XIV

Seis meses después, la boda de mi tío Ramón con Blanca, era cosa

arreglada. Ningún casamiento ha agitado más que aquél los círculos

sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en

los clubs, en las iglesias no se hablaba de otra cosa. Mi tío había

hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria.

Yo había hecho la resolución de abandonarlo, de volver a vivir con don

Benito, pero él no me lo había permitido, había comenzado por pedirme

que no lo hiciese y concluyó por suplicármelo de tal manera, que muy a

pesar mío tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgués

de los Berrotarán había sido completamente transformado bajo la

artística dirección del señor Montifiori. Mi tío había decorado su casa

con todo el confort y el aticismo modernos. Era aquél el nido más

hermoso en que una mujer de mundo podía soñar; y cosa singular, hasta el

novio se había rejuvenecido, y había tomado todos los contornos de un

hombre de mundo.

El 20 de junio de 1883, a las nueve de la noche, una larga serie de

carruajes particulares se apostaba en la parte más central de la calle

San Martín y las personas que de ellos descendían, entraban por un

espacioso zaguán en una casa que ocupaba un extensísimo frente. La

puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a

una amplia galería tapizada de paño rojo y profusamente alumbrada y

decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus

puertas de cada lado de la entrada. Se sentía allí un ambiente tibio y

agradable. Todo Buenos Aires aristocrático desfilaba por aquella

galería: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el

ejército, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres,

cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y

apuradas, prendidas del brazo de sus acompañantes.

Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde debía tener

lugar aquella noche el casamiento de mi tío Ramón con la señorita

Blanca de Montifiori, hija única del famoso hombre de mundo que ya

conocemos.

La casa del doctor Montifiori bien merece una página. El trópico había

brindado sus más ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso

vestíbulo cubierto por mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la

moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros

de la fantasía de los artistas de la botánica, rivalizaba aquella noche

con los ejemplares más curiosos del Jardín de Plantas. El jardín de la

Tijuca había contribuido en sus más bellas muestras. Desde el vestíbulo

bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las

hojas perezosas caían sobre sus tallos en grandes vasos de alfarería o

de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenúphares

extendían sus hojas, cautivas de la moda despótica, bajo cuyo imperio

parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron

sorprendidas.

La mansión de Montifiori revelaba bien claramente que el dueño de casa

rendía un culto íntimo al siglo de la tapicería y del _bibelotaje_, del

que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos

los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestíbulo:

estatuas de bronce y mármol en sus columnas y en sus nichos; hojas

exóticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagódicos y lozas

germánicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin,

Montifiori, bien juzgado, era un poco burgués a lo monsieur Jourdain al

fin. Había progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su

malicia y su instinto, le habían complementado sus deficiencias, y en

materia de _chic_ era _as_ en la aristocracia bonaerense, que no es tan

fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata

insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos

para brillar: del judío cambalachista e importador, del _brocateur_,

como le llaman los franceses, y del burgués fatuo que compra y

colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese

inestimable _vieux_, que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte

apócrifo.

Montifiori rendía su culto a lo antiguo; además del gran salón Luis XV,

con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Génova

color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos

tapicerías flamencas, las demás habitaciones ofrecían el desorden más

artístico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos

papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes y

pequeños absorbía la atención de los curiosos. Cuadros eran esos en los

que Montifiori cifraba todo su orgullo. Allí había un boceto de ninfa

sobre un fondo ocre sombrío, iluminado por dos o tres pinceladas audaces

que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y

senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete

de felpa cerezo que lo exhibía; más allá, cuadros firmados por Laucret,

por Largilliere, por Mignard, por Trinquez, por Madrazzo, por Rico, por

Egusquiza, por Arcos. De éstos, sólo dos de los últimos eran auténticos.

Entre las telas, algunos bajo-relieves en bronce; y sobre los muebles,

pies de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de

Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupré; un

sinnúmero de reducciones de Bardedienne; vasos, ánforas y objetos

menores sobre tapices orientales, entre los cuales se veían variedades

de bibelots en esmalte, en Saxe, en Sévres, en carey, en marfil viejo.

Como se ve, la casa del suegro de mi tío pagaba su tributo a la moda; un

galgo aristocrático de raza, habría encontrado mucha incongruencia allí;

mucho apócrifo, mucha fruslería; pero el hecho era que Montifiori

también entendía de japonismo, de gobelinos, de tapicerías flamencas,

de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de

Persia y Smirna.

Allí andaban todos los siglos, todas las épocas, todas las costumbres,

con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador

de primer efecto, ante el cual el más preparado tenía que cerrar los

ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era en todo un

hombre de mundo.

