Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De t

LOS RAROS

LOS RAROS

POR

RUBÉN DARÍO

ILUSTRACIONES

DE

ENRIQUE OCHOA

[imagen]

Volumen VI de las obras completas.

Administración: Editorial

MUNDO LATINO

MADRID

[imagen]

[imagen: ES PROPIEDAD]

[imagen: RUBÉN DARÍO]

PROLOGO

_Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo lo contenido en este

libro fué escrito hace doce años, en Buenos Aires, cuando en Francia

estaba el simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en

América ese movimiento y por ello y por mis versos de entonces, fuí

atacado y calificado con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso

ha pasado,--como mi fresca juventud._

_Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admiración sincera, mucha

lectura y no poca buena intención. En la evolución natural de mi

pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no

obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he

reconocido más de un engaño de mi manera de percibir._

_Restan la misma pasión de arte, el mismo reconocimiento de las

jerarquías intelectuales, el mismo desdén de lo vulgar y la misma

religión de belleza. Pero una razón autumnal ha sucedido a las

explosiones de la primavera._

RUBÉN DARÍO.

_París, Enero de 1905._

[imagen]

EL ARTE EN SILENCIO

No se ha hecho mucho comentario sobre _L’Art en silence_, de Camilo

Mauclair, como era natural. ¡El «Arte en silencio», en el país del

ruido! así debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y

más nobles que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura

y de un sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha

presentado a mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor;

un día en su más bello instante, y un labrador matinal que empuja

fuertemente su arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae

consigo la seguridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la

confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los

juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imitación de titubeantes

sectarios, la voz de este digno trabajador, de este sincero intelectual,

en el absoluto sentido del vocablo, es de una transcendental vibración.

No puede haber profesión de fe más transparente, más noble y más

generosa.

«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del

talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi

siempre ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de

ideas; creo que, el hombre que en nombre del talento que Dios le ha

prestado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los deberes

urgentes de la existencia humana, desobedece a la humanidad y es

castigado. Creo en la aceptación de todos los deberes por la ayuda de la

caridad y del orgullo; creo en el individualismo artístico y social.

Creo que el arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia

escogida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impiden más que a

otros encontrar lo infinito, es una obligación de honor que es necesario

llenar, con la más seria, la más circunspecta probidad; que hay buenos o

malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y

los sinceros serán premiados en el altísimo cielo de la paz, en tanto

que los brillantes, los satisfechos, los mentirosos, serán castigados.

Creo todo eso, porque ya he visto pruebas alrededor mío, y porque he

sentido la verdad en mí mismo, después de haber escrito varios libros,

no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza precipitada de la

juventud.»

En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas

de ensueños,--«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»--este rumbo

hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente

intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser

escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios artistas

aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes

ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales.

Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops,

entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes,

conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre

Jules Laforgue y Auguste Rodin.

Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar

Poe, desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego

por el espíritu transcendentalmente comprensivo y seductor de Stephane

Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado

poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se

contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la

psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de

una medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el

espíritu penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología

poeana, y muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros,

se ven en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura

estética del comentarista.

Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de

hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido

hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso,

como en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por

ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la

fatal desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo

semejante, se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus

floraciones, libres de obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe

queda para el ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno

literario y mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata,

místico purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable

transposición, levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y

Whitman profético, como un interrogador del porvenir.»

De Flaubert--ese vasto espectáculo--presenta una nueva perspectiva. La

suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene

de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de

romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus

rasgos esenciales.» Y las demostraciones son llevadas por medio de la

amable e irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura

soberbia del «buen gigante», por ese aspecto que permanece ya

definitivo. Es también de un fin reconfortante, por el ejemplo de

voluntad y de sufrimientos, en la pasión invencible de las letras, la

enfermedad de la forma, soportada por otros dones de fortaleza y de

método.

Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una

moral superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y

hermosura ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña

la gloria, «el sol de los muertos», con su dorada luz?

