
su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en
Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra,
admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues,
de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas
individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad.
La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron,
de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de
Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada
menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de
segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La
paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada
a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o
quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en
medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez
precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar
en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los
sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado
repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la
indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía
estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y
peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación.
«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua
poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su
energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será
abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la
savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando
esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la
meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas
hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si
todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación
más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e
inmediato del alma humana...»
Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a
ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba,
como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas
fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.
Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores
una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos,
reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de
asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes
de Meca y emires de Oriente.
Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La
palabra más usada en ellos es _noir_. Libro rojo es éste, ciertamente,
que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y
concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las
Erinnias o Furias.
Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto,
clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que
no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el
albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos
como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin
duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray
Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del
romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo
no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la
villanelle como su amigo Banville.
Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía
griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas
egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y
extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de
Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna
griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño
de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y
que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle
desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de
las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos
encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.
Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el
desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador
del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles
Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han
llevado a la escena al trágico personaje.
Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros
de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra,
en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro
de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la
segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará,
apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las
Furias le persiguen entre clamores de horror.
El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo,
Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas
ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales.
Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen
a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.
Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en
Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué
cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que
los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha
romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los
parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y
gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos
que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien
hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.
«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de
conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza,
el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la
poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes,
desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega,
y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los
niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de
tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla
impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia
intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas
esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte
de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y
yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,--M.
Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,--desde el día
en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María
de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de
reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente,
nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando
nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra
juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos
renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero
dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un
vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna
semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar
cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas
muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para
entrar al taller del Ticiano.
»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de
Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que
durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué
impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso
sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón,
alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era
en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los
Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos,
llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros
camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo
mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia
consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que
ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a
formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción
de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la
desaprobación.
»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle
nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era
amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras
nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones.
Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los
elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo
que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no
creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de
esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no
aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El
autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel
cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y
de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que
nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que
imponía--era la buena--consistía en la veneración del Arte, y el desdén
de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades
literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones
diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a
quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El
condena, o absuelve y estamos sometidos.
»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces,
sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los
burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta
época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes
burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en
que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de
elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños;
en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una
opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un
bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero,
perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la
riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe
de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la
libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como
ellos!
»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen
sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que
pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por
tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las
sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos,
de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta,
ni de las charlas al amor del hogar--porque se era serio, pero
alegre--ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles
conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto
y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la
presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su
gracia a la poesía esparcida.»
Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores
libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le
rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual
cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues
quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con
simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y
amor absoluto a la belleza.
Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de
nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente
Mendés--ese hermano menor de Leconte de Lisle--que hasta el árbol
genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme
del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los
románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los
siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y
bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con
justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal
artífice revolucionario en 1830?
La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de
olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En
Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los
letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus
seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia,
también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas
es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya
traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy
estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»--con motivo
de lo cual el poeta francés le envió una real esquela--, «El sueño del
cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de
Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya
traducción es la siguiente:
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Del bosque por arduo y angosto sendero
en corcel obscuro marcha un caballero.
Sus espuelas brillan en la noche bruna,
y, cuando en su rayo le envuelve la luna
fulgurando luce con vivos destellos,
un casco de plata sobre sus cabellos.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Cual ligero enjambre, todos le rodean,
y en el aire mudo raudos voltegean.
--Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa?
La reina pregunta, con suave sonrisa.
Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;
ven, y danzaremos en la azul pradera.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
--¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos
me espera y mañana seremos esposos.
Dejadme prosiga, Elfos encantados,
que holláis vaporosos el musgo en los prados.
Lejos estoy, lejos de la amada mía,
y ya los fulgores se anuncian del día.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
--Queda, caballero, te daré a que elijas
el ópalo mágico, las áureas sortijas
y, lo que más vale que gloria y fortuna:
mi saya tejida con rayos de luna.
--¡No!--dice él.--¡Pues anda!--Y su blanco dedo
su corazón toca e infúndele miedo.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
parte, corre, salta, sin retardo vuela,
mas el caballero, temblando, se inclina:
ve sobre la senda forma blanquecina
que los brazos tiende, marchando sin ruido.
--¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
--¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
Voy a desposarme con mi prometida.
--Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
será nuestro lecho de bodas solemne.
¡He muerto!--dice ella, y él, desesperado,
de amor y de angustia cae muerto a su lado.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu
sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó
por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.
Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes,
Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle
con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas,
impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico
de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los
antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque
cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar
al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire
suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido,
camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.
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[imagen: PAUL VERLAINE]
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PAUL VERLAINE
Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna
lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de
ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida,
complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.
Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus
discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que
tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y
de las duras miserias parisienses.
Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu
espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu
escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible!
Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a
triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores
de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir
que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de
diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea
delante del trono del enorme Wagner.
El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a
la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los
fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le
compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria;
antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso
tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño
Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su
vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya
llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano
mío!»
Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros,
después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de
ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de
celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de
haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo
soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de
pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá
castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber
la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por
habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón
un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste
maestro.
A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo
presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada
impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de
una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré
siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital.
Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las
figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz
pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del
cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las
estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard,
conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se
mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de
cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.»
Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era
éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse,
antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas
espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura
y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror
alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso
aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas
iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps.
¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los
azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la
grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine;
tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat
Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde
de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines
prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en
ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia;
y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de
arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya
sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.
Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus
otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre--inseparable del
poeta--y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay
tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la
herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres
Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba;
se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne
sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano
con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del
pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido
buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre
su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún
pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos
conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el
sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del
monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su
lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica
de la culpa.
Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de
viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a
Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta
ser santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista
de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita
que, extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de
la sangre, la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la
primavera, la afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se
consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre
todo, de la maternal y casta Virgen; de modo que al dar la tentación su
clarinada, el espíritu ciego, no mira, queda como en sopor, al son de la
fanfarria carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje y el
alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, la pena es profunda,
el salmo brota. Así, hasta que vuelve a verse pasar a través de las
hojas del bosque, la cadera de Kalixto...