VIII

Por la noche, mis tíos, como me lo habían prometido, me llevaron al

teatro de la Victoria. La compañía de García Delgado cantaba el himno

nacional y representaba la _Flor de un día_, de Camprodón. ¡Oh, _Flor de

un día_! ¡Oh, Pavón del teatro dramático español! ¿Por qué mi fantasía

excéntrica te ve desaparecer en el pasado, en la misma tumba que tragó

los miriñaques y el peinado de bananas? ¿No era Lola la más encantadora

y la más romántica de las mujeres? ¿No tenía Diego el contorno poético

del amante y el Marqués de Montero la estampa grave de un barítono de

zarzuela triste?

¿Por qué has de ser un disparate, oh hija legítima de don Francisco

Camprodón, adoptada por todos los teatros de la América Latina? ¡Tú que

has hecho lagrimar un continente entero desde Veracruz hasta Buenos

Aires!

¡Tú has muerto con el batón blanco; porque, así como el guante de piel

de Suecia, largo y arrugado, sobre el brazo flaco y nervioso de Sarah

Bernhardt ha dado su pincelada a Frou-Frou, así el batón blanco, con

cinturón celeste, te hizo a ti, hizo a Lola el prototipo de todas las

mujeres de tu tiempo! ¡Qué diablo! ¡tú has tenido también tu lugar en el

siglo de Hernani!... ¡Presidentes y ministros, generales y grandes

abogados de la República Argentina, han creído en ti, como la República

ha creído en ellos! Tus octosílabos rumorosos agitaron más de una noche

el pecho de la virgen y no fue sólo el teatro tu dominio! Fue también la

familia, el hogar; porque todo lo invadiste, desde el salón de mi tía

Medea hasta la academia de negros y mulatos en que era halcón mi pardo

Alejandro. Todavía recuerdo con escándalo el gesto irreverente y

volteriano con que el doctor Vélez se burlaba de ti una noche, dando la

nota discordante en toda tu generación literaria. Yo sostengo y

sostendré siempre que tú has hecho a muchos de nuestros poetas: y

bastaría reflexionar un poco para notar que todas las manifestaciones

sociales se parecían a ti en aquellos días.

Tus versos llegaron a ser clásicos. Se citaban con gravedad en el

editorial por los periodistas contemporáneos y en la Cámara de

Diputados por los oradores noveles, con el mismo respeto con que en la

restauración se citaban los dísticos de Boileau. ¡El día de la patria te

pertenecía; te pertenecía el día de toda fiesta nacional! ¡Hasta drama

patriótico te había hecho el autor de tus días sin sospecharlo!

Algunas de tus frases, como: «¿tiene vuestra espada punta?» se

consagraron como el _Di quella pira_ y el _la donna e mobile_ de Verdi.

No había entonces realismo; mister Pickwick no había atravesado el

Atlántico; estaba en Bath presidiendo su club; _Nana_ era un microbio;

Artagnan era catedrático de historia; los Girondinos enseñaban la

política. Era la época de las cavatinas, cuarteadas con acompañamientos

rudimentarios; Lohengrin bebía mosela en los vidrios blasonados de

Baviera; el Trovador era la ópera con Mirati y Tamberlick; tú eras el

drama con la Rodríguez y la Bigones, con Enamorado y Vilardebó. ¡El

teatro de la Victoria era tu campo de batalla!

¡Oh, mis buenos y bravos cómicos, aquella noche estaban todos! Mi

imaginación los evoca; desfilan como los fantasmas del sueño del pasado

y penetran al obscuro y olvidado panteón de las glorias del arte

argentino; allí yo les levanto un monumento con los restos del

guardarropa de Dagnino, en que había de todo; forma la base el casco de

Gonzalo de Córdoba, cubierto por el manto lanar moteado, arminio de

Isabel la Católica; Don Juan Tenorio vola sobre el Terremoto de la

Martinica, mientras que la Campana de la Almudaina toca a rebato en la

horca de los Escalones del Cadalso.

Pero sobre esta pirámide funeraria, levantada a los Talma y a los Keen

de la gran aldea, tres figuras se levantan: Lola, Diego y el Marqués,

cantando el himno nacional antes de contar su candoroso poema de celos y

de amor a una sala llena, en donde brillan las más lindas mujeres de

aquellos días. ¡Pasad, oh sombras!

* * * * *

Habíamos ocupado un palco-balcón de la derecha, inmediato a aquella

antigua viga blanqueada que sostenía el techo y que por su espesor

desafiaba las fuerzas de Sansón mismo.

