Tenía diez años cuando murió mi padre. La última vez que me acercaron al
borde de su cama, me abrazó y me llenó de besos; tendría entonces
cuarenta años, pero representaba sesenta; ¡tanto lo había quebrantado la
terrible enfermedad que lo consumía!
Espíritu débil, la muerte de su compañera lo había abatido, había hecho
inútil su existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleo
subalterno que servía desde 20 años atrás, carecía de la iniciativa
vigorosa de otros hombres que buscan en los trabajos variados de la vida
el consuelo de los grandes dolores humanos. La monotonía de sus deberes
cuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, mañana y
siempre; el sueldo periódico que jamás se aumenta ni reproduce; la falta
del ideal, de la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue toda
criatura en el mundo, abatieron las fuerzas de aquel noble pero
desgraciado corazón, cuyo fin fue como el de una máquina que estalla y
se inutiliza antes de tiempo.
Mi tío, dominado por su absurda mujer, nos veía poco. Pobre también, se
había casado con ella que tenía una fortuna considerable, y en su casa,
como era natural, dominaba el carácter militar de mi tía, duplicado por
la influencia de su fortuna.
Sin embargo, el buen tío Ramón, con sus debilidades, pero excelente en
el fondo, al saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos.
Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confundía con
la blancura de las almohadas de su cama.
Aunque niño, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momento
de mi vida, lloré amargamente abrazado de su cuello; sentí su último
calor vital con un íntimo estremecimiento de dolor, estreché sus manos
descarnadas, me miré en sus ojos apagados y permanecí mucho, mucho
tiempo a su lado, sollozando y enjugando mis lágrimas.
Mi padre había abierto un pequeño libro con láminas ordinarias para
distraerme, y yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmente
sus páginas, y me detenía contemplando los grabados, siempre estrechado
por él.
--Bien, hijito--me dijo al fin,--vete a recoger, que es tarde ya y yo
tengo que hablar con tu tío.
Y como yo hiciera un movimiento de cariñosa resistencia para separarme
de su lado, él insistió dulcemente, me volvió a abrazar y a besar muchas
veces y mi tío Ramón me condujo a un cuarto inmediato donde me había
instalado desde que mi padre se agravó.
Al separármele, quedó en mis manos el libro que habíamos estado
hojeando. Me desnudaron y me acostaron.
Un instinto, qué sé yo, uno de esos profundos movimientos del alma de
los niños, que son como el germen de todos los variados y tiernos
sentimientos que brotan después en la adolescencia, me hizo no separarme
de aquel libro. Apagose la luz de la habitación, y yo estaba abrazado de
mi precioso recuerdo. Quería protegerlo y ser protegido por él mismo;
era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me lo reproducía;
lloré mucho sobre él y debí humedecerlo tanto con mis lágrimas, que mis
manos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; y
fue así, abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus páginas, que
me dormí aquella noche, la última de mi vida en que debía ver al autor
de mis días. Aquella noche murió mi padre, mientras yo dormía oprimiendo
el tesoro conquistado.
¡Pobre libro mío! A los diez años muy lejos estaba de amarlo por el
valor moral de sus páginas; era el _Ivanhoe_, el primer romance que
debía deslumbrar más tarde mi imaginación virgen de impresiones. Lo
amaba, porque había sido de mi padre: todo era en él precioso para mí,
sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante estropeadas, sus
ángulos doblados por los golpes que sufría, sus páginas descoloridas, en
las que mis ojos inquietos se solían detener de paso.
El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; murió por la
madrugada, y durante todo el día me tuvieron encerrado en el cuarto en
que me habían puesto, sin dejarme salir de él. En un momento yo
conseguí, sin embargo, escaparme, llevado por esa curiosidad inquieta de
los niños, me interné en las habitaciones que conducían a la sala, y por
la hoja entreabierta logré ver dos largos y gruesos cirios llenos de las
congelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobre
enormes candelabros de platina, semejantes a los que había visto en las
iglesias; los candelabros reposaban sobre un tapiz de pana negra raída,
con guardas de oro bastante estropeadas; el olor acre de la cera de los
cirios me hizo un malísimo efecto, y sin darme cuenta de lo que veía,
retrocedí a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante.
Nunca después en la vida he dejado de recordar aquel momento, al aspirar
el ambiente peculiar que forman las velas amarillosas de cera que queman
alrededor del féretro de los que acaban de morir, y aquella impresión de
niño, es otra de las muchas que no se borrarán jamás de mi memoria.
