IV

El cambio de domicilio fue un acontecimiento para mí; la espléndida casa

de mi tío Ramón, mi ropa flamante de luto, la nueva faz de mi vida,

ejercieron en mi espíritu toda la influencia de la novedad.

Había alguna diferencia, por cierto, entre la pobre morada de mi padre y

la espléndida mansión de mi tío, o más bien dicho, de mi tía, pues todo

lo que había en ella, hasta el último alfiler, como ella decía, era suyo

propio y lo había heredado del famoso mayor Berrotarán, terror de los

indios y loor del ejército. Mi tío Ramón era un pobrete que sólo había

aportado al matrimonio su decencia con lo encapillado, como rezaba la

antigua fórmula testamentaria.

Se trató de mi educación; mi tío, que se interesaba por mí, quiso

tomarme maestros de idiomas y proporcionarme una enseñanza esmerada,

pero todo fue en vano.

Mi tía Medea sostuvo con argumentos sin réplica y resoluciones

inapelables, que demasiado había hecho ella consintiendo en cargar con

hijos de otro.

--¡Si no tiene usted familia, usted solo tiene la culpa! ¡Mi padre tuvo

diecisiete hijos y sólo fue casado dos veces!

--¡Bien, Medea, tienes razón, yo tengo la culpa!

--¡Y es usted tan cínico que lo confiesa!

--¡Pero si es por complacerte!...

--¡Por complacerme! ¿Y ese es el modo de complacerme? ¡Traerme los hijos

de otros, echar esa carga a su mujer! ¿Por qué no lo ha puesto usted en

un taller, para que aprenda un oficio y se haga hombre? ¿Por qué no lo

ha destinado usted a un cuerpo de línea, para que siguiese la noble

carrera militar?

--Mira, Medea: es el hijo de mi pobre hermano, lleva mi apellido como

tú, no tenemos hijos... ¿Qué cosa más natural que lo hagamos nuestro

hijo, que lo eduquemos conforme a nuestros medios?

--¡Ca! No me muelas la paciencia, Ramón, no me impacientes--contestaba

mi tía Medea furiosa.--¡Yo no necesito de tu nombre para nada!

¡Guárdatelo, que para nada me sirve! Yo me llamo Berrotarán y usted es

un pobre diablo, hijo de un lomillero. ¡Sí, señor, de un lomillero! Su

padre de usted era lomillero en tiempo de Rozas. ¡Haga usted lomillero a

su sobrino!

Mi tío se ponía rojo de vergüenza ante estas contestaciones, y yo, que

no podía darme cuenta de cómo mi tía, tan llena de orgullo y de

pretensiones, había podido casarse con el hijo de un lomillero, decía

para mis adentros que debían haberla casado por fuerza con mi tío Ramón,

porque, de otro modo, no podría explicarse tanta desigualdad de

condiciones. Indudablemente mi tío Ramón había abusado de mi tía,

permitiéndole que lo aceptara por esposo.

Escenas conyugales como la que acabo de narrar eran muy comunes en

aquella casa. Mi tío estaba completamente sometido; en lo único en que

era incorregible era, como ya lo he dicho, en materias de amor, y por

esta causa se daban los más famosos combates íntimos que tenían lugar.

¿Combates?... digo mal; mi tío no combatía nunca; se entregaba por

completo, rendido a discreción, y mi tía emprendía la terrible ejecución

del marido infiel.

Mi tía Medea era muy dada a la política; ella pretendía tomar parte en

el Gobierno, y era, por consiguiente, amiga de la situación.

La época en que yo me criaba era muy agitada. Hacía poco tiempo que se

había dado la batalla de Pavón. Quería mi tía llevarlo todo a sangre y

fuego, y su divisa era «o por la ley o por la fuerza».

Mi tío Ramón había tenido que inscribirse en uno de los centros

electorales en que la opinión estaba dividida, y aunque con su carácter

muy indiferente por la cosa pública, el buen ciudadano figuraba

pomposamente en la comisión directiva, debido sin duda a la iniciativa

de su mujer, que no admitía excusas, y a sus medios pecuniarios, y no a

su entusiasmo por la lucha o a sus aspiraciones políticas.

El candidato de mi tía ejercía sobre ella la influencia de un profeta:

no concebía que delante de su figura inspirada y magnífica pudieran

levantarse adversarios; mi tía, como he dicho, era de una virtud agria e

indomable, pero, cuando se hablaba de su orador y de su poeta, una

especie de delirio alarmante la invadía, y si hubiera sido joven y bella

y su ídolo le hubiera dado una cita a media noche, habría ido, loca de

amor, a rendirse a sus caricias omnipotentes, porque perderse con él no

habría sido para ella una falta sino el cumplimiento de un deber

inexcusable.

Así era por aquellos días el fanatismo político entre las mujeres. El

ídolo político de mi tía, hombre formal, estudioso, lleno de buena fe,

como el profeta de Münster, tenía una especie de virtud inconsciente e

involuntaria para revolver las cabezas femeninas, y a pesar de toda su

gravedad, de todo su juicio, contábase como cierto por los adversarios,

que más de una vez, la crema de la high-life del tiempo, las señoras más

encopetadas de Buenos Aires, le habían hecho manifestaciones públicas de

simpatía en las ventanas de su casa, poniéndolo, en una edad que no era

la de Apolo, en el caso de presidir la asamblea de las mujeres, perorar

ante ellas y echarles las más metafóricas, las más eufónicas, las más

pintadas frases de su cosecha oratoria.

Por supuesto que mi tío dejaba hacer y jamás demostró celos por aquellos

actos de su mujer; tenerlos habría sido tan temerario como si los

griegos los hubiesen tenido de Júpiter, cuando el rey del Olimpo hacía

sus parrandas nocturnas por sus hogares.

En el partido de mi tía, es necesario decirlo para ser justo, y sobre

todo para ser exacto, figuraba la mayor parte de la burguesía porteña;

las familias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esa

especie de nobleza bonaerense pasablemente beótica, sana, iletrada,

muda, orgullosa, aburrida, localista, honorable, rica y gorda: ese

partido tenía una razón social y política de existencia; nacido a la

vida al caer Rozas, dominado y sujeto a su solio durante veinte años,

había, sin quererlo, absorbido los vicios de la época, y con las grandes

y entusiastas ideas de libertad, había roto las cadenas sin romper sus

tradiciones hereditarias. No transformó la fisonomía moral de sus hijos;

los hizo estancieros y tenderos en 1850. Miró a la Universidad con

huraña desconfianza, y al talento aventurero de los hombres nuevos

pobres, como un peligro de su existencia; creyó y formó sus familias en

un hogar lujoso con todas las pretensiones inconscientes a la gran vida,

a la elegancia, y al tono; pero sin quererlo, sin poderlo evitar, sin

sentirlo, conservó su fisonomía histórica, que era honorable y virtuosa,

pero rutinaria y opaca. Necesitó su hombre y lo encontró: le inspiró sus

defectos y lo dotó con sus méritos.

