IX

Han pasado algunos años.

Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa al

lector.

Don Pío Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajes

singulares; singular era su escuela, singular la enseñanza, singular

todo lo que los rodeaba. Don Pío era la bondad, la benevolencia

personificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor, y la ira

misma. Reunidos, don Pío era la nota cómica del colegio, don Josef era

la nota épica. Amábamos a don Pío y lo amábamos con toda el alma;

temblábamos ante don Josef y lo respetábamos a fuerza de malquererlo.

Don Pío era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo de

barba, daba a su fisonomía una jovialidad perpetua y atrayente. De

dulces maneras, lleno de cariño por los muchachos, nadie le temía, pero

todos lo contemplaban. En medio de la extrema y plácida mansedumbre de

don Pío, reinaba en él cierta tendencia innata a la excentricidad, en la

que solía marcar rasgos positivos de talento, de observación y de

estudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes de

artista cómico, solían provocar entre los alumnos ciertas sonrisas de

buen carácter, porque no era posible ver y oír a don Pío, sin

encontrarse dominado por la idea de que aquel hombre, sincero hasta el

fondo de su alma, representaba sin embargo una comedia.

Don Pío no podía hablar de nadie sin extraerle toda su genealogía, sin

hacer su retrato físico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cómico o

serio que podía tener, sin determinar el traje que usaba habitualmente,

sin remontar en fin hasta la biblia, para presentarlo a propios y

extraños.

En la enseñanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta y

arreglada, carecía de la noción del método como maestro. Cuando don Pío

hacía la exposición, no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasaba

más allá del año corriente; y en ella iba todo, una recopilación de

hechos y de datos, una enciclopedia de citas y de descripciones

accionadas, cada una con su mímica y sus gestos particulares.

Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias del

maestro, sino a saltitos acompasados, refregándose las manos, si hacía

frío, o abanicándose con una pantalla de paja, si hacía calor. Así, con

ese paso, llegaba a la puerta de la clase, se paraba en su umbral,

tomaba una posición de contradanza, miraba al centro, apuntando en el

rostro una franca sonrisa; en seguida, como un muñeco de cuerda, movía

el pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribuía su sonrisa

en esa dirección para repetir después la misma operación y derramar su

tercer sonrisa sobre la derecha. Hubiérase dicho que no era el maestro

el que entraba en la clase, sino Fígaro mismo, al cual sólo le faltaba

la navaja y el platillo del barbero.

Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja como

un pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bien

puesta sobre los hombros. Don Josef pasaba la vida clamando contra todo

lo que lo rodeaba: contra el país, contra sus hombres, contra las

mujeres, contra los muchachos y contra don Pío, a quien tenía en poca

cuenta en las situaciones normales.

Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en

el castillo Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, de

haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre

de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la Reina de España,

doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de

toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de

Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo

repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase, que él

aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado.

Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera

interrumpir sus accesos para hablar con fruición de los tesoros de

Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque

el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia.

Pero, cuando él levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o con

los tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entonces

temblaba la casa; buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro del

adversario y la sazonaba con vocablos de estofado, acabando por dominar

el debate con sus gritos estentóreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso de

rica musculatura de atleta, en el fondo de ese carácter atrabiliario,

disputador y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se escondía

un ser enteramente pusilánime. Don Josef era una liebre.

El colegio era un vasto edificio bajo, de muros espesos y coloniales, de

grandes patios y espaciosa huerta, en la que no faltaban las clásicas

higueras de antaño. Aquel edificio era un convento por sus dimensiones e

invitaba a la melancolía. Yo acababa de llegar solo, casi abandonado a

mi suerte. Durante el viaje había hecho el inventario de mi pasado;

había recordado la muerte de mi padre, mi orfandad; no tenía más

compañeros ni más amigos que dos retratos mudos que llevaba siempre

conmigo; el de mi padre y el de mi madre.

¿Quién era yo en el mundo? ¿Qué necesidad tenía de aprender nada? ¿Acaso

no tenía razón el doctor Trevexo cuando fulminaba a toda una generación

con su anatema contra los sabios? Nadie me amaba a excepción de

Alejandro que era el único que había sentido mi partida de Buenos Aires.

Todo lo que me rodeaba era nuevo y desconocido para mí: mi capital se

componía de poco; mis ropas, mi catre y mis libros; todos mis compañeros

tenían padres que velaban por ellos, que les escribían, que los

regalaban. Sólo yo acostumbraba de tarde en tarde a recibir dos letras

de mi tío Ramón, en las que me anunciaba el envío de lo indispensable.

No importa, yo tenía voluntad, tenía ánimo y entereza, valor y

constancia. Yo sabía que había de arribar: que habían de pasar para mí

los días de vergüenza en que mis condiscípulos menores me adelantaban.

Era un muchacho de quince años cuando entré en el colegio y apenas sabía

leer y escribir, pero trabajé con tesón y me abrí paso. Don Pío me amaba

y don Josef, que había empezado por expresarme el más profundo

desprecio, había pasado del indiferentismo al entusiasmo con una

facilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su ídolo. De cuando en

cuando, pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sin

fortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por mí como

se interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprendía con un

progreso inesperado para él, o con un buen rasgo de conducta, entonces

el buen viejo se exaltaba y pasaba los límites del entusiasmo en sus

elogios.

El fuerte de don Pío era la astronomía. Daba en el colegio un curso

práctico de esa ciencia con un colorido de gestos y de movimientos

rápidos y nerviosos, con los que él creía poner en evolución todo el

sistema planetario.

La clase era para él su materia cósmica.

Entraba y distribuía sus astros en el lugar oportuno. Cada muchacho era

un planeta, y trataba siempre de representar con él, no sólo la

situación de cada cuerpo celeste en el espacio, sino también su volumen,

eligiendo los alumnos según las proporciones de cada uno y de cada

estrella que debía figurar en el sistema.

