Seis meses después, la boda de mi tío Ramón con Blanca, era cosa
arreglada. Ningún casamiento ha agitado más que aquél los círculos
sociales de Buenos Aires. En el teatro, en Palermo, en los bailes, en
los clubs, en las iglesias no se hablaba de otra cosa. Mi tío había
hecho demoler y reedificar gran parte de su casa de la calle Victoria.
Yo había hecho la resolución de abandonarlo, de volver a vivir con don
Benito, pero él no me lo había permitido, había comenzado por pedirme
que no lo hiciese y concluyó por suplicármelo de tal manera, que muy a
pesar mío tuve que renunciar a mis proyectos. El antiguo palacio burgués
de los Berrotarán había sido completamente transformado bajo la
artística dirección del señor Montifiori. Mi tío había decorado su casa
con todo el confort y el aticismo modernos. Era aquél el nido más
hermoso en que una mujer de mundo podía soñar; y cosa singular, hasta el
novio se había rejuvenecido, y había tomado todos los contornos de un
hombre de mundo.
El 20 de junio de 1883, a las nueve de la noche, una larga serie de
carruajes particulares se apostaba en la parte más central de la calle
San Martín y las personas que de ellos descendían, entraban por un
espacioso zaguán en una casa que ocupaba un extensísimo frente. La
puerta de calle, cubierta por una inmensa cortina grana, daba entrada a
una amplia galería tapizada de paño rojo y profusamente alumbrada y
decorada por guirnaldas y flores. Dos lacayos de librea guardaban sus
puertas de cada lado de la entrada. Se sentía allí un ambiente tibio y
agradable. Todo Buenos Aires aristocrático desfilaba por aquella
galería: los grandes hombres de estado, el alto comercio, la banca, el
ejército, la magistratura, el foro, las letras, la prensa. Las mujeres,
cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera friolentas y
apuradas, prendidas del brazo de sus acompañantes.
Aquella casa era el palacio del doctor Montifiori, donde debía tener
lugar aquella noche el casamiento de mi tío Ramón con la señorita
Blanca de Montifiori, hija única del famoso hombre de mundo que ya
conocemos.
La casa del doctor Montifiori bien merece una página. El trópico había
brindado sus más ricas y voluptuosas galas para adornar el espacioso
vestíbulo cubierto por mosaicos bizantinos. Esa flora artificial de la
moda que prepara cuidadosamente la tierra, y le exige los frutos raros
de la fantasía de los artistas de la botánica, rivalizaba aquella noche
con los ejemplares más curiosos del Jardín de Plantas. El jardín de la
Tijuca había contribuido en sus más bellas muestras. Desde el vestíbulo
bajo hasta el alto, incluso la gran escalera de encina tallada, las
hojas perezosas caían sobre sus tallos en grandes vasos de alfarería o
de madera; los helechos, la parietaria, el lotus y los nenúphares
extendían sus hojas, cautivas de la moda despótica, bajo cuyo imperio
parecen sentir la nostalgia de las linfas de los arroyos en que fueron
sorprendidas.
La mansión de Montifiori revelaba bien claramente que el dueño de casa
rendía un culto íntimo al siglo de la tapicería y del _bibelotaje_, del
que los hermanos Goncourt se pretenden principales representantes: todos
los lujos murales del Renacimiento iluminaban las paredes del vestíbulo:
estatuas de bronce y mármol en sus columnas y en sus nichos; hojas
exóticas en vasos japoneses y de Saxe; enlozados pagódicos y lozas
germánicas: todos los anacronismos del decorado moderno; en fin,
Montifiori, bien juzgado, era un poco burgués a lo monsieur Jourdain al
fin. Había progresado mucho, es cierto; sus largos viajes por Europa, su
malicia y su instinto, le habían complementado sus deficiencias, y en
materia de _chic_ era _as_ en la aristocracia bonaerense, que no es tan
fina conocedora de arte, como se pretende, a pesar de su innata
insuficiencia. Verdad es que el siglo tapicero necesita de dos elementos
para brillar: del judío cambalachista e importador, del _brocateur_,
como le llaman los franceses, y del burgués fatuo que compra y
colecciona y que se da por fino y sagaz conocedor de lo viejo, de ese
inestimable _vieux_, que todos se disputan, aun a riesgo de que resulte
apócrifo.
