Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de
_pumps_ de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegante
y joven como un muchacho de veinticinco años.
Yo me vestía lentamente; aquella noche hacía mi estreno en el club. ¡El
club!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo,
y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran _attraction_
de la _season_ porteña.
--¿Todavía en ese estado?...--me dijo al verme complicado en los
preparativos de la camisa;--¡es la una casi!...
--¡Ah! ¿qué cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerde
usted que me estreno.
--¡Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace... Mírame--me
dijo--cuadrándose en el medio del cuarto.
--Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante...
--Sí, pero te cuadra Blanquita, ¿no?... Y no supongo que te prenderás
como un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligera
como la madre... y quiero que la conozcas.
--No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yo
tengo una novia en...
--Está bien, cásate con aquélla, pero enamora a ésta... no seas tonto...
--¿Y si no me hace caso?
--¡Qué no! La madre te adora y la madre es la protectora de esa
criatura.
--¡Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tenía veinticuatro años cuando
yo tenía diez o doce, pero la hija...
--La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avería,
lindas como unas tórtolas y peligrosas como dos lobas.
--Esta noche estarán radiantes, serán las reinas del baile, el señor
Montifiori hará brillar su legación vacante.
--¡Montifiori!... ¿Qué clase de hombre es Montifiori?...
--Te lo diré después... vamos, átate la corbata pronto.
--¿Va bien así? Muy grande el moño, ¿no?...
--No; está bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de los
hombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; ¡excelente! Estás
hecho un lord. ¡Si yo tuviera tu cuerpo y tus años y tú mi
experiencia!...
--¡Siempre el viejo proverbio, don Benito!... ¡Ah! no hay nada completo
en el mundo.
Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz y
salimos yo y mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos,
pero el cupé de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en él y
empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranvía a todo trote. En
cinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que
esperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje el
turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de
hombres y mujeres que subían apresuradamente la escalera muellemente
tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.
¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por
cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una
maravilla de arquitectura.
Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos
Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el
Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión soñada cuya crónica
está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a
todos los mortales.
Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de una
influencia única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariño
como un antiguo amigo.
El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, me
condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nos
consultamos un momento la figura sobre los espejos.
En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas de
_Carmen_...
Toreador, toreador en garde...
y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma de
Merimée, distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros,
los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extraño poema
de amores plebeyos y bajas venganzas.
El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado de un _clubman_ de
raza tendría mucho que rayar, desaparecería ante la masa compacta de
hombres y mujeres que lo llenaban.
Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar
en aquel _bouquet_ porteño que julio forma todos los años con la
exactitud con que se celebra un aniversario.
Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas
treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus
primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52
fundó ese centro del buen tono, esencialmente _criollo_, que no ha
tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el
_chic_ de uno de los clubs de París. Sin embargo, ser del Club del
Progreso, aun allá por el año 70, era _chic_, como era _cursi_ ser del
Club del Plata, con perdón previo de sus socios.
La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario ser
crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las
mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de
_whist_ en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de la
calle Victoria.
En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido empapelada
cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido
cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una
generación de la cual van quedando muy escasos representantes. Allí ha
mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los
maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de
mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral
de las víctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia
del _Barbero de Sevilla_: del _venticello_ pasa al huracán y ¡ay de
aquel que se encuentre envuelto en la ráfaga!
El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que
han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil
que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; ¡y a
mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los
hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una
mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del
sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por
la chusma de los peones sobrevivientes!
¡Falta allí el retrato del padre Castañeda! ¡Y sobre todo, falta el
espíritu! ¡También veinte, treinta años, de hacer lo mismo!
Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos.
Mucha _Memoria_, mucho _Registro Oficial_, pero a condición de no
encontrarse nunca cuando se pedían; y en la mesa de lectura, todos los
diarios porteños, vacíos y estériles como sábanas de monja, luciendo el
artículo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme
de una figura bíblica, se fatigan los caballos de la imaginación. En la
mesa de lectura el _Illustrated London New_ y la _Revue_ (casi sería
inútil agregar _des Deux Mondes_, si no habláramos en el club); la
_Revue_ en que M. de Mazade produce el artículo burgués que en un tiempo
firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre
sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por
olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creería que allí
se lee... ¡nada de eso! Allí se conversa: en el grupo de muchachos
alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la
última nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgués
pantagruélico, gastrónomo noctámbulo, engordado y enriquecido por el
vientre libre de sus vacas, que se hace servir allí mismo un chorizo por
noche, mientras que, con el profundo desdén del bruto feliz, descuidado
el traje, pelado a la _mal-content_, mira todo lo que le rodea con
satisfecha apatía, llevando la mano al renegrido cabello y dragándose
la caspa de aquella mollera inerte con la uña afilada del índice.
