XIII

El doctor Montifiori era un católico recomendable, desde todos puntos de

vista; miembro de dos o tres hermandades religiosas, él sabía conciliar,

como nadie, la misa de la una del día con la cena alegre de la una de la

noche, la hostia sacrosanta del altar con los mariscos perfumados del

Café de París.

En su casa se sabía dar el aristocrático barniz clerical de alto tono

del siglo XVIII. Bastaba echar una rápida mirada sobre su pequeña

librería de _amateur_, para conocer los finos gustos del hombre. Entre

las trufas literarias de Brantôme, de Casanova y de otros del género,

Bossuet y Massillon, conservaban la gravedad de las hileras: en las

letras, De Laharpe, M. de Bonald, Fontanes y Chateaubriand, daban la

nota grave del imperio, mientras que al lado, en ediciones monísimas,

brillaban todas las perfumadas indecencias pornográficas del día.

La muerte de mi inolvidable tía doña Medea había lanzado al mundo un

viudo conservado, rico y con grandes cualidades exteriores: mi tío. Dos

meses después de su viudez, vivíamos juntos: yo había abandonado a mi

viejo camarada, don Benito. Muy pronto la casa de mi tío Ramón se

transformó en una habitación completamente diferente de lo que había

sido. Se hizo allí una reunión de solteros alegres y de casados

emancipados de todas edades; había dinero de sobra, y por consiguiente

abundaban las comidas joviales, los vinos, las diversiones de todo

género y el elemento amable: las mujeres.

En un día, don Benito, el _lanzador_ de mi tío, le hizo despedir o

colocar caritativamente por ahí a todo el mulaterío antiguo de la

finada. Sólo Alejandro fue tolerado, cedido por don Benito, a cuyo

servicio estaba desde su célebre colisión con mi tía. La casa fue

transformada: todo el menaje de los tiempos prehistóricos de Pavón fue

modificado por un mobiliario moderno del más correcto gusto

contemporáneo. Los viejos retratos de la familia fueron a cubrir las

paredes de los últimos cuartos, incluso el de mi tía, que había reinado

veinte años en la pared principal del salón.

Mi tío Ramón echó muy luego el luto y se dio al mundo, enteramente al

mundo; pero siempre débil a las tentaciones de la carne, sus setenta

millones de pesos vinieron a quedar muy luego en las condiciones de un

real en la puerta de una escuela. El doctor Montifiori fue el primero en

advertir que mi tío era un partido; pero ¿cómo, por qué medio iniciar la

campaña diplomática para conseguir sus fines?

El insigne gomoso pensó, caviló mucho, hasta que un día se dio un golpe

en la frente con la mano, como el hombre que ha encontrado la solución

de un problema. Montifiori había pensado en que él no podía ser católico

al cohete, sin servirse de sus creencias religiosas.

El hombre de más influencia en la alta sociedad bonaerense era el señor

Penseroso: un abate griego, de Atenas, un hombre distinguidísimo, suave

como una alondra, agudo y penetrante como una aguja: con su rostro de

mártir, y un ojo apagado que no revelaba por cierto toda la agilidad y

la hondura de que aquel sacerdote estaba dotado. Dignísimo en su trato,

su influencia se sentía en los salones, pero era la influencia de una

sombra; jamás se impuso por presión o actos públicos; su pasaje era

como subterráneo, latente, pero eficacísimo.

Lanzado mi tío, después de la muerte de su mujer, en una vida de

desorden para sus años y para su seriedad, recogiéndose tarde, picado

por la tarántula de las artistas de teatro y de las bailarinas de Colón,

el buen viejo le había echado _la capa al toro_, como vulgarmente se

dice. Montifiori comprendió desde el primer momento que mi tío tenía un

lado débil que explotar y como medio empleó al señor Penseroso.

El salón de Fernanda estaba abierto para nosotros todas las noches. Don

Benito reinaba allí como un tirano. Algunas noches solía concurrir el

señor Penseroso, por quien mi tío había cobrado una viva simpatía. ¡Tan

dulce, tan suave era aquel santísimo y virtuosísimo padre!

