XX

Yo no me había olvidado de Valentina, mi dulce Valentina de otros días.

Mi tío, en un hospicio, idiota, sin habla y sin razón. Don Benito casado

al fin, con una señora rica y de edad proporcionada a la suya. ¡Qué

diablo!

A mí también me dio por casarme y me acordé de mi idilio de veinte años.

Vivía solo y aislado, y lo peor de todo era, que probablemente, por no

haber seguido el consejo del doctor Trevexo, de estudiar en los diarios,

me encontraba sin recurso alguno para aspirar a las altas posiciones

políticas con que allá en el año 62 me pronosticaba él un porvenir

brillante.

Pero en lo íntimo de mi corazón, yo había guardado el recuerdo de

Valentina: la única criatura que había dejado en mi alma una memoria

dulce y tranquila. Por largo tiempo nos habíamos escrito, pero después

de la muerte de su hermano, nada sabía de ella. Valentina era para mí un

horizonte lejano, pero límpido, y en la soledad de mi vida, la primera

edad reaparecía, los días de colegio volvían: pensaba en don Pío y en

don Josef, el célebre descendiente de Gonzalo de Córdoba y veía la

imagen de mi novia, sonriéndome en los únicos años de felicidad que han

iluminado la vida.

Veíala aparecer en uno de los balcones de la antigua casa en que vivía o

asomado el rostro risueño y sonrosado detrás de los cristales; linda

como nunca, llena de juventud, perfumada de gracia y de castidad.

Algunas veces el recuerdo inquietante de Blanca, había turbado mi sueño;

el mundo con sus pasiones y sus encuentros, habíame suspendido un

momento en su vorágine, pero poco a poco la purísima imagen de Valentina

volvía a levantarse delante de mis ojos como una cariñosa sombra que me

llamaba, allá, al pasado, al dulce pasado de la adolescencia.

Valentina me esperaba y busqué a Valentina en el pueblo del colegio.

Llevaba el espíritu enfermo y agitado bajo la influencia de los

tormentos por que había atravesado y la realidad de un sueño de juventud

iba a darme la eterna felicidad. Llegué y busqué la casa de Valentina.

Ya no habitaba su familia en ella.

Averigüé y la encontré al fin. La poética criatura se había casado con

don Camilo, pocos meses antes y era feliz, muy feliz.

Don Camilo tenía una renta considerable, era hombre público y hasta

hombre distinguido. ¡Sentí la desesperación, la horrible desesperación

que se siente ante lo imposible, ante la muerte, ante lo irremediable, y

pensé si el alma podría arrancarse del cuerpo y arrojarse como inútil

estorbo de la vida!

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 24 / 26 题