Mis parientes se dieron mucha prisa en enterrar a mi padre; a eso de las
cinco de la tarde comencé a sentir el murmullo de voces y pasos de
gentes que entraban. Me asomé por la puerta que daba al patio y vi
muchos hombres vestidos rigurosamente de negro que se congregaban en
pequeños grupos, saludándose reverenciosamente los unos con los otros;
todos parecían estar muy tristes y pensativos, a juzgar por la gravedad
de sus rostros.
Una sirvienta me arrancó de la puerta desde donde yo observaba la
concurrencia lleno de estrañeza, al ver un número tan considerable de
gente en mi casa, donde tan pocas y raras personas nos visitaban. Un
rato después me pareció que el ruido de los pasos aumentaba, como si un
tropel de gente se pusiese en movimiento y poco a poco fui notando que
se alejaba. En la calle se oyeron rodar carruajes, pero el ruido de los
coches también se extinguió y todo quedó en silencio. Entonces me asomé
otra vez por la puerta del patio: había quedado completamente solo, la
puerta de la calle estaba entornada, cerradas las de las habitaciones;
la tarde avanzaba y la humedad de un día lluvioso daba a aquella escena
un aspecto tristísimo.
Me dio miedo y entré en mi cuarto.
Mi tía Medea conversaba en las habitaciones inmediatas con cuatro o
cinco señoras viejas y de edades incalculables. Yo me presenté
francamente entre ellas: una me acarició; las otras, incluso mi tía, me
miraron con cierta indiferencia, y yo no debí preocuparme mucho tampoco
de ellas, porque preferí meterme debajo de la mesa del comedor donde
permanecí largo tiempo recorriendo las estampas de mi libro inseparable.
Las señoras tomaron algunas copas de vino y mi tía tomó dos, diciéndoles
que estaba muy débil, que durante el día no había probado bocado, lo que
probablemente le sirvió de pretexto para comer un plato entero de
bizcochos que habían presentado junto con el vino.
Aquellas señoras se levantaron al fin, y mi tía con ellas, diciendo a
la sirvienta que me cuidaba, que me tuviera listo para el día siguiente
en que ella vendría a buscarme temprano.
En efecto, al día siguiente del entierro de mi padre volvió mi tía Medea
a buscarme. Lo primero de que me apoderé para decir adiós a aquel hogar
semejante a un nido abandonado, fue de mi buen libro; nada más deseaba
llevar.
Quise, sin embargo, recorrer toda la casa antes de partir.
Se aspiraba en todos los cuartos ese ambiente de tristeza que tienen los
sitios que se abandonan.
Entré en el cuarto en que mi padre había muerto; todo estaba en
desorden: la cama en el medio, sin colchones, como un esqueleto de
hierro; los armarios vacíos.
Mi tía Medea había hecho acto de generosidad con los pobres, repartiendo
las ropas de mi padre; la vieja alfombra había desaparecido; las
baldosas contribuían a aumentar lo triste de la escena con su frialdad
glacial; mis buenos grabados ingleses ya no estaban tampoco; algunos
fragmentos de mis juguetes habían sido relegados a un rincón de la
habitación; entré en la sala y vi con júbilo que el retrato de mi madre
estaba allí y que mi tío había dispuesto que lo condujesen a su casa. En
un ángulo de la sala estaban agrupados los cuatro candelabros con sus
cirios apagados, las mechas duras y achatadas sobre la cera, que había
formado al derretirse una masa de coagulaciones semejantes a las labores
góticas de una abadía; a un lado de ellos estaba la manta de pana negra,
raída, con sus guardas galonadas.
Entraban y salían peones con muebles:--¡Desalojaban! ¡Oh! ¡qué triste es
una mudanza, y cuánto más triste cuando tiene lugar porque han muerto
los que habitaban la casa! ¡Qué triste es ese desorden! ¡Las voces de
las gentes de todas menas que entran y salen; la desnudez en que quedan
los pisos y las paredes; el abandono, el silencio, que van invadiendo
poco a poco! El último trasto que se saca, casi siempre una silla, cuyos
pies desiguales le dan cierto aire de grotesca melancolía, ante el cual
sólo el pincel de Dickens es capaz de levantar el poema que surge de la
observación sentimental de los objetos. ¡Qué momento ese, en que el
último, después de dejar desiertas las habitaciones, cierra la puerta de
la calle tras de sí! ¡El eco cavernoso responde entre los ángulos de los
cuartos abandonados, el eco solo, voz solemne de lo vacío, de la
soledad, de las tumbas!