_Los mismos_; ELECTRA, _tras ella_ MÁXIMO.
ELECTRA (_entra corriendo y riendo, perseguida por Máximo, a quien lleva
ventaja en la carrera. Su risa es de miedo infantil_). Que no me
coges... Bruto, fastídiate.
MÁXIMO (_trae en una mano varios objetos que indicará, y en la otra una
ramita larga de chopo, que esgrime como un azote_). ¡Pícara, si te
cojo...!
ELECTRA (_sin hacer caso de los que están en escena recorre ésta con
infantil ligereza, y va a refugiarse en las faldas de Doña Evarista,
arrodillándose a sus pies y echándole los brazos a la cintura_). Estoy
en salvo... tía; mándele usted que se vaya.
MÁXIMO. ¿Dónde está esa loca? (_Con amenaza jocosa._) ¡Ah! Ya sabe donde
se pone.
EVARISTA. ¿Pero, hija, cuándo tendrás formalidad? Máximo, eres tú tan
chiquillo como ella.
MÁXIMO (_mostrando lo que trae_). Miren lo que me ha hecho. Me rompió
estos dos tubos de ensayo... Y luego... vean estos papeles en que yo
tenía cálculos que representan un trabajo enorme. (_Muestra los papeles
suspendiéndolos en alto._) Éste lo convirtió en pajarita;[26] éste lo
entregó a los chiquillos para que pintaran burros, elefantes... y un
acorazado disparando contra un castillo.
PANTOJA. ¿Pero se metió en el laboratorio?
MÁXIMO. Y me indisciplinó a los niños, y todo me lo han revuelto.
PANTOJA (_con severidad_). Pero, señorita...
EVARISTA. ¡Electra!
MARQUÉS. ¡Deliciosa infancia! (_Entusiasmado._) Electra, niña grande,
benditas sean sus travesuras. Conserve usted mientras pueda su preciosa
alegría.
ELECTRA. Yo no rompí los cilindros. Fue Pepito... Los papeles llenos de
garabatos, sí los cogí yo, creyendo que no servían para nada.
CUESTA. Vamos, haya paces.
MÁXIMO. Paces. (_A Electra._) Vaya, te perdono la vida, te concedo el
indulto por esta vez... Toma. (_Le da la vara. Electra la coge pegándole
suavemente._)
ELECTRA. Esto por lo que me has dicho. (_Pegándole con fuerza._) Esto
por lo que callas.
MÁXIMO. ¡Si no he callado nada!
PANTOJA. Formalidad, juicio.
EVARISTA. ¿Qué te ha dicho?
MÁXIMO. Verdades que han de serle muy útiles... Que aprenda por sí misma
lo mucho que aún ignora; que abra bien sus ojitos y los extienda por la
vida humana, para que vea que no es todo alegrías, que hay también
deberes, tristezas, sacrificios...
ELECTRA. ¡Jesús, qué miedo! (_En el centro de la escena la rodean todos,
menos Pantoja, que acude al lado de Evarista._)
CUESTA. Conviene no estimular con el aplauso sus travesuras.
DON URBANO. Y mostrarle un poquito de severidad.
MÁXIMO. A severidad nadie me gana... ¿Verdad, niña, que soy muy severo y
que tú me lo agradeces? Di que me lo agradeces.
ELECTRA (_azotándole ligeramente_). ¡Sabio cargante! Si esto fuera un
azote de verdad, con más gana te pegaría.
MARQUÉS (_risueño y embobado_). ¡Adorable! Pégueme usted a mí, Electra.
ELECTRA (_pegándole con mucha suavidad_). A usted no, porque no tengo
confianza... Un poquito no más... así... (_Pegando a los demás._) Y a
usted... a usted... un poquito.
EVARISTA. ¿Por qué no vas a tocar el piano para que te oigan estos
señores?
MÁXIMO. ¡Si no estudia una nota! Su desidia es tan grande como su
disposición para todas las artes.
CUESTA. Que nos enseñe sus acuarelas y dibujos. Verá usted, Marqués.
(_Se agrupan todos junto a la mesa, menos Evarista y Pantoja que hablan
aparte._)
ELECTRA. ¡Ay, sí! (_Buscando su cartera de dibujos entre los libros y
revistas que hay en la mesa._) Verán ustedes. Soy una gran artista.
MÁXIMO. Alábate, pandero.
ELECTRA (_desatando las cintas de la cartera_). Tú a deprimirme, yo a
darme bombo, veremos quién puede más... Ea (_mostrando dibujos_),
quédense pasmados. ¿Qué tienen que decir de estos magníficos apuntes de
paisajes, de animales que parecen personas, de personas que parecen
animales? (_Todos se embelesan examinando los dibujos, que pasan de mano
en mano._)
EVARISTA (_que apartando su atención del grupo del centro, entabla una
conversación íntima con Pantoja_). Tiene usted razón, Salvador. Siempre
la tiene, y ahora, en el caso de Electra, su razón es como un astro de
luz tan espléndida, que a todos nos obscurece.
PANTOJA. Esa luz que usted cree inteligencia, no lo es. Es tan sólo el
resplandor de un fuego intensísimo que está dentro: la voluntad. Con
esta fuerza, que debo a Dios, he sabido enmendar mis errores.
EVARISTA. Después de la confidencia que me hizo usted anoche, veo muy
claro su derecho a intervenir en la educación de esta loquilla...
PANTOJA. A marcarle sus caminos, a señalarle fines elevados...
EVARISTA. Derecho que implica deberes inexcusables...
PANTOJA. ¡Oh! ¡Cuánto agradezco a usted que así lo reconozca, amiga del
alma! ¡Yo temía que mi confidencia de anoche, historia funesta que
ennegrece los mejores años de mi vida, me haría perder su estimación!
EVARISTA. No, amigo mío. Como hombre, ha estado usted sujeto a las
debilidades humanas. Pero el pecador se ha regenerado, castigando su
vida con las mortificaciones que trae el arrepentimiento, y
enderezándola con la práctica de la virtud.
PANTOJA. La tristeza, el amor a la soledad, el desprecio de las
vanidades, fueron mi salvación. Pues bien: no sería completa mi enmienda
si ahora no cuidara yo de dirigir a esta niña, para apartarla del
peligro. Si nos descuidamos, fácilmente se nos irá por los caminos de su
madre.
EVARISTA. Mi parecer es que hable usted con ella...
PANTOJA. A solas.
EVARISTA. Eso pensaba yo: a solas. Hágale comprender de una manera
delicada la autoridad que tiene usted sobre ella...