ELECTRA (_en el grupo del centro, disputando con Máximo_). Quita, quita.
¿Tú qué sabes? (_Mostrando un dibujo._) Dice este bruto que el pájaro
parece un viejo pensativo, y la mujer una langosta desmayada.
MARQUÉS. ¡Oh! no... que está muy bien.
MÁXIMO. A veces, cuando menos cuidado pone, tiene aciertos prodigiosos.
CUESTA. La verdad es que este paisajito, con el mar lejano, y estos
troncos...
ELECTRA. Mi especialidad ¿no saben ustedes cuál es? Pues los troncos
viejos, las paredes en ruínas. Pinto bien lo que desconozco: la
tristeza, lo pasado, lo muerto. La alegría presente, la juventud, no me
salen. (_Con pena y asombro._) Soy una gran artista para todo lo que no
se parece a mí.
DON URBANO. ¡Qué gracia!
CUESTA. ¡Deliciosa!
MARQUÉS. ¡Cómo chispea! Me encanta oírla.
MÁXIMO. Ya vendrá la reflexión, las responsabilidades...
ELECTRA (_burlándose de Máximo_). ¡La razón, la seriedad! Miren el
sabio... fúnebre. Yo tengo todo eso el día que me dé la gana... y más
que tú.
MÁXIMO. Ya lo veremos, ya lo veremos.
PANTOJA (_que ha prestado atención a lo que hablan en el grupo del
centro_). No puedo ocultar a usted que me desagrada la familiaridad de
la niña con el sobrino de Urbano.
EVARISTA. Ya la corregiremos. Pero tenga usted presente que Máximo es un
hombre honradísimo, juicioso...
PANTOJA. Sí, sí; pero... Amiga mía, en los senderos de la confianza
tropiezan y resbalan los más fuertes: me lo ha enseñado una triste
experiencia.
ELECTRA (_en el grupo del centro_). Yo sentaré la cabeza cuando me
acomode. Nadie se pone serio hasta que Dios lo manda. Nadie dice ¡ay!
¡ay! hasta que le duele algo.
MARQUÉS. Justo.
CUESTA. Y ya, ya aprenderá cosas prácticas.
ELECTRA. Cierto: cuando venga Dios y me diga: «niña: ahí tienes el
dolor, los deberes, la duda...»
MÁXIMO. Que lo dirá... y pronto.
EVARISTA. Electra, hija mía, no tontees...