Montifiori rendía su culto a lo antiguo; además del gran salón Luis XV,
con sus muebles tallados y dorados, vestidos de terciopelo de Génova
color oro, y en el cual dos lienzos de la pared estaban ocupados por dos
tapicerías flamencas, las demás habitaciones ofrecían el desorden más
artístico que es posible imaginar. En los muros, tapizados con ricos
papeles imitando brocatos y cordobanes, una serie de cuadros grandes y
pequeños absorbía la atención de los curiosos. Cuadros eran esos en los
que Montifiori cifraba todo su orgullo. Allí había un boceto de ninfa
sobre un fondo ocre sombrío, iluminado por dos o tres pinceladas audaces
que denunciaban las formas de una mujer desnuda, de carnes bermejas y
senos copiosos, y que Montifiori mostraba como un Rubens en el caballete
de felpa cerezo que lo exhibía; más allá, cuadros firmados por Laucret,
por Largilliere, por Mignard, por Trinquez, por Madrazzo, por Rico, por
Egusquiza, por Arcos. De éstos, sólo dos de los últimos eran auténticos.
Entre las telas, algunos bajo-relieves en bronce; y sobre los muebles,
pies de todas clases, bronces antiguos y modernos; terracotas de
Carpeaux, Chapu, y bustos de Cordier de Monteverde y de Dupré; un
sinnúmero de reducciones de Bardedienne; vasos, ánforas y objetos
menores sobre tapices orientales, entre los cuales se veían variedades
de bibelots en esmalte, en Saxe, en Sévres, en carey, en marfil viejo.
Como se ve, la casa del suegro de mi tío pagaba su tributo a la moda; un
galgo aristocrático de raza, habría encontrado mucha incongruencia allí;
mucho apócrifo, mucha fruslería; pero el hecho era que Montifiori
también entendía de japonismo, de gobelinos, de tapicerías flamencas,
de vidrios de Venecia, de lozas y bronces viejos, de lacas y de telas de
Persia y Smirna.
Allí andaban todos los siglos, todas las épocas, todas las costumbres,
con un dudoso sincronismo si se quiere, pero con un brillo deslumbrador
de primer efecto, ante el cual el más preparado tenía que cerrar los
ojos y declararse convencido de que el doctor Montifiori era en todo un
hombre de mundo.
En aquel salón, único en Buenos Aires, Fernanda jugaba su _baccarat_ con
don Benito y dos o tres amigos más, las noches vacantes de teatros y
bailes; el señor Penseroso hacía su propaganda evangélica, y Blanca en
un rincón de la sala enloquecía a mi tío, contándole la gran pasión que
había sabido inspirarle entre cien hombres de mérito a quienes había
desairado por él.
El casamiento de Blanca Montifiori había reunido en su casa a las
mujeres más lindas del día. El reportaje ya había hecho el inventario de
los regalos. ¡Qué maravillas! Una novia como Blanca, fuera de los mil
ramos que son de orden, no podía recibir sino diamantes, perlas y
zafiros. Su padre, hombre de grande influencia en los círculos; su
novio, uno de los hombres más ricos; Fernanda, la mujer en boga; Blanca,
la criatura más distinguida del salón porteño, ponían aquella noche en
conflicto la bolsa de cada uno de los concurrentes.
¡Tiene tal sello inconfundible el regalo oficial en una noche de bodas!
Porque es necesario convenir, ¡qué diablo! aun cuando se trate de mi tío
Ramón y de su linda novia, en que Buenos Aires regala un poco por el qué
dirán, compra lo más barato que puede, pero nunca sin transigir con el
punto de honor, con el amor propio del que regala, porque todos quieren
ser los primeros en la feria de las exhibiciones, gastando lo menos
posible. Así, pues, los más ricos regalos de una boda no los hacen
generalmente los más ricos capitalistas, sino los más necesitados.
Aquella noche, por ejemplo, el doctor don Bonifacio de las Vueltas,
amigo personal del doctor Montifiori, bella fortuna, bella posición
política, en situación de servir y no de ser servido, había regalado qué
sé yo qué par de estatuas imposibles, imitación bronce de pacotilla,
mientras que mi ex-patrón, don Eleazar de la Cueva, un hombre quebrado,
en una situación desesperante de fortuna, había arrojado sobre la cabeza
y el cuello de la linda novia una cascada de perlas y de diamantes.
--Pero ese don Eleazar es famoso--exclamaba Montifiori, admirando los
espléndidos aderezos del viejo judío...--¡Es un artista _homme de
monde_! ¡Qué diferencia de ese imposible y tacaño ministro, que manda
esos mamarrachos de lata a mi hija!
La curiosidad no dejaba quietas a las mujeres aquella noche.
