ESCENA VII

_Los mismos_; ELECTRA, _tras ella_ MÁXIMO.

ELECTRA (_entra corriendo y riendo, perseguida por Máximo, a quien lleva

ventaja en la carrera. Su risa es de miedo infantil_). Que no me

coges... Bruto, fastídiate.

MÁXIMO (_trae en una mano varios objetos que indicará, y en la otra una

ramita larga de chopo, que esgrime como un azote_). ¡Pícara, si te

cojo...!

ELECTRA (_sin hacer caso de los que están en escena recorre ésta con

infantil ligereza, y va a refugiarse en las faldas de Doña Evarista,

arrodillándose a sus pies y echándole los brazos a la cintura_). Estoy

en salvo... tía; mándele usted que se vaya.

MÁXIMO. ¿Dónde está esa loca? (_Con amenaza jocosa._) ¡Ah! Ya sabe donde

se pone.

EVARISTA. ¿Pero, hija, cuándo tendrás formalidad? Máximo, eres tú tan

chiquillo como ella.

MÁXIMO (_mostrando lo que trae_). Miren lo que me ha hecho. Me rompió

estos dos tubos de ensayo... Y luego... vean estos papeles en que yo

tenía cálculos que representan un trabajo enorme. (_Muestra los papeles

suspendiéndolos en alto._) Éste lo convirtió en pajarita;[26] éste lo

entregó a los chiquillos para que pintaran burros, elefantes... y un

acorazado disparando contra un castillo.

PANTOJA. ¿Pero se metió en el laboratorio?

MÁXIMO. Y me indisciplinó a los niños, y todo me lo han revuelto.

PANTOJA (_con severidad_). Pero, señorita...

EVARISTA. ¡Electra!

MARQUÉS. ¡Deliciosa infancia! (_Entusiasmado._) Electra, niña grande,

benditas sean sus travesuras. Conserve usted mientras pueda su preciosa

alegría.

ELECTRA. Yo no rompí los cilindros. Fue Pepito... Los papeles llenos de

garabatos, sí los cogí yo, creyendo que no servían para nada.

CUESTA. Vamos, haya paces.

MÁXIMO. Paces. (_A Electra._) Vaya, te perdono la vida, te concedo el

indulto por esta vez... Toma. (_Le da la vara. Electra la coge pegándole

suavemente._)

ELECTRA. Esto por lo que me has dicho. (_Pegándole con fuerza._) Esto

por lo que callas.

MÁXIMO. ¡Si no he callado nada!

PANTOJA. Formalidad, juicio.

EVARISTA. ¿Qué te ha dicho?

MÁXIMO. Verdades que han de serle muy útiles... Que aprenda por sí misma

lo mucho que aún ignora; que abra bien sus ojitos y los extienda por la

vida humana, para que vea que no es todo alegrías, que hay también

deberes, tristezas, sacrificios...

ELECTRA. ¡Jesús, qué miedo! (_En el centro de la escena la rodean todos,

menos Pantoja, que acude al lado de Evarista._)

CUESTA. Conviene no estimular con el aplauso sus travesuras.

DON URBANO. Y mostrarle un poquito de severidad.

MÁXIMO. A severidad nadie me gana... ¿Verdad, niña, que soy muy severo y

que tú me lo agradeces? Di que me lo agradeces.

ELECTRA (_azotándole ligeramente_). ¡Sabio cargante! Si esto fuera un

azote de verdad, con más gana te pegaría.

MARQUÉS (_risueño y embobado_). ¡Adorable! Pégueme usted a mí, Electra.

ELECTRA (_pegándole con mucha suavidad_). A usted no, porque no tengo

confianza... Un poquito no más... así... (_Pegando a los demás._) Y a

usted... a usted... un poquito.

EVARISTA. ¿Por qué no vas a tocar el piano para que te oigan estos

señores?

MÁXIMO. ¡Si no estudia una nota! Su desidia es tan grande como su

disposición para todas las artes.

CUESTA. Que nos enseñe sus acuarelas y dibujos. Verá usted, Marqués.

(_Se agrupan todos junto a la mesa, menos Evarista y Pantoja que hablan

aparte._)

ELECTRA. ¡Ay, sí! (_Buscando su cartera de dibujos entre los libros y

revistas que hay en la mesa._) Verán ustedes. Soy una gran artista.

MÁXIMO. Alábate, pandero.

ELECTRA (_desatando las cintas de la cartera_). Tú a deprimirme, yo a

darme bombo, veremos quién puede más... Ea (_mostrando dibujos_),

quédense pasmados. ¿Qué tienen que decir de estos magníficos apuntes de

paisajes, de animales que parecen personas, de personas que parecen

animales? (_Todos se embelesan examinando los dibujos, que pasan de mano

en mano._)

EVARISTA (_que apartando su atención del grupo del centro, entabla una

conversación íntima con Pantoja_). Tiene usted razón, Salvador. Siempre

la tiene, y ahora, en el caso de Electra, su razón es como un astro de

luz tan espléndida, que a todos nos obscurece.

PANTOJA. Esa luz que usted cree inteligencia, no lo es. Es tan sólo el

resplandor de un fuego intensísimo que está dentro: la voluntad. Con

esta fuerza, que debo a Dios, he sabido enmendar mis errores.

EVARISTA. Después de la confidencia que me hizo usted anoche, veo muy

claro su derecho a intervenir en la educación de esta loquilla...

PANTOJA. A marcarle sus caminos, a señalarle fines elevados...

EVARISTA. Derecho que implica deberes inexcusables...

PANTOJA. ¡Oh! ¡Cuánto agradezco a usted que así lo reconozca, amiga del

alma! ¡Yo temía que mi confidencia de anoche, historia funesta que

ennegrece los mejores años de mi vida, me haría perder su estimación!

EVARISTA. No, amigo mío. Como hombre, ha estado usted sujeto a las

debilidades humanas. Pero el pecador se ha regenerado, castigando su

vida con las mortificaciones que trae el arrepentimiento, y

enderezándola con la práctica de la virtud.

PANTOJA. La tristeza, el amor a la soledad, el desprecio de las

vanidades, fueron mi salvación. Pues bien: no sería completa mi enmienda

si ahora no cuidara yo de dirigir a esta niña, para apartarla del

peligro. Si nos descuidamos, fácilmente se nos irá por los caminos de su

madre.

EVARISTA. Mi parecer es que hable usted con ella...

PANTOJA. A solas.

EVARISTA. Eso pensaba yo: a solas. Hágale comprender de una manera

delicada la autoridad que tiene usted sobre ella...

Electra · 第 33 / 170 题