Cuando llegamos a casa, mi tío, contra todos los cálculos de mi tía
Medea, ya sabía la noticia de la batalla.
La casa estaba llena de gente, como de costumbre. Se repetían los
comentarios que habíamos oído en lo de Bringas; la muerte del Conde
romano producía entre las visitas extensas lamentaciones y tremendas
protestas contra los cobardes enemigos.
Mi tía contó cómo había conseguido comprar uno de los primeros
boletines.
A cada momento entraban sirvientes trayendo recados para ella: el doctor
Trevexo la había mandado felicitar; los ministros habían hecho otro
tanto; el señor Amador y el señor Palenque habían venido a hacerlo en
persona. Mi tía rebosaba de orgullo y de entusiasmo.
Yo me retiré poco a poco de la sala y me fui en busca de los sirvientes
que departían el mismo tema en las habitaciones interiores de la casa;
las mulatas y negras de la servidumbre cotorreaban a destajo sobre
política.
Solamente mi buen compañero Alejandro, un mulato que había estado al
servicio de mi padre, guardaba silencio y mostrábase taciturno ante el
alborozo de los demás.
Yo adoraba a Alejandro; tenía por él una profunda admiración; era el
único en la casa que le hacía frente a la tigra, como él llamaba a mi
tía. Era Alejandro un pardo alto, delgadito, enhiesto y flexible como un
álamo: tenía la cabeza admirablemente puesta sobre sus hombros; entre
los sirvientes tenía vara alta, como se dice; todos le llamaban don, y
más de una le hacía ojos tiernos, porque Alejandro era _as_ entre la
gente de color. Era cochero de mi tía, y cuando Alejandro empuñaba las
riendas de la calesa de la señora de Berrotarán, los tordillos negros de
mi tía, al tomar el trote largo, eran la pareja más famosa que por
aquellos tiempos trotaba en la calle de la Florida y en el camino de
Palermo.
Alejandro, del cual yo hacía lo que se me antojaba, no parecía muy
satisfecho con las noticias que corrían por la ciudad aquella noche. Yo
estaba desvelado con la excitación natural producida por los sucesos, y
mi cabeza no pensaba sino en batallas y soldados.
Conseguí fácilmente que Alejandro me acompañara a mi cuarto: mi tío me
había regalado varias cajas de solados de plomo, entre los cuales
figuraba un regimiento de caballería en cuyo jefe yo creía entrever la
figura invencible y milagrosa de don Buenaventura, el general y
candidato de mi tía. Los detalles del boletín leído en lo de Bringas, me
quemaban los sesos. La primera vocación de un muchacho es la guerra:
tener un sable, un fusil, un cañón, aunque sean de juguete, generalmente
por ahí terminan los hombres entre nosotros. Tener una o varias cajas de
soldados, formarlos, hacerme la ilusión de que aquello es un ejército,
ese era mi ideal en aquellos días.
Alejandro, que me comprendió, se echó al suelo largo a largo en mi
cuarto, encendimos dos velas, las pusimos sobre la alfombra y comenzamos
a formar las dos hileras de guerreros de estaño, una frente de la otra.
Por demás está decir que en el ejército de Alejandro figuraba la broza
de mis cajas de soldados; el enemigo no merecía otra cosa, mientras que
en el mío, las filas estaban compuestas por infanterías y caballerías
recién salidas de la plomería. Frente a mi línea de batalla, cabalgando
en un corcel blanco en actitud de galopar, con elástico y pluma, sable
desenvainado, yo había colocado a mi general. A su turno, Alejandro,
sirviéndose de un soldadito roto, había puesto el suyo al frente de su
línea y para provocarme me decía:
--¡Este es don Justo, mi patrón!
--¡Muera don Justo!--le grité yo, y, sirviéndome del proyectil
recíproco, que era una pelota de goma, envié la primera descarga al
campo enemigo, consiguiendo derrumbar toda una hilera de la tropa de
Alejandro.
--¡Allá va!--me contestó Alejandro;--y la pelota entró por mi campo,
llevándose el primero por delante a mi invicto general.
Lancé una mirada furibunda a Alejandro por aquella falta de respeto y
con toda la energía de mis dedos volví a parar a mi capitán sobre el
campo de acción; pero Alejandro, con una pasión pueril y tenacísima,
volvió a sembrar la muerte y la desolación en mi campo por medio de un
nuevo pelotazo que dirigió contra mi ejército.
--¡Basta! no quiero jugar más--le dije con mal humor;--mira, Alejandro.
¿Conoces la tienda de Bringas? ¿Sabes dónde es?
--Sí, niño ¡cómo no! ¿Por qué me lo preguntas?
--Porque esta noche hemos estado allí, y un señor alto preguntó quién
era yo, y al salir, me dijo que yo merecía cuatro balas, como las
hubiera merecido papá... ¿Por qué me ha dicho eso ese señor?
--Porque su papá no era como usted, partidario de ese general de estaño
que usted quiere tanto.
--¿Y cómo lo es mi tío Ramón?
--¡Bah! su tío Ramón es un zonzo; ni tiene opinión ni sabe dónde tiene
la nariz; le tiembla a la tigra, y a usted le ha dicho eso algún tendero
adulón de los de por acá que conoció a su papá.
--Pero ¡qué! ¿papá hizo algún mal a ese señor?
--Ya lo creo, no tenía la misma opinión de él.
--Pues ¿y mi tía?
--Su tía es la que da la voz y el voto aquí, menos a mí, que, al fin y
al cabo, uno de estos días le voy a dar un susto haciendo desbocar los
caballos y echándola a una zanja por exaltada.
--¿Entonces yo debo pelear contra don Buenaventura?
--¡Pues ya lo creo, y ahí va un pelotazo más!--Y Alejandro acabó de
derribar todos los soldados de mi ejército, mientras yo, pensativo,
vacilante en la bondad de mi causa, dejaba hacer, sin atreverme a tomar
la ofensiva.
Aquella noche me costó dormirme; era día entrado ya, cuando me desperté
en medio del sobresalto de un sueño en que me veía amarrado a un árbol,
y en momentos de ser fusilado por el señor de la tienda.