Ellas conocían al dedillo todos los regalos de la novia: los diamantes,
las perlas, los zafiros, los rubíes, las cadenas de pulseras y anillos y
la serie de diademas, de aros y flores de piedras preciosas, que la
vanidad humana había depositado a los pies de aquella criatura que
vendía su cuerpo a los tres millones de un viejo de más de sesenta años.
Pero en lo que las mujeres sobresalían, era en la crónica de los trapos:
se habían aprendido el _trousseau_ de memoria como el librito secreto de
la _Sociedad Hermanas de los Santos_.
--Doce vestidos de calle--decía una personita impertinente, de
veinticinco años largos, sacando la punta de su zapato de raso por el
ruedo del vestido.
--¿Doce?--le preguntaba la vecina,--quince... ¡ya los he visto todos!
--¿Es posible?...
--Ya lo creo...--replicaba con suficiencia la que parecía más informada.
--Dicen que hay uno de baile espléndido, color _bleu d'eau_ y otro de
terciopelo estampado color marfil, guarnecido con ramos de rosas té. ¡Y
los _matinées_ son espléndidos! Pero a mí lo que me gusta más, es uno
color turquesa muerto. ¡Qué monada!
Y el pudor y el buen gusto no me permiten continuar; aquellas niñas
comenzaron por los vestidos, siguieron por las medias y acabaron por
inventariar con el desparpajo de un cirujano que hace una operación,
hasta las piezas de ropa del más íntimo uso de la novia.
Eran las nueve y media ya, y el salón estaba lleno de hombres y de
mujeres, cuando aparecieron Fernanda del brazo de mi tío, y Blanca del
brazo de su padre. El señor Penseroso vino a encontrarlos. Las amigas de
la novia, vestidas todas de blanco, la rodearon mientras que el
sacerdote tomaba suavemente la mano a mi tío y le indicaba que se la
diese a Blanca. La rueda de curiosos estrechó el círculo; las mujeres se
ponían en puntas de pies; todos querían presenciar la ceremonia. La
fisonomía de Blanca no manifestaba turbación alguna: parecía la estatua
de la satisfacción. Yo nunca la había visto más linda; nunca el oro mate
de sus cabellos había dado más realce a su fisonomía que aquella noche.
Su vestido de novia era un poema en el que el telar y la aguja habían
hecho las más espléndidas estrofas a su belleza. Entre aquella cascada
de flores y de diamantes, de encajes, brocatos y felpas primorosas que
invadía el salón de Montifiori, la novia se presentaba con una elegancia
llena de distinción, con su traje blanco con aplicaciones de terciopelo
cincelado, y por único adorno, una onda desbordada de encajes de
Inglaterra, que naciendo en el cuello, iba a perderse en su gran cola,
después de haber perfumado el contorno con su mística y vaporosa
blancura. Dos gruesas perlas, hermanas de los azahares, servíanle de
pendientes, y su seno, aquel seno escaso que tanto mal sueño me había
producido, cerrado completamente por la bata, daba a su busto una
corrección de líneas inimitable.
¡Era feliz mi tío!
El señor Penseroso con una dulzura exquisita y un laconismo de la más
urbana discreción dijo la ceremonia. Era de ver aquel viejo de cascos
ligeros, tonto y baboso, que había vivido dominado por una vieja
perversa casi toda su vida, al lado de una criatura, llena de vida, de
juventud y de belleza, creyéndose capaz, el pobre, de haberle inspirado
una pasión. Era de ver también la flema con que Montifiori presenciaba
el enlace de su hija; y por último pasmaba la apatía con que Blanca se
entregaba a un marido que carecía, como era natural, de todos los
encantos que un hombre puede ofrecer a una mujer joven y bella.
Cuando el sacerdote terminó la ceremonia, mi tío se echó en brazos de
Fernanda y Montifiori en brazos de su hija: los amigos hicieron iguales
demostraciones con los novios; no hubo sollozos ni lágrimas, y apenas
hubieron terminado las felicitaciones, cuando la orquesta inició el
baile, con aquel mismo vals de Metra que yo había bailado con Blanca un
año antes, en el Club del Progreso. Se organizaron las parejas y el
bullicio y el movimiento invadieron de nuevo el espacioso salón de
Montifiori.
Allí encontramos a todos nuestros conocidos del club y a muchos hombres
en boga. Montifiori ha convidado a todo el mundo: la casa es pequeña
para contener la concurrencia; no faltan ni los desconocidos
recientemente llegados; porque en Buenos Aires somos tan amables, que es
más fácil abrir la puerta de un salón del gran mundo a un extranjero que
acaba de llegar, sea quien sea, que a un hijo del país que nunca ha
salido de su patria;--¡costumbres sudamericanas!