En vida de mi tía, su casa era uno de los centros más concurridos por

todas las grandes personalidades, y en ella se adoptaban las

resoluciones trascendentales de sus directores. Los grandes planes que

debían imponerse al comité, para que éste los impusiese al público,

salían de allí, y en su elaboración tomaban parte las cabezas supremas,

que deliberaban como una especie de estado mayor, sin que los jefes

subalternos tomasen parte en las discusiones. Lo más curioso era que

aquella gran cofradía creía, o estaba empeñada en hacer creer, que era

el partido quien concebía los profundos programas electorales, y la

verdad era que el gran partido solía convertirse en un ser tan pasivo

como los ídolos asirios, que aterraban o entusiasmaban a las

muchedumbres según el humor del gran sacerdote que gobernaba los

resortes ocultos de la deidad.

Tenían aquellas reuniones un colorido particular, y más de una vez fui

espectador de las escenas que se producían entre sus altos y profundos

augures. Mi tía no estaba quieta un solo instante; salía y entraba a la

sala en que se congregaban sus correligionarios, atendía a una que otra

visita íntima del barrio en las habitaciones interiores, y volvía de

nuevo por un instante a seguir el hilo de los debates y peroraciones que

tenían lugar.

Una noche próxima al día de una elección, según creo, se reunieron en

casa de mis tíos aquellos hombres que yo consideraba providenciales.

Desde temprano se habían encendido todas las arañas y candelabros del

salón, y yo, ardiendo de curiosidad, hice todo lo posible por ser

espectador lejano, desde la antesala, de aquella notable asamblea.

Eran las ocho de la noche y entraban los primeros concurrentes.

--No me hable usted de la juventud, señor don Ramón, la juventud del día

no sirve para nada--decía a mi tío un caballero flaco, de cuarenta años

largos, con una fisonomía garabateada por la barba y las arrugas del

cutis.

--Tiene razón, doctor, los jóvenes no sirven para nada.--No te metas,

Ramón, en lo que no sabes--contestaba mi tía furibunda.

--Vean ustedes, señores: llevar hombres jóvenes a las cámaras sería

nuestra perdición. La juventud del día no tiene talentos prácticos;

¿cómo quieren ustedes que los tenga? ¡Le da por la historia y por

estudiar el derecho constitucional y la economía política en libros!

Forman bibliotecas enormes y se indigestan la inteligencia con una

erudición inútil, que mata en ellos toda la espontaneidad del talento y

de la inventiva. ¡Sí, señores, los libros no sirven para nada! Ustedes

me ven a mí... Yo no he necesitado jamás libros para saber lo que sé.

¡Pero no quieren seguir mis consejos, señor! Los libros no sirven para

nada en los pueblos nuevos como el nuestro. Para derrocar a Rozas no

fueron necesarios los libros; para hacer la Constitución de 1853,

tampoco fueron necesarios, y es la mejor constitución del mundo. Yo soy

abogado y me ha bastado Darnasca para aprender mi profesión. La noción

del derecho se pierde cuanto más a fondo se quieren conocer los textos.

¡Lo mismo es la política! Nosotros no estamos preparados para gobernar

con Hamilton, Madison y Story. ¡El buen sentido, eso basta! ¡Sí,

señores, el buen sentido basta! Yo por ejemplo, no leo sino los diarios,

y el periodismo, señores, es como el pelícano, alimenta a sus hijos con

su propia sangre. ¿Usted ha estado en mi estudio, señor don Ramón, no es

verdad? ¿Ha estado usted? ¡Pues bien! ¿Qué libros ha visto usted?

Colecciones de los diarios en que he escrito, eso sí: la colección de

_La Colmena_, _La Espada de Damocles_, _La Regeneración Porteña_, _El

Gorro de la Libertad_, etc., todos los diarios de que he sido redactor.

¿Pues bien, eh?... he necesitado alguna vez informarme sobre la pesca de

los pengüines en la costa patagónica, cuando he sido ministro, ¿qué he

hecho?... a _La Espada de Damocles_... registro la colección y en 1853 o

54, encuentro el artículo que escribí sobre la pesca de esos moluscos...

--Pero, doctor, ¿los pengüines no son aves?--observó mi tío.

--Pero no vuelan, señor don Ramón, y son esencialmente marítimos, y se

pescan en vez de cazarse; por eso es que los clasifico entre los

moluscos, y así los designo en mi artículo de _La Espada de Damocles_. Y

lo mismo que digo de la pesca de los pengüines, digo del gobierno

parlamentario; nos están hablando de las bondades del sistema

bicamarista... Vean ustedes el resultado que nos ha dado en la nación y

en la provincia... Hemos retrocedido, señores, hemos retrocedido veinte

años; nuestro primer acto de gobierno debe ser volver a la cámara única

y poco numerosa. Yo lo he sostenido en un artículo que escribí en 1853

en _El Gorro de la Libertad_; ahí están los argumentos irrefutables de

mi tesis. La cámara única, señores, no hay nada mejor; ¡basta el buen

sentido para comprender que dos cámaras es el absurdo, señor! Una está

en contra de la otra siempre, y ¿cómo gobernar cuando dos fuerzas

iguales, se chocan? El axioma físico es que dos fuerzas iguales se

destruyen... y la física tiene leyes análogas a la política! ¡No hay

gobierno posible así! ¡La cámara única es lo más sencillo, lo más

expeditivo y lo más cómodo!...

--Pero los ingleses, señor doctor, tienen dos cámaras--observó uno de

los circunstantes.

--Permítame, señor; la Inglaterra es un país extravagante, de clima

diferente al nuestro, y se explica el error allí. Pero nosotros tenemos

un clima ardiente y es un peligro grave prodigar las fuerzas y el

número de las asambleas parlamentarias en la República Argentina. Eso es

lo que nos lleva siempre a las oposiciones tenaces. Nuestro partido

perderá el gobierno por eso, señores; por extender el número de las

asambleas. Con una cámara única de veinticinco amigos no seremos

vencidos. Yo se lo he dicho siempre al general:--No le haga caso a don

Benjamín Boston; mire que don Benjamín es de origen norteamericano,

mientras que nosotros debemos seguir la escuela política de Rivadavia.

