Al día siguiente comía en casa de mi tía Medea con don Benito y mi tío
Ramón. Hacíamos la crónica del baile antes de sentarnos a comer, pero,
al ocupar nuestros asientos, la conversación varió de tema. Mi tía había
tenido aquel día una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrópica a
propósito de no sé qué bazar en que sus colegas se habían permitido
prescindir absolutamente de ella. Al oírnos hablar del baile, nos obligó
a callar; dirigió dos o tres frases hirientes a mi tío, por haberse
permitido asistir al club y comenzó a contarnos su jornada. Parece que
aquello había sido un campo de Agramante: que la emoción de mi tía había
sido puesta tres veces a votación y que tres veces había sido rechazada.
Furiosa, como ella sólo sabía ponerse cuando le picaba la rabia, había
salido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando como una
leona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rápido,
había llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales blasfemias
con que se había despedido de sus odiadas compañeras.
Mi tía se había sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca por
el fuerte altercado que acabo de narrar sin detalles.
Sus ojos, más congestionados que de costumbre, brillaban de una manera
siniestra. Mi tío Ramón había pasado de un buen humor apacible a un
anonadamiento completo, fulminado bajo el fuego de aquellas pupilas
felinas.
La ancha cara de mi tía revelaba la reflección alarmante de sus venas
ahogadas por las ondas perezosas de una sangre espesa e inmóvil. Al
sentarse a la mesa le habían asaltado mil incomodidades desconocidas
para ella: acaloramientos súbitos que le enrojecían momentáneamente sus
carrillos laxos, golpes de fuego a la vista, dolores punzantes a la
nuca, relampagueos, obscurecimientos, latidos, y qué sé yo qué vagos
presentimientos de un ataque repentino cruzaban pinchándole su
imaginación y haciéndole exclamar de cuando en cuando con cierta
desesperante agitación:
--¡Jesús, por Dios! ¿qué tengo yo?
Don Benito trataba de tranquilizarla; mi tío Ramón, sumiso siempre, la
miraba guardando un respetuoso silencio; la idea de una apoplegía le
había cruzado la mente; pero, ya fuera por temor, ya por moderación, se
guardaba bien de aconsejar a su mujer la moderación, el reposo y sobre
todo, los purgantes que el desconocido doctor Brown le había instituido
como tratamiento hacía ya muchos años. Para él, la moderación del
carácter feroz de su consorte era cuestión de algunas libras de sal de
Inglaterra, medicamento que, dada la fe que tenía en sus efectos, le
hubiera evitado mil disgustos, restableciendo por un instante la
tranquilidad del hogar.
Momentos después del altercado, mi tía Medea se había visto atacada
súbitamente de una abundante evacuación de sangre por las narices; pero
en el paroxismo de su cólera, temblando nerviosamente de ira, se había
contentado con sorber en abundancia y ruidosamente grandes cantidades de
agua salada, atarse fuertemente el brazo derecho o ponerse en los
lujuriosos rodetes de su nuca adiposa la llave consabida que aconseja la
terapéutica popular.
De cuando en cuando se pasaba las manos por los ojos, en los cuales
decía sentir un peso enorme; se comprimía las sienes, donde latían con
fuerza sus arterias o se mojaba con el agua del vaso aquella frente
pecosa y chata, bajo la cual ardía un volcán de odios y de futuros
proyectos de venganzas. Estaba irrascible, irritable, convulsa como una
fiera herida; la silla tiritaba bajo el peso de sus muslos pletóricos y
su marido volvía a agitarse acariciando tímidamente el recuerdo favorito
del tratamiento del doctor Brown.
--No valen todas ellas el disgusto que me han dado, ¡perras viejas
_caches_!--exclamaba con una voz tosida y un poco gangosa.
Mi tío don Benito y yo continuábamos inmutables nuestro programa de
abstención activa, callados y reverentes, comiendo con esa moderación
respetuosa que se confunde con el hambre modestamente disfrazada de un
apetito discreto. No se oía sino el rabioso crujir de las mandíbulas
tiburonianas de mi tía Medea, que con cierta complacencia maléfica,
aunque llena de voluptuosidad, imaginaba aplastar el cráneo de alguna de
sus rivales en el inocente coscorrón de pan que roían sus molares y el
tímido y casi silencioso masticar de los que temíamos herir los oídos
susceptibles de la señora.