Mi tía se había hecho acompañar por la señorita Fernanda, que yo estaba

acostumbrado a ver con frecuencia en casa. Fernanda tenía dieciocho

años; pálida, de ojos claros y grandes, fríos y como azorados entre las

densas ojeras que los sombreaban; en sus labios gruesos que dibujaban

una boca que podía llamarse grande sin injusticia, trazábase no sé qué

vaga sonrisa, en la que un observador sagaz habría encontrado el amor y

el desdén reunidos en un consorcio inexplicable; la cabeza era noble y

altiva, sin embargo. En aquella época, en que los peinados eran una

epopeya de rulos y rellenos, Fernanda llevaba el suyo de una simpleza

tal, que rayaba en la suma elegancia: sus cabellos, de un rubio mate,

recogidos y sujetos por dos cintas de moirée celeste, iban a rematar en

la más linda nuca de mujer. Su seno escaso, tenía, sin embargo, no sé

qué atrayente seducción, dilatada por la morbidez de todo su busto:

irradiaba su semblante esa gracia apática e indolente que el pincel del

Veronese imprimía en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin,

aquella mujer un conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y de

defectos, que atraía irresistiblemente, y en la que la originalidad del

gesto y del mirar despertaban en mí una profunda y codiciosa curiosidad.

Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oyó de pie el himno, y, cuando

éste terminó, se dejó caer negligentemente sobre su silla y abrió su

enorme abanico de plumas blancas, con un ademán lleno de innata

voluptuosidad. ¡Qué contraste formaba aquella delicada criatura con mi

tía Medea! Una era la distinción personificada; la envolvía, la

perfumaba un vapor de elegancia y de buen tono. La otra era un fauno

obeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozo

recio, que ya era bigote casi, hacían de ella un ser híbrido, en el que

los dos sexos se confundían. Estaba esa noche verdaderamente constelada

de diamantes, desde la cabeza hasta los dedos, y como los tenía, y muy

buenos, uno de sus orgullos era colgárselos para exhibirlos.

Inquieta y parlanchina, mantenía un verdadero telégrafo de saludos con

todo el teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todos

conocía, a todos saludaba francachonamente con el abanico.

De repente, un murmullo de simpatía cundió por la sala entera, y todas

las miradas convergieron al palco central de la ochava: muchos

personajes, vestidos con la más rigurosa etiqueta, tomaban asiento.

Mi tía empezó a nombrarlos a todos.

--Saluda, Ramón, saluda--le decía a mi tío.

--Si no ven para acá, Medea...

--Sí que ven, saluda te digo--y mi tía, al propio tiempo que le ordenaba

a mi tío que saludase, hacía repetidos movimientos de cabeza en

dirección al palco central, sin que fuesen notados por sus ocupantes.

--¿Quiénes son, señora?--preguntaba Fernanda.

Pero mi tía no contestaba; empeñada en colocar su saludo en la cara de

sus ídolos y en que su marido también lo colocase, lo cazó materialmente

del brazo y le mandó que esperara la ocasión propicia para mover el

pescuezo. De pronto pareciole que la miraban.

--¡Ahí mira don Buenaventura! ¡ahí te mira el doctor

Trevexo...--dijo;--¡ahora!... saluda, Ramón.

Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balance

para cazar la visual del adversario, pero ¡oh, contratiempo! Una mirada

vaga e indecisa, de la cual tenía yo una vaga idea, recorría la fila de

los palcos sin detenerse en los brillantes de mi tía, y el saludo fue un

saludo en el vacío.

Mi tío tosió para disimular el contratiempo. Mi tía le echó la culpa,

sosteniendo que se le había puesto por delante; mi tío quiso rectificar,

pero se le ordenó que guardase silencio, y obedeció. Yo miraba el suelo,

compartiendo la vergüenza de mis tíos; y Fernanda, fría, sin curiosidad,

con sus ojos claros desmesuradamente abiertos, abanicándose con toda

calma, miraba abstraída hacia arriba, como si entre el techo y nuestro

palco pasase una visión a través de la sala.

--Mira, niño--me decía mi tía Medea sin dejarme respirar,--aquél es don

Buenaventura; aprende, mira qué traje tan sencillo lleva. Ese que habla

con el ministro español, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es el

coronel Valdelirio.

Y yo miraba extasiado aquel grupo y me decía a mí mismo:--¡Ah, si algún

día llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! ¡Si llegase a ser

un guerrero como Valdelirio! ¡Y después, aterrado de mi petulancia

íntima, transigía con una fórmula más modesta: ¡Si llegase a ser

ministro español!

Las lágrimas consagraban el éxito del drama y de los actores en el

tercer acto. Montero recitaba sus famosos endecasílabos. La _Flor de un

día_ terminaba en medio de calurosos aplausos; la concurrencia evacuaba

aquel antro que se llamaba teatro y en la puerta estallaban los vivas

entusiastas y patrióticos del pueblo.

Mi tía se ensilló con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvió su

linda cabeza en un pañuelo de fular color caña, dentro del cual parecía

un estudio inconcluso de artista.

--Vamos, mal criado--me dijo mi tía,--acompañe usted a esa señorita,

ofrézcale el brazo.

Obedecí, y Fernanda me entregó el brazo sonriendo con plácida

generosidad. Yo lo cerré contra el mío, y, aunque era un muchacho, no sé

qué vagas nociones de ternura, qué entusiasmos indefinibles experimentó

mi ser al sentir el frío desnudo de la carne, y al aspirar el perfume

nunca aspirado de aquella singular criatura.

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 13 / 26 题