Don Benjamín es orador muy elocuente, pero no tiene una cabeza política

ni previsora: tiene demasiados libros para ser buen gobernante y jamás

ha escrito en un diario. ¡Pero no se me hizo caso, señor, y ya verán

ustedes los resultados!

--¡Cuánto me alegro, doctor Trevexo, de que Ramón oiga lo que usted

dice! ¡Cuánta razón tiene usted! Figúrese usted que mi marido se

empeñaba en llenarle la cabeza de librajos a su sobrino y enseñarle

idiomas, y que sé yo qué otras cosas... ¿Para qué?...

--Todo eso no sirve para nada, señora. Enséñele usted a leer y a

escribir y deje usted al talento que se revele solo. Repito a usted que

en este país los hombres no necesitan estudiar nada para llegar a los

altos puestos.

¿No me ve usted a mí?

Acostumbre usted al niño a que lea los diarios y a que guarde recortes

de los artículos que le interesen. A los veinte años sabrá más que toda

su generación.

--Pero ya ve usted, doctor Trevexo, que el general no debe ser de su

opinión; pocos hombres tienen más libros y papeles que él; un día que

tuve el alto honor de verlo en su casa, salí pasmado de la copiosidad de

su biblioteca.

--A eso iba, ¡eh! eso iba a contestarle: es que usted ha conocido al

general en su mala época; desde que ha empezado a estudiar ha empezado a

degenerar, ha perdido el brillo de su palabra y la espontaneidad de su

espíritu y se ha envejecido.

--¿Es posible? ¿Qué es lo que me dice usted, doctor?--interrumpió mi tía

llena de sobresalto.

--Lo que usted oye: don Buenaventura se ha hecho un indiferente criminal

desde que se le ha ocurrido instruirse. ¿Quién me lo negará? Todo su

talento improvisador se le ha apagado. ¡Qué diferencia del general de

hoy al de otros tiempos; qué improvisaciones las de entonces, qué

discursos, qué proclamas, qué artículos!

--¡Y qué versos!--agregó mi tío Ramón lleno de buena fe, con el ánimo de

cooperar al elogio.

--¡No! los versos no han sido nunca gran cosa--contestó el doctor con

impaciencia.

--¡Oh! perdone, doctor, y ¿_El Matrero_ y _el Mendigo_?--agregó mi tía.

--¡Pschet! así, así... ¡No! los versos no son su fuerte. Pero los

discursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros de

Urquiza...

--¡Ah, sí! cuando les ofrecía echar las puertas de los ministerios a

cañonazos a aquellos bandidos--rompió mi tía electrizada.

--Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: «Os

devuelvo intactas...»

--No, intactas no; la proclama decía «casi intactas».

--Bueno, es lo mismo. ¡Qué bellas frases, qué verdades de a puño! ¡Ah,

qué tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. Sí, cada vez que

me acuerdo de lo que era Buenos Aires el año pasado no más, me convenzo

de que las porteñas ya no somos lo que éramos; ¡qué unión! ¿Quién se

atrevía a hablar en contra nuestra? No había sino un hombre, un solo

hombre y ese hombre era él.

--¿Y se acuerda usted de la discusión del acuerdo, doctor?

--¡Cómo no, misia Medea!

--Entonces, sí, había decisión popular; las injurias y denuestos que

vomitaron los enemigos de Buenos Aires; ¡aquellos bandidos! las pagaron

caras. ¡Qué barra, qué barra lucida y resuelta; cómo silbaba a los

traidores y cómo aplaudía a aquellos patriotas!

--Yo tengo presente ese día--observó uno de los personajes que allí

estaban.

--Es cierto, señor don Pancho, que usted estaba allí--contestó el doctor

Trevexo.

--¡Cómo no! Yo capitaneaba el grupo principal.

--¿El de los tenderos patriotas, no?

--Precisamente; nos habíamos reunido la noche antes en mi tienda toda la

crema de la calle del Perú; Tobías Labao, Narciso Bringas, Policarpo

Amador, Hermenegildo Palenque: la flor del mostrador, que durante la

tiranía de Rozas había estado metida en un zapato, y nos fuimos a la

barra. Cuando hablaba don Buenaventura, lo saludábamos con una lluvia de

aplausos, y cuando los urquizistas pedían la palabra, se armaba la

gorda.

--¿Pero hubo algunos muy insolentes, no?

--¡Cómo no! y nos insultaron; pero Buenos Aires triunfó y nos libramos

de Urquiza.

--Y de los provincianos para siempre. Porque allí se salvó Buenos Aires,

y si no hubiéramos triunfado allí, hoy estaríamos conquistados y

perdidos, señor don Pancho--dijo mi tía exaltadísima, devolviendo el

mate a la mulatilla después de hacerlo roncar con una chupada postrimera

llena de vigor, que aplicó a la bombilla.

La conversación había llegado a esta altura, cuando los sirvientes

anunciaron a varios caballeros que acababan de llegar. Los recientemente

llegados eran siete u ocho personas.

Cambiados los saludos de orden y algunas palabras de etiqueta sobre la

salud de las familias respectivas, los circunstantes ocuparon sus

asientos alrededor del salón.

El doctor Trevexo se sentó en el sofá, al lado de dos caballeros, uno

muy flaco y el otro sumamente grueso.

El flaco era un hombre alto, con una cabeza diminuta. Entre las cejas y

el pelo tenía una faja blanca que le servía de frente; la boca era

hundida como la de un cráneo, la nariz de un atrevimiento procaz, no por

la enormidad del tamaño, sino por su afligente exigüidad, y, sobre todo,

por la insolencia con que la Naturaleza la había respingado para

presentar al espectador sus dos ventanas, como el hocico de un _crack_

que olfatea al aire. El gesto peculiar de aquel hombre me sugería la

idea de un ser que vive aspirando un mal olor constante a su alrededor.

Su rostro era una mueca perpetua contra los miasmas, que se exageraba de

una manera alarmante cuando él tenía la pretensión de sonreírse. Los

brazos eran tan largos como las piernas, el pecho era hundido, la

espalda escasa, las orejas parecían dos conchas de ostras y el pescuezo,

sumamente corto para su altura, desaparecía entre la cabeza y el cuerpo,

dándole el aspecto de esas garzas que, para dormitar al sol sobre las

aguas estancadas y verdinegras de nuestras lagunas, enroscan sus

pescuezos longitudinales, tomando la actitud más formal y venerable que

es capaz de tomar un pájaro.

El otro caballero era lo que se llama un hombre de peso. Si su vecino

del sofá pecaba por su figura angulosa y rigurosamente lineal, éste

pecaba por la prodigalidad chacotona con que la Naturaleza había

empleado las líneas curvas para diseñarlo. La cabeza grande, y aunque

vulgar por la vertiginosa rapidez con que descendía hasta la frente,

exhibía un rostro lleno de majestad y de satisfecha suficiencia.