No falta tampoco el idiota de la aldea, magín descompuesto, candidato de
pillos, víctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre
filantropía, abriendo la boca de admiración y pestañeando con un ojo que
sufre de perlesía intermitente, mientras la pupila del otro se le sale
como el carozo de un durazno prisco.
Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como
ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano,
insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que
todavía creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.
Y entre esta sociedad híbrida e incolora como la Memoria de un ministro,
mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el
positivismo contemporáneo con el sueño de un iluso, solía de repente
estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cuán estériles han
sido las desgracias del pasado y cuán injustamente ha repartido el
destino sus favores en el presente.
Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la
cuerda de los arcos, transmitían la alegría y el entusiasmo singular de
la música a todos los semblantes.
De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor,
yo seguía el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplo
caliente de un vals de Metra. No sé por qué, esos valses fascinadores,
de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el éter por
la batuta mágica del maestro, me produjeron una profunda melancolía,
trayéndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a través de
los cristales empañados por el frío de la noche, el cuerpo de su amada
enlazado por el brazo de un rival feliz.
¡Pero qué variado espectáculo!
¡Cuánta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariñosa de esas telas
modernas, cómplices de la carne y del contorno que este siglo
materialista teje con las alas de pájaro o pétalos de flores exóticas!
¡Cuánto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo,
brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridículo!
¡Cuánto contraste!
¡Cuánta cara foránea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada de
raso tórtola, bizantinamente enfracada, con pantalón en forma de caño y
botines de brasileño guarango!
¡Cuánto gallo viejo sin púas, forcejeando contra el tiempo en vano, con
las armas débiles de los untos! ¡Cuánto ser insípido, abriendo la boca
satisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda y
atolondrada que busca su ideal sin encontrarlo!
¡Cuánta mamá achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojón en los
sofás de lampás crema!
¡Cuánto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halcones
y que se sitúa en el buffet con el sentido práctico de un convencido!
¡Cuánto viejo fatuo, teñido de pies a cabeza, prendido como un paje, que
apesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerables
ante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabroso
renombre de afortunado! ¡Cuánto muchacho alegre y filósofo, pollos de la
aldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor de
los descreídos!
El baile estaba en su apogeo, cuando sentí en torno un murmullo. Dos
mujeres del gran mundo entraban en el salón y las parejas se abrían para
darles paso. Don Benito acompañaba a una de ellas, y la otra, contra la
más estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. Don
Benito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos.
--¡Julio!--me dijo con la más perfecta y aristocrática
urbanidad:--¡Fernanda!--Y dándose vuelta y señalando a la más joven,
repitió, como toda presentación:--¡Blanca!
Me incliné reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doble
de mi compañera de teatro ¡dieciocho años ha!...
--Me parece que nosotros somos viejos amigos--me dijo Fernanda.--Y como
queriéndome dar confianza, agregó:--¡Pero usted es un hombre!
--¡Señora... señorita!....
Y a una finísima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extendí mi
brazo y Blanca se colgó de él con franco y dulce abandono.
No podía darse un retrato más semejante a Fernanda. Para mí, Blanca era
una verdadera resurrección del pasado; la misma aparente frialdad de la
madre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos de
Fernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nervios
preponderaban sobre la carne. Por último, un brazo que podía ser un
tanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia,
tenía yo no sé qué encanto voluptuoso, mil veces más ático y más puro
que el que revela un pie bien calzado cubierto por una media de seda
obscura.
El vestido de Blanca era una antítesis con su serena palidez: una
pollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como un
calco las líneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo un
zapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que aparecía
el más bello y atractivo pie de mujer.
Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho,
dejando adivinar las líneas audaces de sus senos altos y erguidos como
los de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de una
sencillez irreprochable sostenían su cabello rubio mate, y fuera de las
numerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una sola
alhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucían en aquella mujer.
