Mi vida no cambió mucho por cierto con el casamiento de mi tío Ramón.
Blanca, con un tren de lujo extraordinario, vivía en el mundo, en los
teatros, en los bailes, en todas las fiestas y paseos más concurridos.
Dominado su marido desde el primer momento, el pobre viejo iba siempre a
remolque de su mujer, sin oposición, sin protesta de ningún género. Yo
los acompañaba poco; vivía aislado en un departamento independiente de
la casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fría y ligera
que no podía vivir sino en una atmósfera de lujo y de pompa. El círculo
de los amigos solteros de mi tío Ramón, se había extendido
considerablemente, con motivo de su casamiento. Montifiori le había
traído a todos sus camaradas del gran mundo; dos o tres diplomáticos,
aves de paso, chismosos y murmuradores, como todas las mediocridades
del género; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algún personaje
político de más o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres y
calaveras, que solían comer allí y alegrar la tertulia de Blanca, en la
que Fernanda gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba,
se cantaba, se saboreaban los escándalos sociales, se criticaba, se
mordía en grande y se jugaba... se jugaba grueso. Era la única mala
pasión del gentil don Benito; superior en él a todas las otras, lo
dominaba y lo consumía.
Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijos
ni parientes, había tomado la vida con una suprema frialdad y se le
importaba muy poco del mundo en todo aquello que no fuera para él
materia de honra. El sabía y conocía su situación; encontraba alegre la
vida en el salón de Fernanda y de Blanca, hacía en él sus campañas
amorosas y perdía como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetes
de banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto,
desprendido, pródigo hasta el exceso con las mujeres; calavera sin
escrúpulos en materias parvas; burlón de los avaros y de los necios,
lengua libre y corazón de oro en medio de los terribles defectos
mundanos que le atribuían ciertas mamás consternadas por su mala fama.
Una tarde que don Benito y otros amigos comían en lo de Blanca
alegremente, como de costumbre, mi linda tía se sintió indispuesta. Mi
tío se alarmó profundamente; todo el círculo de invitados procuró
manifestar igual alarma. Se llamó al doctor de la familia, un médico
joven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano. Vio a
Blanca, la sometió a todas las añagazas y a todo el procedimiento
aparatoso del arte, y en medio de la aflicción sincera de mi tío y de
los invitados, sacó al marido aparte y le dijo sonriendo:
--Bien, amigo don Ramón... le felicito...
--Doctor, no entiendo... perdone usted...--le contestó mi tío.
--Pues dígale a Blanca que se lo explique... ¿no le ha dicho nada?
--¡Ah!--exclamó mi tío golpeándose en la frente.--¡Pobrecita! ¿Quién lo
hubiera creído?... ¿Será posible? ¡Ya me lo había sospechado!
--¿Y por qué no? Cualquiera, conociéndolo a usted... ¿o pensaba usted...
que, casándose con una muchacha como esa, no?...
--¡Oh! no, no--contestó mi tío con cierto orgullo reconcentrado, como
un hombre que está persuadido de haber cumplido con su deber.
La novedad se contó en voz baja a los contertulianos. Blanca, echada
negligentemente en un canapé, la oía comentar y circular por el salón, y
pasada la primera crisis y bebida la fórmula anodina que había recetado
el médico, dejaba caer sus miradas frías y distraídas sobre las páginas
de un periódico ilustrado que apenas podía sostener en sus manos. Mi tío
Ramón hacía pucheros de alegría y de íntima satisfacción. ¡El, sin
sospecharlo, él, a sus sesenta y tantos años, había producido aquel
verdadero atentado contra la regularidad del equilibrio lunar! Blanca,
pálida como de costumbre, lo llamaba a ratos a su lado, le pasaba la
mano por la cara, le daba en ella cariñosas palmaditas con una fisonomía
fingidamente huraña y resentida, ante la cual el viejo comenzaba por
aflojar las rodillas, y por estirar los labios, y concluía por caer
rendido como un criminal arrepentido, sobre un muelle y riquísimo _puf_
que la enferma había hecho acercar a su lado. El cuadro era digno del
satírico pincel de Hogarth; los mimos de mi tío con su joven esposa,
llena de caprichosos antojos, de manías y veleidades, tenían ese sello
característico de los devaneos seniles, que rebajan la energía del
hombre y deprimen tanto la dignidad de los ancianos.
Pero aquella criatura de alma viciosa sabía representar su papel como
una gran artista, y hasta el mismo don Benito, que no comulgaba
fácilmente con ruedas de molino, estaba rendido aquella noche ante ella,
al verla desfallecida sobre un sofá, con la pollera de su riquísimo
vestido de surah ligeramente recogida, dejando ver su pie,
admirablemente calzado, y la garganta de su pierna cubierta por una
media de seda bordada.
--Tengo un antojo--le decía a mi tío, tirándole de la pera,--y me voy a
morir sino me lo satisfaces, sabes... ¡un gran antojo!
Mi tío ponía cara de bandido sorprendido infraganti.
--Un antojo... pero que nadie sepa lo qué es... ni lo digas tú a
nadie... Ven, acércate, yo te lo diré al oído...
Y el viejo, con movimiento de palomo, acercaba el oído a sus gruesos y
provocativos labios.
--Valen muy poco, mira, y son espléndidas... quiero lucirlas en el
primer baile... con el vestido de _velours frappé_ que espero...
Prométeme traérmelas mañana... Te adoraré; te perdonaré todo lo que
sufro.
Y, al día siguiente, el pobre viejo satisfacía los antojos de aquella
insaciable criatura, trayéndole el collar de perlas que se exhibía en
una de las joyerías más famosas de la calle de Florida, y ella, mimosa
como una gata, se arrellanaba en su victoria, se cubría de pieles y se
hacía arrastrar a Palermo para deslumbrar y humillar con su hermosura y
su lujo a todas las mujeres de mundo que encontraba en su camino.