El abdomen, ampliamente pronunciado, lo era bastante para poner en

conflicto la resistencia pertinaz de las abotonaduras del chaleco y del

pantalón, a las que estaba confiada la solemne misión de contener sus

formas. La fisonomía tenía grandes pretensiones a la formalidad; pero

yo no sé qué diablos había en aquella cara de luna llena, que me hacía

verla en menguante, a pesar de su redondez. Las piernas eran diminutas,

pero morrudas, el pie pequeño pero ancho; la cara completamente afeitada

y una nariz invasora que hacía contraste con el recogimiento desdeñoso

de la del señor flaco que se sentaba a su lado.

--Señores--dijo el doctor Trevexo,--ya estamos en _quorum_ y es menester

que comencemos. ¿Quiere usted presidir, señor don Ramón?

Mi tío, que permanecía de espectador pasivo, salió de su letargo, y,

algo cortado, puso una cara de signo interrogante que descubría toda su

indecisión para desempeñar el alto y difícil cargo que se le proponía.

Mi tía le tiraba de la levita y le decía en voz baja pero resuelta:

--No, Ramón, guárdate bien de meterte en lo que no sabes.

Mi tío tragaba saliva y guardaba silencio como un hombre que no sabe qué

partido tomar. Por último rompió...

--Doctor, si yo no tengo el hábito de estas cosas... No me es posible...

--Presida usted, entonces, doctor Trevexo--dijo el señor gordo.

--¿No le parece a usted, señor don Juan?--agregó dirigiéndose al

caballero flaco y ñato que había entrado con él.

Este hizo una solemne inclinación de cabeza que significaba un signo de

aprobación, y volvió a levantar su cara chata a tanta altura, que pude

verle las cavernas de la nariz en toda su siniestra lobreguez.

--Bien, que presida el doctor Trevexo,--agregaron varios concurrentes.

El protagonista de aquella reunión política no se hizo de rogar más. El

asiento central del sofá del salón fue desalojado para el presidente.

Este se sentó, sacó del bolsillo interior de su levita unos papeles, los

desdobló y los puso sobre sus rodillas; se sonó en seguida

estruendosamente la nariz por dos o tres veces, dobló su pañuelo con una

sola mano alrededor del puño y lo depositó en su bolsillo, como un

hombre habituado a todas esas añagazas y posturas preliminares de los

discursos.

--Señores--dijo,--estamos empeñados en una lucha homérica; de esta lucha

resultará el _ser o no ser_ para nuestro partido. Aquí no estamos todos,

pero no convendría que lo estuviéramos. Una cosa son las reuniones

populares de los teatros y de las calles, otra cosa deben ser los actos

de la dirección y de la marcha de nuestro partido: una cosa son las

batallas en las guerrillas, en las cargas y en los entreveros, y otra

cosa son las batallas en el cuartel general. El elector, el club

parroquial, pueden ir valientemente al atrio a votar, porque no tienen

responsabilidades; el soldado muere en el asalto, en la lucha cuerpo a

cuerpo; la metralla lo quema y lo despedaza, pero muere sin

responsabilidad. La responsabilidad de las grandes luchas electorales,

como de las grandes acciones de guerra, está en los generales: el

soldado no muere sino materialmente, de un bayonetazo, de un tiro de

fusil, de una bala de cañón, de hambre y de sed; pero el descalabro de

una campaña política o militar es la muerte moral de los jefes y la

muerte moral de las cabezas es la muerte del espíritu dentro del cuerpo

vivo: una especie de embalsamamiento inconsciente.

Tratamos, señores, de formar una lista de diputados. Nada más prudente

que confiar su elaboración a las corrientes encontradas del

pueblo--continuaba el doctor Trevexo sin escupir.--«El Estado soy yo,»

decía Luis XIV. La forma democrática se inspira en el derecho natural.

En la tribu los más fuertes, los más hábiles, asumen la dirección de

agrupaciones humanas: el derecho positivo codifica la sanción de las

legislaciones inéditas del derecho natural y nosotros exclamamos; «¡el

pueblo somos nosotros!»

--¡Muy bien, muy bien, perfectísimamente! continúe usted, doctor,--le

interrumpió el señor gordo sin poder contener la ola de entusiasmo.

--Se critica el sufragio universal, pero no se da la razón de su

crítica; el error de los que lo combaten acerbamente, consiste en creer

que el sufragio universal es el derecho que todos tienen de elegir.

¡Error! ¡Grave error, señores! Si las leyes del Universo están confiadas

a una sola voluntad, no se comprende cómo la universal puede estar

confiado a todas las voluntades. El sufragio universal, como todo lo que

responde a la _unidad_, como la _Universidad_, bajo el gobierno

_unipersonal_ de un rector. ¡Unipersonal, fíjense ustedes bien! es el

voto de uno solo reproducido por todos. En el sufragio universal la

ardua misión, el sacrificio, está impuesto a los que lo dirigen, como en

la armonía celeste, el sol está encargado de producir la luz y los

planetas de rodar y girar alrededor del sol, apareciendo y

desapareciendo como cuerpos automáticos sin voz ni voto en las leyes que

rigen la armonía de los espacios. Y declaro, señores, que esto último no

es mío sino del Divino Maestro.

--¡Pero es admirable!--exclamó el señor gordo.

--¿Entiende usted, misia Medea?--agregó dirigiéndose en voz baja a mi

tía.

--No, señor don Higinio, pero yo también lo encuentro admirable como

usted.

--¿Qué sería de nosotros, señores, el primer partido de la República, el

partido que derrocó a Rozas, que abatió a Urquiza, el partido de Cepeda,

esa platea argentina, en que el Xerjes entrerriano fue vencido por los

Alcibíades y los Temístocles porteños, si entregáramos a las

muchedumbres el voto popular? Nosotros somos la clase patricia de este

pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la

fortuna, la gente decente en una palabra. Fuera de nosotros, es la

canalla, la plebe, quien impera. Seamos nosotros la cabeza; que el

pueblo sea nuestro brazo. Podemos formar la lista con toda libertad y en

seguida lanzarla. Todo el partido la acatará; nuestra divisa es

_Obediencia_: cúmplase nuestra divisa.

--Yo me he permitido formar un proyecto de lista que someto a la

consideración de ustedes--dijo uno de los presentes, joven de hermoso

aspecto, de simpática figura, que hasta entonces había guardado

silencio.

--A ver, lea usted--dijo el doctor Trevexo.