Blanca le hacía toda clase de fiestas y cariños al insinuante abate: al

sentársele al lado, aquella criatura, fría e impávida, se volvía una

gata mimosa con el clérigo: le besaba respetuosamente el dedo ceñido por

el anillo de regla: le tomaba el capelo, le traía ella misma la taza de

té y le ponía en la boca alguna rica golosina de Roverano, con una

gracia indescriptible. El sacerdote se revenía y se entregaba rendido a

la encantadora.

Blanca pertenecía a las _Hermanas de los Santos_, sociedad de niñas, de

la que era presidenta y en la que ejercía una grandísima influencia.

En esta sociedad andaba la mano de los jesuitas; ellos les habían

confeccionado sus reglamentos disciplinarios, en los cuales preponderaba

un espíritu de inquisición completa: un librito reservado, de pocas

hojas, en el que abundaban las transaciones del pudor con las

conveniencias sociales y las exigencias religiosas; los casos en que las

socias podían inquietar la virtud de los hombres con sus prendas físicas

y morales; las ocasiones en que era lícito escotarse, y creo que hasta

la línea del busto de la que el escote no podía pasar.

Blanca se ganó al señor Penseroso en cuerpo y alma, y el señor

Penseroso, por una parte, y Montifiori y Blanca por la otra, sitiaron y

rindieron a mi tío.

Muy pronto don Benito y yo advertimos las consecuencias.

Ya era tarde: mi tío Ramón babeaba por la linda hija de su amigo y la

sociedad comenzaba a anunciar su casamiento con ella.

Un día, sin embargo, nos resolvimos con don Benito a hacer el último

esfuerzo. Comíamos juntos en su casa: mi tío se había sentado a la mesa

de punta en blanco, como un pollo de veinticuatro años. Concluida la

mesa, haría su visita a lo de Montifiori.

--Diablo, que está usted elegante, para viudo tan fresco--le dijo don

Benito.

--¡Eh!--contestó mi tío...--voy a la ópera esta noche...

--Nosotros también vamos, qué diablo, pero no se nos ha ocurrido

vestirnos como usted...

--Es que yo no voy solo--contestó mi tío.

--¡Cómo! ¿persigue alguna aventura entre telones?--preguntó don Benito

con sorna.

--No... déjense de bromas, acompaño a la familia de Montifiori, a

Blanca...

--¿Usted?--inquirió don Benito, apuntándole con el dedo.

--Sí, yo, ¿qué tiene de extraño?

--Don Ramón, usted enamorando a Blanca Montifiori, ¿tiene valor?

--¿Y por qué no?... si les dijera a ustedes que soy aceptado...

--Pero, tío--le dije,--esa es una unión imposible, absurda. Blanca es

una mujer joven, usted casi le triplica la edad.

--Julio--me dijo,--toda reflexión es inútil: Blanca me ama.

--Ama a su dinero, amigo--dijo don Benito dando un golpe sobre la mesa.

--¡Don Benito!...--exclamó mi tío, con un gesto de impaciencia.

--¡Eh! Sí, señor... su dinero... ¡y es una vergüenza ese casamiento, una

gran vergüenza! Usted va a ser el hazme reír del mundo. Usted, que ha

salido de las garras de una mujer absurda, va a caer en las manos de...

--¡Don Benito!...--interrumpió mi tío Ramón.

--Tío--le dije,--piense usted lo que hace, a usted no le cuadra una

mujer tan joven... espere... reflexione.

--Cualquiera te tornaría a ti por un celoso--me contestó recalcando la

frase. La sangre me subió al rostro y no pude disimular mi turbación.

--¿Y cuándo serán las bodas?--preguntó don Benito, sonriéndose.

--¡Eh! vaya usted al diablo--contestó mi tío Ramón;--no estoy para ser

objeto de sus bromas, y se levantó violentamente de la mesa.

Se daba _Semiramis_ aquella noche, y Colón estaba de gala; los palcos,

ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad,

presentaban un aspecto deslumbrador. Se había cantado el primer acto; la

Borghi y la Scalchi electrizaban al público y en la sala no se

escuchaba sino el eco del entusiasmo y de los elogios.

Una noche clásica de ópera en Colón reúne todo lo más selecto que tiene

Buenos Aires en hombres y mujeres. Basta echar una visual al semicírculo

de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones,

todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no

faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado

en medio de la sala, la empresa, en _en menage_, instalada en uno de los

mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala

entera.

