VII

Una tarde del mes de enero entró mi tío Ramón a casa con la noticia de

que al día siguiente desembarcaría indefectiblemente el ejército

vencedor por el muelle de pasajeros. Hacía días que se venía anunciando

el regreso de las tropas, y mi tía, cuya casa estaba situada en una de

las principales cuadras de la calle de la Victoria, aceptando la oferta

de su gran amigo correligionario don Narciso, tenía ocupadas a todas las

sirvientas de la casa en coser piezas y piezas de coco blanco y azul

para adornar los balcones con ellas y con una gran cantidad de banderas

y gallardetes de toda clase que le había prestado, según ella contaba,

un comisario de policía, gran amigo suyo.

Mis tíos habían invitado a todas sus relaciones para ver pasar las

tropas desde los balcones, y Alejandro, bastante mal humorado por

cierto, pasó toda esa tarde y parte de la noche en invitar por recado a

todas las amistades de la familia.

Al día siguiente reinaba en la ciudad un inmenso entusiasmo; hombres y

mujeres hervían en el puchero porteño, como diría el autor del _Diablo

Cojuelo_. Todas las elegancias, todo el caudal de las modas habían sido

reservadas para aquel día. Muchas matronas de peso, que hoy han trepado

la cima de los cincuenta, eran criaturas adorables entonces y esperaban

con las manos llenas de flores y coronas el desfile de sus guerreros

predilectos, hoy maridos vichocos o solterones embalsamados, que purgan

el delito de su inconstancia en el Club del Progreso reflexionando sobre

una mesa de dominó.

Me habían vestido de nuevo aquel día, y mi tía, que participaba de la

alegría general y gozaba por consiguiente de un buen humor excepcional,

me había trazado un programa deslumbrador, cuya primera parte consistía

en que yo no ocupara un sitio en los balcones, porque no había lugar, en

cambio de ir al Bajo a ver las tropas con Alejandro y por la noche al

teatro con mi tío. Yo bailaba de júbilo. Ir a la fiesta solo, con

Alejandro, era una dicha; el mulato reacio y voluntarioso, se había

obstinado en no salir y, encerrado en su cuarto, se negaba a

complacerme; pero fueron tantas mis súplicas y mis empeños, que al cabo

cedió, y muy de mañana nos pusimos en marcha para el muelle. La ciudad

estaba completamente embanderada; yo seguía absorto de la mano de

Alejandro, que, caminando con desdeñosa indiferencia, procuraba quitarle

la vereda a todo aquel en quien él creía encontrar un transeúnte alegre.

Entramos a la plaza Victoria; frente a la Policía se levantaba un arco

adornado con banderas patrias y grandes palmas de sauce llorón. Yo quise

ver el arco, como era natural, a pesar de la resistencia de Alejandro.

--¡Vamos, vamos, llévame--le decía.

--¡Bonita cosa quiere ver! no pierda el tiempo en ver mamarrachos;

vámonos.

Pero tanto hice, que el mulato tuvo que ceder, y llegamos al arco que a

mí me pareció colosal.

--Vamos, pues, niño; vamos.

--Aguárdate, vamos a leer lo que dice allí--y yo, que no era muy fuerte

para leer de corrido, me puse a deletrear los motes de los

bastidores:--«_Men-gua y bal-dón a los cobar-des que aban-do-na-ron a

sus herma-nos en la ho-ra del pe-li-gro_».

--¡Mengua para ellos!--me contestaba Alejandro, taimado.

--Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.

--Si no debe decir nada--me replicaba Alejandro...

--Sí, sí, vamos--y obligándolo a dar vuelta, me encontré con otro

letrero.--No ves, porfiado,--le dije,--como aquí también han

escrito.--¿A ver lo que dice?--Y después de mucho esfuerzo,

deletreé:--«_Se-pul-cro del úl-timo de los ti-ranos.--Des-truc-ción de

los úl-ti-mos res-tos de la maz-horca_».

--¡Ah, perros! ¿Eso han puesto?

--Eso, sí, ¿y qué tiene de malo? ¿Por qué te enojas?

--Porque todo eso es mentira, niño; es puro papel pintado, como todo lo

que manda hacer el doctor Trevexo.