--¡Qué espléndido vals!--me dijo,--bailemos, yo no resisto...
La enlacé estrechamente y la imaginación debió traerme, como una brisa
en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclinó su
mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeció mi
pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y
admirable, la danza lasciva nos arrebató en su torbellino. Blanca
bailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, pero
también sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando,
los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la
música, nos unían involuntariamente, y yo sentía ese estremecimiento
inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando
el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable
arcilla humana de que están hechos todos los seres desde Satanás hasta
San Antonio.
El vals tocaba a su término; mi compañera se me había entregado
completamente. En el mareo embriagador de sus últimos giros, columbré el
rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una
sonrisa mefistofélica, en el momento en que el eco de los violines se
apagaba, y Blanca caía fatigada voluptuosamente sobre un sofá que la
sostuvo y balanceó un instante en sus muelles y flexibles elásticos.
--Pero usted valsa como nadie... Yo no podría valsar con otro después de
haber valsado con usted.
--Y bien, señorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los
valses...
--¡Oh! ¿Y los compromisos?...--me dijo con cierta petulancia altiva.
--Es muy sencillo: los viola usted--le repliqué con igual tono.
--¡Me cuadra! Está hecho el trato.
En ese instante nos detenía un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y
lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que
se aspiraba de lejos.
--Muy buenas noches, señorita. ¿Quiere usted darme el próximo vals?
--No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida--contestole Blanca
con indiferencia.
--¿La cuadrilla?...
--Me fatiga bailar cuadrillas--replicole en el mismo tono.
--¿Entonces, los lanceros?...
--Menos, doctor...
--¿Entonces que quiere usted darme?--preguntó aquel desgraciado e
incómodo pretendiente.
--Nada--se apresuró a contestar don Benito que en ese mismo instante
llegaba a nuestro grupo.
El joven doctor tragó saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando
con generosidad en su favor, le dijo:
--Pasearemos esta mazurka, y señaló la pieza perdida en el epílogo del
programa que comenzaba.
Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran salón, en
dirección al salón punzó de la calle Victoria. Al entrar en él, un grupo
de hombres, entre los que estaba mi tío Ramón, saludó a mi compañera con
lisonjas y elogios. Blanca se detuvo.
--¡Ah! papá ¿qué haces?...--y dirigiéndose a los demás, les estrechó
francamente la mano, mientras yo hacía una reverencia.
Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; un
ex-diplomático de un país híbrido como la Herzegovina o el Montenegro:
no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba.
El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con aire
de _garçon_. Sabía llevar con cierta elegancia negligente la ropa que
vestía y se conocía que el gusano había vivido siempre dentro de seda.
Corríase que al casarse con Fernanda, veinte años atrás, el doctor
Montifiori había enajenado su interesante personalidad en cambio de la
belleza de su esposa y ocupado una legación en no sé dónde.
Corríase también que aquel _lion_, a pesar de su edad, había sido el
_enfant gaté_ y el _bon papá_ de esas famosas golondrinas que vuelan en
invierno a mediodía en sus carretelas por el _Bois_, custodiadas por un
lacayo impertinente y acompañadas por perros microscópicos de esas
razas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica las
nobles obras del Creador.
El doctor Montifiori se movía por el salón como una góndola con proa de
ánade: tenía un abdomen formado sin duda por las golosinas de los
banquetes de embajada, a los que concurría invariablemente a pesar de su
retiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso su
bigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, debían el
brillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmético en constante
ejercicio sobre la mesa de _toilette_. No hay duda, el doctor Montifiori
vivía teñido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos
_dandys_, después de tragar sus píldoras de salud, entregaba su figura a
los afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuente
de Juvencio, se bañaba con precauciones en agua tibia y perfumada,
dormía como los donceles de César en lecho de plumas y su medio siglo
largo, necesitaba después de sus encantadas _soirées_, que el edredón de
los sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los de
Júpiter, después de sus transformaciones.
Montifiori era un epicúreo, y por eso, el salón de Fernanda era
renombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todos
sus detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesa
verdaderamente ática como manifestación culinaria, Montifiori pasaba con
razón por un _gourmet_ de estirpe, por un paladar maestro para catar una
becasa _au madère_, servida sobre un plato de Saxe.--Y así, aquel gran
vividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubíes de sus anillos de oro
mate al través del diáfano cristal, lleno con los topacios líquidos del
Sauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, debía
sufrir mucho, cuando mi tía Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a su
mesa a comer aquellos platos dignos sólo de su robusta pepsina de
_ñandú_.
Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia al
europeísmo, hablaba con bastante afectación el francés y murmuraba el
inglés con una increíble adivinación del acento peculiar de este idioma.
Estaba en todos los golpes de _petits mots_, sabía sacar partido de esas
deducciones híbridas de las palabras, que los parisienses consiguen
hacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas las
expresiones hasta casi llegar a formar una charla de monosílabos breves,
rápidos, fugaces y casi eléctricos, que hacen la desesperación de todos
los que han aprendido el francés por el Ollendorf.
Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros más, el viejo
Ministro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, político ducho,
orador brillantísimo y eficaz, gran brujuleador de cámara y antecámara,
fina inteligencia, blanca erudición, débil y bondadoso, embrollón como
una modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Se
balanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personaje
diminuto, que a una fisonomía árabe despejada, de ojo poético y
penetrante, reunía ciertas antítesis morales y físicas que revelan un
prisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tanto
enfática y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y los
labios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y se
contoneaba delante de las señoras como un palomo que corteja a la paloma
dando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aquél uno de los
finos artistas de la palabra y de la frase, según se decía; había caído
de las más altas posiciones, y mi tía lo abominaba como todo el partido
de la gran política que no le conocía sino por el apodo que se le daba y
que no es del caso mencionar.
--Señorita Blanca, presento a usted mis más sumisas manifestaciones de
respeto y admiración--dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo su
boca como un pimpollo.
--¡Oh, doctor! tantas gracias--contestó Blanca.
--Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes,
Blanca...¡aaah!...¡está usted espléndida... aaah!--decíale el compañero
de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.
--¡Oh! déjeme, doctor, que lo felicite por su folletín de _El Nacional_;
¡qué linda, qué linda página!
--¿La ha leído usted? ¡Linda era en efecto!... ¡qué lástima que mis
ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas...
aaah!--dijo el doctor, mirando al señor de las Vueltas con marcada
intención.
Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a
propósito de un caballero de las provincias que había pasado atufado y
sin saludar al grupo.
--Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo
cultiva la más cordial amistad.
--En efecto--decía un gallo viejo de _monocle_ que formaba parte del
grupo,--_Il a l'air bien farouche_.
--Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escañote, de Corrientes, un
incorruptible, me detesta, ¿y saben ustedes por qué? Una noche en París
este señor, que se había instalado con toda su prole en un mal hotel de
cuarto orden, hacía la cola en la boletería de _Variétés_ donde se daba
la _Femme à papá_, una mononería de cosas _cochonas_ en que Judie hace
caer la baba. El buen señor, sin conocer las reglas de la cola,
pretendió saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy
_sot_; ¡claro! se armó un alboroto. Ese pobre señor tenía la desgracia
de no hablar una palabra en francés, e interpelado por los _agents de
ville_, contestaba con el acento peculiar de su provincia:
«¡No me lleven así!... ¡soy forastero, correntino, de la República
Argentina!...» y qué sé yo qué otras cosas.
De repente, _malheur_ me divisa, me conoce entre la ola de la
muchedumbre y me grita:--«¡Señor Montifiori, paisano, compatriota, venga
a salvarme, me quieren llevar a la comisaría!» Figúrese usted, doctor,
yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese espléndido
_Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone_! Salíamos de
Bignon, era imposible codearme con aquel _rastaquère_ guaraní! El
Príncipe notó sin embargo mis señas y me decía:--_Comment! c'est un de
vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas_?--¿Qué podía yo
contestarle?...--_Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne
le connais pas._
--¿Y cómo concluyó el incidente?--preguntó el señor del _monocle_.
--Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el _Café Anglais_ y mi
correntino durmiendo en la comisaría.
--¡Ja! ¡ja!--y todos a una reían de la espiritual aventura de
Montifiori.
--¿Y qué es de tu mamá, Blanca? no la veo--le preguntó a su hija.
--Ahí anda, con don Benito...--contestole su hija haciendo un gracioso
movimiento de cabeza.
--¡Joven y linda como la hija! _Mater pullchra, filia
pullchrior!_--exclamó el doctor, esbozando en su rostro moreno una
sonrisa afectada y contoneándose siempre con las manos sobre el vientre.
