Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre digna del Dr. Triboulat

Bonhoment, «Entartung», la figura de Verlaine, casi desconocida para la

generalidad--y en la generalidad pongo a muchos de la _élite_ en otros

sentidos--surgió por la primera vez, en el más curiosamente abominable

de los retratos. El poeta de «Sagesse» estaba señalado como uno de los

más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de

que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición

intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron algunos. Hasta

el cabalístico Mallarmé descendió de su trípode para demostrar el escaso

intelectualismo del profesor austro alemán, en su conferencia sobre la

Música y la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se defendió a

sí mismo. Comentaría cuando más el caso con algunos ¡dam! en el François

I o en el D’Harcout. Varios amigos discípulos le defendieron; entre

todos con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y

justificado ímpetu correspondió a la presentación del «caso» por Max

Nordau:

«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe más famoso de los

simbolistas. Vemos un espantoso degenerado, de cráneo asimétrico y

rostro mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico...

un soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosamente contra

sus malos instintos y encuentra a veces en su angustia conmovedores

acentos de queja, un místico cuya conciencia humosa está llena de

representaciones de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.»

En verdad que los clamores de ese generoso De Amicis contra la ciencia

que acaba de descuartizar a Leopardi después de denventrar al Tasso,

son muy justos, e insuficientemente iracundos.

En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que ha hecho crecer una

verde pradera en que ha pastado a su placer el «pan-muflisme.» No me

detendré en tales miserias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el

momento de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan extenso

como quisiera.

De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más grande de los

poetas de este siglo. Su obra está esparcida sobre la faz del mundo.

Suele ya ser vergonzoso para los escritores apteros oficiales, no citar

de cuando en cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul

Verlaine. En Suecia y Noruega los jóvenes amigos de Jonas Lee, propagan

la influencia artística del maestro. En Inglaterra, a donde iba a dar

conferencias, gracias a los escritores nuevos, como Symons, y los

colaboradores del Yellow Book, el nombre ilustre se impone; la New

Rewiew daba sus versos en francés. En los Estados Unidos antes de

publicarse el conocido estudio de Symons en el «Harpers’s»--«The

decadent movement in literature»--la fama del poeta era conocida. En

Italia, D’Annunzio reconoce en él a uno de los maestros que le ayudaran

a subir a la gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de la Tavola

Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda la nueva generación

literaria--nótese un estudio de Werwey--le saludan en su alto puesto; en

España es casi desconocido y serálo por mucho tiempo: solamente el

talento de Clarín creo que lo tuvo en alta estima; en lengua española no

se ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo publicado por Gómez

Carrillo; pues las impresiones y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo, son

ligerísimas.

Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del momento. Otra será la

ocasión en que consagre al gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy,

no cabe el análisis de su obra.

«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me proporciona, en cambio,

más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fuese

por el reumatismo yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo

admiten a uno en el hospital.»

Esas palabras pintan al hermano trágico de Villón.

No era mala, estaba enferma su _animula_, _blandula_, _vagula_... ¡Dios

la haya acogido en el cielo como en un hospital!

[imagen]

[imagen: EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM]

[imagen]

EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS DE L’ISLE ADAM

¡VA OULTRE!

(Divisa de los Villiers de L’Isle Adam.)

«Este era un rey...» Así, como en los cuentos azules, hubiera debido

empezar la historia del monarca _raté_, pero prodigioso poeta, que fué

en esta vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers de l’Isle Adam.

Puédese construir este fragmento de historia ideal: «Por aquel

tiempo--fué a mediados del indecoroso siglo XIX,--el país de Grecia vió

renacer su esplendor. Un príncipe semejante a los príncipes antiguos, se

coronó en Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente de los

caballeros de Malta; había en él algo del príncipe Hamlet y mucho del

rey Apolo; hacía anunciar su paso con trompetas de plata; recorría los

campos en carrozas heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos;

echó de su reino a todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Norte

América; pensionó magníficamente a pintores, escultores y rimadores, de

modo que las abejas áticas se despertaban a un sonido de cinceles y de

liras; pobló de estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los

pastores la visión de las ninfas y de las diosas; recibió la visita de

un soberano soñador que se llamaba Luis de Baviera, señor hermoso como

Lohengrin, y a quien amaba Loreley y vivía junto a un lago azul nevado

de cisnes; llevó a Wagner a la harmoniosa tierra del Olimpo, de modo que

el bello sol griego puso su aureola de oro en la divina frente de

Euforión; envió embajadas a los países de Oriente y cerró las puertas

del reino a los bárbaros occidentales; volvió gracias a él la gloria de

las musas; y cuando murió no se supo si fué un águila o un unicornio

quien llevó su cuerpo a un lugar misterioso.»

Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no quiso que se realizase

ese adorable sueño, en este tiempo que ha podido envolver en la más alta

apoteosis la abominable figura de un Franklin!

Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le

conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario.

A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un

solitario,--como las más bellas piedras y las más santas almas:--además,

en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético,

fantástico; pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente

dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a

propósito de Villiers, en 1884:

«¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para

que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les adoremos

como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta de

«Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos

espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste

con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero

que, águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como

los condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores.

Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir,

como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy

el Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas

titánicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier.

Y son desgraciados.

Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi

vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y

superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y

misterioso, Villiers fué genio.

Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de

nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre,

arte y gustos, tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y

realeza. Bien hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos.

Aquel orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escribía:

¿«Qué nos importa la justicia? Quien al nacer no trae en su pecho su

propia gloria no conocerá nunca la significación real de esa

palabra»,--hizo su peregrinación por la tierra acompañado del

sufrimiento, y fué un maldito.

Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice

de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la

campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión

dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos los

grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella

constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo

del arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama

sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel

Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya:

¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse,

de la jolie enfant qui passait gracieuse,

souriant simplement au ciel, à l’avenir,

se perdant avec moi dans ces vertes allées?

¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées

vous ne la verrez plus venir.

Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi

infantil pasión, fué la más grande de su vida.

Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la

familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen

por la carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado

fué dotar a las letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así

por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de

artista; desde los primeros años; por ley atávica existía en toda esa

familia el sentimiento de las grandezas y la confianza en todas las

victorias. Jamás dejaron de tener esperanza los buenos viejos,--principalmente

ese soberbio marqués, buscador de tesoros,--en que la cabeza de su

Matías estaba destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la

verde y fresca de laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos

días de su existencia,--a punto de que Verlaine le llamase «tres

glorieux»--la de crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz

soñador.

Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del

Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó

asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un

triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos

nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en

un volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue

Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más

sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr.

Tribulat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido

hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna

nuestro incomparable tiempo.

El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y

maligno, perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está

pintada de tal manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y

honda de Poe ha prevalecido, es innegable, en la creación del personaje.

Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a

Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún

sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban--a

excepción de su Claire Lenoir, al menos--un horror tan espantable...»

La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire

Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas

en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido.

Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio

iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el

obscuro reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la

vida persiste en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los

«Nuevos cuentos crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y

fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.» Espiritualista

convencido, el autor, apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de

las posibilidades, teniendo a su servicio la razón práctica, mientras

tomaba fuerza para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis.

Tullia Fabriana, primera parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos

de la crítica exigente, exageración romántica.

A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de

Islandia» de Villiers de l’Isle Adam.

Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por

ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de

Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año

de gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con

su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las

grandes potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que

Byron sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a

buscar un joven tirano constitucional para darlo a su protegida.

Napoleón III tenía en esta época voz preponderante en los congresos, y

se preguntaban con ansiedad si él presentaría un candidato y si éste

sería francés. En fin, los diarios aparecían llenos de decires y

comentarios sobre ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la

orden del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta a la

imaginación, pues mientras que las otras naciones parecían haber

definitivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca--el emperador, tan

justamente llamado «el príncipe taciturno» por su amigo de días

sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo, continuaba callado y

haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, cuando una mañana

de principios de Marzo, el gran marqués (habla del padre de Villiers)

entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-Honoré,

blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de

exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en efecto la

extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas parisienses:

«Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al trono de

Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés,

muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de

l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido al

heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la

última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno

de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su

majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al

nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán

seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la

familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice.