Don Benito procuraba, sin embargo, inútilmente, abrir temas de
conversación, pero todo era en vano, la tentativa no prendía. Mi tía
Medea volvía a sus imprecaciones, lanzaba un reto furibundo a sus
rivales, las apostrofaba en mil formas y levantando el puño cerrado, les
juraba venganza como una pitonisa poseída por la cólera divina.
Terminábamos la comida e iban a servir el café. Mi tía tomó posiciones
para levantarse; pero, al ponerse de pie, sintió algo extraño, algo
terrible pasar por su cabeza; quiso dar un paso y cayó desplomada sobre
el pavimento.
--¡Jesús te ampare!--exclamó mi tío Ramón, abriendo tamaños ojos al
verla caer;--ya tenemos encima la terrible _perlesía_; y corrió a
socorrer a su consorte que había caído sin sentido a los pies de la
mesa, haciendo un ruido extraño con la boca llena de espuma.
Don Benito y yo habíamos corrido al mismo tiempo a socorrer a mi tía.
Su aspecto era verdaderamente aterrador; había caído fulminada por un
violento golpe de sangre; estaba sin conocimiento, insensible, relajada
y en una inmovilidad absoluta.
Era una masa inerte, en la cual sólo la persistencia de la respiración y
los latidos del corazón que llegamos a percibir, atestiguaban que la
vida aún no se había extinguido.
Mi tío pedía a gritos un médico, el vinagre y los sinapismos; y mientras
éstos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclópeas de la
señora, don Benito y yo corríamos en busca de todos los médicos del
barrio. Las señoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de la
relación de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer la
desesperación de mi tío.
Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en las
pantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y en
los brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama.
Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar médico, nos
chocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle.
--¿Qué hay, niño; qué sucede? toda la vecindad está alborotada... ¿se
prende fuego la casa?...--nos preguntó.
--Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece que
acaba de reventar--contestó don Benito con la más perfecta calma.
--¿Quién? ¿la tigra?... ¡al fin!...--replicó el pardo con el acento de
un hombre que se desahoga.
Volvimos en seguida; habíamos recorrido dos o tres cuadras y sólo
habíamos encontrado cinco médicos que se prestaron con suma complacencia
a nuestro llamamiento.
Mi tía seguía agravándose por momentos. Su respiración era estertorosa y
penosísima; a cada respiración, los carrillos, privados de resistencia,
se dejaban destender pasivamente, después volvían a quedar laxos y
flojos.
--_Fuma la pipa_--dijo uno de los médicos en voz baja;--esto es muy
característico.
Mi tío oyó la observación y creyó sin duda que el facultativo preguntaba
si la señora tenía la costumbre de fumar, pues respondió con grande
asombro al ver el atrevimiento de aquel hombre:
--No, señor, no, ¿cómo se imagina usted que una señora de esta clase?...
ni en pipa ni en nada--agregó permitiéndose ciertos movimientos de una
inopinada energía.
Los médicos sonrieron ligeramente y continuaron examinando a la enferma.
Uno de ellos le introdujo una pluma en la garganta. Mi tía, insensible,
no dio señales de sentirla. El médico hizo un gesto de desagrado.
--Es preciso mudarle la cama--agregó...
--¡Ah! sí--replicó mi tío haciendo una mueca forzada para disimular un
profundo pesar;--¡pobrecita, se conoce lo grave que está!
Otro de los médicos se acercó al oído de mi tío y le hizo una pregunta.
--¡Pfs!... hace muchos años, señor, desde soltero--dijo éste dejando
errar por sus labios una melancólica sonrisa--si nunca hemos tenido
hijos, y usted sabe que... el doctor Brown me decía que sin embargo era
posible y que...
--¡Ah, sí!--concluyó el médico que sin duda se vio amagado por una
historia patológica de la familia de mi tío;--sí, el doctor Brown era un
gran práctico.
