XVI

Un día, tarde ya, casi a la hora de comer, encontré a Blanca, sola, en

la salita donde acostumbraba a pasar el día, cuando no salía. Al verme

entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso

pálida y dejó caer el libro que leía.

La saludé y me incliné para recogerlo; al dárselo, abrió los brazos.

Comprendí el movimiento y le dejé caer el libro suavemente sobre las

faldas.

--¡Qué susto me ha dado!--me dijo,--estoy tan nerviosa, que todo me da

miedo...

--¿Y su marido?--le pregunté, aparentando no interesarme por su

sobresalto.

--No sé--respondió.--¿Conoce este libro?--agregó, indicando con un

simple gesto el libro que mantenía sobre sus faldas.

--No; ¿qué libro es?

--Lea su título...

--No puedo leerlo...--y en efecto, no era posible leerlo, porque el

libro había caído dado vuelta.

--Pero dele vuelta--me respondió, siempre con los brazos levantados...

Me levanté, y con la punta de los dedos, volví el libro para leer el

título.

--Lea--me dijo.

--Leí; _Monsieur, Madame et Bebé_.

--¿Conoce?--me preguntó, con una muequita llena de coquetería.

--¡Oh! sí, es un poco antiguo ya--le dije. Blanca se mordió los labios;

pero, dominándose y con un semblante lleno de aparente placidez, tomó al

fin el libro y lo puso sobre una pequeña mesa de felpa que tenía al

lado.

--Sabe que usted es el más orgulloso de mis amigos--me dijo, con un tono

resuelto.

--Yo, ¿por qué?

--¡Ah! sí--continuó;--usted no es el mismo que antes para mí, y mire,

todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me

cortejan; pero usted es un indiferente en casa.

--Señora--le contesté, riendo,--usted está bajo la influencia de la

lectura de Droz.

--No se ría. ¿Se acuerda usted ahora dos años? Yo soy la misma mujer de

entonces. ¿Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido,

queriéndolo?...

--No... yo sé que usted no lo ha querido nunca--le repuse resueltamente.

--Y bien...--me contestó,--yo sé que usted me ha amado un día... ¿se

acuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en que

necesito amar y ser amada por un hombre digno de mí. ¡Soy una

desgraciada!... ¿qué pasión puede inspirarme ese hombre que es mi

marido?

--Julio--agregó, levantándose de improviso y corriendo como una loba

hacia la puerta abierta de la habitación inmediata, que cerró con

precipitación;--Julio--me repitió,--yo he desairado a todos los hombres

que vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombre

joven, que me quiera, que me dé su alma, su corazón, en cambio de todo,

de todo mi amor.

Yo permanecía frío e imperturbable en mi asiento.

--Señora--le dije,--¿qué diría el mundo, si oyera sus palabras?

--¿El mundo? ¿qué me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo he

sido su víctima. Yo quiero vengarme de él. Pero necesito de usted. Al

fin, ¿qué he sido yo hasta ahora como mujer? Una máquina para ese

anciano débil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las calles

y por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nos

miran y nos encuentran.

--¡Blanca!

--¡Ah! Julio--prosiguió arrastrando junto a mi el pequeño sillón que

rodó suavemente al impulso de su cuerpo.--¡Yo le amo, le amo con locura!

¡Yo se lo había dicho a usted; mi corazón no lo daría sino a un hombre,

aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido!

Y tomándome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uñas

como una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas.

El momento era crítico; la Naturaleza rugió con toda su indómita

fiereza; sentía el calor de su rostro sobre el mío, su cuerpo tibio

sobre mi pecho; sus lágrimas de fuego caían sobre mis labios, su piel

candente me quemaba, perdí la razón por un momento, abrí los brazos, se

me nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de cólera y de

pasión, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio,

cuando un relámpago de la razón iluminó mi frente y pude detenerme en el

borde del abismo a que me había arrastrado un instante la fuerza

estúpida de la carne.

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 20 / 26 题