La simbólica representación está en la gráfica idea de Felician Rops: el

harpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de

lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la

santidad, si posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza,

facultad inaudita que halló su singular representación en el maravilloso

maestro, que a través del silencio, fué hacia la inmortalidad. Una frase

de Mme. Perier en su «Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo

afectuoso, admirable y admirativo, justo, consagrado al doctor de

misterio: «Nous n’avons su toutes ces choses qu’apres sa morte.»

La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se

aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas

de varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica

escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no

razona, la embrolladora disertación de más de un pseudo-discípulo.

Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más

cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza

en la afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como

autumnal, iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior.

«Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era,

ante todo, un melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño

por su voz y ciertos signos exteriores, que lejano por una singular

facultad de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz

rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y

un fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin

embargo, ¿qué tiene? Tenía el gusto atento y la comprensión de la

muerte. Se detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde

ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profundamente delicada.

Ha vuelto a tomar el camino eterno: era un transeunte encantador que no

ha dicho todo su pensamiento en este mundo. Estaba «hanté» por su

misticismo minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto,

recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos seculares.

Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha deseado ser

enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que su alma estaba

dormida ya en la pacífica belleza de una muerte harmoniosa.» Decid si no

es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no se ve a su

través el alma melancólica del malogrado animador de «Bruges la muerta.»

Estos párrafos de Mauclair son comparables, como retrato, en la

transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que

perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy

Dhurmer.

Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno

que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu

francés, del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales

escritores de este país.

He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco

resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas

notas, como sobre León Daudet.

La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse

a todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en

todos los países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el

pensamiento francés, como guías y modelos. Es la historia del

simbolismo, escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se

desprenden utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato,

así el estudio sobre el sentimentalismo literario, en que el alma de

nuestro siglo está analizada con penetración y cordura a la luz de una

filosofía amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de egotismos

superhombríos y otras nieztschedades. No sabría alabar suficientemente

los capítulos sobre arte, y el homenaje a altos artistas--artistas en

silencio--como Puvis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard, así como

los fragmentos de otros estudios y ensayos que ayudan en el volumen a la

comprensión, al peso, y para decirlo con mi sentimiento, a la simpatía

que se experimenta por un sincero, por un laborioso, por un verdadero y

grande expositor de saludables ideas, que es al propio tiempo, él

también, un señalado, uno que ha hallado su rumbo cierto, y como él

gustará que se le llame, un artista silencioso.

[imagen]

[imagen: EDGAR ALLAN POE]

[imagen]

EDGAR ALLAN POE

En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de

los Estados Unidos. Iba el «steamer» despacio, y la sirena aullaba

roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su

erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso

el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes,

bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos

arromadizados, el humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas,

las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que caminaba

rumbo a la gran bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas se

divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de

sus costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, se

presentaba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, por la falta

de sol, la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agrupan los pasajeros:

el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con

encorvadas narices israelitas; el clergyman huesoso, enfundado en su

largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y en la

mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jokey y que

durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al son de un

banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box,

tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijar un rinoceronte

de un solo impulso... En los Narrows se alcanza a ver la tierra

pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza

la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la

Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la

salutación: «A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora

de la Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de

almas y corazones. A ti, que te alzas solitaria y magnífica sobre tu

isla, levantando la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi

«steamer», prosternándome delante de tu majestad. ¡Ave: Good morning! Yo

sé, divino icono, oh magna estatua, que tu solo nombre, el de la excelsa

beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la

manera del _fiat_ del Señor. Allí están entre todas, brillantes sobre

las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del águila de

América, de esta tu América formidable, de ojos azules. Ave, Libertad,

llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sabes? se

te ha herido mucho por el mundo, divinidad, manchando tu esplendor. Anda

en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la

antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las

incomparables flechas: es Hécate.»

Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al

frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi

sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de

hierro, New-York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la

tormentosa, la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas

menores, tiene cerca a Jersey; y agarrada a Brooklin con la uña enorme

del puente, Brooklin, que tiene sobre el palpitante pecho de acero un

ramillete de campanarios. Se cree oir la voz de New-York, el eco de un

vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la voz de París, cuando

uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como una canción de amor,

de poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manhattan parece que va a

verse surgir de pronto un colosal Tío Samuel, que llama a los pueblos

todos a un inaudito remate, y que el martillo del rematador cae sobre

cúpulas y techumbres produciendo un ensordecedor trueno metálico. Antes

de entrar al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que vió en el

poema bárbaro el vidente Thogorma:

Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles

De fer dont s’enroulaient des spirales des tours

Et des palais cerclés d’arain sur des blocs lourds;

Ruche énorme, gékenne aux lúgubres entrailles

Où s’engouffraint les Forts, princes des anciens jours.