En este momento se acercaban los otros colegas. Habían terminado su
examen e iban a celebrar consulta. Poco tendrían que decir de la
enferma; tal era su estado de gravedad. Según opinión unánime, era una
_hemorragia cerebral_ en su más terrible forma. La respiración
continuaba siempre laboriosa, las pupilas dilatadísimas e insensibles a
la acción de la luz, y los líquidos que apenas tomaba, se quedaban en la
garganta produciendo esos estertores penosos que impresionan tanto. Este
último síntoma era de augurio fatal. Mi tío estaba consternado: su mujer
iba desapareciendo lentamente sin hacer mención de reconocerlo cuando se
acercaba a su lecho.
--¿Tiene mucha fiebre?--se atrevió a preguntar a uno de los médicos que
salió el primero de la consulta.
--No, señor, no, al contrario, su temperatura es más bien muy baja. Sin
embargo, es probable que ahora comience a subir mucho, si, como
desgraciadamente lo tememos, esto termina mal. Está en un _coma_
profundo--agregó, queriendo confundir a mi tío con un tecnicismo
confuso:--es una hemorragia cerebral de forma apoplética paralítica.
--¡Jesús me ampare y me favorezca! ¡cuatro enfermedades a la vez! ¡Quién
resiste a tanto!
Y el pobre hombre, haciendo un esfuerzo supremo para manifestar la más
suprema emoción, se llevaba la mano a los ojos y se tiraba nerviosamente
del pelo.
Don Benito, que estaba al lado del lecho, miraba extinguirse aquel
coloso con una frialdad perfecta.
Mi tío no se atrevía a acercarse al borde de la cama: los médicos se
habían separado, seguros ya del desenlace.
--Acérquese, señor--dijo a mi tío uno de ellos...
Mi tío se acercó temblando, remiso y casi arrastrado por el deber... al
aproximarse retrocedió: la moribunda presentaba un aspecto terrible: la
fisonomía estaba amoratada; la respiración era difícil y cavernosa.
--¡El sacerdote!--exclamaron algunos de los circunstantes mientras los
médicos abandonaban la habitación.
Se acercó al lecho un fraile obeso, vestido de colores llamativos,
impasible como una foca, gordo como un cerdo: el rostro achatado por el
estigma de la gula y de los apetitos carnales, la boca gruesa como la de
un sátiro, el ojo estúpido, la oreja de murciélago, los pómulos
colorados como los de un _clown_. Abrió entre sus manos grasas y
carnudas un libro cuyas páginas alumbraba un monigote con un cirio, y
eruptó sobre el cadáver en latín bárbaro y gangoso algunos rezos con la
pasmosa inconsciencia de un loro.
Al terminar, se retiró algunos pasos del lecho; hizo un ademán a mi tío
para que se acercara; y en aquel momento mismo, mi tía Medea clavó sus
ojos inmóviles en su marido, abrió la boca, esputó un cuajarón de sangre
y acabó...
Mientras comenzaban las mujeres a hacer los preparativos para vestirla,
don Benito y yo sacamos a mi tío de la habitación. Era de observarse en
aquel momento la cara de mi viejo camarada;--la cómica solemnidad que se
esforzaba por mantener le daba un aire mefistofélico.
Mi tío lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz para
explicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigían las
circunstancias.
Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo solterón y no se hizo
esperar. Nos encerramos en el cuarto de mi tío, aseguramos las puertas
y don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclamó:
--Don Ramón... ¡apriete, amigo!--y buscó a mi tío para abrazarlo.
--¡Oh! don Benito... ¡qué desgracia!
--¿Desgracia? ¿Me representa usted el hipócrita? Celebre usted, amigo,
el más grande de los aniversarios de su vida...
Y mi tío no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a la
cama, se echó en ella y depositó sobre la blanda almohada de plumas en
que hundió el rostro, una sonrisa de íntima, de voluptuosa alegría, que
ya no podía contener dentro de sí mismo.
En ese instante golpearon la puerta; la abrí; el perfil risueño de
Alejandro asomaba por la rendija.
--¿Qué quieres?--le dije en voz baja y con el tono más serio del mundo.
--¡Oh!--me contestó muy despacio...--¿usted es de los tristes
también?--y aquel negro ponía una cara satánica cuando me decía esas
palabras.
--Vete--le dije...--vete.