Sea, pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de

algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió

una audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en

cuestión. He allí que bien trajeado--¡no, ah, con el manto, ni la

ropilla, o la armadura de sus abuelos!--fué recibido el conde en el

palacio real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus

ensueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un buen burgués

delante de él, a excepción de Luis de Baviera, el loco. Matías I, el

poeta, desconcertó con sus rarezas al chambelán imperial; creyó ser

víctima de ocultos enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos

minutos; no quiso hablar sino con el emperador. «Il vous faudra done

prendre la peine de venir une autre fois, monsieur le comte, dis le duc

en se levant; sa majesté était occupée et m’avait chargé de vous

recevoir[8].» Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los

griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos de

Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero

cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las

abominaciones occidentales--paraguas, sombrero de pelo, periódicos,

constituciones, etc.,--la Civilización y el Progreso, con mayúsculas,

haría florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de

Homero, en templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las

abejas, y al mágico son de las ilustres cigarras.

Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado.

Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y

elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos

momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans.

El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico

de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers;

pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el

fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado

como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática

antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que

desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y

reconoce su nobleza.

Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée:

Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente

en la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos:

¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido,

piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su

cabellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con

aire turbado, distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano

abierto, se sienta, y, crispados sus dedos sobre el teclado, canta con

voz que tiembla, pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará

ninguno de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la calle,

una vaga y misteriosa melopea que acompañaba duplicando la impresión

turbadora, el bello soneto de Beaudelaire:

Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers.

Des divans profonds comme des tombeaux, etc.

Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando las

últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta, se

aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y

enrollando otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo

desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la

representación del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez

y ocho años en las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de

Catulle Mendés, el conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.»

El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una

fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra

de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la

proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo

aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al

Dr. Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la

medalla.

El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier,

Feuillet, Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin

y, como presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra

ideal en un terreno prosaico y difícil.

No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos

extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio.

Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que

en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de

su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a

quien llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió.

Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con

Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!»

Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al

viejo: «Y la tontería tampoco, señor[9].»

Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la

publicación de la _France juive_, los poderosos israelitas de París

buscaron un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra

formidable del panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era

conocida; y se creyó comprar su limpia conciencia, y su pluma.

Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y elegancia,

comerciante y hombre de mundo. Este penetró a la humilde habitación del

poeta insigne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el

techo de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e

implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al descendiente

del defensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus escritos, pues

éste sería pagado en buenos luises de oro inmediatamente. Quizá no

habría comido Villiers ese día en que dió esta incomparable respuesta:

«¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor Jesucristo:

¡treinta dineros!»

A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus

antepasados:

«--¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre

mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la

mañana!»

En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un

rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen

servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se

retiraba llorando avergonzado:

«--Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente

indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!»

En sus últimos días, a un amigo:

«--¡Mi carne está ya madura para la tumba!»

Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que

llenarían un volumen.

Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría:

resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los

que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos

crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro

extraordinario», Poe y Swift aplauden.

El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible,

falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han

reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama

confuso en el cual cruza como una creación fantástica la

protagonista--obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay

hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers--, «Le

Nouveau Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una

de las manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El

esfuerzo estético principal consiste a mi modo de ver, en la

presentación de un personaje como mistress Andrews--en el medio

norteamericano, de suyo refractario a la verdadera poesía--, tipo

rodeado de una bruma legendaria, hasta convertirse en una figura

vaporosa, encantada y poética. A Edilh Evandale sonríen cariñosa y

fraternalmente las heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no

tiene precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sabio y de

poeta; obra de la cual no puede hablarse en pocas palabras. Sea

suficiente decir que pudieran en su frontispicio grabarse, como un

símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida creada por Villiers no

admite comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del Eterno Padre;

y que al acabar de leer la última página, os sentís conmovidos, pues

creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison

estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que el

Brujo es el principal protagonista. El inventor del fonógrafo quedó

sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera: ¡yo invento; él

crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega sus juegos de

colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con sus

prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de

Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos

cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un

poema de Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y

suprema, vencedora en su esplendorosa majestad.

No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las

obras de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el

drama que acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una

noble y valiente escritora: Madame Tola Doirán.

«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la

posesión. Llégase hasta renegar--según la frase de Janus--de la

naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel

como Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede

tener más desenlace que la muerte.

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 3 / 15 段