--Bien, jóvenes--díjoles Blanca,--yo tengo sed, quiero tomar un helado;
señor don Ramón,--agregó dirigiéndose a mi tío,--lléveme usted a tomar
un helado. ¿Me permite usted, que lo abandone por su tío?
--Con tal que el próximo vals sea mío...--le contesté.
--¡Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal--me contestó, y
soltándome el brazo, lo entregó coquetamente a mi tío Ramón y ambos se
retiraron del grupo.
--¿No es cierto que mi hija es _charmante_?--dijo el doctor Montifiori
al verla retirarse.
--Es una señorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me
permitirá que le reitere mis más entusiastas felicitaciones y plácemes
sinceros--contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono más
melifluo de su voz.
--Es una nereida, una verdadera hurí, tiene la hermosura de Dido y el
paso de una diosa...--exclamó el otro doctor entusiasmado.
--Nosotros no tenemos papel que desempeñar en este baile... Mucha mamá
_demodada_; y no es posible _glisarles_ nada a las jóvenes sin que se
ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer
fácil... _¡Variedades!_... Anoche _Fleur d'Eglantier_ estuvo
apetitosísima en la _chansonette_... _¡Quelle chatte!_...
--¿Sí, y qué cantaba?
--_Oh, mon cher_! cantaba _Mon Oscar_!... estábamos en el _avant-scène_,
con los _attachés_ de la legación turca, y la muy ricotona me cantaba a
mí solo todos los _couplets_... la sala ardía de envidia!... Yo estaba
irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un
sobretodo de cuellos de _silkskin_... en fin, ¡espléndido! Subimos en mi
cupé clarence y cenamos en el café de París soberbiamente... unas
armoricains y un _homard_, que sólo ese Sempé es capaz de proporcionar
en esta tierra imposible! ¡Qué mujer tan _flirtante_!... ¡Me llamaba
_Mon petit Pichonot_!
En este instante mi tío Ramón regresaba con Blanca del _buffet_.
--Comienza nuestro vals, señorita, y yo lo reclamo. Tío, usted se queda
con sus amigos y me devuelve la compañera, ¿no es así?--le dije a mi tío
Ramón.
--Te la entrego, siempre que ella lo consienta--me contestó, y como
Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi tío la dejó hacer y nos
alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los más
interesantes cuadros del salón.
El vals recomenzaba; entramos en el gran salón y nos perdimos en el mar
de danzantes. Blanca había pasado de su interesante palidez a un
encarnado suave, que revelaba la excitación involuntaria que provocan en
la mujer la música y el baile.
El último vals lo había bailado con un ímpetu y un ardor de veinte años.
Sus ojos claros, melancólicos y un tanto extáticos por lo general, se
habían alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa
seductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en
las horas fugaces de la fiesta.
Nos sentamos en un sofá al concluir la pieza que habíamos bailado, y
como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejándose caer
sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me
dijo:
--¿Por qué tan lejos? Acérquese usted más... tome mi abanico, deme aire,
me sofoco...
Obedecí maquinalmente, y al acercarme rocé con suavidad su rodilla, que
se adivinaba a través de la veste y sentí su contacto tibio y carnal.
--Más cerca, abaníqueme usted... así... ¡oh, ahora se respira!...--y
suspiró con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se
desprendieron un instante del tul que las cubría y volvieron a dibujar
su sobrio pero voluptuoso busto.
Yo me había acercado a mi compañera todo lo que el buen gusto permite.
Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila
compacta de las parejas nos cubría de las miradas de todo el mundo. Hay
veces que un baile es más solo que un desierto. La música rompía en
seguida y Blanca y yo, en nuestro sofá, gozábamos de la ventaja de que
nadie se preocupara de nosotros.
--¿Y su padre? ¿hace mucho que murió?...--me preguntó con un acento
lleno de ternura.
--Veintidós años, cuando yo era un niño...--le contesté.
--Es triste sin padre y sin madre, tan joven...
--Muy triste, Blanca.
--Y tanto más, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy
indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable.
Al menos, yo no la concibo.
--¿No cree usted en el amor?...
--¿Solo?--me observó vivamente.
--Sí--le dije mirándola con fijeza.