--Sí, me voy... ¡a buscar el cajón!
A las doce de la noche, mi tía estaba depositada en el ataúd de
jacarandá que Alejandro había traído. Le habían cerrado los ojos y la
boca, pero su rostro conservaba siempre el gesto de amenaza que le era
característico, y con el Santo Cristo, que oprimía maquinalmente entre
las manos lívidas y como enceradas parecía en la actitud de un centinela
que dormita armado para el caso de una sorpresa. El _mulaterío_ femenino
de la casa y de la vecindad, había invadido la sala: no faltaban
alrededor del féretro dos o tres mulatillas arrodilladas que se turnaban
sucesivamente. Claro es que la sala había sido cubierta en un instante
de crespón y de merino negros en homenaje a su ilustre dueña.
La noticia de su muerte había cundido por la ciudad, y como su influjo
en los grandes centros sociales, a pesar de los desastres políticos del
partido de la finada, era de vieja data, la casa se vio llena toda la
noche de las eminencias del pasado, destronadas por el presente.
El primero con quien me encontré en la sala, fue con el doctor Trevexo.
¡Cómo había envejecido y enflaquecido! Sus piernas y sus brazos
desgonzados, no se palpaban al través de la ropa, pero siempre era el
mismo; el gran charlador, difuso y narrador de insulseces; gran
expositor de lugares comunes, de doctrinas tomadas al instinto, de
principios incompletos; siempre enemigo de los libros; desolado por el
prodigioso aumento de las librerías y de las ediciones: furioso contra
la exagerada difusión de las obras científicas; partidario constante,
invariable, inconmovible del periodismo: siempre citando su colección
del _Gorro de la Libertad_ y de _La Espada de Damocles_, los diarios que
había escrito después de la caída de Rozas.
¡Pobre doctor Trevexo! ¡Cómo aquel hombre que había sido el primero
veinte años antes, era hoy el último! ¡Cómo se había detenido en su
apogeo sin marchar! Me hacía el efecto de una de esas fotografías
antiguas de un álbum de familia, ante las que uno tiene que reír
involuntariamente. Mientras que el mundo político había progresado entre
nosotros, con lecturas serias y sazonadas: en el siglo de Disraeli y de
Gladstone, de Bismark y Gambetta, en el siglo de Taine y Lanfrey, el
doctor Trevexo vivía con sus recortes de diarios criollos, con toda su
fama del pasado por capital y toda su estéril informalidad por presente
y porvenir. ¡Sin embargo, lo que es la virtud y la consecuencia de los
partidarios! Su partido creía en él todavía: era siempre el gran orador,
el gran diplomático, el gran periodista, el gran abogado, del más grande
de los partidos argentinos.
La muerte de mi tía Medea lo había consternado. Su grande amiga, la
mujer resuelta de todas las épocas; vencida en dos revoluciones, pronta
a hacer una nueva a una sola indicación suya, había muerto; el partido
entero la lloraba, era una pérdida irreparable, tan irreparable, que el
más grande de los diarios de la América del Sur, le dedicó un sentido
artículo necrológico, largo como un sermón de agonía, con muchas frases
escogidas, que comenzaba recordando con mucho detalle a las antiguas
madres griegas y romanas, las hacía atravesar la trayectoria de la
historia en las múltiples combinaciones de los pueblos, y terminaba con
un elogio de las virtudes de la difunta y una laudatoria especial a la
mansedumbre de su carácter.
A este llamamiento, todo el _faubourg Saint Germain_ de Buenos Aires, se
presentó al día siguiente. ¡Cómo se elogiaban los méritos de la señora
doña Medea Berrotarán! ¡Cómo se condolían de la triste situación de mi
tío! ¡qué dolorosa pérdida había experimentado! ¡Hasta don Buenaventura
había dejado sus múltiples ocupaciones literarias para asistir al
entierro! ¡Cómo no premiar treinta años de vasallaje, mudo, entusiasta,
admirador de todas sus hazañas y desgracias!
Un entierro de fuste en Buenos Aires no necesita describirse: el
empresario fúnebre conoce los gustos de la gran capital, en los que
prepondera la gran aldea: el convoy tiene que hacer corso en la calle
de la Florida: no hay otra calle para ir a la Recoleta, y si a alguien
se le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sería difícil que
el muerto o la muerta, siendo de la aristocracia, o sobre todo de la
gran política, resucitara protestando contra la variación de la ruta.
