Pero alguien, con la exigencia inexorable de todos los que leen, querrá
saber de Blanca. Blanca, la linda porteña, corre la vida fácil y
elegante, pero duerme con los ojos abiertos, porque cuando los cierra,
la cara de un viejo idiota y paralítico la observa con una sonrisa
inmóvil y el brazo rígido de su hija muerta se levanta sobre ella como
una eterna amenaza.