Un muchacho entrerriano, grande como un patagón, cuyo desarrollo físico

no guardaba armonía con su desarrollo moral, tenía invariablemente a su

cargo el papel modesto de sol; le hacía abrir los brazos, y tomándolo

por la cintura, _mal gré_, _bon gré_, lo colocaba en el centro de la

clase. Buscaba en seguida al alumno más chico y lo ponía en un extremo

del aro celeste discerniéndole el papel de luna. Era éste un

bolivianito, diablo y travieso, que nunca se resignaba a hacer

tranquilamente su papel de astro nocturno.

En seguida ocupaban su sitio los planetas mayores y después los menores.

Júpiter con sus lunas, Urano en la última línea del círculo, Saturno

circundado por su anillo luminoso. En esta disposición comenzaba a

funcionar la máquina astronómica de don Pío; formado su ejército

sideral, se paraba al lado del sol y exclamaba: «Yo soy la tierra», y el

buen maestro comenzaba a circular de lado alrededor del entrerriano

que, inmóvil y mudo en el centro del círculo, desempeñaba

automáticamente el papel del padre del día.

A una voz de don Pío y terminadas las evoluciones, los planetas se

dispersaban y volvían a ocupar sus bancas terminándose la lección de

astronomía práctica.

Pero donde don Pío era famoso, era en la descripción de las batallas del

curso de historia. El entusiasmo bélico se apoderaba de él: no podía

limitarse a citar fechas, nombres y hechos: era necesario hacer

funcionar la caballería, la infantería y la artillería.

Abandonaba su cátedra, se ponía en medio de la clase, señalaba el

enemigo al frente, e inflando la boca, hacía tronar los cañones sobre la

línea imaginaria del ejército contrario.

--¡Boum! ¡Boum!--exclamaba, y con el rostro excitado por la refriega y

el puño cerrado por la ira militar, caían los enemigos deshechos por las

metrallas y por las bombas, y don Pío, como un Murat, se levantaba

jadeante, triunfante, sublime en el campo de la acción.

Había en el colegio un chicuelo que se llamaba Martín Roll, que era la

piel del diablo. Lo que no se le ocurría a Martín no se le ocurría a

nadie. Era holgazán como una cigarra, pero vivo como un rayo. Don Pío

lo reprendía con suavidad en vano. Don Josef lo anatematizaba y lo tenía

concienzudamente clasificado de cretino y de imbécil. El título más

bondadoso que Martín solía obtener de él, era el muy moderado de animal,

que se lo daba con conciencia.

Pero, si Martín no abría los libros, abría y registraba las conciencias;

conocía a sus maestros a fondo, y a don Josef como a su faltriquera.

Había descubierto que la condición predominante del carácter de don

Josef, era la avaricia, y ponía en juego todos aquellos medios que

pudiesen darle por resultado la explotación de este defecto.

En cambio, don Josef se quedaba aterrado con la prodigalidad escandalosa

de Martín, quien, cada vez que volvía de su casa después de las

vacaciones, traía tal surtido de regalos para toda la escuela, que el

viejo avaro, mortificado sin duda por aquel mal ejemplo y por el garbo

con que Martín desparramaba sus presentes, acudía a sus pergaminos,

recordaba a Gonzalo de Córdoba, su antepasado, para repudiarlo por mal

administrador y por derrochador, y terminaba por sacárselo de ejemplo a

Martín, para que reaccionase contra la prodigalidad y la dilapidación de

la fortuna.

A pesar de tener caracteres opuestos, habíamos congeniado con Martín.

Sus padres vivían con holgura, y yo solía pasar en su casa una parte de

las vacaciones. Pero, si la alegría del colegio era Martín, la alegría

de su casa era Valentina, su hermana, una preciosa muchacha de dieciséis

años que yo no podía tratar quince días, sin volverme al colegio con la

cabeza llena de sueños y el alma llena de tristezas.

No voy a perder mucho tiempo en contar idilios de juventud, porque tengo

la mano torpe y el corazón duro ya para narrar la historia vieja de los

primeros afectos. Pero es que Valentina era muy linda cuando tenía

dieciséis años, y debe serlo todavía a pesar de los treinta que ha de

haber cumplido. Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de las

libertades que se tomaba él con las sirvientas del colegio, a quienes

manoteaba demasiado con Martín, que le hacía la competencia con un éxito

que el buen viejo no conseguía.

Pero Valentina, ¡oh! Valentina me había hecho olvidar aquella malsana

aparición de Fernanda, porque era dulce como un rayo de luna y alegre

como una aurora.

A los diecisiete años, qué diablo, me enamoré de Valentina y fui menos

práctico que Martín; lo confieso. Los libros de estudio no me atraían

mucho; leía a Lord Byron y a Musset; las _Horas de Ocio y la Confesión

d'un enfant du Siècle_ me montaron la cabeza y me enfermaron el corazón.

Le hice versos a Valentina y asistía a oír la lección de matemáticas

como quien asiste a un entierro.

El romanticismo es la adolescencia del arte; la malicia, esa diosa

madura que observa el mundo con una mueca perpetua, se ríe de los poetas

gemebundos y enamorados; pero la juventud sueña y delira, y creo que no

hay hombre, por áspero y frío que sea su carácter, que no tenga en la

memoria, así como un lejano paisaje, la escena en que han despertado sus

primeros sentimientos.