Mi tía había sido muy religiosa; aunque víctima en los últimos tiempos
de un padre escolapio, que le había eliminado graciosamente algunos
miles de pesos, su fervor por los frailes y monigotes corría parejas con
sus entusiasmos políticos: de modo que a su entierro asistían todos los
clérigos de las parroquias principales, correctos la mayor parte, y una
delegación de cada cofradía: franciscanos, dominicos, etc., incorrectos
bajo el punto de vista de la higiene personal. Entre esta turba de
cuervos negros y pardos, no faltaba algún tribuno ultramontano, pedante
atorado de suficiencia, orador sibilino y hueco, gran momia literaria,
rellena de Blair y Hermosilla, _specimen_ del gongorismo español, que,
sentado en el carruaje de duelo, como si lo hubiesen clavado en una
estaca, mantenía su gravedad solemne como para aparentar la profunda
desolación que le causaba la muerte de aquella vieja cuyas virtudes
corrían al fin parejas con la sinceridad de sus convicciones
religiosas. Encabezando el grupo, iba la misma dignidad que ya hemos
visto al lado del lecho mortuorio, con su uniforme carnavalesco de
colorinches y su impasible cara de foca.
Mientras depositaban el cajón en la bóveda de la familia, yo me perdí en
las calles del cementerio.
¡Cuánta vana pompa!
Cómo podía medirse allí, junto con los mamarrachos de la marmolería
criolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. Allí la tumba pomposa de
un estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y las
lanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el de
García, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras.
Allí la regia sepultura de un avaro, más allá la de un imbécil... la
pompa siguiéndolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos y
sepulcros, me topé de manos a boca con mi ex-patrón, don Eleazar de la
Cueva, que también había ido al entierro de mi tía.
--¡Señor don Eleazar! ¿Usted por aquí?
--¡Ah, señor! esperando mi hora, como todos--contestó,--hoy le ha tocado
el lote a mi señora doña Medea... ¡Ah! ella es la feliz--agregó
levantando las manos al cielo:--En este mundo no hacemos sino sufrir
desengaños, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantos
servicios y tantos sacrificios por la humanidad, aquí me tiene usted a
mí... ¿de qué valgo, señor?
--Pero, señor, su posición, su fortuna...
--Señor, yo estoy en la calle, en la última miseria; me han arruinado,
señor, usted lo sabe bien--al decirme esto, el rostro de don Eleazar se
descomponía de tal manera que infundía la más profunda lástima.
Alineado a la salida de la Recoleta, soporté con todos los parientes de
la muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a uno
como diciéndole: «¡eh! míreme usted, he asistido, no lo olvide,» y
cuando terminó esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a don
Benito que me esperaba.
--¿Piensas ir con la parentela?--me dijo.
--¿Qué hacer?
--Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y mañana fuera el luto.
Y subimos al cupé, que rompió la marcha por entre los numerosos
carruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4
de la tarde; el tiempo era espléndido; el cielo, azul y sin nubes, se
reflejaba en el pedazo de río que se alcanza a ver desde la barranca de
la Recoleta.
Las caras de los que volvían del entierro, demostraban bien claramente
que no se habían conmovido mucho con la ceremonia.
Don Benito me propuso ir a comer al Café de París, después de mudarnos
el traje negro, y yo acepté. Salíamos de la plaza de la Recoleta para
entrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruzó con una
victoria elegantísima, tirada por una fogosa pareja de alazanes y
dirigida por un cochero de una corrección irreprochable. Repantigadas
cómodamente en el amplio asiento, iban dos mujeres distinguidísimas,
cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar.
Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por las
portezuelas del cupé, en el momento en que ellas también daban vuelta.
--Van espléndidas--me dijo don Benito.--Diablo de vieja tu tía, hasta
muerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, ¡qué golpe
habríamos dado yendo a Palermo!...
--Pero todavía hay tiempo--le repliqué,--retrocedamos.
--¿Te atreves?...
--Y qué...