--¡No!--me contestó ella con indiferencia...--¿quiere ser mi amigo?
¿Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraña. Yo
no he amado nunca y no sé si lo que he sentido alguna vez, puede
llamarse amor; pero jamás, aun amando mucho, me casaría nunca con un
hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...
--Es triste--le repliqué;--ser de un hombre a quien no se ama, debe ser
algo terrible en la vida...
--No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al fin
el marido no es otra cosa a la vuelta de diez años. ¿Cómo concibe que
don Ramón, su tío, esté enamorado de misia Medea? ¡Imposible!
--¡No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama,
¿cómo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...
--¡Pero, no cerrándola, amigo mío!... Yo no sé si algún día me
enamoraré, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguiría el
imperio de mis pasiones...
--¿Casada, también?...--le pregunté, aproximándome todo lo más posible.
--¡Casada, también!--me contestó, y su aliento me embriagó el rostro.
Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.
La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle
del Perú, estaban entreabiertos: nosotros estábamos sentados cerca del
tercer balcón. Una pareja de esas que se forman con una mamá aburrida y
un acompañante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos
consagró una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aproveché la ocasión
para invitar a Blanca a que abandonásemos el campo al enemigo y ella
aceptó. Al pasar junto a la puerta del balcón, exclamó:
--¡Qué espléndida noche!--y se detuvo un instante sobre el marco de la
puerta;--¡hace un calor tan insoportable en la sala!
--En efecto, la noche es soberbia--le dije;--¿salgamos al
balcón?--agregué acompañando mi palabra con una ligera presión en el
brazo que tenía enlazado con el mío.
--Nos criticarán...--me repuso.--Este mundo no ve tan bien estas
cosas... pero a mí no me importa nada de él, salgamos;--agregó
resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abrió y
juntos entramos en el balcón.
Eran las tres de la mañana, la luna en menguante ya, iluminaba los
techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de
gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club
hasta el Retiro una senda que parecía alumbrada por candilejas.
Al entrar en el balcón, alguna pareja nos había entrecerrado de nuevo
las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, hacía un contraste
raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas
de los trajes, la música y el bullicio, producían un movimiento variado
y constante.
--Nos han encerrado--me dijo Blanca...--¡es original!...
--¿Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...--le pregunté.
--¡Miedo yo! jamás lo he tenido... ¿qué podría temer de usted?...
--¿De mí?... nada, sino que la admiración que usted me inspira me
hiciera aprovechar este momento para cometer una locura.
--¿Qué locura?--me dijo, echándose para atrás con una sonrisa llena de
voluptuosidad.
--Esta...--le contesté, y avanzando sobre el espacio del balcón hasta el
rincón en que termina la reja, la impulsé suavemente, le saqué en un
segundo uno de sus guantes, le tomé la mano, la llevé a mi boca, la
rodeé con mis brazos el cuello y la cubrí de besos mudos e intensos que
ella rehuía apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad
irritante.
El reloj del Cabildo golpeó en aquel momento las tres de la madrugada, y
el eco de la campana se extinguió en el silencio de la noche.
--Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento frío--me
dijo,--entremos--y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba
la más mínima impresión por lo que acababa de suceder.
--Blanca--le dije,--¿me ama usted?...
--No lo sé--me repuso.--¿Para qué quiere saberlo? ¡Aunque lo amara, no
me casaría con usted!...
--¿Por qué?
--Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y
el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis
gustos... Deje que se presente, y, entretanto, ámeme, siga amándome, le
daré todo mi corazón--añadió riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y
como adoptando una resolución, añadió:--tengo hambre, ¿lo oye usted?
¡lléveme a cenar!
Salimos del balcón y entramos de nuevo en la sala. Yo tenía la sangre en
la cabeza, pero aquella mujer estaba fría como una lápida. En la
escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda
todavía.
--¿Qué tal, hijita mía--le dijo Fernanda pasándole la mano por la
cara,--te diviertes?
--Ah, mucho, mucho, mamá--replicole Blanca.
--¿Y usted, señor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias
por el compañero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...
--¿Nada más que el vals?--preguntó con sorna don Benito.
--¡Oh, nada más! Ninguna mujer chic baila otra cosa... ¿No es verdad,
mamá?
--¿Por qué no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.
--¡Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las últimas en el balcón...