¿Cómo no recordar, pues, todos aquellos libros de los primeros años: Las

_Escenas de la Vida de Bohemia y de Juventud_, de Murger; los primeros

versos de Gautier, las poéticas novelas de Vigny? Al calor de esas

páginas que sólo se escriben y se leen en una edad, yo había visto

aparecer a Valentina como Mussette o como Francine, llena de poesía, con

su carita jovial, sus ojos negros, su cabello castaño ondeado,

sencillamente ataviada de cintas color rosa; la boca roja y fresca como

las guindas; toda esta cabecita deliciosa, sostenida por una figura

llena de distinción. Ella había salido al encuentro de mi camino, en el

que sólo había encontrado hasta entonces seres indiferentes.

Yo no sé cómo amé a Valentina; pero cuando la veía, cuando ella me

hablaba, la sangre no corría por mis venas, enmudecía y me abstraía en

la muda contemplación de aquella criatura. Entonces pensaba en mi mala

suerte; pobre, sin padres, ni amigos, ni protectores, ¿qué esperanza,

qué risueño horizonte podía iluminar mi porvenir? El estudio me

entristecía; no tenía la cabeza robusta de mis compañeros que mordían y

digerían el Vallejo como un manjar exquisito.

En mi cuarto, por la noche, leía furtivamente las novelas de Dumas, ese

gran amigo de la adolescencia, ese encantador de los primeros años; y me

adormecía entreviendo la poética figura de Ascanio u oyendo el ruido de

las espuelas de D'Artagnan.

Una noche, durante la época de las vacaciones, Valentina se acercó a mi

lado, y con un acento lleno de gracia, me dijo:

--¿Va a comer mañana en casa?

--Si usted me invita...

--No, no lo invito, pero quiero que venga--me repuso con firmeza.

--¿Usted lo manda?...--avancé yo extendiéndole la mano.

Valentina miró en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano y

oprimiéndomela con la suya:

--Lo exijo--me dijo a media voz.

--¡Valentina!...

--¡Adiós!--me contestó; y antes de poder dirigirle la palabra, diome la

espalda y corrió cantando hacia adentro como una locuela; me asomé a la

sala y vi desaparecer su vestido blanco en las últimas habitaciones de

la casa.

No sé cómo me encontré en la calle.

La noche era espléndida; sobre un cielo sereno se extendía el vapor

majestuoso de la vía láctea, semejante a una gran veta de ópalo sobre

una bóveda de zafiro. La luna, ya en sus últimos días, atravesaba el

espacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevaba

en sus ráfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba el

espacio. Alcé los ojos al cielo, y absorto en el espectáculo de la

noche, me pareció ver pasar a Valentina como una visión por el éter,

huyendo de mí como huían aquellas nubes.

¡Nunca la había visto tan linda!

Sentía en mi mano el calor de la suya y en mi oído sonaba todavía el

acento misterioso de su palabra. Vagué aquella noche por la ciudad, y

cuando el silencio invadió la población, yo no sé cómo, me encontraba

aún delante de los tres balcones de la casa de Valentina en muda

contemplación, levantando castillos de España sobre esos andamios

gigantescos que sólo los diecisiete años tienen privilegios para apoyar

en el aire.

No dormí aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esperé el

nuevo día. A las nueve de la mañana entraba Martín en mi cuarto.

--Qué temprano te has levantado hoy--me dijo.

--En efecto, he madrugado--le repuse.

--¡Vaya un placer! ¿Vas a comer a casa?

--Sí, voy.

--¡Hola! ¿ya estabas prevenido?--me preguntó.

--Sí, Valentina me invitó anoche.

--¡No ha podido resistir esa muchacha!... ¿Sabes por qué te ha invitado?

--¿Por qué?--le pregunté sin disimular mi curiosidad.

--No te pongas pálido... ¡No te va a envenenar, hombre!--me dijo

Martín;--te ha invitado porque hoy es su santo.

--¿El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cómo le agradezco

que se haya acordado de mí...

--Y con razón debes agradecérselo, porque a mi padre no le gustan

hombres en casa; figúrate que los únicos invitados sois tú y don Camilo

como novio presunto...

--¿Qué dices?--le pregunté dominando mi turbación con un esfuerzo

supremo.

--Sí, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de los

novios.

--¿Y Valentina?...

--Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se ríe a

carcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que se

queda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se ríe de él.

Sentí toda la rabia ponzoñosa de los celos... ¿Valentina de otro?...

¡Pero eso no era, no sería posible! Yo vencería, arrasaría todos los

obstáculos, me haría amar por ella y ningún hombre me arrancaría la

soñada felicidad.

Llegó la tarde; me vestí, y con Martín, que había venido a buscarme, nos

fuimos a su casa. Mi bolsa era algo más que escasa y tuve que emplearla

toda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo y

perfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma.

Eran las cinco cuando entrábamos en lo de Valentina; ella nos esperaba

en la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado por un

cuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable y

llena de inocente coquetería. Desde lejos nos divisó, y, al vernos,

desapareció de la puerta, apareciendo unos segundos después, como si

hubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martín

y yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que sólo

ella estaba esperándonos. Martín le dio un beso en la frente y penetró

precipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle mi

ramo calculando propicia la ocasión, pero ella no me dio tiempo.

--¡Qué olor a jazmines! ¿usted los tiene? ¡Ah, qué lindo, qué lindo

ramo! ¿Es para mí?

--Sí, Valentina...--le contesté.

--¡Gracias, muchas gracias! ¿Sabe que no creía que usted viniese?--me

dijo.

--¿Por qué?

--Por nada, porque pensaba que no habría hecho caso a la broma de

anoche.

--Sin embargo, usted me exigió que viniera...

--¡Ah! ¿lo tomó usted como sacrificio?

--¡Valentina!... ¡Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me ha

hecho!

--Entremos, Julio--me repuso, poniéndose seria; y en ese momento la

familia salía a recibirnos, y Valentina, abrazando a su madre, le

decía:

--Mira, qué flores, mamá, ¿no es verdad que son divinas?

