XIX

El buen tío Ramón se había recogido temprano aquella noche; el primer

día de mascarada lo había rendido por todo el carnaval. Fernanda y

Blanca, con Montifiori y sus amigos, habían pasado los tres días en una

jarana completa: en el corso, en los bailes, en las tertulias

particulares, Fernanda y Blanca habían sido conocidas en todas partes;

pero eso era lo que ellas buscaban en medio de la turba de corsarios de

gran tono, que les daban caza a través de aquellas noches de locura. El

último día, al regresar del corso, habían encontrado tumbado al viejo

marido, presa de sus reumatismos. Blanca tuvo una pasajera contrariedad;

se acercó a su esposo, le hizo algunos cariños de fórmula, lo puso en el

caso de que le suplicase a ella misma que no dejase de ir al baile de

máscaras, y simulando hallarse bajo el imperio de una orden, comenzó a

preparar su traje que ya estaba pronto desde muchos días atrás. Con la

cabeza montada por la bulla carnavalesca y por la perspectiva del baile,

se hizo vestir rápidamente por Graciana, esperó impacientemente a la

madre que tardaba ya algo en venir, se acercó al lecho de su marido, se

despidió de él con urgencia y salió precipitadamente sin siquiera

acordarse de su hijita a quien dejaba en poder de una sirvienta. El

baile la atraía irresistiblemente.

El buen viejo, después de haber besado a su hija, se retiró a su

habitación que estaba inmediata a la en que Graciana debía cuidar a la

niñita. A la una de la noche, mi tío, que dormitaba, se despertó

súbitamente por una luz repentina que lo deslumbró como un relámpago,

creyendo haber oído en sueños algo como un grito estridente y

penetrante. El viejo abandonó su lecho dificultosamente, y creyendo que

en efecto era un relámpago, abrió los postigos del balcón y miró hacia

afuera: pero el cielo estaba sereno y estrellado, y la luz nocturna

iluminaba las aceras.

Creyó en una pesadilla y trató de detener y comprimir las ideas confusas

que habían pasado por su cerebro mientras dormía. Quiso volver a su

cama, pero había perdido el rumbo, la disposición de la habitación se

había trastornado completamente para él. Se detuvo un segundo en el

centro del cuarto, procurando orientarse en vano; tocó una puerta,

encontrola abierta y al pasar el umbral, sintió un olor característico a

lienzos quemados. El pobre viejo se sintió presa de un violento golpe de

fiebre: quiso recapacitar y no pudo; los más horribles pensamientos

cruzaron por su imaginación; perdido siempre en la habitación, volteó

dos o tres muebles, tuvo miedo, se le aflojaron las piernas y cayó

desfallecido sobre el piso. Un silencio sepulcral reinaba en las

habitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Una

idea fija embargaba la razón del desgraciado anciano. Se incorporó

débilmente sobre el piso y gritó a Graciana, con voz ahogada y

angustiosa, pero nadie le respondió. Volvió a gritar con un acento de

desesperación, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano, nadie le

contestó tampoco; se incorporó de nuevo y arrastrándose con trabajo

tanteó las paredes, buscando el botón de la campanilla eléctrica:

después de unos minutos lo encontró y lo hundió con desesperación: el

silencio era tan profundo que oyó el martilleo peculiar del timbre en el

fondo de la casa; esperó, pero nadie vino: llamó de nuevo y siguió

llamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le respondía.

Entonces volvió a gritar desesperadamente a Graciana y, creyéndose

orientado por un momento, atropelló en la dirección en que él creía que

estaba el cuarto de la niña; pero, no bien había dado tres pasos, cuando

recibió un terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; había

dado contra la puerta opuesta.