............................................

Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven en sus torres de

piedra, de hierro y de cristal, los hombres de Manhattan.

En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la

Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la

urna electoral. El edificio Produce Exchange entre sus muros de hierro y

granito reune tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí Broadway.

Se experimenta casi una impresión dolorosa; sentís el dominio del

vértigo. Por un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que

ostentan sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río

caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías,

ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres bellísimas.

Abarcando con la vista la inmensa arteria en su hervor continuo, llega

a sentirse la angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del

hormiguero: un hormiguero de percherones gigantescos, de carros

monstruosos, de toda clase de vehículos. El vendedor de periódicos,

rosado y risueño, salta como un gorrión, de tranvía en tranvía, y grita

al pasajero ¡intanrsooonwoood! lo que quiere decir si gustáis comprar

cualquiera de esos tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» o el

«World.» El ruido es mareador y se siente en el aire una trepidación

incesante; el repiqueteo de los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas,

parece a cada instante aumentarse. Temeríase a cada momento un choque,

un fracaso, si no se conociese que este inmenso río que corre con una

fuerza de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una máquina. En lo

más intrincado de la muchedumbre, en lo más convulsivo y crespo de la

ola de movimiento, sucede que una lady anciana, bajo su capota negra, o

una miss rubia, o una nodriza con su bebé quiere pasar de una acera a

otra. Un corpulento policeman alza la mano; detiénese el torrente; pasa

la dama; ¡all right!

«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces calibanes...» escribe

Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar así a estos hombres de la

América del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan, en San

Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido

establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con

Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de

Chicago. Calibán se satura de wishky, como en el drama de Shakespeare de

vino; se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni

martirizado por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; su

nombre es Legión. Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos

poderosos monstruos, algún sér de superior naturaleza, que tiende las

alas a la eterna Miranda de lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él

a Sicorax, y se le destierra o se le mata. Esto vió el mundo con Edgar

Allan Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la

muerte...

¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan

presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente

Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar,

armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto

desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de

plata de un místico ensueño? Es porque tú eres hermana de las liliales

vírgenes cantadas en brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz,

príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas eres llama del infinito

amor. Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el

Paraíso asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y

te saludan con una sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel

consolador, oh mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama

brillante de palidez extraña, venida de allá, de los mares lejanos; la

segunda es Eulalia, la dulce Eulalia de cabellos de oro y ojos de

violeta, que dirige al cielo su mirada; la tercera es Leonora, llamada

así por los ángeles, joven y radiosa en el Edén distante; la otra es

Frances, la amada que calma las penas con su recuerdo; la otra es

Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, cerca del

sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista por la primera

vez a la luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los ósculos y las

caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que amó con un

amor envidia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de los

amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda,

envuelta en un velo de extraterrestre esplendor... Ellas son, cándido

coro de ideales oceanidas quienes consuelan y enjugan la frente al

lírico Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel

aun que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura

el corazón del desdichado, apuñalándole con la monótona palabra de la

desesperanza. Así tú para mí. En medio de los martirios de la vida, me

refrescas y alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu

forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal,

cuando las fuerzas me faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro

arco. Entonces, Alma, Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de

tu escudo angélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de

mis noches como un incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo

el incienso y la mirra a la cuna de la eterna Esperanza.

I.--EL HOMBRE

La influencia de Poe en el arte universal ha sido suficientemente honda

y transcendente para que su nombre y su obra no sean a la continua

recordados. Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro

o en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos,

ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del hombre; nada

puede aumentar la gloria del soñador maravilloso. Por cierto que la

publicación de aquel libro cuya traducción a nuestra lengua hay que

agradecer al señor Mayer, estaba destinada al grueso público.