Siempre se cree que es de mal tono no invitar al brillante desconocido,
que ha aparecido una noche en la platea del Colón, o un domingo en el
bosque de Palermo.
Me acerqué a Blanca; la cumplimenté; me tendió la mano sonriendo, y me
dijo:
--Seremos grandes amigos... Soy su tía...--agregó con una sonrisa.
--Lo seremos--le contesté con afecto.
Mi tío me abrazó, pero al sentir su pecho sobre el mío, yo hubiera
deseado que no lo hubiera hecho. Sentía vergüenza de mí mismo; deseos de
desprenderme de él, de no verlo, de no haberlo conocido. ¿Amaba a
Blanca? No: ¡qué diablo! no la amaba, no la había amado nunca, no habría
podido amarla y menos desde aquel día. Ese casamiento era una
explotación, y yo le había cobrado una innata repugnancia; porque, al
fin, aquella mujer era una mujer de mármol, una mujer sin alma, sin
sentimiento, sin poesía siquiera.
Casada con un truhán, con un libertino, pero joven y con el prestigio
propio de un hombre, yo la habría comprendido; pero venderse a un viejo
valetudinario, a un hombre sin talento, sin espíritu, sin fuerzas...
¡cómo justificarla! ¡cómo creerla digna de ser sentida y amada!
En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaron
precipitadamente la grande escalera, ganaron el cupé que los esperaba en
la puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi tío había
preparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta y
tantos años.
Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cámara
nupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debió
cerrar sus pliegues con vergüenza, como si se sintiese deshonrado de
servir de guardián a los desposorios del Tiempo con la diosa más joven
del Olimpo.
Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en un
rincón del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachos
alegres que comentaban el enlace de Blanca.
--Lo único que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga un
pedacito de cinta para el ojal, como la que él usa--decía riendo uno de
los jóvenes de la rueda.
--¡Eh! no es tan fácil eso...--decía otro.
--¡Qué no! mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sido
vendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo de
algunos diplomáticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la
_boutonniére_ y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra su
escarapela!
--Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?
--En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre un
título, y que Blanca sea Baronesa de algo...--dijo don Benito después de
haber apurado una copa de champagne.
--¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién lo
surte?...--agregaba don Benito;--este champagne es abominable... ¿si nos
creerá tontos este gran pieza de Montifiori?
--El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos de
Montifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombre
práctico al fin, él sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Es
absurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? quién lo sabría
apreciar.
Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba mi
compañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me había
sucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa?
Yo estaba seguro de mí mismo, ¿qué podía temer? En estas reflexiones
estaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.
--Julio--me dijo,--¿vamos a cenar al club?
--Vamos--le respondí maquinalmente, después de haber saludado a
Montifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.
--Sabes--me dijo, ya en el coche don Benito,--que Fernanda me ha ganado
5000 duros... ayer.
--¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?
--¡Bah!...
--Y...
--Y... se los he tenido que pagar...--agregó riendo,--vale la pena de
perderlos con ella--añadió.--Si tu honor te lo permitiera, yo te
aconsejaría que te los dejaras ganar por Blanca.
--Vamos--le dije, poniéndome serio,--don Benito, eso no es correcto...
Blanca es la mujer de mi tío... respétemonos, respetémosla.
--Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío de
usted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.
En aquel momento mismo llegábamos al club.
Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no se
hablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crítica se
recreaba en morder el argumento por todas sus faces.
--¿Vienes a casa?--me dijo don Benito;--tu cuarto está pronto.
Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejo
amigo. Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, me
adormecí. Entonces, un sueño espantoso pasó por mis ojos. Me vi
trasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi a
Valentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué a su
casa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó la
presencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó a
mi lado en el jardín, juntos miramos al cielo; veía su cara risueña y
espiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; oí en el
piano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La volví a
ver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que la
quería... Mi sueño se fue complicando poco a poco... apareció primero
entre sus imágenes, la figura escuálida de un clérigo, después mi tío...
a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... ¡esa mujer era
Valentina!... Sentí una terrible opresión en el pecho; quise correr para
separarlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para que me
oyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas me
faltaban; entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja que
recibía su bendición y caí desmayado. Todo había concluido para mí!...
¡Valentina no me pertenecía ya... la había perdido!
¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me oprimía como una piedra, se
deshizo como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, qué inmensa
alegría inundó mi ser, cuando pensé que Valentina era libre!