El joven leyó su lista en medio del silencio dignísimo de la

concurrencia; dos o tres la aprobaron después de leída, pero los demás,

suspensos de la fisonomía del doctor Trevexo, que demostraba visible

descontento, no articularon una sola palabra de aprobación.

--¿Qué le parece a usted de esa lista, señor don Ramón?--dijo don

Narciso acercándose al oído de mi tío.

--Muy buena, muy buena--contestó mi tío.

--¡Pues a mí me parece muy mala!

--Y a mí también--agregó don Juan, haciendo el gesto de asco que le era

peculiar.

--Cosas de muchachos ambiciosos, de mozalbetes: ¡Miren ustedes, qué

atrevimiento! Sólo a la juventud del día puede ocurrírsele tener

pretensiones de figurar en las listas de diputados--murmuraba _sotto

voce_ don Pancho el tendero,--asociándose al grupo de los descontentos.

--Señores--dijo en voz alta y varonil el joven que había propuesto la

lista,--es necesario llevar fuerzas nuevas a la Cámara, y las fuerzas

nuevas están en la juventud que ha salido ayer de los claustros

universitarios. Yo no tengo las ideas del doctor Trevexo sobre el

sufragio universal; somos un partido oligárquico con tendencias

aristocráticas, exclusivistas aun dentro de su propio seno, a quien se

acusa, y con razón, señores, de gobernar o de querer gobernar siempre

con los mismos hombres, y que repudia toda renovación, toda tentativa

para recibir hombres nuevos en el grupo de sus directores. Pido que se

tome en consideración la lista que he presentado.

El doctor Trevexo, hombre viejo y resabiado en materia de debates

agrios, contaba con un rebaño muy dócil para perder tiempo en polémicas

apasionadas: había aleccionado a sus adeptos de antemano, y a una seña

suya don Juan, con su voz gangosa, dijo:

--Quej sje vooote la lijta.

--Señor, no se puede votar todavía, ni hay para qué votar la lista. Se

votarán los nombres de los propuestos, uno por uno.

El doctor Trevexo renovó la seña.

--Quej sje voote la lijta--repitió don Juan.

--Señores, si se procede de ese modo, nos retiraremos--replicó el joven

con acento resuelto.

--Retíjrese--contestó a su turno don Juan.

El joven y el grupo que lo acompañaba, se retiraron. Los hombres de

juicio y de experiencia quedaron dueños del campo. Mi tía supo con

indignación que mi tío Ramón había sido el culpable de que aquella

juventud atrevida hubiese venido a turbar el orden y la paz octaviana de

la reunión. ¡Mi tío Ramón los había invitado! Don Pancho el tendero

echaba sapos y culebras contra aquellos osados, y suplicaba al doctor

Trevexo que los denunciara al jefe del partido al día siguiente. Don

Higinio, como buen estanciero, vecino de campo y de ciudad, renegaba

contra la juventud del día y la Universidad, madre engendradora de

doctores inútiles y de muchachos pillos y botarates. Don Benjamín era

felicitado por la manera severa y eficaz con que había enseñado la

puerta de la calle a los revoltosos.

Los señores Palenque, don Policarpo Amador, don Narciso Bringas y don

Pancho Fernández, rodearon al doctor Trevexo y la sesión continuó como

si nada hubiese sucedido.

--¡Pero qué atrevimiento, qué osadía! ¡En mi casa, en mi casa, venir a

promover semejante escándalo! ¡Y pensar, doctor, que es mi marido quien

tiene la culpa de todo!--exclamaba mi tía mirando furibundamente a mi

pobre tío, que durante toda la escena anterior se había conducido tan

obtusamente, que no supo qué partido tomar con los que se marchaban y

con los que se quedaban.

--He aquí, señores, he aquí, mis amigos, lo que les decía a ustedes hace

un instante sobre la juventud del día!--respondía el doctor

Trevexo.--¡Qué falta de resignación política, qué carencia de sumisión y

de respeto demuestran a los designios superiores de la experiencia! ¡Un

partido! Un partido es una colectividad cuya primer condición de vida es

la obediencia. Y no hay nada más hermoso, nada más eficaz, nada más

eficiente, que ver esa gran máquina humana movida por una sola voluntad

que hace el sacrificio de su raciocinio en nombre de sus grandes ideas

políticas. Ayer no más lo hemos visto; 30.000, 40.000 almas, cuarenta

mil seres racionales, ocupando diez cuadras de la calle Florida,

aplaudiendo a una voz, vivando un nombre, obedeciendo una orden; padres,

madres, hijos e hijas, jóvenes y viejos, lanzados al mar de las pasiones

electorales por una sola voz, riendo a una seña, llorando a otra de

entusiasmo, marchando en procesión y vivando simultáneamente el adorable

nombre de su divino jefe. ¡Eso es partido!

--¡Viva el doctor Trevexo!--exclamó don Juan.

--¡Viva!--exclamaron los demás circunstantes, incluso mi tía Medea que

transpiraba de entusiasmo.

--¿Por quién vota usted, señor don Pancho, para primer candidato de la

lista?

--Por mi venerado jefe, don Buenaventura.

--¡Y yo también!--dijo don Policarpo Amador, antes de que le tocara el

turno para votar.

--¡Y yo!--exclamó don Tobías Labao con la misma anticipación.

--¡Por el mismo!--gritó, sin esperar que le preguntasen nada, don

Pancho.

--Por don Buenaventura--agregó don Narciso Bringas.

--Ramón también vota por él, doctor Trevexo--dijo mi tía;--apunte,

doctor, el voto de Ramón; y si ustedes me permiten votar a mí, yo...

--Vote usted, señora, vote usted mil veces; la más poderosa válvula

política de nuestro partido es la mujer. Los hombres y las mujeres

coexistimos en la plaza pública. Vote usted, señora, imite usted a las

matronas espartanas que se arremangaban las túnicas y declamaban en la

ágora.

--¡Mil votos por mi general!

--Señores, ¿quieren ustedes designar el siguiente candidato?--preguntó

el doctor.

--Por el doctor Trevexo, señores. Espero que todos me acompañarán a

votar por él--vociferó don Pancho.

Por el doctor Trevexo, por el primer diplomático argentino.

El doctor Trevexo era en este momento objeto de toda mi admiración. ¡Con

qué modestia aquel grande hombre, aquel espíritu lógico y concienzudo,

que acababa de exponer tanta doctrina luminosa, recibía las

aclamaciones unánimes de la distinguida sociedad que sabía aquilatar su

talento superior!

El doctor Trevexo fue aclamado unánimemente, y con la misma unanimidad,

sin que se suscitara divergencia alguna, en una perfecta armonía, fueron

proclamados candidatos don Benjamín, don Pancho, don Tobías Labao, don

Narciso Bringas, don Policarpo Amador y don Hermenegildo Palenque, es

decir, todos los concurrentes menos mi tío Ramón.