--Pues estás equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo,

sino mi tía Medea: ella lo escribió el otro día y yo le oí decir que era

para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.

--¡Ah, tigra! Sólo ella es capaz de tanta rabia--dijo Alejandro

contemplando con ira el arco y levantando el puño en señal de amenaza.

Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia.

Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereda

y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que

da sobre el río.

Todos miraban el horizonte. El río estaba en bajante, y mucha gente

curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y

retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de

anteojos de teatro, escudriñasen el río y consultasen con sus vecinos

los puntos más remotos que se dibujaban en el límite del agua con el

cielo.

--¿No le parece, señor, que han de venir por allí?--decía un hombre a

otro que, valido de un pequeño anteojo de larga vista, interrogaba el

horizonte con majestad.

El interpelado no contestaba nada, y parecía resuelto a emplear la más

estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente

interesado en trabar relación con él.

--¿Es telescopio ese?--insistió el oficioso.

El dueño del anteojo no contestó nada. Semiavergonzado el preguntón,

mironos a todos los que rodeábamos al señor del anteojo, con cara de

cretino como un individuo que se confiesa en una posición falsa.

Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidió.

--¿Me quiere dejar mirar un momento?

El dueño del anteojo tampoco contestó esta vez.

--¡Eh, señor!--repitió tocándole tímidamente sobre el brazo--¿me quiere

dejar mirar?

El del anteojo sacó los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quién le

hablaba y contestó secamente:

--¡No!

El desairado trató de forjar una sonrisa para disimular.

Entretanto, había ganado posiciones junto a la reja del murallón donde

estábamos, una señora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual

colgaba una mantilla española de chapa, metiendo codo a todos los

obstáculos que había encontrado a su paso; la cara, iluminada por una

capa de colorete recientemente aplicada, distribuía una sonrisa perenne

por todas partes; y metida dentro de un vestido de moirée verde, inflado

por un miriñaque movedizo y oscilante, parecía un montgolfier en el

momento de elevarse.

Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recién

llegada un aire picaresco de coqueta retirada.

Acompañábanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de

arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustos

en los cuales la Naturaleza o el arte habían abusado con cierta

insolencia de una inclinación marcada a la exuberancia. Las dos

muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los

20 o 22 años y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando,

metiendo una algarabía inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no

me podía explicar.

--Mira, mamá--dijo la mayor,--este caballero es tan amable, que te va a

dejar mirar por el anteojo.

--¡Por Dios, Raquel! no molestes a ese señor... ¡qué va a decir de

nosotras!--contestaba con un tono de aparente reproche la señora.

--¡Señor, señor! ¿quiere dejarnos ver por ahí?--insinuó la otra joven.

--¡Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios,

cállate--repetía la madre con un contoneo de cabeza continuo.

El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le

hablase.

--Allá se ve un humo, allá vienen--gritó uno por allí cerca. La ola

humana se agitó y se hizo un remolino; la gente se agrupó en la baranda;

todos querían ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros,

dominaba la altura.

--¡Ay, que me arrugan!--- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin que

el miriñaque la ayudara a subir.--¡Ay, mi vestido, que me lo estropean

todo! ¡No veo a Judit! ¡Judit, Judit, Judiiit!

Judit, que estaba allí cerca, y a quien la madre no podía encontrar,

conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina y

pantalón blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a él

por una proximidad inusitada.

--¡Ay, mi hija, mi hija! ¿dónde está mi hija? ¡Se me ha perdido mi hija!

¡Judit, Judiiit!--exclamaba la señora prolongando el grito.

--Aquí estoy, mamá, no alborote, aquí estoy--contestó por último Judit,

haciendo lo posible por soltar la mano de su galán, que retenía con

fuerza para que no se marchara.

--No te muevas de acá, bribona; no te me separes. Ven tú también,

Raquel. ¡Ay, Jesús! ¡bien me decía tu padre! No té metas mucho entre la

gente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que las

manoseen en los entreveros y que a ti también te han de manosear: ¡Qué

gente, por Dios; qué gente! ¡qué falta de respeto con las señoras!

¡Cuánto mejor no hubiera sido ir a los altos de Colón!...

Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba todo. Cargado por

Alejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abría paso como un

Hércules, avanzábamos a tomar otra posición.

Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, veía a la pobre misia

Donata y a sus dos bíblicas criaturas, víctimas del pronóstico de su

marido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cual

había mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacían

las bananas y le arrancaban su espléndido vestido color cotorra,

admiración suprema del barrio de Monserrat en la misa de una.

--¡Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!--gritaban a nuestra

alrededor.--Vea, señor,--le decía un negro a un caballero petizón, que

en vano se empinaba para poder ver;--vea, allí, allí--y apuntaba con el

dedo índice.

--¿Adonde? ¿adonde?--interrogaba el otro impaciente, parado sobre la

punta de los pies.

--Allí están; ahí ha fondeado el Salto, allí el Pampero, más atrás el

Hércules; aquel que viene andando todavía es el Pintos, y los otros dos

barcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Río Bamba.

--¡Ché! y vos cómo sabés los buques--le dijo Alejandro.

--¡Oh! no ve que soy del Bajo, amigo--contestó el

negro.--Mire--agregó,--allá van las falúas a buscar la oficialidad, y

las balleneras para desembarcar la tropa. ¡Bomba! ¡Pas! Ese es el

Córdoba que hace salvas.

Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvió los costados del barco

y el eco del cañonazo se dilató retumbando sordamente por los espacios.

Eran las tres de la tarde de aquel día sofocante; las iglesias echaban a

vuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sin

interrupción. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones iban

formando en el muelle la columna. Mientras esta operación tenía lugar,

Alejandro y yo contemplábamos desde lejos, recostados sobre la reja,

porque no nos habían dejado pasar de los quioscos, de la entrada para

adelante.

En la playa, y al pie mismo del murallón donde nosotros estábamos,

varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se habían congregado para

oír a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamente

encintada de blanco y celeste, y el otro con un acordeón, cantaban

coplas patrioteras en una de esas tonadas características del compadrito

de Buenos Aires.

--¡Que cante el virola!--gritaba uno de los oyentes.

--¡Tu madrina!--contestole el guitarrero, que en efecto tenía los ojos

más torcidos que una encrucijada.

--Cantá ché lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.

El de la guitarra con el del acordeón atacaron un aire vulgar, pero

cadencioso, antepasado en línea recta de la milonga del día, y detrás

del aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:

Nuestra Guardia Nacional

en Cepeda y en Pavón,

con bravura sin igual,

se lanzó sobre el cañón

del cobarde federal.

--¡Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta a

los gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted.

Los resuellos chillones del acordeón habrían seguido, junto con los

gemidos de la guitarra, si las músicas militares no hubiesen anunciado

que la columna, formada ya, se ponía en marcha a lo largo del muelle.

Fue entonces cuando la muchedumbre que obstruía la entrada, arrebatada

por una fila de vigilantes armados, encargados de abrir calle, remolineó

y retrocedió de espaldas, compacta, hasta apretarse contra las paredes

de las casas inmediatas; un tropel de jinetes que venía de la ciudad,

ocupó el espacio abandonado. Me deslumbraron el oro de los galones, las

plumas blancas y azules de los elásticos agitadas por el viento, los

colores llamativos de los uniformes. Alejandro me alzó en alto para que

pudiera ver bien, pero apenas tuve tiempo de columbrar un elástico

cubriendo una larga y abundante melena de guedejas indolentes que caían

sobre una frente espaciosa y unos ojos color plomo; todo esto sostenido

sobre un cuerpo que Doré no habría desdeñado para bosquejar un Lafayette

en lontananza. Quise ver más, pero los jinetes hicieron caracolear sus

caballos; las primeras hileras de la columna aparecieron, y apenas llegó

a mi oído el eco de una proclama de acentos olímpicos pero simpáticos

que se extinguía en el estruendo unísono de un aplauso tributado por

veinte mil manos. Yo aplaudía también y batía palmas.

--¿Por qué aplaude--me dijo Alejandro, de mal humor,--si no oye nada?

--¡Oh!--le contesté--¿acaso es necesario entender? ¿Cómo aplauden

también todos los demás sin entender?

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 12 / 26 题