Valentina se había puesto el ramo en la cintura con una coquetería

innata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como una

maravilla.

--¿Qué te ha regalado don Camilo?--le preguntó Martín.

--Un álbum con su retrato. ¡Si vieras qué _cache_ está el pobre!

--Niña, no digas eso--le decía la madre.

--Sí, mamá, ¿por qué no lo he de decir? En vez de haberme dado alguna

cosa útil, me sale ese zonzo dándome un álbum con su retrato, como si

fuera tan buen mozo y tan joven.

--Venga, Julio, venga a la sala--agregó,--se lo voy a mostrar;--y

llevándome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primera

hoja del álbum, me dijo:

--Vea, dígamelo con franqueza ¿se puede dar un hombre más _cache_?...--y

prorrumpió en una carcajada...

En ese momento mismo Martín entraba en el salón.

--Mira que ahí está don Camilo, Valentina, no te rías; acaba de entrar.

--¿Sí? pues lo voy a ver para darle las gracias--y, dejándonos en la

sala, atravesó el patio, donde don Camilo era recibido por los padres de

Martín.

En efecto, don Camilo podía ser excelente, pero no era el ideal de los

novios; tenía sus bravos cuarenta años, una figura poco airosa y vestía

con una ropa provinciana de dudosa elegancia. Pero, en cambio, don

Camilo era rico; tenía estancias y vacas, y prometía como yerno bajo el

punto de vista de lo positivo. En la casa lo amaban y lo codiciaban; el

padre de Martín y la señora no sabían qué hacerse con él.

Emparentado con familias de alta posición política, don Camilo era por

aquellas épocas un programa luminoso para una muchacha de dieciséis años

como Valentina, y el buen señor, persuadido de su valimiento, no se daba

mucha pena en ofrecerse, porque sabía que la ley de la demanda regía en

su favor y que él podía elegir como en peras entre las más lindas

muchachas de la época.

Pasemos por alto la comida; don Camilo se sentó al lado de la señora y

Valentina me dio la silla inmediata a la suya.

Yo estuve hecho un necio durante toda la mesa; la alegría bulliciosa de

Valentina me llenaba de tristeza; aun me parecía que se burlaba de mí,

cuando su boca, no muy correcta por cierto, pero llena de gracia,

dibujaba en su rostro aquella sonrisa que le era tan peculiar.

La cara inerte de don Camilo me despertaba un rencor profundo que se

agravaba cada vez que la familia simulaba oír con asombro todas las

insulseces que aquel tonto contaba.

Acabamos de comer y fuimos a pasar la tarde al jardín. Don Camilo, en un

grupo, conversaba con los padres de Valentina; Martín, que se había

separado de ellos, porque era gran fumador, echaba, escondido entre los

árboles, grandes bocanadas de humo. Valentina y yo mirábamos la noche

que empezaba a caer, desde una glorieta formada por madreselvas y

jazmines que quedaba a un extremo del jardín.

--¿Ha estudiado astronomía usted, Julio?--me decía.

--No, Valentina...

--¡Qué ignorante!...--me repuso.

--Pero Martín dice que don Pío les hace a ustedes un curso de astronomía

práctica muy curiosa.

--¡Oh! broma de Martín; usted ya sabe lo que es don Pío y lo que es

Martín.

--¿Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicación?--agregaba

sonriendo Valentina.

Yo callaba entretanto; toda la sangre me subía a la cabeza.

--Vea--me dijo--dicen que aquella estrella es la estrella del

amor...--agregó señalando a Venus que titilaba como un diamante

suspendido en el cielo.

--¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿don Camilo?...--le pregunté.

--¡Ja, ja! con qué tono me lo pregunta usted... ¿Cree usted que don

Camilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?...

--¡Cómo no! ¿No se ha fijado en usted?

--¡Ay! que antiguo está usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro...

Retírelo, por Dios...--Y prorrumpió en una larga carcajada que me

penetró en el pecho como un puñal.

--Valentina; ¿es cierto que usted se casará con don Camilo?--le pregunté

en voz baja, pero resuelta.

--Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso.

--_Puede ser_, ¿dice usted?...

--¿Y por qué no? Si no se presenta otro... me casaré con él...

--¿Sería usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?...

--Si él fuera capaz de casarse conmigo, ¿por qué no?

En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detrás

caminaban su padre y don Camilo.

--Vamos a la sala--nos dijo.--Está muy fresca la noche...

--¡Tan pronto, mamá!...

--Sí, ven, tócanos algo...

Un momento después Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas y

tocaba el _Clair de Lune_, esa profunda melodía de Beethoven en que cada

nota parece el suspiro melancólico de un coloso.

Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado y

buscaba la expresión de su rostro graciosamente inclinado, y de sus

ojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento de

aquellas frases sabias y poéticas a la vez que se elevan como los ecos

de una plegaria... Por fin se extinguió la última nota y Valentina

levantó la cabeza...

--¿Le gusta, don Camilo?--preguntó dirigiéndose a su presunto novio.

--No... yo no entiendo mucho de eso, a mí me gusta mucho la zarzuela.

--¿Has visto un imbécil igual?--me dijo al oído Martín.

--Cállate--repuso Valentina,--te puede oír.

Valentina se levantó del piano y se sentó a nuestro lado. Don Camilo,

hombre de orden, se retiró temprano....

Mientras se despedía, yo había salido al balcón y allí me encontró

Valentina que regresaba de saludarlo.

--Sabe, Julio--me dijo,--que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy,

¿qué tiene?

--En efecto--le contesté, como tomando una actitud resuelta.--Estoy

triste y reservado....

--¿Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?....