El viejo cayó desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente de

la noche volvió a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquella

situación, el reloj del Cabildo dio las tres de la mañana y el eco sordo

de la campana se difundió por la ciudad dormida. El viejo pensaba que

Blanca no podía tardar: se oían las voces y las algazaras de las últimas

máscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del club,

tocaba las últimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruel

situación del anciano afligido, casi inmóvil, presa de una fiebre

terrible. En ese estado se arrastró por el suelo tanteando siempre los

muebles: por último, puso la mano sobre un sofá, que ocupaba el espacio

comprendido entre el balcón y la puerta que llevaba al cuarto de su hija

y con una alegría íntima se incorporó, impulsó la puerta que Graciana

al partir había dejado entornada y penetró a la habitación, loco,

convulso, desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, allí se

había quemado algo: recordó su sueño, aquella súbita luz que había

herido sus pupilas y aquel grito penetrante que aun le parecía oír y

cayó de nuevo en una desesperación terrible. El humo de la habitación

comenzaba a asfixiarlo y un terror frío e indescriptible cerró sus

labios y paralizó sus movimientos; un temor instintivo no le permitía

moverse; prefería la duda, la inmovilidad, antes de acelerar el

desenlace espantoso de aquella noche de abandono y de insomnio. En esa

situación volvió a llamar tímida, cariñosamente, a Graciana, pero, como

antes, nadie le respondió.

Postrado en el suelo, en un rincón del cuarto, rodeado siempre por la

más completa obscuridad, pudo oír que un carruaje acababa de detenerse

bajo de los balcones, y al rato, que se abría y cerraba con gran cuidado

la puerta de calle: sintió en seguida pasos en la gran escalera: quiso

llamar para apurar a los que venían, pero la palabra se ahogó en su

garganta y tuvo que esperar: oyó los pasos en el vestíbulo y unos

segundos después el ruido de una llave en la cerradura de la puerta de

la habitación en que se hallaba: la puerta se abrió y dio paso a

alguien: el _frou-frou_ de la seda le indicó que era Blanca que

regresaba. De pronto ardió un fósforo y acto continuo la luz violenta

del gas iluminó toda la habitación.

Entonces el cuadro que se presentó a la vista de los que allí se

encontraron, fue terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de la

niña cubierta de hollín: las cortinas se habían encendido, el fuego

había invadido las ropas; la desgraciada criatura había muerto quemada,

por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, había dejado

la bujía a poca distancia de la cuna. El rostro de la niñita era una

llaga viva: tenía los dientes apretados por la última convulsión; con la

mano izquierda asada por el fuego, se asía desesperadamente de una de

las varillas de bronce de la camita, y la derecha, dura, rígida en

ademán amenazante; la actitud del cadáver revelaba los esfuerzos que la

víctima había hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la que

había encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su marido

postrado en tierra y a su hija quemada viva en la cuna: retrocedió y dio

un grito terrible: el pobre viejo se levantaba al mismo tiempo, y en la

puerta que daba al vestíbulo exterior por donde Blanca había penetrado,

sorprendía con la vista un hombre joven que había entrado con ella: fue

lo primero que vio, quiso lanzarse sobre él, pero el grito de horror de

Blanca lo detuvo, y entonces volvió los ojos sobre la cuna de su hija.

Toda esta escena fue la obra simultánea de un instante; las más breves

palabras no alcanzarían nunca a traducir su trágica rapidez. El pobre

padre, al ver el horrible espectáculo que presentaba el cadáver de su

hija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante él, quiso

hablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que en

actitud vacilante no sabía qué partido tomar, pero apenas dio dos pasos

cayó al suelo, fulminado por una parálisis repentina, la lengua trabada,

el rostro descompuesto, el cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con la

frente en el suelo y su rostro se bañó en sangre.

--Huyamos, Blanca--gritó el desconocido, cubriéndola con el tapado que

ella le había abandonado al entrar.

Aquella miserable criatura abarcó la escena con una sola mirada, pero el

brazo amenazante de la niñita la intimidó y dio vuelta al rostro. El

cuerpo de su marido obstruía el paso por la única puerta de salida; se

detuvo un instante, y como tomando una resolución repentina, con los

ojos iluminados por una luz satánica, se volvió al hombre que la

esperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo que

yacía en tierra, le gritó:

--¡Huyamos!

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 23 / 26 题