--¿Que dices, Blanca?--preguntó Fernanda con un acento de sorpresa.
--¡Sí, mamá, en el balcón!
Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picardía, y yo hacía un
esfuerzo supremo para contener mi emoción. Pero Blanca, con una
resolución repentina, me arrastró fuertemente del brazo que me tenía
asido y me sacó del descanso de la escalera en que nos habíamos
detenido.
--Vaya, ¿qué tiene de particular?--preguntó Blanca retirándose y mirando
a la madre...--¿Tiene algo de malo lo que hemos hecho?--y encogiéndose
de hombros con un movimiento brusco, agregó con una carcajada:
--¡Vamos a cenar!
Entramos en el comedor que todos conocemos: un gran salón al cual le
falta mucho para estar bien puesto. Aquella noche, Canale, como de
costumbre, había formado la gran mesa en herradura con mesas centrales,
y sobre ella, había levantado los mismos catafalcos de cartón y pastas
de azúcar de todos los años. Se cena execrablemente en el Club del
Progreso, y el adorno de la mesa tiene mucho de los adornos de iglesia:
los jamones en estantes de jalea, los pavos y las galantinas cubiertas
por todas las banderas del mundo. En fin, allí se sienta uno con la
indiferencia con que Raúl y Nevers se sientan en el banquete de papel
pintado del primer acto de los _Hugonotes_.
El mozo se nos acercó y nos dio la _carta_. Blanca pidió _bisque_ y nos
hizo servir champagne. Era hija del padre; las delicadezas de la mesa la
seducían más que otras cosas. Devoró el primer plato y agotó la copa con
ansia. Nos habíamos sentado en un extremo de la mesa; las flores y los
adornos centrales nos cubrían de los vecinos del frente. Yo me había
aproximado a Blanca lo suficiente para atenderla, pero ella, no sé si
con intención o sin ella, cerró la distancia aproximando lo más posible
su asiento al mío.
--Usted no bebe nada--me dijo,--¿tiene miedo de perder la cabeza?
--No... si usted la perdiera, me gustaría perderla con usted--le repuse.
--¡Yo!... sería inútil; tengo la cabeza muy fuerte para el champagne...
Bebamos otra vez... ¡bebamos por nuestra amistad!
--Yo levanté la copa junto con ella, y juntos apuramos su contenido.
--Usted es una mujer de hielo--le dije.
--¿Yo? ¡qué disparate! usted no me conoce, yo lo que soy es una mujer
caprichosa... ¿Cree usted que con una mujer de hielo habría usted hecho
lo que ha hecho esta noche? No... el día que yo llegue a amar, amaré
como ninguna.
--¿A mí?
--No lo sé, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro,
si usted no lo es...
En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del día
dibujábase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba a
teñirse débilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nos
acercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cual
empalidecían las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo y
dejaba caer su cuerpo débilmente sobre el mío.
--Es linda la madrugada--le dije, oprimiéndola con pasión...
--¡No!--me repuso,--la noche me gusta más... vámonos, tiemblo de que el
sol me sorprenda en la calle--y arrastrándome con fuerza, bajamos la
escalera y me obligó a conducirla al toilette.
--Adiós...--le dije estrechándole la mano.
--Adiós--me replicó apretándome la mía en que quedaron impresos sus
dedos finos y nerviosos.
Al dar vuelta, me encontré con don Benito que acababa de abandonar a su
compañera.
--Y... ¿qué tal, Blanca?
--Fría como un mármol--le dije.
--¡Ah, hijo mío!--me contestó,--la hija es como la madre, una estatua
que uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se mueve
nunca sin música...
--¿Qué música?--le pregunté.
--¡Inocente! la libra esterlina; una partitura que no admite rivalidades
de escuela--y poniéndome el sobretodo en el brazo, y armando el claque,
sacome fuera y metiome en el cupé que comenzó a rodar apenas sonó el
golpe de la portezuela.
La fatiga me rindió aquella noche, pero no pude descansar. La imagen de
Blanca me atraía involuntariamente: veíala andar y detenerse
burlonamente en mi camino como dándome tiempo para alcanzarla, y cuando
creía tenerla cerca, la visión desaparecía dejando en mi sueño el surco
luminoso de su vestido rojo que parecía disolverse en el aire en
deslumbrantes e impalpables copos de fuego.