Iba a decirle todo lo que sentía; llegaron las palabras a mis labios, y

debió traicionarme mi fisonomía, porque ella hizo un gesto en el que yo

adiviné toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban sus

grandes y húmedos ojos negros, pero en aquel instante, pensé en mi

pasado, contemplé con la rapidez del relámpago mi presente, y el honor,

ese frío guardián de las pasiones, selló mis labios.

--No--repuse con firmeza.

--¿No?...--me preguntó con una inflexión de voz llena de ternura y de

resentimiento,--¿no? ¡Ah!--agregó--quiera Dios que su reserva lo haga

feliz.

Reaccioné, e iba en aquel mismo momento a revelarle todo lo que sentía

por ella, cuando entraron Martín y sus padres, y el desenlace, que se

había presentado tantas veces en aquel día, quedó de nuevo trunco.

Era necesario partir; saludé a todos y tendí la mano a Valentina con

efusión, pero ella dejó caer la suya con indiferencia entre las mías,

mientras que con la otra desprendía de su cintura el ramo de jazmines ya

marchito dejándolo caer sobre el piano.

Yo sentí oprimírseme el corazón, y cuando llegué a la calle, dos

lágrimas, que me parecieron de sangre, brotaron de mis ojos y me

corrieron por el rostro.

X

Pocos meses después abandonaba el colegio donde había pasado años tan

tristes. Martín, que ya había salido también, estaba con su familia en

el campo y no pude por consiguiente despedirme de Valentina.

Mi tío me esperaba en Buenos Aires con una colocación en una casa de

comercio; llegué a Buenos Aires y encontré a mi tía tan mala como de

costumbre; siempre dominada por la política, siempre tomando parte en

todos los acontecimientos notables que tenían lugar.

Hacía seis años que no me veía, y, sin embargo, no me hizo el más mínimo

cumplimiento ni el más pequeño agasajo a mi llegada.

Había engordado mucho y su temperamento sanguíneo se había desarrollado

notablemente. Mi tío era el mismo. El único que no estaba en la casa era

Alejandro: el pícaro pardo había cumplido su promesa; un día de un

altercado tremendo con mi tía, desbocó los caballos al descender la

violenta pendiente de la barranca de la Recoleta y volcó el _landeau_ en

una zanja, lo hizo pedazos y magulló a mi tía que fue izada por la

ventanilla con la gorra en la nuca y los vestidos en un desorden

inconveniente.

¡Cómo habían cambiado en veinte años las cosas en Buenos Aires! ¡El

doctor Trevexo, el hombre de más talento de su tiempo, el orador, el

diplomático, el abogado y el periodista más hábil de la República, había

desaparecido de la escena pública, y sólo habían transcurrido veinte

años! Los tenderos de aquella época habían muerto o habían cerrado sus

tiendas; ya no gobernaban la opinión pública. Mi tía Medea había tomado

parte en dos revoluciones _chingadas_ y pertenecía a la oposición.

El único puesto público que conservaba, era el de la Sociedad

Filantrópica, donde la fila de sus contemporáneas se había raleado

notablemente. Una nueva generación política y literaria había invadido

la tribuna, la prensa y los cargos públicos.

Don Buenaventura pontificaba desde lejos, en el diario más grande de la

América. La escuela literaria de la _Flor de un día_ había hecho su

época; hombres y libros nuevos dirigían el pensamiento argentino. El

autor del _Facundo_ revolcaba su temible maza desde las columnas del

viejo _Nacional_; los salones se habían transformado; el gusto, el arte,

la moda, habían provocado una serie de exigencias sin las cuales la vida

social era imposible. Los cómicos españoles de antaño ya no entretenían

como veinte años atrás; la aldea de 1862 tenía muchos detalles de

ciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. Las

golosinas de Gustavo Droz, de Halévy y aun de Maupassant, andaban en

todas las manos femeninas, impresas en una forma adecuada para lectores

sibaritas, e ilustradas con todas las voluptuosidades artísticas del

taller de Goupil.

La vieja moda, aquella que envolvía a las mujeres en verdaderas bolsas

de tela, había desaparecido; ni los filósofos podían pasear de cuatro a

cinco de la tarde en el invierno por la calle de la Florida, sin

conmoverse ante los cuerpos de las mujeres del día, dibujados _d'aprés

nature_ por Mesdames Carreau y Vigneau, con _damas_ de Génova y

terciopelos de Venecia; Kitty Bell y Flora Campbell hacían los

figurines; Sarah Bernhardt, los guantes. Worth firmaba los tapados como

un pintor sus cuadros; en los colores mismos se había operado una

revolución; nada de celeste y blanco como antes, nada de color rosa:

una mujer del gran mundo no estaba bien vestida sin llevar un medio

color indeterminado en los siete de la paleta; oro y plata viejos,

óxido, y marfil antiguo.

Los troncos de los carruajes particulares eran arrastrados por yeguas y

caballos de raza, de pelo satinado y reluciente, con cocheros más

correctos que los del tiempo de Alejandro. No era _chic_ hablar español

en el gran mundo; era necesario salpicar la conversación con algunas

palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el

mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre.

En fin, yo, que había conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota,

sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con un

pueblo con grandes pretensiones europeas que perdía su tiempo en

_flanear_ en las calles, y en el cual ya no reinaban generales

predestinados, ni la familia de los Trevexo, ni la de los Berrotarán.