¿Es que en el número de los escogidos, de los aristócratas del espíritu,

no estaba ya pesado en su propio valor, el odioso fárrago del canino

Griswold? La infame autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía

tener esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de mancha al cisne

inmaculado.

Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el

flotante influjo de un extraño misterio. Nacido en un país de vida

práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario. De

un país de cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico

parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo

del país de sol y azul en que nacieron sus antepasados. Renace en él el

alma caballeresca de los Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo

Gambresio. Arnoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este terrible

insulto al caballero Mauricio de Desmond: «Sois un rimador.» Por lo cual

se empuñan las espadas y se traba una riña que es el prólogo de guerra

sangrienta. Cinco siglos después, un descendiente del provocativo

Arnoldo glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pedestal de la

lengua inglesa, y en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus rimas.

El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino a «aquellos que

tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje

en las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de

genio,» según las palabras de la noble señora Whitman. Por lo demás, es

él quien hoy da valer y honra a todos los pastores protestantes,

tenderos, rentistas o mercachifles que lleven su apellido en la tierra

del honorable padre de su patria, Jorge Washington.

Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo Sir Rogerio que batalló

en compañía de Strongbow, un osado Sir Arnoldo que defendió a una lady

acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre «Condesa» del

tiempo de Cromwell; y pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un

general de los Estados Unidos, su abuelo. Después de todo, ese sér

trágico, de historia tan extraña y romanesca, dió su primer vagido entre

las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dió vida bajo el

imperio del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana

desde muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de

esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dió al

arte un mundo nuevo.

Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los

retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial

hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que le

conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato

que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar

un grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la

empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos

retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como

los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la

belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los

retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la

atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de

Quantin, de los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup

para la traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha

llegado ya a la edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito

sensitivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como

el Dante de la «Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que

conoce por sus propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de

la vida. En el primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza

simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión

trágica del rostro, Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,»

al visionario, al «unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay

más realidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca

apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en

donde se entronizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan al

desgraciado en sus días de mayor infortunio, quizá en los que

precedieron a su muerte. Los otros retratos, como el de Halpin para la

edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya

caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inteligente de que

habla Clark. Nada más cierto que la observación de Gautier:

«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer

encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya

las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las

pasiones han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una

máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una

magulladura o una arruga.»

Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»[1]

Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su

imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la

fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar

excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un

muchacho bonito.»[2]

Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su

«mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el

bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que

predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.»

Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor

realización de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso

retrato es hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura

mediana quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una

cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha,

causaba la impresión de una estatura dominante. Esos claros y

melancólicos ojos parecían mirar desde una eminencia...»[3] Otra dama

recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad,

eran el rasgo que más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía

su atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le

parecieran. Eran grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el

iris acerogris, poseía una cristalina claridad y transparencia, a través

de la cual la pupila negraazabache se veía expandirse y contraerse, con

toda sombra de pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás

se contraían, como es tan usual en la mayor parte de las personas,

principalmente cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta

y sin encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y

triste: algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de

soslayo, sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una

mirada tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el

calibre de la persona que estaba ajena de ello.--¡Qué ojos tan tremendos

tiene el señor Poe!--me dijo una señora. Me hace helar la sangre el

verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy

hablando.»[4] La misma agrega: «Usaba un bigote negro esmeradamente

cuidado, pero que no cubría completamente una expresión ligeramente

contraída de la boca y una tensión ocasional del labio superior, que se

asemejaba a una expresión de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y

se manifestaba por un movimiento del labio, apenas perceptible y, sin

embargo, intensamente expresivo. No había en ella nada de malevolencia;

pero sí mucho sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y

extraña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y

dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira.

¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril?

Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados

se llaman Goethe, Byron, Lamartine, Poe.

Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir

esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad

«la enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno

de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano,

lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su

calle de la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama

de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio.

Desde niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría

conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan--cuyo

nombre pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta--jamás pudo

imaginarse que el pobre muchacho recitador de versos que alegraba las

veladas de su «home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En

Poe reina el «ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector

le lleva a Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un

lugar fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias;

después, en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del

viejo profesor han de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas.