No había concluido el primer acto, cuando en un palco de la izquierda

aparecieron Fernanda y Blanca Montifiori con el doctor Montifiori y mi

tío. Las dos mujeres estaban radiantes de belleza y de lujo. Parecían

dos hermanas. Todas las miradas se concentraron en el palco, todos los

anteojos se clavaron en Blanca y Fernanda. Don Benito, que estaba a mi

lado, me tocó el brazo. El teatro entero hacía un solo comentario.

A nuestro lado, teníamos dos jóvenes impertinentes que conversaban, sin

conocernos, con toda desfachatez.

--El viejo, aquél, el que ahora se le acerca;--le decía uno de ellos al

otro...

--No puede ser...--contestaba éste.

--Te digo que sí; ese es el novio... que _toupet_ de mujer.

--¿Pero estás seguro?

--Ciertísimo... si conozco mucho al viejo, cuando yo estaba de

practicante en lo del doctor Trevexo, iba todos los días al estudio.

--¿Y a ella la conoces?

--¡Bah, bah, de la escuela... era la piel del diablo cuando chica... un

potro!...

Don Benito, mudo, pero dejando vagar una leve sonrisa por los labios,

seguía tocándome el brazo a cada palabra de los indiscretos.

--¿Pero será posible que se casen?...

--Vaya, ciertísimo.

--¿Y el padre es capaz de autorizar semejante casamiento?

--El padre tiene las agallas de un dorado... ¡Tres millones de duros

valen la pena, qué diablos!

Los comentarios que hacían a nuestro lado aquellos dos mozalbetes,

recorrían sin duda los palcos y la cazuela.

Bastaba observar ciertas caras, con un poco de atención, para conocer

las impresiones que producía en el teatro la presencia de mi tío en el

palco de Blanca. En la cazuela se sentía el tajear de las lenguas, lo

mismo que se siente la hoz que siega un pastizal.

La cara de la parroquiana de la cazuela se alumbra con el espectáculo

que presenta un palco con una mujer lujosa y mundana--la cazuelera

comunica su impresión inmediatamente a su vecina;--ésta le hace un gesto

correspondiente al asunto de que se trata, en seguida se hablan,

cuchichean, ríen, se ponen graves, miran de nuevo al objeto del

comentario y la escena se prolonga hasta que se levanta el telón.

En la cazuela no queda títere con cabeza: albergue de solteronas y de

doncellas, a las que el lujo y la riqueza no sonríen ni popularizan, se

convierte en Criterion: allí se pasan por cedazo todas las reputaciones,

ya sean de hombres o de mujeres. Allí se publican los deslices de la más

linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea más virtuosa que

Lucrecia. Allí se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo,

se ridiculiza al marido, se narra la última aventura con verdadera e

íntima fruición; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se

contentan con afeitar; degüellan, ultiman, descarnando la honra como se

descarna un cadáver en la sala de autopsias. Allí se cuentan, con nombre

y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de

sus hijos naturales; se explica por qué se deshizo el casamiento con

fulana, cuánto perdió en el club zutano, por qué se fue a Europa, por

qué se vino, a qué mujer enamora actualmente, cómo le hace caso, dónde

se ven y hasta en qué casa tienen lugar las citas.

Madres de familia, las que creéis que el cielo está arriba, no llevéis

jamás a vuestras hijas a la cazuela.

Rogad a Dios que las lleve Satanás al infierno antes; en el infierno

estará más protegido su pudor, que en aquella galera donde vuela el

chisme, enreda la intriga, muerde la calumnia y se ensaña la envidia.

Los que tenéis autoridad, abolid la cazuela: meted en ella el elemento

masculino: la mujer sola se vuelve culebra en aquel antro aéreo.

* * * * *

Aquella noche la cazuela dio cuenta de la reputación de mi tío y de la

de Blanca. El doctor Montifiori, en medio de la íntima satisfacción que

revelaba su rostro por el triunfo de sus planes, no alcanzaba a

calcular, a pesar de su gran malicia, todo el veneno que había destilado

la cazuela sobre él, sobre su mujer, su hija y sobre la inmaculada

cabeza de mi tío Ramón, su futuro yerno.

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 17 / 26 题