Estas reflexiones me hacía yo todas las tardes al salir del escritorio

de comercio de don Eleazar de la Cueva, el hombre de negocios más vastos

y complicados de la República Argentina, que tenía vara alta con los

gobiernos, con los bancos, con la Bolsa, con todo el mundo. Hombre manso

y cristiano ante todo, muy devoto y muy creyente, dulce de maneras por

lo general, y bastante bravo por lo particular cuando el caso lo

permitía, don Eleazar de la Cueva era una especie de astrólogo para sus

negocios, porque todos ellos participaban de ciertas formas

nigrománticas, llenas de misterio, y se preparaban por procedimientos

análogos a los que en lo antiguo se empleaban para buscar la piedra

filosofal. Don Eleazar, sin ser hombre de mundo, sin ser hombre

político, tenía cierta influencia política; sin ser hombre de partido,

tenía cierta intervención y participación en todos los partidos. En fin,

en el mar humano, don Eleazar era corriente de fondo y no de superficie:

arrastraba sin ser visto ni sentido.

Tenía don Eleazar un cuerpo de oso y una cabeza de leona mansa; su cutis

fino y terso, a pesar de sus setenta años largos, daba a su rostro

cierta capa de venerable distinción y de majestuosa ancianidad que

imponían a primera vista. Los dependientes le temblábamos, sin embargo,

porque era áspero y cruel con nosotros, y cuando sentíamos sus pisadas

en el escritorio, no sólo guardábamos un profundo silencio, sino que

volcábamos la cara sobre nuestras mesas y hacíamos lo posible por

aparecer abstraídos en nuestra tarea.

Nada más curioso y original que el escritorio de don Eleazar; un

edificio bajo y antiguo con un vasto y desierto patio a la entrada,

enlosado con grandes piedras color pizarra, perpetuamente húmedas y

empañadas por una eterna capa de verdín. Frente a la puerta de la calle,

tres cuartos, cada uno con tres puertas al patio. Desde la calle,

aquella casa hacía el efecto de estar inhabitada; tal era el abandono de

sus paredes y el estado de sus puertas despintadas, casi carcomidas, y

tan antiguas, que algunos de sus tableros exteriores debían haber sido

pintados en tiempo de Rozas, porque, aunque sumamente descoloridos, se

notaba que un día habían sido colorados. El único adorno de los cuatro

muros que formaban el cuadrado del patio, era una guarda grecorromana de

relieve, en la que la intemperie había hecho sus estragos sin que el

dueño de la casa se hubiese preocupado de hacer restauraciones.

Por dentro, el escritorio del señor de la Cueva representaba exactamente

su apellido; todo era en él vetusto: las mesas y las sillas; los

estantes, llenos de rollos de papeles, denunciaban un completo abandono.

Aquellas habitaciones habían sido empapeladas un día, pero el papel se

había caído; algunos jirones que quedaban, colgaban todavía de las

paredes, esperando la hora de caer por sí solos, sin que la mano del

hombre los arrancara, porque don Eleazar, que en materia de negocios y

especulaciones demostraba una actividad y un espíritu innovador a toda

prueba, trataba a su escritorio por el procedimiento contrario. Aquel

piso jamás había conocido alfombra ni escoba, y si alguno de sus

dependientes hubiese tenido la ocurrencia de arrojar en él algunos

granos de alpiste, la simiente habría florecido de un día para otro, ni

más ni menos que con el riego cuotidiano que el sirviente gallego hacía

para aplacar el polvo de la habitación.

Nada más caliente y sofocante que el escritorio de don Eleazar en el

verano: nada más frío también en el invierno, en que teníamos que pasar

la noche y el día escribiendo, de pie sobre las baldosas desnudas y

húmedas del piso.

Mi tía Medea le había puesto ciertos inconvenientes a mi tío para que yo

habitara en su casa, de modo que me fue necesario ocupar un cuarto en la

casa particular de un antiguo amigo de mi padre, que era un excelente

viejo alegre y solterón que me había cobrado un franco cariño. De modo

que, cuando regresaba de lo de don Eleazar, encontraba en don Benito

Cristal un verdadero amigo, con quien me desahogaba contra mi mala

suerte y lamentaba el tiempo que mis tíos me habían hecho perder.

Don Benito era un carácter. En la arrogancia de su porte se reflejaba

toda la entereza de su alma. Amaba con delirio la verdad y podía decir

con orgullo que no había nunca mentido en su vida. Era impetuoso,

resuelto, intransigente en la defensa de todas las reglas de la

gentilhombría. La honradez acrisolada de su palabra no cedía en nada a

la honradez de sus acciones, y llevaba su culto por la virtud hasta la

delicadeza de practicarlo en silencio sin proclamarla como el fariseo.

Sin embargo, don Benito tenía las debilidades mundanas de los galanteos

y había luchado en vano por muchos años sin poder reaccionar contra

ellas. Soltero, sin familia, no pensaba sino en sus buenas fortunas por

el momento y en su inocente partidita nocturna; pero con todo, desde el

día que supo que yo estaba empleado en lo de don Eleazar, se preocupó

por mi suerte, y día a día, al verme salir para mi empleo, me decía

meneando la cabeza:

--¡Amigo, amigo, busque otro destino, mire que esa casa de don Eleazar

es peligrosa! Vale más correr el peligro de perder la camisa, como yo,

que exponerme a perder allí la honra.

Pero no era fácil salir de lo de don Eleazar, y además, el sueldo era

bueno y el pago exacto. Se trabajaba; eso sí, se trabajaba noche y día,

sin fin, sin tregua, pero ningún dependiente sabía lo que el otro

dependiente hacía. Don Eleazar, que vigilaba constantemente el trabajo,

estaba allí para evitarlo. Sus negocios eran múltiples y

complicadísimos: prestaba y tomaba prestado a tipos usurarios, según las

circunstancias; su influencia en la Bolsa era tremenda y misteriosa a la

vez; la mitad creía que estaba a la baja, la otra mitad aseguraba que

jugaba a la alza; don Eleazar vivía en el escritorio y recibía allí a

las gentes de todas clases, siempre con su aparente humildad, instalando

ante todo su probidad, su desinterés y su honor comercial ante el

interlocutor que, por más prevenido que estuviese contra él, terminaba

por escucharlo y someterse.