El doctor Trevexo volvió a guardar los papeles en la levita y se

levantó.

--Señora--dijo a mi tía,--pocas veces nos ha costado más trabajo que en

esta ocasión formar una lista. Pero estoy contento. El jefe la

proclamará mañana, y el partido la recibirá de sus manos consagrada como

una bandera de lucha.

--¿Confía usted en la victoria?

--Señora, cuando se dispone, como disponemos nosotros, de las

imaginaciones populares, los hombres desaparecen, surgen las

muchedumbres: la muchedumbre es como el mar, el viento la agita, la

calma la atempera.

Mañana nuestros nombres serán aclamados por este pueblo, que es un gran

pueblo, porque sabe marchar sin preguntar nunca adonde lo llevan. ¡La

victoria será nuestra!

V

¡Oh, mi niñez! Mi niñez fue triste y árida como esos arenales africanos

que desde a bordo contemplan por largas horas los viajeros al

aproximarse a las costas del Senegal. Tenía doce años y pasaba con razón

por un muchacho imbécil: no sabía leer sino silabeando torpemente; las

letras, formadas en línea, nublaban mis ojos, y al querer mover la

lengua para pronunciar las palabras, la sentía amarrada por ligaduras

crueles, que me hacían tartamudear y sentir delante de los extraños la

herida profunda y venenosa del ridículo. Escribía torpemente y con una

ortografía de la más espontánea barbarie. ¡Oh, mis planas! ¡Cuánto me

costaba hacerlas y qué mal me salían!

Mi tía Medea no se había preocupado de hacerme enseñar nada. ¿Para qué

necesitaba aprender? El doctor Trevexo ya se lo había dicho: «para

ocupar altas posiciones en este país, no se necesita aprender nada.» Y

tenía razón. Yo me preparaba para las altas posiciones, siguiendo el

consejo al pie de la letra.

Mi tío Ramón no se conformaba, sin embargo, con aquel sistema de

educación espontánea, y el pobre hombre, en medio de sus devaneos

amorosos, solía dedicarme algunos momentos; él me había enseñado a

deletrear en los títulos de los diarios y bajo su dirección había

aprendido a hacer mis primeros garabatos.

Vivía en el interior de la casa, entre los criados y criadas: su

sociedad me encantaba, y sería un ingrato si no recordara con afecto a

aquella buena gente con quien pasé los primeros años de mi vida.

Después de la reunión que acabo de describir, la guerra había estallado

entre Buenos Aires y la Confederación, y aunque mi propósito no es

consagrar muchas páginas a la política, necesito contar la parte que yo

tomé en el entusiasmo guerrero de aquellos días.

Ya he dicho hasta qué punto llegaba la exaltación de mi tía, partidaria

resuelta de la guerra con toda la buena fe de su alma, creyéndose una

matrona griega, hija de la invicta Buenos Aires, de la Atenas del Plata

y de quién sé yo qué más.

La batalla de Pavón había tenido lugar el 17 de septiembre de 1861, y la

victoria produjo en Buenos Aires un entusiasmo indescriptible.

Desde antes que ella tuviera lugar, mi imaginación estaba convulsionada

por los cuentos de los sirvientes de mi casa y por las conversaciones

animadas de sobremesa que sostenía mi tía con sus relaciones. Yo no

pensaba sino en soldados y batallas; tenía cierta disposición genial al

dibujo y pasaba las noches dibujando el ejército y la escuadra de Buenos

Aires en marcha contra Urquiza; y entre las filas de soldados, sobre un

caballo trazado con el más respetuoso cuidado, diseñaba la figura de mi

general, ídolo de mis sueños infantiles, especie de Cid fraguado por mi

fantasía de niño, caricaturado involuntariamente por mi lápiz torpe, y

destinado por la Providencia a aplastar a Urquiza, a quien yo me lo

representaba vestido de indio, con plumas en la cabeza, con flechas y un

gran facón en la cintura, rodeado por una tribu salvaje que constituía

su ejército.

La noche en que se tuvo la noticia de la batalla, mi tía me sacó a

caminar, para tomar lenguas, como ella decía.

Las calles estaban cuajadas de gente. Corrían ya los rumores precursores

de la gran noticia. Algunos dispersos habían llegado al Pergamino y

unos proclamaban resueltamente la victoria, otros dudaban del éxito, y

los más tranquilos manifestaban la vacilación que se experimenta en esos

trances.

No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle

Perú y la de la Victoria, han cambiado mucho en los veintidós años

transcurridos: el _centro_ comenzaba en la calle de la Piedad y

terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia sur de las tiendas estaba

representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina,

mostrador democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras

acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de

la noche y el toque de ánimas. El barrio de las tiendas de tono se

prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas

cinco cuadras constituían en esa época el _bulevar_ de la _façon_ de la

gran capital.

Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local,

han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador corrido

y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge. ¡Oh, qué

tiendas aquellas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas

con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres

metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de

percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el

muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta

conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar,

sin obligación de penetrar a la tienda.

Aquella era buena fe comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera

engolosina los ojos sin satisfacer las exigencias del tacto que

reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible.

¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! Cuán lejos

están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y

los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra,

último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia. No

pasaba una señora ni un niña por la calle sin tributar los más

afectuosos saludos a la rueda de contertulianos, sentados cómodamente en

sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del

establecimiento. Y cuando las lindas transeúntes penetraban a la tienda,

el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientes con un efusivo

apretón de manos, preguntaba a la mamá _por ese caballero_, echaba

algunos requiebros de buen tono a las señoritas, tomaba el mate de

manos del _cadete_ y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita

amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de

este prefacio de la galantería, entraban clientes y tenderos a tratar de

la ardua cuestión de los negocios.

Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe,

porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés

formados a la entrada de la casa que, a su calidad de mercadería de

fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse, a

los tertulianos habituales del establecimiento. Y después, los

mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín

zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y

leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados

de selvas de lana con que las fábricas de Manchester reemplazaban en

nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubuisson y

de gobelinos.

¡Qué agilidad aquella con la que el patrón, apoyándose sobre la mano

izquierda, saltaba el mostrador! Qué gracia con la que desplegaba ante

los ojos de los clientes, de un golpe, y como un prestidigitador, la

pieza de percal, de muselina o de _barège_ envuelta alrededor de la

tablilla que quedaba desnuda de su preciosa mercancía, abandonada

indiferentemente sobre el mostrador. Qué elasticidad de movimientos, qué

vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para

medir sobre la vara, el lote vendido, dejándolo amontonarse

ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando

el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora,

poniéndoselo en la mano, refregándolo para justificar la falta absoluta

de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de

la trastienda lleno de agua para ensopar en él el extremo de la pieza de

muselina y justificar la tinta indeleble de la tela.