En aquel salón, único en Buenos Aires, Fernanda jugaba su _baccarat_ con

don Benito y dos o tres amigos más, las noches vacantes de teatros y

bailes; el señor Penseroso hacía su propaganda evangélica, y Blanca en

un rincón de la sala enloquecía a mi tío, contándole la gran pasión que

había sabido inspirarle entre cien hombres de mérito a quienes había

desairado por él.

El casamiento de Blanca Montifiori había reunido en su casa a las

mujeres más lindas del día. El reportaje ya había hecho el inventario de

los regalos. ¡Qué maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil

ramos que son de orden, no podía recibir sino diamantes, perlas y

zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los círculos; su

novio, uno de los hombres más ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca,

la criatura más distinguida del salón porteño, ponían aquella noche en

conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes.

¡Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas!

Porque es necesario convenir, ¡qué diablo! aun cuando se trate de mi tío

Ramón y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qué

dirán, compra lo más barato que puede, pero nunca sin transigir con el

punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren

ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos

posible. Así, pues, los más ricos regalos de una boda no los hacen

generalmente los más ricos capitalistas, sino los más necesitados.

Aquella noche, por ejemplo, el doctor don Bonifacio de las Vueltas,

amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posición

política, en situación de servir y no de ser servido, había regalado qué

sé yo qué par de estatuas imposibles, imitación bronce de pacotilla,

mientras que mi ex-patrón, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado,

en una situación desesperante de fortuna, había arrojado sobre la cabeza

y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes.

--Pero ese don Eleazar es famoso--exclamaba Montifiori, admirando los

espléndidos aderezos del viejo judío...--¡Es un artista _homme de

monde_! ¡Qué diferencia de ese imposible y tacaño ministro, que manda

esos mamarrachos de lata a mi hija!

La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche.

Ellas conocían al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes,

las perlas, los zafiros, los rubíes, las cadenas de pulseras y anillos y

la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la

vanidad humana había depositado a los pies de aquella criatura que

vendía su cuerpo a los tres millones de un viejo de más de sesenta años.

Pero en lo que las mujeres sobresalían, era en la crónica de los trapos:

se habían aprendido el _trousseau_ de memoria como el librito secreto de

la _Sociedad Hermanas de los Santos_.

--Doce vestidos de calle--decía una personita impertinente, de

veinticinco años largos, sacando la punta de su zapato de raso por el

ruedo del vestido.

--¿Doce?--le preguntaba la vecina,--quince... ¡ya los he visto todos!

--¿Es posible?...

--Ya lo creo...--replicaba con suficiencia la que parecía más informada.

--Dicen que hay uno de baile espléndido, color _bleu d'eau_ y otro de

terciopelo estampado color marfil, guarnecido con ramos de rosas té. ¡Y

los _matinées_ son espléndidos! Pero a mí lo que me gusta más, es uno

color turquesa muerto. ¡Qué monada!

Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas niñas

comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por

inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operación,

hasta las piezas de ropa del más íntimo uso de la novia.

Eran las nueve y media ya, y el salón estaba lleno de hombres y de

mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi tío, y Blanca del

brazo de su padre. El señor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de

la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el

sacerdote tomaba suavemente la mano a mi tío y le indicaba que se la

diese a Blanca. La rueda de curiosos estrechó el círculo; las mujeres se

ponían en puntas de pies; todos querían presenciar la ceremonia. La

fisonomía de Blanca no manifestaba turbación alguna: parecía la estatua

de la satisfacción. Yo nunca la había visto más linda; nunca el oro mate

de sus cabellos había dado más realce a su fisonomía que aquella noche.

Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja habían

hecho las más espléndidas estrofas a su belleza. Entre aquella cascada

de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que

invadía el salón de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia

llena de distinción, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo

cincelado, y por único adorno, una onda desbordada de encajes de

Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola,

después de haber perfumado el contorno con su mística y vaporosa

blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servíanle de

pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tanto mal sueño me había

producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una

corrección de líneas inimitable.

¡Era feliz mi tío!

El señor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la más

urbana discreción dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos

ligeros, tonto y baboso, que había vivido dominado por una vieja

perversa casi toda su vida, al lado de una criatura, llena de vida, de

juventud y de belleza, creyéndose capaz, el pobre, de haberle inspirado

una pasión. Era de ver también la flema con que Montifiori presenciaba

el enlace de su hija; y por último pasmaba la apatía con que Blanca se

entregaba a un marido que carecía, como era natural, de todos los

encantos que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella.

Cuando el sacerdote terminó la ceremonia, mi tío se echó en brazos de

Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales

demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lágrimas, y apenas

hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inició el

baile, con aquel mismo vals de Metra que yo había bailado con Blanca un

año antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el

bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso salón de

Montifiori.