Don Eleazar era ante todo un especulador; en su casa de comercio no se

compraba ni se vendía sino papeles de Bolsa. De cuando en cuando, para

variar, solía comprar algún gran pleito, y con la paciencia y la

tenacidad de un israelita perseguía su gestión por todas las instancias,

hasta liquidar y desenredar la madeja litigiosa a fuerza de dinero y de

procuradores traviesos y experimentados.

Cautísimo hasta el extremo, don Eleazar jamás escribía una carta de su

puño y letra, limitándose a firmar lo que él dictaba, no sin tener la

precaución de leer siempre antes de firmar el manuscrito que le

presentábamos.

En el comercio, don Eleazar estaba considerado como un corsario. Atacaba

y pillaba al enemigo, pero cuando no encontraba adversarios a quienes

acometer, o cuando él quería asegurar el éxito de una operación

peligrosa, no tenía ningún género de inconvenientes en consumar actos de

verdadera piratería, sin perder el aspecto venerable y majestuoso de su

fisonomía, y aun llorando y cubriendo sus gavilanadas con palabras de

humildad que parecían salir del fondo de su alma.

Así sucedía no pocas veces en épocas de agitaciones bursátiles, que

detrás del corredor que partía a venderle sus títulos, salía por otra

puerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuando

uno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazar

tomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varón santo

y convencido:

--Así es, señor don Tomás, así es; ya que ellos lo han querido, bien

empleado les esté. ¡Ya usted sabe, señor, que a mí no me gusta hacer mal

a nadie! Pero ¿qué puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tan

mala fe? ¡Es menester resguardarnos! Vea usted, señor; yo he hecho

muchas obras de caridad en este país, cuando tenía cómo hacerlas; no hay

uno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene.

¡Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido por

ayudarlos! Dos fortunas, señor, y sólo por necesidad me veo obligado a

defenderme.

Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abría su caja de

rapé, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundas

faltriqueras un largo pañuelo de la India con el cual se sonaba las

narices y se cubría el rostro, para hacer más expresivas sus

lamentaciones.

En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad que

rayaba en crueldad; jamás una licencia, un respiro, un descanso para sus

dependientes. Se trabajaba allí de día y de noche sin reposo, bajo la

dirección inmediata de don Anselmo, el _alter ego_ de don Eleazar; un

mozo español, de cuarenta años, sagaz, alerta y ladino para los negocios

como un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazar

celebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes.

Don Eleazar jamás se presentaba en teatros, bailes y paseos. Venía por

la mañana de su quinta en su clásico cupé tirado por dos caballos

gateados, mansos y tranquilos, que volvían a conducirlo por la tarde o

por la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia en

el escritorio después de comer. Pero, si don Eleazar no andaba en

sociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formas

distintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sin

dar su nombre, y concurría eficazmente al triunfo de ambos partidos con

sumas gruesas de dinero.

El sabía bien que a los que saben negociar en política, esta buena madre

les devuelve el préstamo con capital e intereses compuestos; y como para

él lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteños y

los provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba,

porque en la viña del Señor tanto valía para él ser judío como

cristiano.

Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba en

la puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto.

--Y...--me dijo al verme,--¿qué ha sucedido hoy en lo de don Eleazar?

--Nada--le contesté,--el día ha sido como el de ayer, sin novedad.

--¿Sin novedad? ¿Pero usted embroma o es tonto?--me replicó mirándome

fijamente al rostro.

--Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto.

No sé lo que sucede...

--Pero, amigo, ¿qué; no sabe usted que su patrón ha quebrado?--me

preguntó.

--¿Quebrado? ¡No puede ser, imposible! ¿Quién se lo ha dicho?

--¡Pero si es voz pública!--me replicó don Benito,--no se habla de otra

cosa en la ciudad.

--¡Pues, señor, yo no he notado lo más mínimo en el escritorio, y hoy ha

sido sábado, se ha pagado a todo el mundo!

--¡Hombre! ¿Está usted seguro?--me repitió don Benito con asombro.

--Como que estamos hablando en este momento.

--Pues, sepa usted, mocito, lo que no sabe--me dijo;--y tomándome

confidencialmente del brazo, me llevó a su cuarto, me hizo sentar y me

refirió lo siguiente, después de haber encendido un cigarro habano:

--Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desde

hace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejército numeroso

invade un país dilatado, él ha puesto en juego allí dos o tres millones

de duros. Comenzó por comprar acciones de ***, monopolizó el mercado,

se hizo dueño de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendo

siempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo que

había comprado a precio vil.

Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras sus

agentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario,

preparaban su golpe, él no contaba con que en esta tierra del

papel-moneda, una nueva emisión es asunto de poca monta, y la cuerda

tirante con que él tenía presos a sus deudores, se ha aflojado; la nueva

emisión se ha hecho y he aquí que la baja más espantosa se ha operado.

En esta situación, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones.

El tiene razón hasta cierto punto; exige _fair play_, como los

luchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como en

la guerra; jugar públicamente al alza y clandestinamente a la baja;

lanzar un _gato_, dar una noticia de sensación, asegurar que la guerra

con Chile es un hecho, que nuestra escuadra está en un estado atroz, que

nuestro ejército será derrotado en caso de una batalla; en una palabra,

sembrar el terror sin consideración de ningún género por el patriotismo;

pero jugar con armas de doble carga, no. ¡Eso no, eso nunca!... Don

Eleazar en estas materias es correctísimo, y, sobre todo, cuando en vez

de ser él quien apunta, acontece que es contra él contra quien se

vuelven las bocas de los cañones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no es

eso. Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque es

capaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar a

nadie. A él lo sitian por hambre, pero él les cercena el agua y el pan,

y con la misma cuerda con que lo ahorcan, él procura ahorcar a sus

adversarios.