No había marchanta que resistiera a las gracias, al donaire y a la

fuerza de las evoluciones de aquellos hechiceros.

Pero éstos eran los tenderos _dandys_; había además los tenderos

sirenas, llamados así porque su cuerpo estaba dividido por la línea del

mostrador como el de la encantadora deidad de los mares está dividido

por la línea del agua.

El tendero sirena era ser humano desde la cabeza hasta el estómago y

pescado desde el estómago hasta los pies. De busto correcto, su medio

cuerpo no dejaba nada que desear desde el punto de vista de la

elegancia; desde la parte exterior del mostrador el parroquiano no

tenía nada que observar, pero la sirena no podía salir del mostrador sin

peligro, porque, como ese era su elemento, si lo abandonaba, mostraba

por fuerza la cola indecorosa: el tendero sirena usaba levita de faldón

largo para economizarse el uso de los pantalones, y zapatillas para

ahorrarse las incomodidades del calzado; de modo que el mostrador servía

para cubrir la parte menos bella, pero no por eso menos interesante de

la estatua.

Entre los príncipes del mostrador porteño, el más célebre sin disputa

era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el

barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Perú como el rey del

mostrador. No había mostrador como el de aquel porteño: todo el barrio

junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapolán y de volverla a

doblar como don Narciso; y si la pirámide misma le hubiera querido

disputar su amor a Buenos Aires, a la pirámide misma le habría disputado

ese derecho.

Lo tengo tan presente, que si fuera pintor podría hacer su retrato de

memoria y con los ojos cerrados: petizón, piernas cortas, movible como

una ardilla, muy cabezón, largos cabellos ensortijados y una frente

ancha y espaciosa que revelaba todos sus talentos. Sus manos parecían

alas, sus ojos luciérnagas; su voz meliflua e insinuante atraía

simpáticamente y tenía un vocabulario propio, que el mismo Molière

habría envidiado para dotar con él a las mujeres sabias.

Gran patriota, había tomado parte en la revolución de septiembre y en

Cepeda, cuyos episodios narraba noche a noche explicando las causas más

remotas del desastre con razones convincentes. Pero, si en medio de la

narración alguna dama del gran mundo, y sobre todo de la gran política,

penetraba en la tienda, don Narciso abandonaba la tertulia, saltaba el

mostrador, mandaba alinearse a los dependientes desde el principal hasta

el cadete, y comenzaba la batalla de los trapos con una serie de

operaciones estratégicas que lo conducían indefectiblemente a la

victoria por una combinación de procedimientos tan lógica como la que

empleara Napoleón en sus campañas.

Cuando logré conocerlo a fondo, me convencí de lo mucho que valía. Tenía

entre sus variadísimos talentos el de afinarse a las condiciones del

marchante, ni más ni menos que como se afina un violín a la nota que da

el director de orquesta. Don Narciso subía o bajaba el tono según la

jerarquía de la parroquiana: dominaba toda la escala; poseía toda la

preciosidad del lenguaje culto de la época y daba el _do_ de pecho con

una dama para dar el _si_ con una cocinera.

Los tratamientos variaban para él según las horas y las personas. Por la

mañana se permitía tutear sin pudor a la parda o china criolla que

volvía del mercado y entraba en su tienda. Si la cliente era hija del

país, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo.

Si él distinguía que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin,

iniciaba la rebaja, el último precio, el se lo doy por lo que me cuesta,

por el tratamiento de madamita. ¡Oh! ese madamita lanzado entre 7 y 8 de

la mañana, con algunas cuantas palabras de imitación de francés que él

sabía balbucir, era irresistible.

Durante el día, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tú

y usted, entre madamita y madama, según la edad de la gringa, como él la

llamaba cuando la compradora no caía en sus redes.

A esas horas del día la _toilette_ de don Narciso era negligente; pero

daban las cuatro, y, no bien había entrado el gallego cuotidiano con las

viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la

trastienda, sacaba del interior del mostrador un pan de jabón de España,

se lavaba con él, en un lavatorio cojo de hierro con pies de sátiro, y

a la luz de un cabo de vela, se acariciaba el cuello y la pechera de la

camisa para quitarles el aspecto marchito que la labor del día les había

impreso; tomaba el peine desdentado de su uso y se peinaba sin agregar

otra pomada a sus ensortijados cabellos que un poco de goma de membrillo

elaborada por él mismo para su uso particular.

Aderezado de esa manera, ahorcábase en sus cuellos a la _degollée_, muy

en moda entonces, y con una corbata con los colores de la patria; comía

en un verbo, hacía comer a los muchachos, y en cinco minutos ocupaba

majestuosamente su trono en el primer extremo del mostrador, campo de

sus hazañas, donde, apoyado con toda la elegancia de que era capaz,

pasaba la hora estéril del crepúsculo hasta que la noche llegaba y la

_high-life_ de aquella época entraba a disputarse las novedades de lo de

Bringas.

Mi tía Medea era gran parroquiana de lo de don Narciso y tenía esa

inclinación garrulera, común en ciertas señoras, de departir con el

tendero todas las novedades de la crónica del día.

Aquella noche no se hablaba sino de política, y solamente los que hemos

vivido bajo la atmósfera caliente del Buenos Aires de entonces, podemos

apreciar la importancia que tenían las pláticas de los mostradores de la

calle del Perú y de la calle de la Victoria, y la concordancia de miras

sociales y politiqueras que existía entre don Narciso Bringas y mi tía

doña Medea Berrotarán.

Era natural, pues, que aquella noche mi tía se dirigiera a lo de

Bringas.

--¡Viva la patria!--exclamó don Narciso al vernos entrar.

--¡Viva!--repitió mi tía;--supongo que usted me anuncia el triunfo, don

Narciso.

--El triunfo más completo, señora: Urquiza ha sido completamente

derrotado, y todo su ejército muerto o prisionero; la guardia nacional

de Buenos Aires se ha batido de guante blanco, Jouvín legítimo. Yo solo

he vendido doscientos pares de tirita.

--Una ballenera que ha llegado de Zárate, ha traído la noticia de que

Urquiza ha sido hecho prisionero--agregó uno de los que estaban en la

tienda.

--¿Será posible?--exclamó mi tía.

--Sí ha de ser, señora, no le quepa duda; si la mozada que iba en el

ejército, era de mi flor.

