Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile.
Su comparsa, los «Tenorios de Plata», con su brillante uniforme blanco y
celeste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría,
campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicos
del año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en el
salón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda y
traviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos,
había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de raza
fueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia por
parte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Graciana
para ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con su
mamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón permanecía
en casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche por
el _bebé_; la noche anterior había estado de pascana con su _Otelo_;
porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada del
mulato. Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase,
con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos de
ser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo en
desempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin la
más mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascarada
para el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, que
velara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar y
sobre todo al _bebé_, a quien don Ramón no podía atender a pesar del
entrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había jurado
fidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifiori
desaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Graciana
contándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los «Tenorios»
en el tablado de la Alegría.
La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzó
por resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el pardo
tenía, según el, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dos
amantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin que
los patrones lo notaran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió su
uniforme de «Tenorio», color blanco y celeste, con gorra de oficial de
marina, espléndido _specimen_ de mojiganga criolla; se echó al bolsillo
el triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los «Tenorios» y
esperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente a
obscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos.
Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío no
daba señales de vida, que el _bebé_ dormía e hizo ruido en el cuarto de
la niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de media
hora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa,
saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendida
que alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna de
la niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía de
costumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobre
el corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para que
no hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par de
botines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó con
que Blanca había asistido disfrazada la primer noche de carnaval al
baile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerró
cuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigencias
de recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botines
blancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente la
escalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseía
Alejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como _Romeo y
Julieta_, si _Romeo y Julieta_ hubiesen sido sirvientes y se hubiesen
escapado juntos alguna vez.
Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo su
esplendor. Los «Tenorios» hacían una mella terrible en aquellas Ineses
de media tinta y de color entero.
Las cuadrillas se bailaban, con una seriedad rígida, casi británica; el
vals no dejaba nada que desear por su corrección: la mazurka era de un
remeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algo
alarmante como chacota de articulaciones.
En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón,
donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una suma
tendencia al tono y a la elegancia. Los «Tenorios» se llaman como sus
amos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen sus
fracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única nota
discordante es el pie, el pie de un Tenorio es algo de melancólico: un
pedícuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia más
terrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento a
través del pie de un joven _high-life_ de color. He ahí la causa por qué
los negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes y
presuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de una
reja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio de
tiempo para volver a su estado primitivo.
En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquella
noche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que sus
patrones del Club del Progreso. Un Tenorio con su uniforme blanco y
celeste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color;
porque, al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con los
purísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negro
como los amos.
Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azul
con galones de plata, en ese pantalón de cotín blanco, en esas polainas
de precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan en
confabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botas
granaderas.
Alejandro entró en el baile, del brazo de su compañera, cuyo espléndido
dominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasar
a su lado aquella vasca plebeya, pero blanca. ¡Alejandro, rendido a una
«extranjera de Europa!» ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático
_swell_ de la _clase_, la flor y nata de las academias de baile,
entregado a una gringa!
Las señoritas y las matronas no se lo perdonaban, pero el lindo mulato,
sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos los
centros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un
_scottish_ de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlo
cuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que se
quejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido,
representante de la música de viento.
Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posible
prescindir, del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y la
urbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto, pero
elevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversa
en el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la misma
compostura y con el mismo _chic_. Las niñas no dejan nada que desear
desde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son un
poco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidad
indiscutible; allí no hay _veloutine_, ni crema de perlas que formen
cutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa:
entre ellos está representada la secretaría del presidente de la
República, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal,
no se apea de su categoría de empleado público, la guerra y la hacienda
forman parte de los «Tenorios de Plata», que bailan en la Alegría las
tres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que se
le acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, ven
pasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargos
modestos, pero honrosos en la política argentina. Y, generalmente, esos
_snobs_ de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea
su nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerables
como maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, o
perdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedad
tiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones,
adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de las
batallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque el
negro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de los
soldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.
Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandro
para volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podía
haber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blanca
podía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, como
todos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un café
de la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.
Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la última
galopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir a
cenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentas
costillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche,
con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda, que
todos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a las
tres de la mañana después de una noche de baile.
Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente del
teatro, con los Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche,
demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el último
comparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.
Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera del
brazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puerta
de la casa de sus patrones.
Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa de
mi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulo
bajo y en el vestíbulo alto. Algo de extraordinario debía de haber
pasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. La
sirviente tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y no
se atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.
El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía a
comprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentaba
con el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquina
del Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a su
término, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa y
encontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantes
optaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeron
calle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenza
de ser descubiertos. Alejandro, el audaz seductor de aquella honesta
Margarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorca,
donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre para
cubrir su falta y purificar su honra manchada.