--Quiere decir que yo me encuentro en la calle--le dije al oírle

terminar su relación.

--¡Oh, no! ¿cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosas

de tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina ni

lo lleva al tribunal; todo se resuelve para él en no pagar; las deudas

de Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni más ni

menos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan las

luces: cada jugador defiende con el puño lo que puede, y le aseguro que

su patrón sabrá defender lo suyo. No se alarme: no perderá el puesto.

--No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa--le repuse riéndome a

carcajadas.--¡Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de don

Eleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo.

--Hace usted bien, amigo: eso lo honra.

--No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, ni

tendría derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; me

ha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de no

imponerme de sus negocios.

--¿Y qué va usted a hacer?

--No lo sé, pero mañana lo sabré. Desde luego disponga usted de mi

cuarto: ¡tenemos que separarnos!

--¿Separarnos? ¡Jamás!--me contestó el buen viejo irguiendo su noble

cabeza y acompañando sus palabras con un gesto enérgico que denotaba el

profundo sentimiento que le había ocasionado mi

resolución.--¿Separarnos? ¡Nunca!--me repitió:--mire, Julio... Mira,

hijo mío--agregó,--déjame que te tutee, mis canas me dan derecho para

ello, ¿es cierto?

Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosiguió conmovido:

--Yo he respetado hasta hoy la resolución de tu tío, pero debo

confesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo no

te corresponde, y lo que no me explico es cómo Ramón te ha colocado

allí...

--Mi tía, usted sabe...

--Sí, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razón para

que te descuide. Mira--me dijo,--desde hoy yo me encargo de ti. ¡Qué

diablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todavía: seré tu padre y tu

hermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres como

misia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades políticas; y los

hombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no sé hacer

negocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuando

oirás en mi cuarto alguna voz de mujer... ¡qué quieres!... Soy hombre...

súfreme estos extravíos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido el

tino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y no

me he casado con ninguna; espero no caer en la tentación de hacerlo en

los años que tengo. Soy risueño, despreocupado y franco: vivo sin

misterios y tomo la vida tal como es. Allá en mis mocedades he leído

mucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que he

hecho: ahí está junto a la cabecera de la cama: _Rabelais_.

Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, verás que tenía razón:

es el único libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan los

jesuitas. No tengo hijos, o más bien dicho, no sé si los tengo, porque,

si lo supiera a ciencia cierta, no los negaría como padre; pero en la

duda, tú bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar como

propias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridículo

sobre todo. No tengo ningún amigo de mi edad: mis amigos son los jóvenes

de la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo también con

ellos este salón porteño en que hay muchas mujeres lindas y tanto tonto

que se las lleva.

Y, al terminar, don Benito me estrechó fuertemente en sus brazos y

contra su pecho, y yo no pude contener las lágrimas que me saltaron a

los ojos.

Al día siguiente me presenté en lo de don Eleazar, de mañana. El patio

estaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animación: las

puertas del escritorio cerradas. Me acerqué y golpeé los cristales: al

abrirme don Anselmo, que me reconoció, dos o tres de las personas del

patio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensión de

entrar.

--Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...--les dijo don Anselmo, y

les dio casi con la puerta en las narices.

Y pude ver que uno de ellos levantaba el puño de la mano en actitud

amenazante.

En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolución de abandonar la

casa.

--Vaya, vaya, ¿a usted también lo ha picado la tarántula?

--A mí no me ha picado ninguna tarántula; ni quiero, ni tengo nada que

ver con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro,

vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarle

mi resolución. ¿Me quiere usted anunciar?

--No se si podrá recibirlo a usted...--me dijo don Anselmo moviendo la

cabeza.

--Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.

Don Anselmo pasó a la habitación contigua, que era la de don Eleazar, y

después de un rato regresó.

--Dice don Eleazar que puede pasar--me dijo.

Yo entré resueltamente. No olvidaré nunca el cuadro que se presentó a mi

vista. Casi en el medio de la habitación, junto a un escritorio

elevadísimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictado

de don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba éste,

desayunándose, delante de una mesita muy poco más grande que el plato en

que comía. Un sirviente gallego le servía sin pausas, plato tras plato,

y don Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. En

un rincón de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colación

matutina en completo silencio.

--Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los días

de prueba?...

Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de que

ella era completamente extraña al reciente desastre comercial; pero don

Eleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, se

daba maña para lamentarse con palabras que partían el corazón.

--Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero usted

me hará justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veo

reducido! ¡Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de mis

parientes; sí, señor, de la caridad de la familia... Aquí me tiene usted

preso; ¡yo preso en este país que he colmado de beneficios! ¡No ve

usted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra! ¡Vea

usted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que me

amenazan, me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido trato

con ellos! ¡No los conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen a

muerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy reducido! ¡A no poder comer estos

bocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! ¡Y si no

fuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego que

le servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habría

sido de mí!

Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido,

que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer mis

compromisos! ¡Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!...

¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis negocios, todos son

claros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores... yo

he sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que le

contestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted lo

sabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡No

me es posible cumplir, y no lo siento tanto por mí, sino por tanta

persona excelente a quien tendré que perjudicar, contra todos mis

sentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos hombres!

¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias, Juan,

gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo tú

primero, mira si tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo la

conciencia tranquila!...

Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oíamos en silencio, como

consternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial que

engullía como un tiburón, en medio de la catástrofe de su fortuna. Fueme

necesario cortar de un golpe aquella eterna elegía y despedirme para

siempre de ese antro en que había estado ocho meses.

¡Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, que

echaban espuma por la boca, decían que don Eleazar había realizado

quinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle.

¿Quién podía creerlo?

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 14 / 26 题