En ese momento se oyeron las detonaciones de algunos cohetes que

estallaban a no muy larga distancia.

--¡Cohetes!--exclamó don Narciso,--boletín, ese es boletín! Vaya,

Caparrosa--agregó dirigiéndose al muchacho cadete de la tienda,--vaya y

compre el boletín de un salto, y véngase volando.

El cadete, que estaba detrás del mostrador, dio un brinco como un gamo,

salvó la valla y tomó la calle por suya en dirección a la imprenta en

donde reventaban los cohetes sin cesar.

Al mismo tiempo, un tropel de gente se dirigía a la calle Victoria,

donde se aglomeraba la muchedumbre que esperaba la noticia.

Mi tía tomó asiento en lo de Bringas con el fin de esperar el anhelado

boletín, y como el cadete que había ido en su busca tardase demasiado,

don Narciso despachó otro dependiente más, y detrás de él salieron tres

o cuatro parroquianos, cuya impaciencia por conocer las nuevas no les

permitía esperar. Mi tía, que no era mujer de esperar, se puso también

en marcha hasta la bocacalle y me arrastró consigo.

En una vieja casa de la vereda norte de la cuadra de Victoria entre

Bolívar y Perú se agolpaba la muchedumbre, y de cuando en cuando un

cohete volador que partía desde el interior de la casa, atronaba los

aires.

Mi tía pujaba por abrirse paso, haciendo esfuerzos inauditos para

conservar la manteleta sobre los hombros. En la puerta de la imprenta un

joven de veintidós años, más o menos, parado sobre una mesa que

interceptaba completamente el zaguán de entrada, repartía con dos o tres

hombres el boletín de noticias que acababa de imprimirse, y contestaba

vivamente a las diferentes preguntas que le hacían los parroquianos con

una vocecita tiple y chillona, que en vano se esforzaba por hacer

varonil.

Los compradores que conseguían obtener su boletín, salían corriendo

después de haber luchado por romper la verdadera muralla humana que

cerraba la calle.

Mi tía se engolfaba cada vez más en el pelotón de gente aglomerada.

Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho, había

conseguido treparse en una reja, y enfilando casi por una tangente al

joven que vendía los boletines en la entrada, le gritaba:

--A mí, don Jacinto, a mí; me manda don Narciso. ¡Eh, don Jacinto, eh!

don Jacinto, don Jacinto, soy el cadete de lo de Bringas. Uno para mí,

aquí tiene el peso--y mostraba el billete hecho pelotón entre los dedos.

El interpelado, después de mucho rato, y aturdido probablemente por los

gritos de Caparrosa, lo vio al fin trepado en la ventana y metiendo

apenas la cabeza en dirección al zaguán y arrugando el boletín para

tirárselo, le gritó:

--¡Largá el peso!

--Ahí va, don Jacinto, ahí va, agárrelo, ahí va--y Caparrosa tiró su

peso con tal maestría, que don Jacinto lo cazó en el aire, ni más ni

menos que un gato caza una mosca al vuelo.

Caparrosa tomó el boletín y trató de descolgarse de la ventana; pero mi

tía, que ya había conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le

gritaba:

--No te bajes, muchacho, no te bajes, cómprame a mí otro, espera--y

diciendo y haciendo, forcejeaba su ridículo que se obstinaba en no

abrirse, hasta que, después de mucho forcejear, pescó un peso, y

estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanzó a

Caparrosa que continuaba trepado en la ventana.

--Otro, don Jacinto, otro boletín para la señora de Berrotarán: ¡Pshit,

pshit, don Jacinto! ¡Otro boletín!--seguía gritando y accionando

Caparrosa con la única mano libre que le quedaba en su envidiable

posición de la reja.

--Largá el peso--volvió a contestar don Jacinto.

--Ahí va, ahí va el peso, barájelo--y Caparrosa tiró el peso, y don

Jacinto lo volvió a cazar en el aire.

Caparrosa se descolgó por fin de la reja con sus boletines, y junto con

él, mi tía y yo comenzamos a forcejear para abrirnos paso a través de

la multitud.

Al cabo de unos minutos salía mi tía bañada en sudor de aquel combate; y

acomodándose la gorra sobre los _bandeau_, entraba triunfante en lo de

Bringas con un boletín en la mano.

--¡Triunfo completo; aquí está, véalo, léalo usted!

Don Narciso tomó el boletín, mi tía se sentó en una silla y los demás

circunstantes rodearon al lector. Don Narciso leyó con voz conmovida. La

victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las

exclamaciones de júbilo de los oyentes interrumpían al lector.

De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi tía, mira a los

demás circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz más

quejumbrosa y desgarrante, exclama:

--¡El Conde romano, muerto!

--¿El Conde romano? ¿Qué ha leído usted? ¡No puede ser! ¡Debe usted

haber leído mal!--exclamaba mi tía sumamente afligida.

--Sí, señora, sí, lea usted, vea: «tenemos que lamentar por nuestra

parte la muerte del joven Conde romano...»

--¡Ah, qué lástima de joven! ¡qué pena, qué dolor! Más de una muchacha

se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre, está

perdidamente enamorada de él; en cuanto lo veía pasar a caballo,

envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se podía dominar y salía a

la puerta de calle para verlo. ¡Pobre joven!

--Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aquí lo encontró una noche y no

le quitaba los ojos--dijo don Narciso.

--¿Y qué será del ejército enemigo?--preguntó uno de los parroquianos.

--Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta.

--Deme mi boletín, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi

marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido.

--Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y

blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva

cuando regrese el ejército de campaña. Como usted ha de adornar su

frente...

--¡De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... ¡Ah! la muerte

del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo.

--Vamos, vamos, Julio, y mi tía me indicó el camino para salir.

--¿Y este niño es de usted?--preguntó uno de los visitantes.

--No, señor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de

mi marido, hijo de Tomás, que murió hace tiempo.

--¿Qué Tomás?--preguntó a media voz el interpelante a don Narciso, sin

que mi tía pudiese oírlo.

--Don Tomás Rolaz, hermano de don Ramón, aquel empleado de la

contaduría... ¿no se acuerda usted, hombre?

--¡Ah! sí, ¿uno muy urquizista?

--El mismo.

--¡Ah! Adiós, amiguito--me dijo el señor curioso, que tanto se

interesaba por saber de mí, tomándome del brazo y deteniéndome mientras

mi tía ya pisaba la calle;--adiós... cuatro balas merecía éste como el

padre--agregó en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto.

Yo me escurrí y me prendí del brazo de mi tía, llevando impresa la

fisonomía de aquel señor, en quien había tenido la desgracia de levantar

tanto odio y tanta pasión de venganza.

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 10 / 26 题