Un día, tarde ya, casi a la hora de comer, encontré a Blanca, sola, en
la salita donde acostumbraba a pasar el día, cuando no salía. Al verme
entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso
pálida y dejó caer el libro que leía.
La saludé y me incliné para recogerlo; al dárselo, abrió los brazos.
Comprendí el movimiento y le dejé caer el libro suavemente sobre las
faldas.
--¡Qué susto me ha dado!--me dijo,--estoy tan nerviosa, que todo me da
miedo...
--¿Y su marido?--le pregunté, aparentando no interesarme por su
sobresalto.
--No sé--respondió.--¿Conoce este libro?--agregó, indicando con un
simple gesto el libro que mantenía sobre sus faldas.
--No; ¿qué libro es?
--Lea su título...
--No puedo leerlo...--y en efecto, no era posible leerlo, porque el
libro había caído dado vuelta.
--Pero dele vuelta--me respondió, siempre con los brazos levantados...
Me levanté, y con la punta de los dedos, volví el libro para leer el
título.
--Lea--me dijo.
--Leí; _Monsieur, Madame et Bebé_.
--¿Conoce?--me preguntó, con una muequita llena de coquetería.
--¡Oh! sí, es un poco antiguo ya--le dije. Blanca se mordió los labios;
pero, dominándose y con un semblante lleno de aparente placidez, tomó al
fin el libro y lo puso sobre una pequeña mesa de felpa que tenía al
lado.
--Sabe que usted es el más orgulloso de mis amigos--me dijo, con un tono
resuelto.
--Yo, ¿por qué?
--¡Ah! sí--continuó;--usted no es el mismo que antes para mí, y mire,
todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me
cortejan; pero usted es un indiferente en casa.
--Señora--le contesté, riendo,--usted está bajo la influencia de la
lectura de Droz.
--No se ría. ¿Se acuerda usted ahora dos años? Yo soy la misma mujer de
entonces. ¿Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido,
queriéndolo?...
--No... yo sé que usted no lo ha querido nunca--le repuse resueltamente.
--Y bien...--me contestó,--yo sé que usted me ha amado un día... ¿se
acuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en que
necesito amar y ser amada por un hombre digno de mí. ¡Soy una
desgraciada!... ¿qué pasión puede inspirarme ese hombre que es mi
marido?
--Julio--agregó, levantándose de improviso y corriendo como una loba
hacia la puerta abierta de la habitación inmediata, que cerró con
precipitación;--Julio--me repitió,--yo he desairado a todos los hombres
que vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombre
joven, que me quiera, que me dé su alma, su corazón, en cambio de todo,
de todo mi amor.
Yo permanecía frío e imperturbable en mi asiento.
--Señora--le dije,--¿qué diría el mundo, si oyera sus palabras?
--¿El mundo? ¿qué me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo he
sido su víctima. Yo quiero vengarme de él. Pero necesito de usted. Al
fin, ¿qué he sido yo hasta ahora como mujer? Una máquina para ese
anciano débil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las calles
y por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nos
miran y nos encuentran.
--¡Blanca!
--¡Ah! Julio--prosiguió arrastrando junto a mi el pequeño sillón que
rodó suavemente al impulso de su cuerpo.--¡Yo le amo, le amo con locura!
¡Yo se lo había dicho a usted; mi corazón no lo daría sino a un hombre,
aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido!
Y tomándome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uñas
como una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas.
El momento era crítico; la Naturaleza rugió con toda su indómita
fiereza; sentía el calor de su rostro sobre el mío, su cuerpo tibio
sobre mi pecho; sus lágrimas de fuego caían sobre mis labios, su piel
candente me quemaba, perdí la razón por un momento, abrí los brazos, se
me nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de cólera y de
pasión, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio,
cuando un relámpago de la razón iluminó mi frente y pude detenerme en el
borde del abismo a que me había arrastrado un instante la fuerza
estúpida de la carne.