Por una parte, posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra,

la fuerza matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras

como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela

de Clarke, en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de

clásicos y recita odas latinas, boxea y llega a ser algo como un

«champion» estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y

aspiraba a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella

intelectual y físicamente entre sus compañeros, los hijos de familia de

la fofa aristocracia del lugar miran por encima del hombro al hijo de la

cómica. ¿Cuánta no ha de haber sido la hiel que tuvo que devorar este

sér exquisito, humillado por un origen del cual en días posteriores

habría orgullosamente de gloriarse? Son esos primeros golpes los que

empezaron a cincelar el pliegue amargo y sarcástico de sus labios.

Desde muy temprano conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso

buscaba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortalecedora.

«Odio sobre todo y detesto este animal que se llama Hombre», escribía

Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina amistad y de la

fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero hombre.» Ya

en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más el hombre

abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el lírico

americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su alma

estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell

Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta

su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide

al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades

ideales. Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su

fantasía, hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al

borde de lo desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe,

que debiera poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal

no recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo.[5]

Profesaba sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre,

creía en una ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación

dominaba a la creencia, y aun en lo referente a Dios y sus atributos,

pensaba con Spinoza que las cosas invisibles y todo lo que es objeto

propio del entendimiento no puede percibirse de otro modo que por los

ojos de la demostración[6] olvidando la profunda afirmación filosófica:

«intelectus noster sic ¿de habet? ad prima entium quœ sunt

manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad solem.» No

creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero afirmaba que

Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En

la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una definición de Dios,

tomada de Granwill, que parece ser sustentada por Poe: Dios no es más

que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de

su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas

palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para sí, porque

desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine el fin

por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que previene

todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos

Dios...»[7] En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones

filosóficas, Mr. Vankirk--que, como casi todos los personajes de Poe, es

Poe mismo--afirma la existencia de un Dios material, al cual llama

materia suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada,

o sea Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra

comprensión, lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre

Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia;

así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la

desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños

vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.

[imagen]

[imagen: LECONTE DE LISLE]

[imagen]

LECONTE DE LISLE

Ha muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de

la Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la

sangre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella

testa coronada,--coronada de los más verdes laureles--llena de augusta

hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la

consagración olímpica del mármol.

Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera

encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal,

en donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo

al vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la

Lira, recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus

acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de

las musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para

quien fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su

lira, por la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la

impasibilidad casi religiosa, por la magnificencia monumental

estatuaria de su obra, en la cual, como en la del Padre de los poetas,

pasan a nuestra vista portentosos desfiles de personajes, grupos

esculturales, marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios,

los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma y sangre

latinas y por haber adorado siempre el lustre y el renombre de la Hélade

inmortal! Griego fué, de los griegos tenía, como lo hizo notar muy bien

Guyau, la concepción de una especie de mundo de las formas y de las

ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose colocado por una

ascensión de la voluntad, sobre el mundo del sentimiento, en la región

serena de la idea, y revistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo

cuyo más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento de las

humanas emociones, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con sus

alas. «Vuestros contemporáneos,--díjole Alejandro Dumas (hijo),--eran

los griegos y los hindus.» Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos

focos de donde parten los rayos que iluminan la obra de Leconte de

Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el índico Ganges cuyas

aguas reflejaran los combates del Ramayana y el otro la idea griega

desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste

de la virgen Diana.

La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección:

reconocía como las dos originales fuentes de la universal poesía, a

Valmiki y a Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la

teogonía védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y

helenista insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la

aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras, la

grandiosa infancia de las razas, en la cual empieza el Génesis de lo que

él llamara con su verbo solemne «la historia sagrada del pensamiento

humano en su florecimiento de harmonía y de luz;» la historia de la

Poesía.

El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a

los bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido

todo anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para

él ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable

barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha

sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la

vida de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los

hechos y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos

tiranos; los sombríos cuadros monacales, los interiores de los

claustros, los cismas, la supremacía de Roma, las musulmanas barbaries

fastuosas, el ascetismo católico, y el temblor extranatural que pasó por

el mundo en la edad que otro gran poeta ha llamado con razón, en una

estrofa célebre, «enorme y delicada.»

Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un

solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros

mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No

se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo;

y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del

cuervo centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe.

Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y

pájaros, que siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse

poeta el «joven salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su

primera rima, el gran bosque primitivo le hizo sentir la influencia de

su estremecimiento, y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever el

misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su corazón, deseoso de

algo extraño, y sus labios estaban sedientos del vino divino. Copa de

oro inagotable, llena del celeste licor, fué para él la poesía de Hugo.

Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas,

la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un resplandor

nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las aves de las

florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces despertadoras

que le iniciaron en un culto arcano y supremo.

Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre

de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica

flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte

de arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al

poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para

levantar en la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más

bello paros, en honor del Dios del arco de plata.

El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía

pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le

recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión

necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de

quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien

como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que

tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad

para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la

Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo»,

y Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus

ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de

los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué

iniciado en el secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que

debía escribir los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía

sino contemplar con estupor la creación de ese orbe constelado, vario,

profuso y estupendo que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué

a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera

este corto mensaje imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él

fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué

conducido al Pantheón, fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más

ferviente en honor de quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente,

al ocupar su sillón en la Academia, colocó aún más triunfales palmas y

coronas en la tumba del César literario. Recorrió con su pensamiento la

historia de la poesía universal, para llegar a depositar sus trofeos en

aras del daimon desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la

creación toda de Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables

«Las Orientales», cuya lengua y movimiento, según confesión propia,

fueron para él una revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de

guerra, tendido al viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del

crepúsculo», las «Voces interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a

propósito de los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al

sentimentalismo; los «Castigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los

cuales coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trágicas» de Agrippa

d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que permanecerá como la prueba

brillante de una potencia verbal inaudita, puesta al servicio de una

imaginación incomparable.» Y todos los poemas posteriores, «Canciones de

calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser abuelo», el «Papa», la

«Piedad suprema», «Religión y religiones», «El asno», «Torquemada» y los

«Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas últimas obras nombradas,

la que llama su atención principal es «Torquemada.» ¿Por qué? Porque

Leconte de Lisle sentía el pasado con una fuerza de visión insuperable,

a punto de que Guyau llama a la Trilogía «Nueva leyenda de los siglos.»

«Bien que ningún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la

ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costumbres, las

teogonías de los pueblos antiguos nos sean reveladas de año en año por

tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas, la vida íntima y la

vida exterior; que todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de

pensar de los hombres desaparecidos, llama la atención de las

inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han raramente intentado

volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad

Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad contemporánea como

en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate severo. La

exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle motivo para lanzar

otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho robusto de Zola,

cuando habló de «la epidemia que se hace sentir directamente en una

parte de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un siglo

que se abriera con tanto brillo y proclamara tan ardientemente su amor a

lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del ideal que se instala

imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por teorías groseras y

malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en arrojar con

desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epidemias de esta

naturaleza pasan y el genio permanece.»

Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo,

entre sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado

de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el

hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales

Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan

sino un segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet,

La Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese

gran genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un

poeta y le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en

lo porvenir, a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de

estar orgulloso. Ese poeta sois vos, señor.»

Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de un

grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables de los

pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros

evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos

de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño

del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla

en la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de

Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia

donde se halla el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el

Eclesiastés, que declara cómo la irrevocable Muerte es también mentira;

después el poeta va de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado;

a Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; a Grecia donde

surgirá la monstruosa Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la

Polinesia, en donde aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los

Nornos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda,

tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas de países frígidos,

figuras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar

que clama trágicamente, el oso que llora, los cantos de los cazadores y

runoyas; el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que coronados de

tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire germánico de balada;

cantos tradicionales; Kono de Kemper; el terrible poema de Mona; cuadros

orientales como la preciosa y musical «Verandah»; las frases ásperas de

la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; Córdoba

morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes cristalinas, bosques salvajes;

la historia religiosa, la leyenda, el Romancero; América, los Andes...;

y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo desolador, y la silenciosa,

fatal, pálida y como deseada imagen de la Muerte, acompañada de su

obscuro paje, el dolor.

Los Raros Obras Completas Vol. VI · 第 1 / 15 段