--¡Alejandro!--gritó don Benito al cochero,--a Palermo por el Bajo...
El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a un
simple chasquido del látigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a la
verja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran calle
de palmas que estaba solitaria: sólo en el fondo, del lado del bosque,
se veía un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cupé se
deslizó por el pedregullo de la avenida, salvó la vía del tren del
Norte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruaje
estaba vacío: preguntamos al cochero dónde estaban las señoras, y nos
contestó con una seña, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos y
caminamos en esa dirección. Al fin de la calle, en un rincón del camino,
las encontramos. Al vernos, se sorprendieron.
--¿Ustedes por aquí?--nos dijo Fernanda,--¡vaya una manera de hacer el
duelo!
--Señora--contestó don Benito,--el duelo ha concluido y la vida comienza
de nuevo.
--Pero usted--dijo Blanca, con ironía,--sobrino carnal, y en Palermo, el
mismo día del entierro; ¡qué escándalo!
--Sobrino carnal, no; político, sí... no hay inconveniente.
--Y ese pobre tío, ese señor don Ramón, ¿cómo estará de triste y
desolado?--inquirió Fernanda.
--¡Oh! aplastado; ¡figúreselo usted libre de un monstruo y con setenta
millones de pesos!
--¡Setenta millones!--exclamó Blanca,--bonito dote, mamá ¿eh?
Fernanda hizo un signo de aprobación y su fisonomía se alumbró como si
concibiese una vaga esperanza.
--Pero don Ramón ha sido feliz con su tía... un viejo pisaverde, alegre,
muy _sirvientero_... ¿no es verdad?--preguntó riendo.
--Tal cual; pero víctima de su mujer; figúrense ustedes, que el día
domingo, doña Medea metía en la cama a su marido para que no saliera a
la calle.
--¿De veras?
--Garanto--y don Benito reía a carcajadas.
Yo me había acercado a Blanca y le había dado el brazo. Don Benito se
había quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habíamos
encontrado. Caminábamos con Blanca en dirección a los árboles: estaba
pálida como de costumbre, vestida con un traje de pana color bronce,
sumamente ceñido al cuerpo; su talle se dibujaba admirablemente.
Guardábamos silencio y ni ella ni yo parecíamos resueltos a romperlo.
De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una profunda
cavilación, exclamó abstraída:
--¡Setenta millones!
--¿Le parece mucho?--le pregunté.
--¡Ah!--me contestó, como despertando;--pensaba que ese tío es un
horizonte: ¿Es muy viejo?
--Sesenta y cuatro años, no es mucho; más joven que su fortuna, sería
mejor menos millones que años... ¿no?
--¡Oh! no, de ninguna manera; diez años más o menos no es nada para un
hombre, diez millones de menos es mucho...
La tomé fuertemente del brazo con un movimiento de cólera y de
impaciencia; la sombra del bosque nos protegía: le estreché las manos,
la besé en el rostro, en los ojos, en la boca, entre los labios
entreabiertos.
--Blanca--le dije--¡yo... no puedo resistir!...
--Hay tiempo--me replicó,--- ¡más tarde!
Y aquella mujer parecía una estatua de hielo, en medio de la
involuntaria voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto.
Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito habían
desaparecido. Alejandro, desde el pescante de nuestro coche, me hizo
una seña que significaba que la pareja estaba allí.
Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cupé.
El viejo camarada había perdido la corrección habitual de sus cuellos y
de su corbata; dos chapas rojas alegraban su semblante. Fernanda se
hallaba perezosamente reclinada en el muelle respaldo de raso del cupé;
a pesar de sus 38 a 40 años estaba bellísima. Al vernos se incorporó,
consultó la hora y bajó ágilmente del carruaje, subiendo a su victoria
de un salto. A su lado se sentó Blanca; yo le eché la cariñosa manta de
nutrias sobre los pies y a un signo del cochero, las dos yeguas del
tronco partieron a escape.
Trepamos a nuestro cupé. Don Benito estaba radiante de alegría, pero se
esforzaba por aparentar una profunda severidad.
--¿Y qué tal?--le dije con sorna.
--¡Pscht, mucho calor!
Era en julio y hacía un frío de todos los diablos.