Allí encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres

en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequeña

para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos

recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es

más fácil abrir la puerta de un salón del gran mundo a un extranjero que

acaba de llegar, sea quien sea, que a un hijo del país que nunca ha

salido de su patria;--¡costumbres sudamericanas!

Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido,

que ha aparecido una noche en la platea del Colón, o un domingo en el

bosque de Palermo.

Me acerqué a Blanca; la cumplimenté; me tendió la mano sonriendo, y me

dijo:

--Seremos grandes amigos... Soy su tía...--agregó con una sonrisa.

--Lo seremos--le contesté con afecto.

Mi tío me abrazó, pero al sentir su pecho sobre el mío, yo hubiera

deseado que no lo hubiera hecho. Sentía vergüenza de mí mismo; deseos de

desprenderme de él, de no verlo, de no haberlo conocido. ¿Amaba a

Blanca? No: ¡qué diablo! no la amaba, no la había amado nunca, no habría

podido amarla y menos desde aquel día. Ese casamiento era una

explotación, y yo le había cobrado una innata repugnancia; porque, al

fin, aquella mujer era una mujer de mármol, una mujer sin alma, sin

sentimiento, sin poesía siquiera.

Casada con un truhán, con un libertino, pero joven y con el prestigio

propio de un hombre, yo la habría comprendido; pero venderse a un viejo

valetudinario, a un hombre sin talento, sin espíritu, sin fuerzas...

¡cómo justificarla! ¡cómo creerla digna de ser sentida y amada!

En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron

precipitadamente la grande escalera, ganaron el cupé que los esperaba en

la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi tío había

preparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta y

tantos años.

Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cámara

nupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debió

cerrar sus pliegues con vergüenza, como si se sintiese deshonrado de

servir de guardián a los desposorios del Tiempo con la diosa más joven

del Olimpo.

Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un

rincón del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos

alegres que comentaban el enlace de Blanca.

--Lo único que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un

pedacito de cinta para el ojal, como la que él usa--decía riendo uno de

los jóvenes de la rueda.

--¡Eh! no es tan fácil eso...--decía otro.

--¡Qué no! mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sido

vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de

algunos diplomáticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la

_boutonniére_ y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra su

escarapela!

--Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?

--En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre un

título, y que Blanca sea Baronesa de algo...--dijo don Benito después de

haber apurado una copa de champagne.

--¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién lo

surte?...--agregaba don Benito;--este champagne es abominable... ¿si nos

creerá tontos este gran pieza de Montifiori?

--El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de

Montifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre

práctico al fin, él sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es

absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? quién lo sabría

apreciar.

Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi

compañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me había

sucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa?

Yo estaba seguro de mí mismo, ¿qué podía temer? En estas reflexiones

estaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.

--Julio--me dijo,--¿vamos a cenar al club?

--Vamos--le respondí maquinalmente, después de haber saludado a

Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.

--Sabes--me dijo, ya en el coche don Benito,--que Fernanda me ha ganado

5000 duros... ayer.

--¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?

--¡Bah!...

--Y...

--Y... se los he tenido que pagar...--agregó riendo,--vale la pena de

perderlos con ella--añadió.--Si tu honor te lo permitiera, yo te

aconsejaría que te los dejaras ganar por Blanca.

--Vamos--le dije, poniéndome serio,--don Benito, eso no es correcto...

Blanca es la mujer de mi tío... respétemonos, respetémosla.

--Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío de

usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.

En aquel momento mismo llegábamos al club.

Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no se

hablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crítica se

recreaba en morder el argumento por todas sus faces.

--¿Vienes a casa?--me dijo don Benito;--tu cuarto está pronto.

Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejo

amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me

adormecí. Entonces, un sueño espantoso pasó por mis ojos. Me vi

trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a

Valentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué a su

casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó la

presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó a

mi lado en el jardín, juntos miramos al cielo; veía su cara risueña y

espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; oí en el

piano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La volví a

ver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que la

quería... Mi sueño se fue complicando poco a poco... apareció primero

entre sus imágenes, la figura escuálida de un clérigo, después mi tío...

a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... ¡esa mujer era

Valentina!... Sentí una terrible opresión en el pecho; quise correr para

separarlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para que me

oyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas me

faltaban; entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja que

recibía su bendición y caí desmayado. Todo había concluido para mí!...

¡Valentina no me pertenecía ya... la había perdido!

¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me oprimía como una piedra, se

deshizo como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, qué inmensa

alegría inundó mi ser, cuando pensé que Valentina era libre!

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 18 / 26 题